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Un antes y un después en la Frontera Sur

Fotografía tomada aquel día en la que se ve cómo, tras descender por una de las escaleras colocadas por la Guardia Civil, dos personas fueron entregadas a las autoridades marroquíes por una de las puertas de acceso de la valla.

El pasado 3 de Octubre, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH)  condenó a España (ECHR 291 (2017)03.10.2017) a indemnizar a dos ciudadanos de origen subsahariano que en Agosto de 2014 intentaron entrar en España, a través de la valla de  Melilla, e interceptados por las autoridades españolas fueron  devueltos a Marruecos. El Tribunal considera que esta devolución vía de hecho o devolución en caliente, vulnera la legalidad contemplada en el Convenio Europeo de Derechos Humanos, concretamente los artículos 4 del Protocolo 4 y artículo 13, por estar prohibida expresamente.

Para poder concluir con las posibles consecuencias que tendrá para España, y la legislación de extranjería, hay que analizar la figura de las devoluciones en caliente, una práctica que se ha detectado en la frontera entre España y Marruecos, concretamente en la zona territorial de Ceuta y Melilla. En estos territorios se ha constatado que las personas que intentan entrar en España por puestos no habilitados y son interceptadas por las autoridades españolas se ponen a disposición de las autoridades marroquíes, sin control administrativo ni judicial y, por tanto, como han denunciado tanto ACNUR como otras ONGS que trabajan en estos territorios, dicha práctica es contraria tanto al orden constitucional español como al europeo e internacional.

Desde el año 2000 cuando se promulgó la Ley 4/2000 de Derechos y Libertades de los Extranjeros en España (Ley de Extranjería) se implanta un procedimiento de devolución para quienes pretendan entrar irregularmente por un puesto de control fronterizo y también para los que intenten la entrada ilegal por lugares no habilitados, que conlleva unas garantías jurídicas imprescindibles: individualización, audiencia con asistencia letrada, motivación y sometimiento al correspondiente control jurisdiccional.

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Resaca veraniega

Después de vivir el estío más dramático que se recuerda tras el ataque terrorista a las Ramblas, debemos seguir trabajando para vencer esta resaca. Es alarmante escuchar y leer reacciones que van desde las expulsiones masivas de cualquier persona incluso con nacionalidad española sobrevenida; pasando por alentar bombardeos indiscriminados sin saber dónde ni contra quién, hasta intentar suprimir derechos adquiridos en función de la etnia del individuo.

Duros tiempos en los que mezclamos de manera aleatoria los términos yihadista, árabe, musulmán o islamista sin saber muy bien la diferencia de sus significados y sin calcular la dimensión del error terminológico.

Con el trasfondo de una pretendida consulta electoral, continuamos analizando si se tomaron las adecuadas medidas de seguridad que se aconsejaron las pasadas navidades o si le dimos alguna credibilidad a los avisos dados meses atrás sobre la posibilidad de que podría pasar lo que finalmente ocurrió en el lugar más emblemático de Barcelona. Seguimos preguntándonos como el conductor terrorista pudo salir por su propio pie del lugar más transitado de Cataluña -tras recorrer más de medio kilómetro atropellando transeúntes-, apuñalando incluso a otro inocente en su huida, antes de ser abatido días más tarde. Nos interrogamos cómo, días antes, no pudieron llamar la atención decenas de bombonas almacenadas con material sospechoso en un lugar que a la postre resultó ser el refugio terrorista donde se planeaban asesinatos indiscriminados contra la población civil.

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Migraciones y cambio climático

Vista de la zona desértica de Tabernas (Almería).

Los migrantes, una nación sin pueblo, no sólo tienen que huir de otros hombres para sobrevivir, con el colapso climático, también deben huir del planeta. Son los migrantes climáticos. Sienten en su cuerpo la inhospitalidad de la Tierra y además reciben en su rostro la escasa solidaridad y ausencia de fraternidad de sus nuevos vecinos. La patria, para aquellos a los que esta palabra todavía dice algo, sólo significa la imposibilidad de sobrevivir. Son nuda hominum. Hombres desnudos, despojados de todo estatuto jurídico, al no ser reconocidos por el derecho internacional como refugiados y no haber ningún régimen legal que los proteja. ¿Puede llegar a ser el colapso climático un instrumento biopolítico de control de flujos migratorios y dominación?

