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"Como padre sólo he fallado en mi intento de que mis hijos aprendieran alemán. Y música"

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Miguel Roig, Rafael Reig y Miguel Ángel Aguilar durante la entrevista. FOTOS:Alejandro Lamas.


Nacido en Madrid, en 1943, Miguel Ángel Aguilar es coetáneo de la generación que llega en el 82 al poder representada por la socialdemocracia que lidera Felipe González. No es casual, entonces, la amistad que traba con Javier Solana en el Colegio del Pilar y que se consolidará mientras ambos cursan Ciencias Físicas en la Complutense. Polemista incansable, se siente un contemporizador y prefiere un encuentro cordial en el centro y no una postura radical desde la izquierda aunque, asuma irónicamente la “tara” de no haber sido comunista. En su último libro, Sobre las leyes de la Física y la Información, juega con sus dos pasiones y conjuga la subjetividad de la mirada periodística con las leyes físicas. Intenta allí acercarse a una mecánica existencial, la misma que le permite gozar de no tener jefe. Será porque le tocó en suerte un padre severo y unos hijos con los que no parece arrastrar ningún conflicto generacional.

Diario Kafka: Tu hijo Miguel nos dijo que vuestra relación había sido extremadamente cordial e incluso aburrida. Entonces, lo primero que queremos saber es si es recíproco y en qué os habéis equivocado, dónde estuvo el error.

Miguel Ángel Aguilar: Yo creo que sí, que es recíproco. No sé si os contó que él tuvo un paso por el Colegio Británico que combinaba que era un alumno muy brillante, con muy buenas notas y, al mismo tiempo, que tuvo algunos problemas de inserción con el staff del colegio, de manera que le echaron un par de veces. Me acuerdo una vez que me llamó desde una cabina de teléfono en la calle Martínez Campos: “¡Que me han echado, que no sé qué!”. No sé qué edad tendría, ocho años... Luego le echaron otra vez más crecido. Él fue elegido headboy como representante de los alumnos en el último curso del bachillerato y entonces al terminar el curso hablaban el embajador británico, el director del Colegio Británico y el headboy, que lo hacía en representación de la promoción que terminaba, e hizo su discurso, que yo recuerdo que comenzaba así: “Sé que no tengo ningún futuro, porque tengo leído y aprendido que todos los hombres que han tenido futuro han tenido una infancia desgraciada; yo he tenido una infancia feliz, luego nada puede esperarse de mí”. Estuvo muy brillante, muy bien, y lo recuerdo siempre porque le impresionó mucho ese discurso a Esperanza Aguirre, que tenía un hijo en el mismo curso que mi hijo Miguel, y siempre que yo veía a Esperanza me decía “Pero bueno, ese discurso de tu hijo...”, estaba convencida de que yo lo había escrito. Yo lo vi y lo escuché cuando lo leyó allí, ni siquiera me dejó verlo antes cuando se lo pedí, pero ella estaba convencida, decía “Yo ya sé que ese va a ser el futuro de la izquierda, tu hijo”, como diciendo que a la izquierda todavía le quedaban veinte años por delante, “Porque el que llegará al poder con la izquierda será tu hijo”.

DK: Tú fuiste un padre muy joven, ¿no?

M.A.A.: No, vamos a ver, Miguel yo creo que es del año 76 y yo soy del 43, o sea que tenía 33 años... Para lo que es ahora, seguramente muy joven (risas). Nosotros éramos once hermanos y en mi casa no se aceptaban más que notables o sobresalientes, no había posibilidad de ir para abajo, y además yo estaba en una zona media, era el sexto de los once, de manera que cuando yo estaba estudiando bachillerato, mis hermanos estaban terminando la carrera, y eso era lo que preocupaba. A nosotros como niños no se nos prestaba mucha atención, y yo llegaba con las notas semanales y mi madre me decía “Hijo mío, de ahí para arriba”, y es que claro, había semanas en que yo llegaba el primero de la clase y decía “Pero bueno, y de ahí para arriba, ¿para dónde voy?”; y yo veía que al primero de la semana anterior le habían comprado una bicicleta y a mí no se me compraban ni pipas...

DK: Era tu obligación, ¿no?

