Opinión y blogs

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Temporeros, esos eternos olvidados entre la precariedad laboral y la xenofobia

El fenómeno del temporerismo en España ha ido evolucionando paulatinamente. Atrás queda el perfil de una persona temporera autóctona para pasar a una configuración mucho más diversa, existiendo diferentes campañas a lo largo del territorio español, siendo el país que más temporeros acoge dentro de sus campañas internas.

Desde los años 80, en los que las campañas eran cubiertas por mano de obra autóctona, se pasa en la década de los 90, a una reducción en la mano de obra nacional, debido al auge de la construcción, que hace que esta mano de obra nacional decaiga (salarios inferiores, dureza del trabajo). Como consecuencia de la reducción de puestos nacionales, y ante la imposibilidad de cubrir la demanda con trabajadores locales, los jornaleros inmigrantes se convierten en mano de obra imprescindible. Siguen la llamada rueda temporera, en la que se concatenan distintas campañas de diferentes comunidades autónomas. 

Los temporeros siguen siendo los eternos olvidados; siguen formando parte de un colectivo que sufre vulnerabilidad e invisibilidad. Esto se ve reflejado en unas condiciones de precariedad en cuanto a los alojamientos, que se siguen poniendo de manifiesto con incendios, muertes y enfermedad, provocadas por las  condiciones de hacimiento, derivadas de una escasez, en cuanto a  dotación de dispositivos, tanto de coordinación, acogida y ubicación de los temporeros, así como, de la dificultad al acceso a una vivienda digna. 

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El "delito" del inmigrante actual: la existencia física

Varios convictos trabajan en la construcción de una nueva valla tras la ya construida en la frontera entre Hungría y Serbia

Atrás quedaron los años de bonanza económica en Europa. Éstos, barridos de la faz de la Tierra, han sido sucedidos por infinitas eventualidades que acaecen a un ritmo frenético. El poder, los poderes, gobiernos, Estados y Organizaciones Internacionales, anima et corpus en la Sociedad Internacional, focalizan sus esfuerzos en la búsqueda, control y lucha frente al "enemigo".

Se trata de un sujeto abstracto cuyo reconocimiento implica situar a múltiples seres humanos, etiquetados en esa genérica categoría, en una posición tal, en la que no operaran las garantías fundamentales que en el marco de la estructura de los Estados fueron, con mayor o menor éxito, apuntaladas durante el siglo pasado, para "todo miembro de la familia humana".

En el contexto apenas apuntado se afianza, sin la más mínima cortina estética, la figura del inmigrante como sujeto prioritario en el concurso de catalogación de enemigos. Migrantes por motivos económicos, condicionados por guerras y hambrunas, cambios climáticos y en definitiva por todas, múltiples y terribles, causas instaladas sin remedio en el equipaje que cruelmente los acompaña. Véanse las continuas e inconvenientes declaraciones del hoy presidente de Estados Unidos donde califica a los inmigrantes como "violadores" o traficantes de drogas; su promesa de construcción del muro en la frontera mexicana. La reacción sobre los que demandan asilo en prácticamente todos los Estados europeos, o el empoderamiento del discurso del odio al migrante que asola Europa, vinculado a posiciones políticas de un marcado populismo radical…

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¿Qué nos une?

Jornada de puertas abiertas en el Parlamento de Andalucía por el 28F.

Hoy, 28 de febrero, que celebramos el Día de Andalucía, es un buen día para preguntarnos por los vínculos que nos hacen sentirnos pertenecientes a una comunidad sociopolítica determinada, en este caso la andaluza. ¿La identidad cultural? Sin duda, es un nexo importante para muchas personas.

Pero ¿cuántas formas de sentirse andaluz podemos considerar? ¿Seríamos capaces de hacer un listado homogéneo de características socioculturales que definieran el arraigo en la comunidad andaluza? ¿Y que haríamos con los andaluces que no se sintieran identificados con semejante listado? ¿Y que hacemos con todas aquellas personas que, conviviendo en nuestro territorio, por su procedencia de otros contextos socioculturales o su pertenencia a minorías, no comparten dicha identidad?