Sujetos políticos en su país, pero sin estatuto jurídico en su éxodo, los migrantes climáticos se han convertido en sujetos de segunda clase. No están pero son retenidos. El resultado de esta indefinición es la paradójica figura de los «expulsados retenidos». Meras existencias de frontera. Vidas desnudas ante el poder soberano de la Naturaleza y del Estado, a la que quedan reducidos los seres humanos sin derecho ni ciudadanía. En ellos la trilogía clásica estado-nación-territorio queda truncada. Pero desde su abandono y desprotección nos interrogan. Ponen en cuestión nuestro estatuto de ciudadanos de la Unión Europea, blancos y occidentales, titulares de derechos.

Europa es un punto neurálgico para las migraciones climáticas que llegan desde África y Oriente Próximo. Pero para muchas personas será imposible huir. Sólo quienes gozan de buena salud o posen más recursos podrán emprender el éxodo, el abandono de todo lo que son y de todo lo que tienen. Las poblaciones inmovilizadas entretanto habrán de padecer situaciones humanitarias más graves que quienes emigran. Muchos serán abandonados a su suerte en zonas semiabandonadas, inhóspitas, sin la protección del estado y en contextos angustiosos. Es necesario preguntarse, por ello, si cuando el colapso climático se haga más profundo, estas regiones pueden llegar a convertirse en «espacios de excepción» donde todo sea posible, a modo de modernos campos de concentración. Sin alambres de púas, barreras, rejas, sólo con barreras climáticas.

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La Europa sin alma

Hay una Europa sin alma. Una Europa capaz de traicionar sus valores más profundos. Una Europa que se niega a sí misma adentrándose por caminos inquietantes. Uno es el camino del rechazo, del despliegue de políticas disuasorias que en su conjunto transmiten un nítido mensaje: “no vengáis”. El otro camino es el del engaño, manipulando y desviando la atención sobre las terribles consecuencias que sus políticas están teniendo para las vidas de miles de personas necesitadas de protección.

Esta Europa inquietante se nos ha revelado con la crisis de los refugiados. Acuerdos con países como Turquía, entre otros, para que actúen como gendarmes de nuestras fronteras y dificulten que las personas refugiadas puedan llegar a Europa. Y en virtud de estos acuerdos, la devolución de cientos de ellas a países con enormes carencias en la protección de las personas refugiadas e inmersos en situaciones de inestabilidad política y violación de derechos humanos.

Para las que sí consiguen llegar, procedimientos de reconocimiento de protección internacional extremadamente lentos, faltos de garantías y discriminatorios según nacionalidades. A lo que se suma una escandalosa falta de determinación para reubicar a las personas refugiadas llegadas a Italia y Grecia, condenándolas a condiciones de acogida, en muchos casos, deplorables. Por si todo lo anterior no fuera suficiente para "disuadir" de llamar a las puertas de Europa, blindaje y militarización de fronteras.

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Carta abierta en apoyo a Helena Maleno

Hay una idea, una frase, que Andalucía Acoge repite desde sus primeros años: "La inmigración no genera nuevos problemas, fundamentalmente pone de relieve las carencias que ya existen en las sociedades receptoras".

Es fácil olvidar esta idea cuando estamos invadidos de imágenes dantescas de los naufragios en el Mediterráneo o de la violencia callejera producida por el resurgir de la ultraderecha en EEUU y la propia Europa.

Pero detrás de cada una de estas imágenes hay una realidad que es resultado de las brechas aún no cubiertas de nuestro modelo de sociedad. Eso incluye a ministros de la Unión Europea que se desentienden de los muertos en el Mediterráneo, incluso criminalizando a las ONGs que intentan salvar vidas, o dejando que ciudadanos europeos sean virtualmente secuestrados en aguas internacionales por patrulleros libios. Incluye también a las personas que ven frustrado su proyecto vital por la precariedad y que son vulnerables a los mensajes racistas que algunos medios alimentan generando tensión y violencia social.

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¿Por qué incluir la religión cuando hablamos de convivencia?

Enero de 2015. El Centro Cultural Islámico de Valencia convocó una concentración ante el consulado de Francia en Valencia para hacer llegar la condolencia con las víctimas del atentado contra Charlie-Hebdo y expresar la repulsa del terrorismo, especialmente el que pretende legitimarse religiosamente.

