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¿Por qué el acuerdo UE-Turquía crea más problemas de los que soluciona?

La Unión Europea y Turquía aprobaron en marzo de 2016, cuando las llegadas masivas de migrantes a las fronteras comunitarias eran ya habituales, una declaración política por la que ambas partes se comprometían a eliminar el problema. Bruselas puso en común toda la batería de medidas individuales que se habían aplicado de forma aislada para poner en marcha un convenio que pretendía atajar la situación y al mismo tiempo disuadir futuros movimientos. Más de un año después de su aprobación, sin embargo, el acuerdo ha supuesto únicamente un tapón improvisado que no ha ofrecido soluciones definitivas para los problemas que motivaron su firma, y que al contrario ha generado nuevos elementos de tensión que añaden incertidumbre a la situación y que provocan que el balance del acuerdo un año después de su puesta en marcha no sea positivo.

La gran respuesta de la Unión Europea a una crisis migratoria que pone de relieve el retraso en la aplicación de medidas como el Sistema Europeo Común de Asilo ha pasado por repetir una práctica ya muy extendida desde los años 90, la firma de acuerdos de externalización para que sean otros países los que gestionen sus obligaciones migratorias. A pesar de que todos estos países tengan características comunes, el caso de Turquía es especialmente particular. Las últimas décadas han sido convulsas para este país, con un aislamiento progresivo y la drástica reducción en las condiciones democráticas, de acuerdo a todos los observatorios al respecto. Por ello, muchas organizaciones pro derechos humanos criticaron la posibilidad de este acuerdo, al entender que los impedimentos para que éste fuera aprobado eran demasiado grandes como para proseguir.

La elección de Turquía no fue casual. Comparte con Grecia la frontera del Egeo, una de las zonas de entrada de migrantes más concurridas, y al mismo tiempo tremendamente mortífero. Para acabar de convencer al gobierno de Erdogan de que aceptase este acuerdo, Bruselas se empleó al máximo, ofreciéndoles viejas demandas como la exención de visados a los ciudadanos de ese país o la reapertura definitiva de las negociaciones de entrada en la UE. El acuerdo se formalizó a principios de 2016, y recogió la mayor parte de reivindicaciones de Ankara, así como una generosa subvención económica con la que Turquía debía reformar su sistema de asilo. Las condiciones a cumplir eran sencillas y claras, y solamente quedaba llevarlas a cabo.

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Perder las referencias históricas

Campo de refugiados de Moria

Ya en 1951 la Convención de Ginebra definía como refugiado a aquella persona que debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él.

Esta definición se hace en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, bajo el instrumento legal de proteger a millones de personas desplazadas en todo el mundo, la mayoría de ellas ciudadanos europeos en busca de protección.

En ese mismo panorama y con carácter temporal se creó el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, conocido como ACNUR, con un mandato de tres años para, teóricamente, desaparecer transcurrido el mismo. Esto no solo no ha sido así, sino que ya llevan casi 70 años y su trabajo no cesa, al contrario, como ya hemos leído y visto en todas las noticias, Europa ha experimentado el mayor desplazamiento de personas desde la Segunda Guerra Mundial. El número de personas que se ha visto obligada a abandonar sus hogares a causa de las guerras, las violaciones de los derechos humanos, el subdesarrollo, el cambio climático, violencia de género u orientación sexual nunca ha sido mayor. Más de 60 millones de personas, de las cuales la mitad son niños, han huido de la violencia o la persecución y hoy son refugiados o desplazados internos. Otros 225 millones de personas son migrantes que han abandonado sus países en busca de mejores oportunidades o simplemente para sobrevivir.

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Una Ley de Extranjería alejada de la realidad

Desde que, hace ya más de quince años, empecé a trabajar el derecho de extranjería, siempre he tenido la sensación de que los políticos y legisladores cerraban los ojos a una realidad indiscutible e incuestionable como es que los movimientos migratorios no piden permiso para entrar, sino que fluyen en función de la situación social y económica de cada momento.