MAA: Exactamente, ésa era un poco la educación. De manera que un arrastre de esto vivieron tanto Miguel como su hermana. Sacaban muy buenas notas que a veces se celebraban en casa de un compañero, y me llamaba un padre “Oye, pero que tu hijo..., que le hemos hecho una tarta, que ha sacado muy buenas notas”, y yo “Pues muy bien”.

DK: Pues que se la coma... tiene permiso para comérsela.

MAA: (Risas) Exactamente. Jugaba mucho, entonces no se jugaba con las máquinas de ahora, se jugaba con los soldaditos de plomo, montaba sus batallas... Yo le aficioné de pequeño a las lecturas que a mí me divertían entonces, que eran lecturas de libros militares, Clausewitz...

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Miguel Ángel Aguilar. FOTOS:Alejandro Lamas.

DK: Él decía que leía a Clausewitz y no entendía nada: “Mi padre hablándome todo el día de Clausewitz, yo tratando de entender algo y no entendía nada”.

MAA: (Risas). Liddell Hart, no me acuerdo, en fin ese tipo de cosas. Y luego pequeñas cosas que vistas ahora pues a lo mejor pueden parecer un poco... Pero no, lo hacían los dos con toda naturalidad. Y es que una temporada que yo escribía para un periódico (me habían echado de varios sitios)...

DK: A ti también te echaban...

MAA: A mí sin parar. Era El progreso de Lugo, entonces yo hacía unas crónicas diarias para ellos, y cuando estaba en casa, pues escribía y luego se la daba para que los niños la dictaran a El progreso de Lugo. De manera que llamaba y les ponía a los niños y “Oye, que te van a dictar la crónica”, y Miguel empezaba: “Madrid, 27 de febrero. Esta mañana, en el despacho habitual con su Majestad el Rey, coma, dos puntos” no sé lo que les pagaba, un duro por crónica o algo así.

DK: Pero, ¿qué edad tenían?

MAA: Pues no sé, Miguel 5, 6..., 7 años. Cuando empezaban ya a saber leer y la puntuación, porque era muy importante, era clave la puntuación, claro.

DK: ¿A qué le tenías miedo, a que te saliera un hijo analfabeto, bruto, facha...? ¿Cuál es tu miedo como padre?

MAA: Es que tampoco tuve tiempo de tener miedo... desde el principio no mostraron una posición demasiado agreste, siempre fueron gente..., hombre, con carácter y con convicciones y tal, pero no tuve tiempo de albergar esa clase de miedos. Recuerdo que al principio, no sé qué edad tendría Miguel, 12 o 13 años, su madre decía “Yo creo que Miguel tendría que empezar a ir a las discotecas”, y fíjate si luego ha tenido tiempo... Y el problema luego era que volviera, porque lo que sí recuerdo es que su madre nunca se acostaba sin que hubieran vuelto por la noche.

DK: ¿No le tuviste miedo a nada?

MAA: A lo que sí tenía miedo, preocupación, disgusto, es que padecieran por la condición de sus padres. Realmente, cuando se fueron los dos a estudiar a Inglaterra fue liberador, porque no tenían la sombra de sus padres, su padre y su madre no existían, no eran personajes públicos, no proyectaban ninguna sombra sobre ellos y eran libres. Y aquí yo creo que en algún momento especialmente conflictivo por cosas de procesos y tal...

DK: Y cuéntanos, ¿en qué has fallado? ¿Qué has intentado enseñarle a tus hijos sin éxito?

MAA: El alemán (risas). Mi padre tenía una posición económica mucho mejor que la mía, aunque éramos muchos hermanos. Pero en esa época no había ninguna preocupación por los idiomas. El francés que yo aprendí es el que se enseñaba en el colegio, las clases de idiomas se consideraban casi de cachondeo, una maría... Luego me preocupé de aprender algo de inglés y me matriculé en el Instituto Británico y estuve un verano en Oxford, pero todo eso de manera muy discontinua.

DK: ¿En tu época universitaria?

MAA: Sí, sí. Entonces mi obsesión era que estas criaturas se pudieran valer en el mundo que llegaba, y para eso, que supieran idiomas. Y por eso, aunque el Colegio Británico era ruinoso por los precios que tenía, yo pensaba que más valía que a estos hijos les dejara un idioma que un piso, que les va a valer toda la vida. Y después ya, con el inglés encarrilado, me ocupé de que fueran en verano a Francia a aprender francés, y fueron dos o tres veranos; yo creo que me lo han agradecido. Pero después yo insistí mucho en que les pagaba todas las clases de alemán que quisieran, y no hubo forma. Y también otra cosa en la que fracasé es en que aprendieran música. Miguel llegó a tener una profesora de solfeo, pero no se prestó, era un desertor y yo lo siento porque soy amante de la música pero analfabeto musicalmente, y siempre he admirado a la gente que va a los conciertos y se va con las partituras, y creo que impresiona mucho más. Pues sí, esos son dos fracasos.