Las identidades socioculturales son fuente de diversidad, de desarrollo y de disfrute. Pero no nos sirve como nexo común. Ya conocemos las consecuencias de la aplicación del modelo multiculturalista, ampliamente aplicado de forma abierta o encubierta, que apela al respeto a la diferencia, exacerbándolas incluso,  legitimando en última instancia la segmentación de la sociedad en diferentes comunidades socioculturales. Magnífico marco para no abordar el conflicto ni la desigualdad. Todos diversos, todos desiguales.

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Diversidad en el presente y futuro de la ciudadanía

Al hablar de ciudadanía nos referimos a la construcción conjunta de una sociedad en la que todas las personas que forman parte de ella puedan acceder a los mismos derechos y mismas oportunidades, donde puedan participar del desarrollo social con las mismas condiciones y si no parten de esa igualdad, se creen los mecanismos oportunos para equilibrar las desigualdades en pro de una ciudadanía equitativa e inclusiva.

En el trabajo hacia dicha ciudadanía nos encontramos con un contexto en el que llevamos casi una década en crisis, en la que buena parte de la población ha sufrido las diferentes consecuencias de ésta. Una de ellas ha sido y es, la incertidumbre, la incertidumbre por el futuro. Y en esa incertidumbre se ha criado una generación que ahora afronta su adolescencia pudiendo saber que el paro juvenil lleva tiempo rondando el 50%, que la media de emancipación se sitúa alrededor de los 30 años y que estudiar no es garantía para tener un empleo ni este para poder ser autónomo/a o independiente, algo que siempre se sueña en la adolescencia y juventud, independencia y libertad.

Hablamos de esa generación, con frecuencia estigmatizada (como “ninis”, por ejemplo) que se tienen que enfrentar a una gran incertidumbre por su futuro, en el que la sociedad apenas les ofrece garantías de nada, donde también se precariza la calidad de su enseñanza y además no se ofrecen herramientas de participación en su sociedad para que puedan ejercer su ciudadanía de forma plena (se puede observar con facilidad como han menguado los presupuestos destinados a la juventud, al fomento del asociacionismo juvenil, fomento empleo joven, etc.).

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Los primeros en el peligro de la libertad

Detalle de las manos de algunos de los 1.000 inmigrantes de origen subsahariano que fueron rescatados en el mar Mediterráneo cuando viajaban en una embarcación de origen noruego, la Siem Pilot, a su llegada al puerto de Salerno, Italia.

Este año hace 30 que nuestro Tribunal Constitucional declaró por primera vez la inconstitucionalidad de una ley de extranjería y no es causal que tras esta declaración, al menos en dos ocasiones más, haya hecho lo propio con sucesivas leyes o reformas.

Nuestra legislación de extranjería está configurada, y no es nuevo, desde la perspectiva del "derecho del enemigo", como diría Zaffaroni abordando la dialéctica entre el estado de derecho y el de policía, señalando a los extranjeros como enemigos de la sociedad, negándoles, por ende, derechos.

Es esta percepción la que ha llevado a negar derechos como el de reunión, asociación, huelga, justicia gratuita o educación, felizmente recuperados por la intervención del Tribunal Constitucional, u otros no recuperados como el derecho a la sanidad.

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Que el derecho no se detenga a la puerta de los CIE

Protesta en el pleno del Ayuntamiento de Algeciras que en julio aprobó el protocolo general para la construcción del nuevo CIE

Bajo este lema diversos colectivos sociales iniciábamos una campaña de denuncia y sensibilización sobre la situación en la cual se encuentran los CIEs, de cara a visibilizar lo que sucede en estas instalaciones, cuya opacidad se manifiesta no solo en la dificultad de acceder a cualquier información sobre los mismos, sino de forma más severa en la prohibición de acceso a los medios de comunicación. Solo las entidades que de alguna manera venimos accediendo a estas instalaciones podemos dar testimonio de lo que allí sucede, bajo un denominador común, la vulneración sistemática de derechos humanos basada en actuaciones de dudosa legalidad.

Supone una contradicción legal que, teniendo los CIEs por definición "carácter no penitenciario", el CIE de Algeciras se encuentre ubicado en la antigua prisión, manteniendo una impronta carcelaria que no solo se manifiesta en su aspecto externo, sino también en elementos internos como el sistema de celdas, patios, mamparas de visita o el régimen de funcionamiento interno.

