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Sobre la política subterránea

Sara Mateos

“El 15 de mayo de 2011 entre 0,8 y 1,5 millones de personas se manifestaron en toda España bajo el lema ”Democracia Real Ya“. Inspiradas por la primavera árabe, las manifestaciones llevaron la idea de ocupar plazas en España, en Grecia, y más tarde en ciudades de toda Europa, así como Estados Unidos, Israel y Chile”.

Una nueva forma de protesta y de movilización desconocida en Europa surgió así aquel día. Miles de personas se reúnen en un espacio público, y luego en otro, en plazas, en parques, y hablan de política. Comparten un extenso descontento por la política formal, por una democracia que sienten cada vez más ajena, que consideran que tiene mucho que mejorar respecto a cómo se está llevando a la práctica. Pero esta frustración no tiene que ver sólo con los procesos democráticos, sino también con quienes los llevan a cabo, con la elite política en general. Porque más allá de las protestas por los recortes, las políticas de austeridad o la crisis económica, “se trata de política”.

Esta es la principal conclusión de la investigación de Mary Kaldor, Sabine Selchow, Sean Deel y Tamsin Murray-Leach: “Políticas subterráneas en ebullición en Europa”, para la prestigiosa London School of Economics and Political Science. Este informe enfatiza la idea de recolocar “lo político” en el centro del debate público, con Europa como un escenario a redefinir y como herramienta para reconstruir la democracia a escala transeuropea.

A través de lo que denominan “políticas subterráneas”, Kaldor y su equipo recorren Europa analizando las características de los movimientos y protestas que han tenido lugar en 2011 y 2012, así como el lugar que suponía Europa en este entramado.

Con “políticas subterráneas” se refieren a aquéllas que no suelen aparecer en las líneas principales de los partidos ni en el debate político. Pretenden capturar una gama más amplia de fenómenos políticos, que no encajan en la definición tradicional de movimiento social o de sociedad civil, y que se caracterizan por su especial “resonancia”. Tienen un eco importante en la opinión pública. Estas políticas bullen hacia la superficie. Se distancian de las formas tradicionales de protesta, acampando en espacios públicos, o mediante acciones cibernéticas. Aglutinan a personas que se sienten decepcionadas e indignadas como ciudadanas y reivindican otra forma de hacer política.

La investigación destaca que a pesar de las diferentes situaciones socioeconómicas de los estudios de caso (seis en total), en todos ellos han detectado esta frustración por la política formal. Los datos estadísticos muestran que entre el 62% de la población en Alemania, y el 80% en Italia y España, tienden a no confiar en el gobierno. La falta de confianza en los partidos políticos es aún mayor, y oscila desde el 78% en Alemania al 86% en Reino Unido. También miden el grado de apoyo social a los movimientos. Con respecto al 15M en España, según una encuesta de El País del 26 de junio de 2011, el 64% respaldaba el movimiento (también más de la mitad de los votantes del Partido Popular) y el 74% consideró que se trataba de un movimiento pacífico que pretendía revitalizar la democracia. La mayoría de la sociedad, con una u otra ideología o afiliación política, comparte muchas de las reivindicaciones de estos movimientos, aunque no formen parte del movimiento en sí, o incluso no simpaticen con “las formas” de éstos.

Más allá de las políticas de ajuste y la crisis económica, lo crucial para entender estas “políticas subterráneas” es que “en los análisis de los manifestantes hay una relación clara entre la política, el poder corporativo y financiero, y la corrupción”, que trasciende, sin dejarlos de lado, a los recortes o a la crisis económica per se.

Advierten, además, del riesgo de que en esta situación de crisis económica europea otra política muy distinta a la democrática del 15M tome forma. Se trata de la proliferación de partidos o movimientos populistas, xenófobos y antieuropeos, que comparten la sensación de bloqueo político y que también se manifiestan contra las políticas de austeridad.

La segunda de las conclusiones del estudio es que “se trata de democracia, pero de una diferente”. La insatisfacción de los movimientos “indignados” no surge de un fallo particular del sistema formal, de la democracia representativa; va más allá, profundiza, pretende abarcar todo el potencial del concepto democracia. Estos movimientos reclaman participar en política, y lo hacen a través de asambleas y del consenso en plazas, ocupando espacios físicos para recuperar espacio público. “Lo que vemos en todas las manifestaciones públicas de las políticas subterráneas son proyectos de re-imaginación colectiva de la democracia, de sus prácticas y, sobre todo, de su relación con lo cotidiano, con las vidas humanas”. Es significativo el testimonio de un manifestante alemán: “Mi corazón latía. No podía entender ni una palabra de lo que estaban diciendo, pero pensé: ¡es increíble! Se reúnen en una plaza pública y se hablan los unos a los otros”.

Así, “la principal innovación del repertorio del 15M no fueron las acampadas, ni el hecho de reunirse en las plazas de las ciudades, ni la organización de asambleas; sino la confluencia de estos tres elementos: reunirse de forma indefinida en la plaza de una ciudad para convertirla en un espacio permanente de diálogo ... Las plazas ocupadas se convirtieron por tanto en un ágora ciudadana abierta las 24 horas, haciendo posible el intercambio y la expresión de ideas”.

La tercera de las conclusiones tiene que ver con la “Cultura 2.0”. No sólo por Internet y las redes sociales como herramientas específicas de movilización, sino por una ética de “cómo hacer las cosas”. Basada en lo que Pierre Lévy denominaba “la desaparición de la firma”, dando lugar a la noción de producción y reproducción colectiva, donde la importancia de la firma individual se desvanece a favor del grupo. Una especie de “inteligencia de enjambre” que se utiliza para describir las acciones colectivas basadas en horizontalidad, la intercambiabilidad y ausencia de liderazgos específicos, que es característica tanto en el activismo on line como en el de la ocupación de plazas.

La cuarta y última conclusión es que “Europa es invisible”. No forma parte del discurso, y si excepcionalmente lo hace, se formula tanto en términos de problema como de solución. En el primero de los casos, es importante señalar que decir que la UE es un proyecto neo-liberal burocrático y no democrático no es lo mismo que ser anti-UE o negar la posibilidad de un modelo alternativo para Europa. Las actitudes a este respecto parece que dependen tanto de los diferentes contextos culturales y nacionales, como de las diferencias generacionales. Señalan además, que esta ausencia de la idea de Europa, “no quiere decir que no hubiera manifestaciones de solidaridad más allá de las fronteras o que los manifestantes sólo se ocupaban de los asuntos locales y nacionales”. Todo lo contrario. El carácter de esta nueva política es global y entiende los problemas en esta escala, así como la interconexión de las causas y consecuencias.

Finalmente el estudio subraya la necesidad de que haya un cambio de discurso y del foco de atención del debate público. Las cuestiones económicas y financieras lo dominan. Y no es que no sean importantes, pero puede que no sea posible resolver la crisis financiera sin tener en cuenta la crisis política. Es necesario situar “lo político” como el punto de partida para el cambio, entendiendo que las “políticas subterráneas” son la manifestación de una crisis política, más que una respuesta a los recortes o a la crisis económica. Sólo así será posible llevar a cabo una profundización democrática, una regeneración de la política.

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