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Una Ley de Extranjería alejada de la realidad

Desde que, hace ya más de quince años, empecé a trabajar el derecho de extranjería, siempre he tenido la sensación de que los políticos y legisladores cerraban los ojos a una realidad indiscutible e incuestionable como es que los movimientos migratorios no piden permiso para entrar, sino que fluyen en función de la situación social y económica de cada momento.

Nuestra Ley de Extranjería, desde su nacimiento en 1985, parte de la idea de la necesidad de regular estos flujos migratorios ante el  cambio social que se estaba produciendo en España. Pasamos de ser un país emisor de emigrantes a ser un país receptor de inmigración, atraída en muchos casos por la burbuja económica española que nos colocó, a lo largo de los años 90 y siguientes, a la cabeza de los países receptores de emigración en Europa.

La norma legal se ha visto sometida a varias reformas en espacios muy cortos de tiempo, y  desde 2004 en adelante los cambios introducidos lo que han hecho es limitar y restringir, aún más, los derechos de los inmigrantes.

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Educar en convivencia desde la diversidad cultural

Desde sus comienzos, Andalucía Acoge ha considerado fundamental la necesidad de  desarrollar parte de su trabajo en el ámbito educativo porque desde ahí es desde donde se construye la sociedad del futuro y desde donde podemos hacer posible una sociedad diversa e intercultural.

Nuestro objetivo es favorecer el desarrollo de los/as menores, jóvenes y personas adultas en un contexto educativo como medio idóneo para la integración en la sociedad, entendiéndose una integración como proceso inclusivo de adaptación y entendimiento mutuo, basado en el intercambio cultural y en el principio de igualdad de derechos, con derecho a la diferencia.

Desde nuestras primeras intervenciones centradas en clases de español y apoyo escolar a menores escolarizados/as, junto con actividades de convivencia, hasta ahora, la situación ha cambiado mucho.

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La construcción de la ciudadanía: una asignatura pendiente de la democracia

Asumo la escritura de este artículo desde una perspectiva política, sin ser experto en migraciones, sino como un ser humano, alcalde y gestor de lo público con una visión igualitaria, integradora y humana de las estructuras sociales a las que debemos aspirar, sin exclusiones, sin marginaciones y sin visiones dominantes.

Desde la constitución de la Unión Europea, los países miembros han hablado y mucho de la necesidad de construir ciudadanía en Europa. Desde esta perspectiva se apreciaba cierta voluntad de poner a las personas por encima de los mercados y de la actividad económica. La realidad es otra. La Europa moderna, que quiere hacerse visible en el mundo, elimina las fronteras mercantiles, pero aún mantiene límites para las  personas.

Esto obedece a que el mundo está gobernado desde una visión de dominación de los países del norte a los del sur, o del centro a la periferia. No cesan de generarse conflictos en otros países mal llamados "tercer mundo", "subdesarrollados" o "en vías de desarrollo". Habría que cuestionarse aquí la palabra "desarrollo" que está basada en el crecimiento económico y en la depredación del planeta, dejando de lado el componente humano.

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Melilla, 12,5 Km² de valor inconmensurable

A simple vista no parece que 1.250 ha. den mucho de sí. Hace un tiempo leí una noticia sobre la venta de la mayor finca de España, en Galicia, que tiene 6.700 ha. por un irrisorio precio de 8 millones de euros de nada pero, claro, tenía casas, carreteras, manantiales  y… coto de caza. Bueno, nosotros tenemos también casas, muchas; carreteras no tantas, pero calles, muchas; manantiales… tenemos dos, aunque están en las afueras (a decir de una paisana mía cuando intentaba ubicarme en el mapa: ¿pero, tú vives en la ciudad o en las afueras? Pues no, mira, las afueras de mi ciudad son otro país); y, ves, lo del coto de caza ya sí que no, nos tenemos que conformar con las hortalizas de la zona y el buen pescado del mar que baña nuestro trocito de costa, porque tenemos mar, eh, eso sí.

Lo que digo, que no tenemos nada que envidiar al pedazo de finca gallega, particularmente porque entre todas las lindezas que ofrecía aquella, faltaba algo que en esta ciudad, mi Melilla, nuestra querida Melilla, sí tenemos, y mucho y muy diverso, que es lo que hace que 12,5 Km² tengan un valor inconmensurable: la gente, todas esas personas que con su presencia, idas, venidas, tránsito y hasta, por desgracia, su ausencia o incluso su muerte, han perfilado la idiosincrasia de este trocito de España que, por avatares de la Historia, la Geografía (sí, las dos con mayúsculas) y las disposiciones de gobiernos propios y ajenos, se ha convertido en irracional (y absurda) frontera natural y avanzada de Europa. Digo absurda porque cada día se demuestra que no hay muro (en nuestro caso valla) que suponga un obstáculo para el que lo tiene todo perdido, para aquel o aquella que prefiere sufrir graves lesiones o morir, antes que seguir formando parte de ese ejército de errantes que huyen de las guerras, del hambre, de la miseria, de las persecuciones más variopintas.