Igualmente supone una ilegalidad manifiesta el uso como CIE de las instalaciones de Tarifa, constituida como de uso provisional, y justificada bajo el encaje de "anexo" del CIE de Algeciras, figura que, como ha aclarado el Defensor del Pueblo en diversos informes, carece de cobertura jurídica. Siendo además una argumentación inverosímil, pues el CIE de Tarifa funciona en realidad como un CIE totalmente independiente, con una Dirección policial paralela a la del centro de Algeciras, y lo que es más grave, sin que exista Orden Ministerial que ampare su creación y funcionamiento.

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El año en que vivimos un siglo

Le Pen, candidata de ultraderecha en Francia

En 2003 el sociólogo Enrique Gil Calvo publicaba su libro El miedo es el mensaje. Un ensayo, inspirado en las ideas de Ulrich Beck, en el que se aborda la incertidumbre ante un mundo en cambio impactado por la entonces novedosa idea de Globalización y el papel que juegan en ella los medios de comunicación como multiplicadores de la ansiedad ciudadana. Una ansiedad que la mayor parte de las veces se traduce en miedo a lo que pueda venir y que se difunde de forma similar a una epidemia. Los pequeños focos de fobias al cambio se van expandiendo gracias a una sociedad atemorizada y en estado de shock ante la inmensidad de las novedades y sus efectos no siempre positivos que sufre la ciudadanía.

Trece años después, esta propuesta puede ser una buena referencia para entender lo que ha pasado en 2016. Hemos visto con incredulidad cómo los miedos y la frustración de buena parte de la población eran catalizados en propuestas políticas que generan nuevas preocupaciones. La presidencia de Trump en Estados Unidos y el proceso del Brexit han dejado claro que, cuando grandes capas de la población pagan la factura de una crisis de modelo económico como la que vivimos, su frustración puede ser canalizada hacia cualquier cosa que sirva como chivo expiatorio; y así, en ambos procesos, las personas migrantes han sido puestas como responsables de los males de la población autóctona y la precarización de su empleo.

Afrontamos un 2017 en el que Francia primero y Alemania después van a someterse a la misma prueba en sendas elecciones presidenciales. En columnas de prensa y tertulias televisivas no deja de hablarse de la preocupación que genera una posible victoria de la ultraderecha y su discurso antieuropeo, basado en la supuesta pureza de las identidades nacionales y defensor de la endogamia xenófoba. Estamos pues ante el peligro de pasar de la epidemia a la pandemia.

Pensar que la xenofobia y el nacionalismo se instalen en los gobiernos de los cuatro países que lideran la política occidental resulta un escenario terrible. Más aún si se comprende que esto sería gracias a los votos de millones de ciudadanos y ciudadanas convencidos de estar buscando soluciones.

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Un espacio para la convivencia

Hace 16 años, las Naciones Unidas decidieron elegir el 18 de diciembre como un día de conmemoración para las personas migrantes. Las migraciones son parte de nuestra historia, así como un motor imprescindible para el avance de nuestras sociedades: miles de personas emprenden cada año un viaje incierto en busca de un futuro más próspero o más seguro, dejando atrás lazos familiares y afrontando nuevos retos personales y colectivos.

Las sociedades de acogida se diversifican y enriquecen con la llegada de personas de distintos orígenes y culturas. La diversidad -entendida ésta como un crisol de miradas que iluminan la realidad desde múltiples puntos de vista- nos da la oportunidad de crear una sociedad más abierta y plural, con mayores capacidades para adaptarse a las nuevas realidades que nos depara el futuro.

No obstante, esta construcción conjunta de la sociedad que queremos no puede dejar a nadie atrás: es necesario dar cabida a las distintas sensibilidades que la conforman, permitiendo que todas ellas puedan expresarse abiertamente y tomen parte en los procesos de decisión. Pero existen una serie de dificultades añadidas que obstaculizan la participación activa de todas las personas que residen en nuestros pueblos y ciudades, como el hecho de que no todas tengan reconocidos los mismos derechos o la existencia de estereotipos que operan sobre determinados colectivos, que los relegan a posiciones de desventaja desde las cuales difícilmente logran que sus necesidades sean escuchadas.

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