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Arte efímero y revolución permanente

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¿Qué oxímoron nos inquieta más: el que propone un “arte efímero” o el que ambiciona una “revolución permanente”? Tanto uno como otro, aunque disímiles, exhiben en su gusto por lo paradojal una clave de nuestro tiempo, la tensión entre la duración y el instante. La sola idea de un arte efímero perturba la presunción de que no existe empresa estética que no anhele persistencias, ya se trate de tradición, de canon, de volverse clásico, o lisa y llanamente de eternidad. La sola idea de un arte efímero, al hacer de la volatilización un deseo, va más allá de la admisión de un destino de muerte para el arte en general: le ofrece a cada obra en particular la opción preferencial de un suicidio. No dice que la transitoriedad es fatal; la elige, la promueve, la produce, la fabrica.

La idea de la revolución permanente podría en cambio situarse justamente en las antípodas; pero sugiere, por ser oxímoron, una fricción de la misma especie. ¿Cómo hacer que lo instantáneo perdure? Reservamos a la revolución un arsenal de metáforas elocuentes sobre mechas encendidas, chispazos, estallidos, explosiones. Es decir, el imaginario de una irrupción fulminante y expansiva que, para ser eficaz, se hace fuerte en la prontitud (en la aceleración, en la sorpresa, en el vértigo). ¿Qué clase de permanencia es concebible para una política de la desestabilización total? La que hace de la transformación radical un modo o, si se prefiere, tanto más: un estilo. En el sentido estético del término.

Al prolongado examen de las relaciones entre arte y revolución podría caberle tal vez esta especificación: el examen de las relaciones entre arte efímero y revolución permanente. ¿Cuál sería aproximadamente su tiempo? ¿Cuál su forma de transcurrir y de quedarse? Probablemente los de una secuencia o, por qué no, un fotograma, de Octubre de Serguei Eisenstein por ejemplo. Porque no se trata de arte efímero en sentido estricto, por supuesto, pero no por nada Walter Benjamin muy bien subrayaba, tan luego en 1936, que lo propio de la imagen cinematográfica, por oposición a la imagen pictórica, era no mantenerse ni durar ante el ojo que la registra, sustrayéndose por definición al mero éxtasis contemplativo, al estado de recogimiento pasivo, a la condición de la veneración cultual. Pero que a la vez, aunque momentánea, no va a borrarse nunca más del archivo de las memorias personales, fijada en esa dimensión del recuerdo que, por su tremenda intensidad, emula la dimensión que es propia de las experiencias vividas. La imagen de la revolución, si es que no la revolución misma, encuentra ahí una vía hacia la permanencia posible.

“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, sabemos que dijo Marx: se ha vuelto ya consigna. Pero en la fijación citable de toda consigna persiste como verdad de provecho una lección de evanescencia que a su vez se solidifica. Porque hay palabras que solidifican el aire, y son las que no se lleva el viento.



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