Nuestra Ley de Extranjería, desde su nacimiento en 1985, parte de la idea de la necesidad de regular estos flujos migratorios ante el  cambio social que se estaba produciendo en España. Pasamos de ser un país emisor de emigrantes a ser un país receptor de inmigración, atraída en muchos casos por la burbuja económica española que nos colocó, a lo largo de los años 90 y siguientes, a la cabeza de los países receptores de emigración en Europa.

La norma legal se ha visto sometida a varias reformas en espacios muy cortos de tiempo, y  desde 2004 en adelante los cambios introducidos lo que han hecho es limitar y restringir, aún más, los derechos de los inmigrantes.

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Educar en convivencia desde la diversidad cultural

Desde sus comienzos, Andalucía Acoge ha considerado fundamental la necesidad de  desarrollar parte de su trabajo en el ámbito educativo porque desde ahí es desde donde se construye la sociedad del futuro y desde donde podemos hacer posible una sociedad diversa e intercultural.

Nuestro objetivo es favorecer el desarrollo de los/as menores, jóvenes y personas adultas en un contexto educativo como medio idóneo para la integración en la sociedad, entendiéndose una integración como proceso inclusivo de adaptación y entendimiento mutuo, basado en el intercambio cultural y en el principio de igualdad de derechos, con derecho a la diferencia.

Desde nuestras primeras intervenciones centradas en clases de español y apoyo escolar a menores escolarizados/as, junto con actividades de convivencia, hasta ahora, la situación ha cambiado mucho.

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La construcción de la ciudadanía: una asignatura pendiente de la democracia

Asumo la escritura de este artículo desde una perspectiva política, sin ser experto en migraciones, sino como un ser humano, alcalde y gestor de lo público con una visión igualitaria, integradora y humana de las estructuras sociales a las que debemos aspirar, sin exclusiones, sin marginaciones y sin visiones dominantes.

Desde la constitución de la Unión Europea, los países miembros han hablado y mucho de la necesidad de construir ciudadanía en Europa. Desde esta perspectiva se apreciaba cierta voluntad de poner a las personas por encima de los mercados y de la actividad económica. La realidad es otra. La Europa moderna, que quiere hacerse visible en el mundo, elimina las fronteras mercantiles, pero aún mantiene límites para las  personas.

Esto obedece a que el mundo está gobernado desde una visión de dominación de los países del norte a los del sur, o del centro a la periferia. No cesan de generarse conflictos en otros países mal llamados "tercer mundo", "subdesarrollados" o "en vías de desarrollo". Habría que cuestionarse aquí la palabra "desarrollo" que está basada en el crecimiento económico y en la depredación del planeta, dejando de lado el componente humano.

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Melilla, 12,5 Km² de valor inconmensurable

A simple vista no parece que 1.250 ha. den mucho de sí. Hace un tiempo leí una noticia sobre la venta de la mayor finca de España, en Galicia, que tiene 6.700 ha. por un irrisorio precio de 8 millones de euros de nada pero, claro, tenía casas, carreteras, manantiales  y… coto de caza. Bueno, nosotros tenemos también casas, muchas; carreteras no tantas, pero calles, muchas; manantiales… tenemos dos, aunque están en las afueras (a decir de una paisana mía cuando intentaba ubicarme en el mapa: ¿pero, tú vives en la ciudad o en las afueras? Pues no, mira, las afueras de mi ciudad son otro país); y, ves, lo del coto de caza ya sí que no, nos tenemos que conformar con las hortalizas de la zona y el buen pescado del mar que baña nuestro trocito de costa, porque tenemos mar, eh, eso sí.