DK: O sea, que lo que has intentado es que cumplan tus objetivos no cumplidos, de alguna manera. Cumplirlos a través de tus hijos, algo muy clásico.

MAA: Sí, sí, sí... (risas).

DK: ¿Tener hijos te ha hecho entender mejor a tu padre?

M.A.A.: Es que yo he tenido con mi padre una relación completamente distinta de la que mi hijo pueda tener conmigo, porque una familia tan numerosa hacía que las distancias fueran mucho mayores. Es decir, teníamos hacia mi padre una relación de respeto y de distancia porque a nosotros nos criaban las niñeras... Claro, para tener once hijos había que tener cuatro personas de servicio en casa, que es lo que había, y las niñeras, cada una tenía sus predilectos. Ver a mi padre era una fiesta, y estos hijos míos pues han estado con nosotros todo el día, hasta el punto de aburrirse soberanamente. Recuerdo una vez que vino Ángel Viñas a casa, un extraordinario historiador, muy expansivo, con una conversación muy generosa, y estaba Miguel en una canastilla de esas, era muy pequeño, y al cabo de hora u hora y media se puso a llorar desconsoladamente, y Carmen Martín Gaite, que era su madrina, cuando Viñas se fue dijo: “Claro, ¡es que el niño no le aguanta!” (risas). Quiero decirte, cuando alguien iba a casa, ellos estaban allí en medio.

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DK: Dime una cosa, tu hijo forma parte, y tú de algún modo lo estás relatando, de las dos últimas generaciones mejor preparadas de este país, en cuanto a los estudios que han recibido, etc. Se les preparó y formó mucho (tal como comentabas con los idiomas). Después se encuentra con una realidad que no es la que los padres le relataron. A estos padres les ha ido muy bien formando a sus hijos pero les ha ido muy mal montando la sociedad. Tú te sientes responsable de eso no como padre sino como ciudadano? ¿Qué asumes, qué parte te toca de esto que estamos viviendo ahora?

MAA: Yo creo que en eso ya he tenido menos que ver. Quiero decir, yo me considero bastante implicado en lo que es las postrimerías del franquismo. Como diría mi amigo Julio Ferón, arrumbados por el viento de la historia a la playa de la insignificancia. Después digamos que yo ya no he tenido posiciones jerárquicas en ningún medio, y estoy muy contento, he quedado como colaborador, eso que decía mi amigo Arturo Soria, animando a necios y sin obedecer a pícaros... La situación de no tener subordinados y de no tener jefes es realmente el paraíso terrenal, siempre que se pueda sostener, y yo llevo casi treinta años sosteniendo esa posición. Quiero decir que ni estoy inserto en ninguna redacción ni tengo ninguna posición de relevancia de poder o significado en ningún medio. Desde ese punto de vista no puedo culpabilizarme. Lo que yo aprendí cuando me echaron de Diario 16 es que cuando te echan de un sitio no es que te echen, es que quieren que desaparezcas del mapa, reducirte a la nada, y para frustrar ese propósito, pues montamos la Asociación de Periodistas Europeos en el año 81, para tener un sitio desde el que resistir, en el que pudiéramos sobrevivir cuando nos echaran de más sitios, como luego se fue viendo. Y lo que ha hecho esta casa y de lo cual me siento muy orgulloso ha sido un trabajo muy tenaz, muy consistente, muy prestigioso, de debate, de estudio, de foros...

DK: ¿Tú conociste a Luis Martín Santos?

MAA: No.

DK: Si no se hubiera muerto en el accidente de coche, yo me puedo imaginar lo que habría sido para la historia de la literatura, pero ¿y de la política?, ¿habría sido el secretario general del PSOE?