Instintivamente, pensamos la convivencia como aspiración en ámbitos muy diversos: la vivienda, el lugar de trabajo, el edificio, la calle, el barrio. Aspiramos a convivir relación positiva entre personas y grupos basada en el respeto, cuidada a través de la comunicación, potenciada con metas compartidas, labrada en la gestión de los asuntos comunes, del reconocimiento del otro en lo que tiene de común y en su diferencia, salvada mediante la negociación para resolver tensiones y conflictos. Convivir es más que coexistir en el mismo espacio con personas y grupos extraños, sin apenas factores de identidad compartida, que evitan los conflictos sin tender puentes de comunicación, más bien cerrados en grupos estancos.

Así como la coexistencia puede contentarse con relaciones superficiales, la convivencia exige mayor profundidad o intensidad en la relación. A tal fin, es ineludible tomar en serio los distintos componentes que identifican a la otra persona, también los que se mueven en las capas más profundas: las tradiciones en las que ha sido formada, su identidad electiva, lo que toca a su vocación, su escala de valores, su espiritualidad, lo que afecta a su conciencia. Esta es la gran razón por la que contemplar la dimensión religiosa de la persona, su modo de vida en lo que viene moldeado por tradiciones religiosas, lo que le está permitido y vedado en conciencia, lo que afirma su fe, sostiene su esperanza y le vuelca hacia los demás. O lo que le pone en guardia, porque afecta a lo más sagrado.

Cuando se trata de convivir día a día en un ámbito local próximo, hay cuestiones que tocan a la religión que no se pueden desconocer. Por ejemplo, en ocasiones, la práctica religiosa desbordará los espacios familiares y comunitarios, de modo que será preciso negociar el uso del espacio público: locales municipales, parques, plazas, calles… Las fiestas religiosas que jalonan el año para toda la comunidad y las que jalonan la vida son ocasiones en las que, frecuentemente, se invita a parientes, amigos, vecinos… Asociarse a la alegría y al duelo de otros es importante para convivir, cosa que facilita saber qué celebran, el significado de tal o cual rito, las normas mínimas de cortesía de quien participa sin formar parte de la comunidad religiosa. La religión ordena muchos significados, jerarquiza valores, establece catálogos de deberes y prohibiciones. Una sociedad plural no comparte todas las propuestas de sentido, ni todas las escalas de valores. La convivencia se juega en reconocer qué valores son compartidos, qué diferencias se pueden respetar o tolerar, en qué la discrepancia se muestra respetuosa, y que no debe ser tolerado. Es preciso mediar, sí. Para ello, es preciso discernir con finura el revestimiento cultural del fundamento religioso de muchas normas y costumbres. Es necesario contar con quien conozca las varias tradiciones religiosas e ideológicas en conflicto por una cuestión dada, y que ayude a traducir elementos equivalentes, a delimitar bien lo más difícil de armonizar.

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Ceuta, "cárcel dulce"

Ese calificativo de “cárcel dulce” define muy bien en qué se ha convertido Ceuta en los últimos años. En sí misma, la ciudad, es como un enorme centro de retención, con una valla de 8 km de longitud y 6 metros de altura con cuchillas que cortan hasta matar, por un lado, y por otro, las aguas del Estrecho, en las que se divisa la Península a lo lejos solo a 22 kilómetros. Que esto sea así no es casualidad.

El motivo de que el Gobierno español mantenga sin ninguna expectativa de pasar a la “gran España” a los inmigrantes y refugiados que llegan a Ceuta, reteniéndoles en ocasiones hasta 4 años, responde a otro de los instrumentos fundamentales que España y Europa han ido desarrollando con gran esfuerzo e interés en estos últimos años en su política migratoria de control de los flujos migratorios y externalización de fronteras.

Ceuta, minúsculo territorio español en tierra africana, es (como su gemela Melilla) una ilustración típica de las absurdas inhumanidades que acarrea la externalización de fronteras en marcha. En este caso, la UE instó a España a evitar por cualquier medio la entrada de migrantes extracomunitarios, y a tratar severamente a quienes lo lograran. A su vez, España exige a Marruecos que detenga en origen los intentos de intrusión. Haciendo de gendarme de las políticas europeas, maltratando, persiguiendo y torturando a los inmigrantes y refugiados hasta causarles heridas de gravedad que en algunos casos les ocasionan la muerte.

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Medios de comunicación libres de inmigracionalismo

Fue Borges quién dijo: “somos lo que leemos, y nuestro cerebro se transforma literalmente a través de los textos que introducimos en nuestra mente”.