A pesar de este horrible panorama, por fortuna, la gente de nuestra ciudad intenta que los valores que ha heredado de la cultura a la que pertenece, nuestra enriquecida cultura plural en conjunto (¡cómo nos enorgullece hablar de fusión de culturas!), aflore en su devenir diario y empatice con los más vulnerables. ¿Evidencias de una irreprochable y consolidada interculturalidad? Pues no, no nos engañemos. Apenas sabemos los unos de los otros, quizás las cuestiones más llamativas: el idioma, las fiestas, la vestimenta, los lugares de oración…, pero poco más. Como mucho podríamos conformarnos con ser una ciudad multicultural en la que entendemos que todos pueden tener cabida. Incluso, hoy por hoy, casi nadie se cuestiona el que exista un centro de estancia temporal de inmigrantes, por ejemplo. La gente aceptamos, quizás con cierta apatía y no menos indiferencia, que en nuestra ciudad permanezcan personas procedentes de países lejanos, o no tan lejanos, de paso, claro, pero sin las garantías o derechos inherentes a la condición humana de los que goza el resto de la ciudadanía.

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Temporeros, esos eternos olvidados entre la precariedad laboral y la xenofobia

El fenómeno del temporerismo en España ha ido evolucionando paulatinamente. Atrás queda el perfil de una persona temporera autóctona para pasar a una configuración mucho más diversa, existiendo diferentes campañas a lo largo del territorio español, siendo el país que más temporeros acoge dentro de sus campañas internas.

Desde los años 80, en los que las campañas eran cubiertas por mano de obra autóctona, se pasa en la década de los 90, a una reducción en la mano de obra nacional, debido al auge de la construcción, que hace que esta mano de obra nacional decaiga (salarios inferiores, dureza del trabajo). Como consecuencia de la reducción de puestos nacionales, y ante la imposibilidad de cubrir la demanda con trabajadores locales, los jornaleros inmigrantes se convierten en mano de obra imprescindible. Siguen la llamada rueda temporera, en la que se concatenan distintas campañas de diferentes comunidades autónomas. 

Los temporeros siguen siendo los eternos olvidados; siguen formando parte de un colectivo que sufre vulnerabilidad e invisibilidad. Esto se ve reflejado en unas condiciones de precariedad en cuanto a los alojamientos, que se siguen poniendo de manifiesto con incendios, muertes y enfermedad, provocadas por las  condiciones de hacimiento, derivadas de una escasez, en cuanto a  dotación de dispositivos, tanto de coordinación, acogida y ubicación de los temporeros, así como, de la dificultad al acceso a una vivienda digna. 

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El "delito" del inmigrante actual: la existencia física

Varios convictos trabajan en la construcción de una nueva valla tras la ya construida en la frontera entre Hungría y Serbia

Atrás quedaron los años de bonanza económica en Europa. Éstos, barridos de la faz de la Tierra, han sido sucedidos por infinitas eventualidades que acaecen a un ritmo frenético. El poder, los poderes, gobiernos, Estados y Organizaciones Internacionales, anima et corpus en la Sociedad Internacional, focalizan sus esfuerzos en la búsqueda, control y lucha frente al "enemigo".

Se trata de un sujeto abstracto cuyo reconocimiento implica situar a múltiples seres humanos, etiquetados en esa genérica categoría, en una posición tal, en la que no operaran las garantías fundamentales que en el marco de la estructura de los Estados fueron, con mayor o menor éxito, apuntaladas durante el siglo pasado, para "todo miembro de la familia humana".

En el contexto apenas apuntado se afianza, sin la más mínima cortina estética, la figura del inmigrante como sujeto prioritario en el concurso de catalogación de enemigos. Migrantes por motivos económicos, condicionados por guerras y hambrunas, cambios climáticos y en definitiva por todas, múltiples y terribles, causas instaladas sin remedio en el equipaje que cruelmente los acompaña. Véanse las continuas e inconvenientes declaraciones del hoy presidente de Estados Unidos donde califica a los inmigrantes como "violadores" o traficantes de drogas; su promesa de construcción del muro en la frontera mexicana. La reacción sobre los que demandan asilo en prácticamente todos los Estados europeos, o el empoderamiento del discurso del odio al migrante que asola Europa, vinculado a posiciones políticas de un marcado populismo radical…

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¿Qué nos une?

Jornada de puertas abiertas en el Parlamento de Andalucía por el 28F.

Hoy, 28 de febrero, que celebramos el Día de Andalucía, es un buen día para preguntarnos por los vínculos que nos hacen sentirnos pertenecientes a una comunidad sociopolítica determinada, en este caso la andaluza. ¿La identidad cultural? Sin duda, es un nexo importante para muchas personas.

Pero ¿cuántas formas de sentirse andaluz podemos considerar? ¿Seríamos capaces de hacer un listado homogéneo de características socioculturales que definieran el arraigo en la comunidad andaluza? ¿Y que haríamos con los andaluces que no se sintieran identificados con semejante listado? ¿Y que hacemos con todas aquellas personas que, conviviendo en nuestro territorio, por su procedencia de otros contextos socioculturales o su pertenencia a minorías, no comparten dicha identidad?

