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El ex refugiado que rescató a su propia familia en una playa griega

Este lunes 20 de junio se ha conmemorado el Día Mundial del Refugiado. Desde Amnistía Internacional lo celebramos con Ghias Aljundi, que huyó a Reino Unido desde Siria hace 18 años. Ghias es uno de los miles de voluntarios que ayudan a los refugiados que llegan a Grecia desde el año pasado, pero nunca esperó que un día iba a rescatar a su propia familia de un barco neumático.

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Miles de personas han muerto en el mar como consecuencia de unas políticas europeas más preocupadas por defender sus fronteras que por defender a las personas que huyen de la guerra y la persecución © Private

Miles de personas han muerto en el mar como consecuencia de unas políticas europeas más preocupadas por defender sus fronteras que por defender a las personas que huyen de la guerra y la persecución © Private

Cuando decidí ir a Lesbos, en Grecia, no tenía ni idea de que mi familia también llegaría a la isla en un pequeño bote neumático. Fue una coincidencia total. Un día de diciembre soleado, luminoso y helado viví la sensación más rara de mi vida. Fue un momento muy difícil que nunca quise que ocurriera, jamás.

Nadie quería marcharse de Siria. Somos de Tartus, una preciosa ciudad de la costa mediterránea. Pero estuve cuatro años en prisión y me torturaron por mi trabajo como periodista y por los derechos humanos, así que hui a Reino Unido en 1999.

Mi hermano Safi tuvo un comercio de teléfonos móviles en Tartus hasta el año pasado, cuando alguien disparó contra la tienda y quedarse se volvió demasiado peligroso. Mi sobrino Mazin huía del reclutamiento forzoso en el ejército. Así que huyeron a Líbano y llegaron a Turquía en apenas unos días.

Entonces recibí el mensaje de que habían pagado a alguien para que los llevara a Lesbos. Hice todo lo que pude para disuadirlos de hacer el peligroso trayecto en barco; estaba dispuesto a pedir un préstamo para que se quedaran en Turquía. Pero su decisión fue otra y, naturalmente, les ayudé. Así que les dije que no viajaran de noche porque si hay un accidente tienen más probabilidades de ahogarse. Que llevaran un impermeable y bolsas de plástico en los pies, que la mayoría de los chalecos salvavidas eran falsos. Y que intentasen no gritar para no asustar a los niños.

Juntos de nuevo después de 17 años

Sólo después del rescate Ghias se dio cuenta de que esta niña era Sirin, su sobrina de tres años © Particular

Sólo después del rescate Ghias se dio cuenta de que esta niña era Sirin, su sobrina de tres años © Particular



Sabía exactamente adónde iban a llegar porque mandaron su ubicación por WhatsApp. El viaje desde la costa turca duró una hora y 50 minutos. Mientras esperaba, me sentía como si estuviera en otra parte, en una burbuja.

Bajé por la colina sentado, hacia donde las olas traían el barco de mi hermano. Era un sitio muy difícil para desembarcar: tenía las manos llenas de espinas y sangre. La única persona a la que reconocí fue a Safi, aunque no nos habíamos visto en 18 años. Mi cuñada, Nina, lloraba. Creía que había perdido a su bebé porque la gente, aterrada, le había pisado el vientre en el barco. Mis compañeros médicos la revisaron y oyeron un latido. Recogí a muchos niños, incluida mi sobrina de tres años, Sirin; no supe que era ella hasta después.

Fuimos a inscribirlos en el campo oficial, Moria, pero estaba demasiado concurrido; había gente durmiendo fuera y hacía mucho frío. Tuve que alquilar algo para mi familia; los refugiados no podían quedarse en un hotel ni viajar en taxi. Un griego les ofreció una cama para pasar la noche.

Los llevé a cenar y luego volví a hacer mi turno de noche. Estaba conmocionado y pasé toda la noche desembarcando a gente.

Mi familia continuó viaje hasta Alemania y ahora todos tienen la residencia allí. Van a la escuela de idiomas, mientras esperan una plaza en la escuela infantil. Los lugareños son muy amables con ellos. Es increíblemente positivo. Mi cuñada me dijo: “Ahora me siento como un ser humano.” Y ha dado a luz a un bebé sano.

Lo más duro de ser refugiado

Ghias (centro) y su familia, reunida después de 18 años y del peligroso trayecto por mar desde Turquía a Lesbos (Grecia), diciembre de 2015 © Particular

Ghias (centro) y su familia, reunida después de 18 años y del peligroso trayecto por mar desde Turquía a Lesbos (Grecia), diciembre de 2015 © Particular



Lo más duro de ser refugiado es cuando la gente hace que te sientas indeseado, como si vinieras a llevarse sus riquezas. La gente no viene a buscar trabajo.

Una vez rescaté a un bebé de seis días que temblaba de frío. Le pregunté a su jovencísima madre por qué venía sola. “Nos bombardeó un avión y murió mucha gente”, dijo. “Así que tomé a mi bebé y subí al barco, porque podría sobrevivir.” Su esposo desapareció cuando ella estaba embarazada de tres meses y sus familiares habían muerto, ¿qué haces entonces?

Ella es mi icono. Ahora está en Suecia, todavía en un campo, pero tanto ella como su bebé están a salvo. Cada vez que le pregunto cómo está, responde: “Feliz. No hay bombas de barril.”

Muchas personas me han dicho que no se quedarían ni un solo día en Europa si hubiera un alto el fuego en Siria. Huir es la única forma de sobrevivir.


Ser bienvenido es lo más importante

La situación en Grecia es mucho, mucho peor ahora que cuando llegó mi familia. En marzo, Moria se convirtió en un centro de detención cerrado debido a un nuevo acuerdo entre la UE y Turquía, que amenaza con devolver a gente a Turquía.

También hay gente atrapada en el territorio continental griego, en condiciones terribles y con muy poca ayuda. Cuando estuve hace poco como voluntario en Atenas vi a bebés de tres días a los que habían dado el alta en el hospital y que vivían en tiendas en medio del terrible calor. Hay una auténtica sensación de desesperación.

Voluntarios y activistas lo son todo en esta crisis. El noventa por ciento de nosotros nos pagamos nuestros gastos. Nunca he tenido miedo y nunca he visto a un refugiado agresivo. Todos saben que los estamos ayudando.

Cuando se les da la bienvenida, sienten esperanza; necesitan eso más que cualquier otra cosa. Necesitan sentirse integrados, que no molestan a la gente. Eso devuelve a las personas su humanidad y su dignidad.

Por eso son tan importantes soluciones como el reasentamiento. No podemos permitirnos dejar que la gente haga unos trayectos tan peligrosos en barco con sus hijos, en manos de traficantes abusivos, o que estén atrapados durante décadas en lugares como Kenia o Pakistán.

Para todos ellos, poder viajar de forma segura y legal a un país que los proteja significa dar un futuro a sus hijos e hijas. Ningún padre o madre querría que sus hijos nacieran en el limbo; querrían que fueran a la escuela, que estén a salvo e integrados.

La protección no es un regalo para las personas refugiadas: es un derecho humano. En el Día Mundial del Refugiado tenemos que decirles a nuestros gobiernos que trabajen juntos para encontrar soluciones ya.

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