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El coste de la violencia para los congoleños

La República Democrática del Congo (RDC) bate muchos récords. La llamada “guerra del coltán” o “Guerra Mundial Africana” (1998-2003) se cobró la vida de casi cuatro millones de personas y, a pesar de los acuerdos de paz, la violencia y la impunidad se han perpetuado en muchas zonas del país. 

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Campo de refugiados de Mugunga III, Congo. Foto: ACNUR/F.Noy

Campo de refugiados de Mugunga III, Congo. Foto: ACNUR/F.Noy

También se conoce a la RDC como la “ Capital Mundial de las violaciones”, que han sido denunciadas y consideradas por la ONU como crimen de guerra y de lesa humanidad. Estimaciones conservadoras de Naciones Unidas calculan que en la RDC 48 mujeres son violadas cada día por los grupos armados que luchan por el poder y el control de la región de los Kivus, al este del país, donde se concentran buena parte de las minas de coltán, casiterita, oro y diamantes.

ACNUR viene alertando desde el mes de abril del recrudecimiento de la violencia en Kivu norte, por los combates entre las milicias Mai Mai y el Frente Democrático de Liberación de Ruanda, y en Kivu sur, entre las fuerzas gubernamentales y el grupo M23, que en pocos meses ha provocado el desplazamiento interno de más de 500.000 personas y la búsqueda de protección en Ruanda y Uganda de 60.000 refugiados congoleños. 

Las necesidades de protección, alojamiento y asistencia humanitaria son enormes en el este de Congo, donde decenas de miles de personas viven en campos gestionados por ACNUR y muchos más en asentamientos espontáneos o con familias de acogida.

Sukuru, de 10 años, y su familia huyeron de su casa en Kivu norte al campo para desplazados internos Mugunga III y ACNUR les ha acompañado en su día a día junto a una cámara.









Sukuru, cuyo nombre significa Gracias en swahili.









El padre de Sukuru, Baseme, y su hermano pequeño en la tienda en la que viven.


Sukuru, con camiseta oscura, contesta a su profesor.




Eugenie, la madre de Sukuru, recoge agua potable.



Baseme y su cuñado construyen un nuevo refugio en el campo.



Al final del día, la familia de Sukuru disfruta de la comida.


Todas las fotos son de ACNUR/F.Noy.

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