Lo que digo, que no tenemos nada que envidiar al pedazo de finca gallega, particularmente porque entre todas las lindezas que ofrecía aquella, faltaba algo que en esta ciudad, mi Melilla, nuestra querida Melilla, sí tenemos, y mucho y muy diverso, que es lo que hace que 12,5 Km² tengan un valor inconmensurable: la gente, todas esas personas que con su presencia, idas, venidas, tránsito y hasta, por desgracia, su ausencia o incluso su muerte, han perfilado la idiosincrasia de este trocito de España que, por avatares de la Historia, la Geografía (sí, las dos con mayúsculas) y las disposiciones de gobiernos propios y ajenos, se ha convertido en irracional (y absurda) frontera natural y avanzada de Europa. Digo absurda porque cada día se demuestra que no hay muro (en nuestro caso valla) que suponga un obstáculo para el que lo tiene todo perdido, para aquel o aquella que prefiere sufrir graves lesiones o morir, antes que seguir formando parte de ese ejército de errantes que huyen de las guerras, del hambre, de la miseria, de las persecuciones más variopintas.

A pesar de este horrible panorama, por fortuna, la gente de nuestra ciudad intenta que los valores que ha heredado de la cultura a la que pertenece, nuestra enriquecida cultura plural en conjunto (¡cómo nos enorgullece hablar de fusión de culturas!), aflore en su devenir diario y empatice con los más vulnerables. ¿Evidencias de una irreprochable y consolidada interculturalidad? Pues no, no nos engañemos. Apenas sabemos los unos de los otros, quizás las cuestiones más llamativas: el idioma, las fiestas, la vestimenta, los lugares de oración…, pero poco más. Como mucho podríamos conformarnos con ser una ciudad multicultural en la que entendemos que todos pueden tener cabida. Incluso, hoy por hoy, casi nadie se cuestiona el que exista un centro de estancia temporal de inmigrantes, por ejemplo. La gente aceptamos, quizás con cierta apatía y no menos indiferencia, que en nuestra ciudad permanezcan personas procedentes de países lejanos, o no tan lejanos, de paso, claro, pero sin las garantías o derechos inherentes a la condición humana de los que goza el resto de la ciudadanía.

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Temporeros, esos eternos olvidados entre la precariedad laboral y la xenofobia

El fenómeno del temporerismo en España ha ido evolucionando paulatinamente. Atrás queda el perfil de una persona temporera autóctona para pasar a una configuración mucho más diversa, existiendo diferentes campañas a lo largo del territorio español, siendo el país que más temporeros acoge dentro de sus campañas internas.

Desde los años 80, en los que las campañas eran cubiertas por mano de obra autóctona, se pasa en la década de los 90, a una reducción en la mano de obra nacional, debido al auge de la construcción, que hace que esta mano de obra nacional decaiga (salarios inferiores, dureza del trabajo). Como consecuencia de la reducción de puestos nacionales, y ante la imposibilidad de cubrir la demanda con trabajadores locales, los jornaleros inmigrantes se convierten en mano de obra imprescindible. Siguen la llamada rueda temporera, en la que se concatenan distintas campañas de diferentes comunidades autónomas. 

Los temporeros siguen siendo los eternos olvidados; siguen formando parte de un colectivo que sufre vulnerabilidad e invisibilidad. Esto se ve reflejado en unas condiciones de precariedad en cuanto a los alojamientos, que se siguen poniendo de manifiesto con incendios, muertes y enfermedad, provocadas por las  condiciones de hacimiento, derivadas de una escasez, en cuanto a  dotación de dispositivos, tanto de coordinación, acogida y ubicación de los temporeros, así como, de la dificultad al acceso a una vivienda digna. 

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El "delito" del inmigrante actual: la existencia física

Varios convictos trabajan en la construcción de una nueva valla tras la ya construida en la frontera entre Hungría y Serbia

Atrás quedaron los años de bonanza económica en Europa. Éstos, barridos de la faz de la Tierra, han sido sucedidos por infinitas eventualidades que acaecen a un ritmo frenético. El poder, los poderes, gobiernos, Estados y Organizaciones Internacionales, anima et corpus en la Sociedad Internacional, focalizan sus esfuerzos en la búsqueda, control y lucha frente al "enemigo".

