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La espada de Damocles de la deuda

Las montañas de deuda actualmente existentes amenazan con provocar una nueva crisis económica

La subida de los tipos de interés puede disparar la prima de riesgo de algunos países, que serían incapaces de hacer frente a sus compromisos

Si la UE aspira a un crecimiento sostenible deberá reestructurar moderadamente la deuda de sus miembros más vulnerables

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La suma de deuda pública y privada de la zona euro supera el 400% del PIB.

Ante un problema difícil los estadistas toman decisiones que pueden ser impopulares, pero que a largo plazo es lo mejor para los ciudadanos. Los malos políticos piensan sólo en las próximas elecciones y traspasan los problemas existentes a otros para que los resuelvan en el futuro. 

En muchos casos se opta por la solución más fácil: endeudarse. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha prometido un fabuloso programa de inversiones emitiendo deuda. El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, decidió que para salir de la anemia de la economía europea seguirá comprando deuda pública y privada. El Gobierno español ha querido tranquilizar a los pensionistas diciéndoles que cuando se vacíe la "hucha de las pensiones" se emitirá más deuda.

En el año 2008, la gravedad de la crisis económica justificó inundar el mercado financiero con ingentes cantidades de dinero a coste casi cero. Pero diez años después, la Unión Europea sigue creando liquidez, de manera que a finales de 2017 habrá puesto en el mercado 4,5 billones de euros. ¿Es la falta de liquidez realmente la causa de la anemia? La enorme suma de la deuda pública y privada de los 18 países de la zona euro es ya del 405% del PIB. Pero no es sólo un problema europeo. Según el Instituto Internacional de Finanzas (IIF), la deuda mundial es de 208 billones de euros,  equivalente al 327% del PIB, y sigue subiendo. 

¿Cómo reducir la deuda? La manera más normal es pagando a los acreedores. En el caso de que no sea posible son varias las soluciones teóricas: reestructurar la deuda total o parcialmente, ya sea con quitas o aplazamientos; intervenir el mercado financiero limitando la disposición de transacciones; obligar a ciertas entidades del país a comprar deuda pública; crear impuestos sobre los depósitos, etcétera. Pero la solución preferida por los políticos es la de esperar a que el crecimiento y la inflación erosionen la deuda. En este caso los perdedores son los asalariados, los pensionistas y los pequeños ahorradores. 

Teniendo presente la volatilidad del entorno económico mundial, el nivel de la deuda y los déficits existentes, confiar que un futuro crecimiento resolverá el problema no deja de ser una ilusión. En España, por ejemplo, el déficit presupuestario del año 2016 ha sido de 50.000 millones de euros. En 2017, para cubrir el déficit y los vencimientos de la deuda pública deberán obtenerse en los mercados unos 200.000 millones, seguramente a tipos de interés más altos.

En el año 1971, ante la insostenibilidad de la paridad dólar-oro, el entonces presidente de los EEUU, Richard Nixon, decidió suspenderla. A partir de este momento, el valor de cada moneda se basa en la confianza, ya que no hay activos que la garanticen. En situaciones de crisis algunas monedas corren el riesgo de pérdida de confianza, con el consiguiente peligro de contagio y efecto dominó. 

Las montañas de deuda actualmente existentes suponen un riesgo que puede generar nuevamente una crisis económica, con el agravante de que los gobiernos y los bancos centrales han agotado la fácil solución de seguir endeudándose. Si las cifras de deuda que se manejan ya son de vértigo y todo el sistema se basa en la confianza en las monedas, la inmediata subida del tipo de interés puede hacer estragos y disparar la prima de riesgo de algunos países, lo cual les impediría hacer frente a sus compromisos. 

Poner límites

Si la Unión Europea desea optar por un crecimiento sólido y sostenible, deberá poner límite a futuros endeudamientos y reestructurar moderadamente la deuda de algunos países. De mantenerse el objetivo de que la deuda no supere el 60% del PIB, en el caso de España supondría reestructurar nada menos que 450.000 millones. Ya se ve que es imposible. Ningún gobierno de ningún país aceptaría esta medida, a no ser que la suspensión de pagos presagiase fatales consecuencias.

Una reestructuración de deuda, en cualquier caso, resulta muy grave para los acreedores, y entre éstos, indirectamente, se encuentra gente humilde que ha confiado sus ahorros a fondos de pensiones u otros instrumentos financieros. Evidentemente, no debería tener el mismo trato el pequeño ahorrador que los grandes inversores.

El problema de la excesiva deuda pública de algunos países europeos no es un problema menor. Se trata de una situación compleja con posibles repercusiones graves, lo cual justifica la necesidad de reestructuraciones moderadas e ir reduciendo la deuda hasta situarla a un nivel más razonable. No será fácil, con lo que la espada de Damocles seguirá en alto.

Francesc Raventós es exdecano del Colegio de Economistas de Catalunya.

[Este artículo ha sido publicado en el número de abril de la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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