Actualmente contamos con una sociedad cada vez más polarizada y la información que es publicada se centra cada vez más en marcar la diferencia entre unos y otros. Este hecho, unido al resurgir de la extrema derecha y partidos racistas en algunos países europeos y a la utilización del terrorismo como instrumento de selección entre civilizaciones, sirve de pretexto perfecto para criminalizar de serie, a todo un fenómeno como son las personas migrantes y refugiadas. Y ante esto, los medios de comunicación no saben estar a la altura.

Podemos afirmar que el lenguaje construye, tiene intencionalidad, la elección de una palabra u otra nos lleva a una realidad diferente. Con esta premisa, el relato que se está dibujando es muy preocupante.

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¿Por qué el acuerdo UE-Turquía crea más problemas de los que soluciona?

La Unión Europea y Turquía aprobaron en marzo de 2016, cuando las llegadas masivas de migrantes a las fronteras comunitarias eran ya habituales, una declaración política por la que ambas partes se comprometían a eliminar el problema. Bruselas puso en común toda la batería de medidas individuales que se habían aplicado de forma aislada para poner en marcha un convenio que pretendía atajar la situación y al mismo tiempo disuadir futuros movimientos. Más de un año después de su aprobación, sin embargo, el acuerdo ha supuesto únicamente un tapón improvisado que no ha ofrecido soluciones definitivas para los problemas que motivaron su firma, y que al contrario ha generado nuevos elementos de tensión que añaden incertidumbre a la situación y que provocan que el balance del acuerdo un año después de su puesta en marcha no sea positivo.

La gran respuesta de la Unión Europea a una crisis migratoria que pone de relieve el retraso en la aplicación de medidas como el Sistema Europeo Común de Asilo ha pasado por repetir una práctica ya muy extendida desde los años 90, la firma de acuerdos de externalización para que sean otros países los que gestionen sus obligaciones migratorias. A pesar de que todos estos países tengan características comunes, el caso de Turquía es especialmente particular. Las últimas décadas han sido convulsas para este país, con un aislamiento progresivo y la drástica reducción en las condiciones democráticas, de acuerdo a todos los observatorios al respecto. Por ello, muchas organizaciones pro derechos humanos criticaron la posibilidad de este acuerdo, al entender que los impedimentos para que éste fuera aprobado eran demasiado grandes como para proseguir.

La elección de Turquía no fue casual. Comparte con Grecia la frontera del Egeo, una de las zonas de entrada de migrantes más concurridas, y al mismo tiempo tremendamente mortífero. Para acabar de convencer al gobierno de Erdogan de que aceptase este acuerdo, Bruselas se empleó al máximo, ofreciéndoles viejas demandas como la exención de visados a los ciudadanos de ese país o la reapertura definitiva de las negociaciones de entrada en la UE. El acuerdo se formalizó a principios de 2016, y recogió la mayor parte de reivindicaciones de Ankara, así como una generosa subvención económica con la que Turquía debía reformar su sistema de asilo. Las condiciones a cumplir eran sencillas y claras, y solamente quedaba llevarlas a cabo.

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Perder las referencias históricas

Campo de refugiados de Moria

Ya en 1951 la Convención de Ginebra definía como refugiado a aquella persona que debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él.

Esta definición se hace en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, bajo el instrumento legal de proteger a millones de personas desplazadas en todo el mundo, la mayoría de ellas ciudadanos europeos en busca de protección.

En ese mismo panorama y con carácter temporal se creó el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, conocido como ACNUR, con un mandato de tres años para, teóricamente, desaparecer transcurrido el mismo. Esto no solo no ha sido así, sino que ya llevan casi 70 años y su trabajo no cesa, al contrario, como ya hemos leído y visto en todas las noticias, Europa ha experimentado el mayor desplazamiento de personas desde la Segunda Guerra Mundial. El número de personas que se ha visto obligada a abandonar sus hogares a causa de las guerras, las violaciones de los derechos humanos, el subdesarrollo, el cambio climático, violencia de género u orientación sexual nunca ha sido mayor. Más de 60 millones de personas, de las cuales la mitad son niños, han huido de la violencia o la persecución y hoy son refugiados o desplazados internos. Otros 225 millones de personas son migrantes que han abandonado sus países en busca de mejores oportunidades o simplemente para sobrevivir.

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