MAA: No lo sé, era un tipo con unas condiciones excepcionales, según dice todo el mundo que le conocía. Está contado por el propio Semprún. Pero en fin, no sé cómo hubiera ido eso. Después he estado en el jurado que le concedió el premio a la biografía que un catedrático hizo de Martín Santos, y por eso me leí aquella biografía con muchísimo interés, que estaba muy bien hecha porque hace hablar a mucha gente, es decir, no es una biografía documental sino coral y recoge los testimonios de todos los que había disponibles y los contrasta. Me interesó mucho, y luego intervine alguna vez en las presentaciones que se hicieron de aquel libro. Pero no, yo no conocí a Luis, ya no me acuerdo en qué año murió, en el 67 o así, yo estaba empezando en el Madrid y era una cosa muy lejana.

DK: El juancarlismo, término acuñado por Vázquez-Montalbán, ¿de alguna manera es la aceptación a regañadientes del padre, del rey como una figura paternal, por parte de un sector de la sociedad?

MAA: Bueno, yo te voy a decir lo que creo que hay ahí. Yo creo que era muy difícil salir de la dictadura, era muy complicado. El rey, yo creo, desempeñó un papel, una función absolutamente capital, y lo hizo bien. Él tenía una posición tan difícil como es la de ser el sucesor de Franco y detrás el príncipe, y tener que hacer la desfranquización sin que le toque a él el pelo de la ropa, sin que le enganche a él mismo, es una cosa muy complicada. Y eso es porque él, por encima de que le hacen jurar los principios del movimiento y toda la historia, por encima de eso pone su lealtad con el pueblo español; él se da cuenta de que la monarquía es una institución peculiar donde no sirve tener éxito personal, el éxito hay que ser capaz de transmitirlo. Él tiene aprendido por su abuelo, el rey Alfonso XIII, que entregarse a manos de un militar significa terminar cuando termina el militar, y eso todavía lo ve con más claridad en una persona de su propia generación que es el rey Constantino, que se pone en manos de los coroneles del golpe y termina con ellos. Entonces él sabe que por ahí no hay salida, que eso pueden ser unos años, pero nada más, por eso nadie le tiene que convencer de que el 23 de febrero no tiene salida, él lo sabe perfectamente, el rey no duda de ese particular, en contra de las dudas que se han querido difundir.

Yo creo que el juancarlismo es el agradecimiento de los españoles a la función que él ha jugado, y él ha sido muy importante para que todo pudiera hacerse de la manera ejemplar en que se hizo. Ahora, vamos a ver, la gratitud no es imperecedera, se puede venir abajo, y luego está por ver el príncipe, que tiene muchas ventajas, pero tiene una que no es transmisible, que es la educación en la adversidad que tuvo su padre.

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Miguel Ángel Aguilar. FOTOS:Alejandro Lamas.

DK: Cuando hablas de la desfranquización... en la misma tesitura que estaba el rey estaban todos, ¿no? Desde Suárez a Cebrián, la gente del Movimiento era casi una pandilla. Desfranquización no sé si hubo tanta.

MAA: Vamos a ver, eso está muy bien visto. O sea, que el rey no estaba solo.

DK: No, claro, el grupo de poder eran todos, pensaron “tenemos que seguir con el poder en democracia”.

MAA: Ahí hay un movimiento inteligente. Primero, los franquistas, sobre todo cuando se produce lo de Portugal: el movimiento de las Fuerzas Armadas, la Revolución de los Claveles, son ejemplo de una luminosidad tremenda, porque se dan cuenta de que el maquillaje no sirve, que fue lo que intentó Caetano, el caetanismo, lo mismo que el salazarismo pero haciendo alguna chapucilla. Segundo, se aterran de ver que son los militares educados en el salazarismo más estricto los que acaban con el salazarismo. Tercero, el salazarismo por las bravas significa lo que se llamaba la vuelta de la tortilla, es decir, que los que estaban en el poder pasan a la cárcel directamente.

DK: No como aquí, que los ministros de Franco acaban como ministros del nuevo gobierno.

MAA: Como pasó con Fraga. Lo que quiero decirte es que se dan cuenta que ese asunto de meterse en el búnker es una locura, y ellos deciden que es mejor hacer el cambio que padecerlo. Entonces hay una derecha inteligente que es la UCD, que dice: “Señores, vamos a cambiar, no vayamos a ser cambiados... Vamos a ver si nosotros somos capaces”. Pero el cambio es real dentro de que el cambio no es revolucionario, no hay ruptura, hay una reforma que al final termina en ruptura pactada.

