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La celebración de la muerte

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El 31 de diciembre de 2011 empezaron los actos para conmemorar el septuagésimo quinto aniversario del fallecimiento de Unamuno. Aquel día el nieto del pensador, Pablo, en representación de toda la familia, puso una flores en la tumba de su abuelo. Después el alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, dio una charla en el Salón de Recepciones del Ayuntamiento salmantino.

Un año después volvió a repetirse la ceremonia, pero esta vez no fue Pablo Unamuno quien hizo la ofrenda floral, sino el escritor Juan Manuel de Prada. El objetivo del Ayuntamiento de Salamanca era cerrar el “Año Unamuno”, con "un referente dentro del mundo de las letras que, además, completó la licenciatura en Derecho en la Universidad de Salamanca".

De Prada ya había participado en el aniversario del fallecimiento de Unamuno. El pasado mes de octubre De Prada ofreció en el Casino de Salamanca una conferencia sobre la espiritualidad de la poesía unamuniana.

Nunca hemos entendido por qué se celebra la muerte de los escritores que admiramos. Sería más lógico celebrar su nacimiento o la publicación de su primer libro o de su obra cumbre.

Pero ya sabemos que los políticos no paran en mientes a la hora de celebrar. Da igual lo que sea, el caso es montar un homenaje y salir en la foto al lado en este caso de Pablo Unamuno o Juan Manuel de Prada.

Costear una edición anotada de su obra (de la obra de Unamuno), comprar ejemplares para las bibliotecas o ir por los colegios explicando San Manuel Bueno, mártir son actos más eficaces, pero relumbran mucho menos. Si algo bueno trae esta crisis económica es que se llevará por delante todos estos actos onerosos y sobre todo inútiles.


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