Las identidades socioculturales son fuente de diversidad, de desarrollo y de disfrute. Pero no nos sirve como nexo común. Ya conocemos las consecuencias de la aplicación del modelo multiculturalista, ampliamente aplicado de forma abierta o encubierta, que apela al respeto a la diferencia, exacerbándolas incluso,  legitimando en última instancia la segmentación de la sociedad en diferentes comunidades socioculturales. Magnífico marco para no abordar el conflicto ni la desigualdad. Todos diversos, todos desiguales.

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Diversidad en el presente y futuro de la ciudadanía

Al hablar de ciudadanía nos referimos a la construcción conjunta de una sociedad en la que todas las personas que forman parte de ella puedan acceder a los mismos derechos y mismas oportunidades, donde puedan participar del desarrollo social con las mismas condiciones y si no parten de esa igualdad, se creen los mecanismos oportunos para equilibrar las desigualdades en pro de una ciudadanía equitativa e inclusiva.

En el trabajo hacia dicha ciudadanía nos encontramos con un contexto en el que llevamos casi una década en crisis, en la que buena parte de la población ha sufrido las diferentes consecuencias de ésta. Una de ellas ha sido y es, la incertidumbre, la incertidumbre por el futuro. Y en esa incertidumbre se ha criado una generación que ahora afronta su adolescencia pudiendo saber que el paro juvenil lleva tiempo rondando el 50%, que la media de emancipación se sitúa alrededor de los 30 años y que estudiar no es garantía para tener un empleo ni este para poder ser autónomo/a o independiente, algo que siempre se sueña en la adolescencia y juventud, independencia y libertad.

Hablamos de esa generación, con frecuencia estigmatizada (como “ninis”, por ejemplo) que se tienen que enfrentar a una gran incertidumbre por su futuro, en el que la sociedad apenas les ofrece garantías de nada, donde también se precariza la calidad de su enseñanza y además no se ofrecen herramientas de participación en su sociedad para que puedan ejercer su ciudadanía de forma plena (se puede observar con facilidad como han menguado los presupuestos destinados a la juventud, al fomento del asociacionismo juvenil, fomento empleo joven, etc.).

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Los primeros en el peligro de la libertad

Detalle de las manos de algunos de los 1.000 inmigrantes de origen subsahariano que fueron rescatados en el mar Mediterráneo cuando viajaban en una embarcación de origen noruego, la Siem Pilot, a su llegada al puerto de Salerno, Italia.

Este año hace 30 que nuestro Tribunal Constitucional declaró por primera vez la inconstitucionalidad de una ley de extranjería y no es causal que tras esta declaración, al menos en dos ocasiones más, haya hecho lo propio con sucesivas leyes o reformas.

Nuestra legislación de extranjería está configurada, y no es nuevo, desde la perspectiva del "derecho del enemigo", como diría Zaffaroni abordando la dialéctica entre el estado de derecho y el de policía, señalando a los extranjeros como enemigos de la sociedad, negándoles, por ende, derechos.

Es esta percepción la que ha llevado a negar derechos como el de reunión, asociación, huelga, justicia gratuita o educación, felizmente recuperados por la intervención del Tribunal Constitucional, u otros no recuperados como el derecho a la sanidad.

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Que el derecho no se detenga a la puerta de los CIE

Protesta en el pleno del Ayuntamiento de Algeciras que en julio aprobó el protocolo general para la construcción del nuevo CIE

Bajo este lema diversos colectivos sociales iniciábamos una campaña de denuncia y sensibilización sobre la situación en la cual se encuentran los CIEs, de cara a visibilizar lo que sucede en estas instalaciones, cuya opacidad se manifiesta no solo en la dificultad de acceder a cualquier información sobre los mismos, sino de forma más severa en la prohibición de acceso a los medios de comunicación. Solo las entidades que de alguna manera venimos accediendo a estas instalaciones podemos dar testimonio de lo que allí sucede, bajo un denominador común, la vulneración sistemática de derechos humanos basada en actuaciones de dudosa legalidad.

Supone una contradicción legal que, teniendo los CIEs por definición "carácter no penitenciario", el CIE de Algeciras se encuentre ubicado en la antigua prisión, manteniendo una impronta carcelaria que no solo se manifiesta en su aspecto externo, sino también en elementos internos como el sistema de celdas, patios, mamparas de visita o el régimen de funcionamiento interno.

Igualmente supone una ilegalidad manifiesta el uso como CIE de las instalaciones de Tarifa, constituida como de uso provisional, y justificada bajo el encaje de "anexo" del CIE de Algeciras, figura que, como ha aclarado el Defensor del Pueblo en diversos informes, carece de cobertura jurídica. Siendo además una argumentación inverosímil, pues el CIE de Tarifa funciona en realidad como un CIE totalmente independiente, con una Dirección policial paralela a la del centro de Algeciras, y lo que es más grave, sin que exista Orden Ministerial que ampare su creación y funcionamiento.

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