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Lenguas salvajes

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Mucha gente cree que el papel de la Real Academia Española es dictar las reglas de la lengua. Como si tal cosa se pudiera hacer. La lengua es un organismo vivo e indomable, el único verdaderamente democrático, porque las reglas por las que se rige están dictadas por sus usuarios y por nadie más.

La Academia sólo puede levantar acta de unos hechos que se imponen con el uso. Eso es lo que hace cada vez que publica una nueva edición del diccionario o de la gramática: describir el estado en que se encuentra un organismo en perpetua metamorfosis.

Pero algunas veces, hasta la propia Academia olvida esto y se mete en camisa de once varas imponiendo a los hablantes este u otro uso. Eso fue lo que hizo en la última edición de la Ortografía, de la que se han venido más de 100.000 ejemplares: introducir una serie de cambios —algunos de ellos muy racionales y otros no tanto—, que los hablantes en muchos casos hemos decidido no adoptar.

Por ejemplo: pese a la recomendación de la Academia, la mayoría de los hablantes que usamos tildes en la escritura seguimos acentuando el adverbio sólo y el pronombre éste. Y por supuesto seguimos escribiendo guión y truhán, con tilde, palabras que la Academia había declarado monosílabas.

El académico Salvador Gutiérrez ha reconocido esta rebeldía de los hablantes en una conferencia que impartió el miércoles pasado en León con motivo de la inauguración de un ciclo divulgativo de la ciencia, organizado por la Universidad de León, según informa el diario El Mundo

La Academia debe aprender la lección. Y no sólo ella: también deben tomar nota todas esas instituciones, personas físicas, políticos y políticas, que con una mezcla de soberbia, ignorancia e ingenuidad pretenden imponer las reglas gramaticales desde arriba.



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