DK: Pero pilotada por los elementos franquistas.

MAA: No sólo. Ten en cuenta que la Comisión de los nueve no son franquistas, ten en cuenta que mucha gente ha pasado por el franquismo pero que luego ha perdido la coloración franquista porque está en otros sitios, es decir, no se puede decir que estos sean los mismo que el Frente de Juventudes, no es verdad. Felipe González no está ahí, Tierno Galván no está ahí.

DK: Barrionuevo sí era el Frente de Juventudes, ¿no? Que iba dando palos por ahí en nombre de Cristo Rey.

MAA: Sí, bueno, puede ser. Yo afortunadamente no fui del Frente de Juventudes porque mi padre era un profesional que no se había metido nunca en nada y que tampoco tenía ninguna afinidad por ese lado. Pero en fin, a lo mejor si hubiera nacido unos años antes tal vez habría terminado ahí y habría ido al campamento de la Peñota adonde iban.

Pero quiero decir que qué pasa, pues pasa que hay por primera vez en mucho tiempo una derecha inteligente que da un paso al frente y que hace cosas impensables en la derecha española, por ejemplo, la reforma fiscal de Fernández Ordóñez; por ejemplo, la ley del divorcio, que claro, ahora nos parece no sé qué, pero hay que ver lo que se escribió entonces sobre la ley del divorcio: Pilar Urbano en el Abc hablando del encuentro que había tenido con el ministro Íñigo Cavero, fíjate qué ministro más revolucionario, y decía ella: “No me mira a los ojos, golpeo su conciencia”, porque iba a hacer la ley del divorcio.

DK: O Álvarez Cascos, que no se pronunciaba contra la ley del divorcio.

MAA: Claro, si es que para ellos esas leyes no rezaban. Lo que dijo una vez González: “Hombre, yo dije la ley del divorcio pero no dije que fuera obligatorio”, porque se separaron todos.

Se produjo un movimiento centrípeto, la derecha se fue hacia el centro y eso indujo un movimiento de la izquierda también hacia el centro. La derecha se fue hacia el progresismo y la izquierda se fue hacia la moderación, y ése fue el núcleo que permitió salir del atasco, del embrollo, de la dictadura. Pero es verdad que la gente no cayó en paracaídas, muchos de los que estaban allí tenían un pasado...

DK: Un pasado no del Frente Juventudes de la Peñota, sino un pasado de cargos importantes.

MAA: Sí, sí. Oye, que Carlos Arias Navarro continúa como presidente del Gobierno y el que viene después acuérdate que fue saludado con un “Qué error, qué inmenso error”, del artículo de Carlos de la Cierva en el diario El País. Y lo que has dicho de Juan Luis Cebrián. Todo eso es verdad, pero no agota la verdad, hay más. No son sólo eso. Que es verdad que mucha gente se recicla, se vuelven a presentar como alcaldes o como diputados o como lo que sea y no son ex novo. Ahí tenemos el ejemplo perfectamente paradigmático de Rodolfo Martín Villa. ¿No te parece bien Rodolfo?

DK: Bueno, ése es el hombre que no se ha bajado de un coche oficial desde que se bajó de la cuna, ¿no? Y sus memorias se llaman Al servicio del Estado.

MAA: Eso tiene su mérito (risas). Yo le conocí porque hicimos un panfleto en la Facultad de Ciencias; hubo un momento en el que se cambió el sistema de ingreso en las escuelas especiales, en las escuelas de ingenieros. Había un conflicto en la Facultad de Ciencias y él estaba terminando o acababa de terminar ingeniería industrial, entonces nosotros hicimos un panfleto que se llamaba “Rodolfo Martín Villa al desnudo” y lo repartimos, y él nos llamó y fuimos a verle al jefe nacional del SEU, a la glorieta de Quevedo, y entonces dijo: “Esto que habéis hecho tiene muy mala intención, toda la primera parte que decís que yo no represento a los estudiantes y estoy aquí al servicio del gobierno y tal, pues son gajes del oficio y qué os voy a decir. Ahora, la segunda parte, cuando decís que yo en este asunto me he desviado de las directrices del Gobierno, eso tiene muy mala intención, porque yo después de aquí tendré que ir a otro sitio” (risas). Bueno, de Martín Villa tengo cosas muy divertidas, pero no quiero aburriros.


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