Se trata de un sujeto abstracto cuyo reconocimiento implica situar a múltiples seres humanos, etiquetados en esa genérica categoría, en una posición tal, en la que no operaran las garantías fundamentales que en el marco de la estructura de los Estados fueron, con mayor o menor éxito, apuntaladas durante el siglo pasado, para "todo miembro de la familia humana".

En el contexto apenas apuntado se afianza, sin la más mínima cortina estética, la figura del inmigrante como sujeto prioritario en el concurso de catalogación de enemigos. Migrantes por motivos económicos, condicionados por guerras y hambrunas, cambios climáticos y en definitiva por todas, múltiples y terribles, causas instaladas sin remedio en el equipaje que cruelmente los acompaña. Véanse las continuas e inconvenientes declaraciones del hoy presidente de Estados Unidos donde califica a los inmigrantes como "violadores" o traficantes de drogas; su promesa de construcción del muro en la frontera mexicana. La reacción sobre los que demandan asilo en prácticamente todos los Estados europeos, o el empoderamiento del discurso del odio al migrante que asola Europa, vinculado a posiciones políticas de un marcado populismo radical…

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¿Qué nos une?

Jornada de puertas abiertas en el Parlamento de Andalucía por el 28F.

Hoy, 28 de febrero, que celebramos el Día de Andalucía, es un buen día para preguntarnos por los vínculos que nos hacen sentirnos pertenecientes a una comunidad sociopolítica determinada, en este caso la andaluza. ¿La identidad cultural? Sin duda, es un nexo importante para muchas personas.

Pero ¿cuántas formas de sentirse andaluz podemos considerar? ¿Seríamos capaces de hacer un listado homogéneo de características socioculturales que definieran el arraigo en la comunidad andaluza? ¿Y que haríamos con los andaluces que no se sintieran identificados con semejante listado? ¿Y que hacemos con todas aquellas personas que, conviviendo en nuestro territorio, por su procedencia de otros contextos socioculturales o su pertenencia a minorías, no comparten dicha identidad?

Las identidades socioculturales son fuente de diversidad, de desarrollo y de disfrute. Pero no nos sirve como nexo común. Ya conocemos las consecuencias de la aplicación del modelo multiculturalista, ampliamente aplicado de forma abierta o encubierta, que apela al respeto a la diferencia, exacerbándolas incluso,  legitimando en última instancia la segmentación de la sociedad en diferentes comunidades socioculturales. Magnífico marco para no abordar el conflicto ni la desigualdad. Todos diversos, todos desiguales.

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Diversidad en el presente y futuro de la ciudadanía

Al hablar de ciudadanía nos referimos a la construcción conjunta de una sociedad en la que todas las personas que forman parte de ella puedan acceder a los mismos derechos y mismas oportunidades, donde puedan participar del desarrollo social con las mismas condiciones y si no parten de esa igualdad, se creen los mecanismos oportunos para equilibrar las desigualdades en pro de una ciudadanía equitativa e inclusiva.

En el trabajo hacia dicha ciudadanía nos encontramos con un contexto en el que llevamos casi una década en crisis, en la que buena parte de la población ha sufrido las diferentes consecuencias de ésta. Una de ellas ha sido y es, la incertidumbre, la incertidumbre por el futuro. Y en esa incertidumbre se ha criado una generación que ahora afronta su adolescencia pudiendo saber que el paro juvenil lleva tiempo rondando el 50%, que la media de emancipación se sitúa alrededor de los 30 años y que estudiar no es garantía para tener un empleo ni este para poder ser autónomo/a o independiente, algo que siempre se sueña en la adolescencia y juventud, independencia y libertad.

Hablamos de esa generación, con frecuencia estigmatizada (como “ninis”, por ejemplo) que se tienen que enfrentar a una gran incertidumbre por su futuro, en el que la sociedad apenas les ofrece garantías de nada, donde también se precariza la calidad de su enseñanza y además no se ofrecen herramientas de participación en su sociedad para que puedan ejercer su ciudadanía de forma plena (se puede observar con facilidad como han menguado los presupuestos destinados a la juventud, al fomento del asociacionismo juvenil, fomento empleo joven, etc.).

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