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Francisco Ayala, cien años siendo joven

Francisco Ayala falleció superados los cien años de edad. (REUTERS)

En 1977 -se cumplen también ahora 40 años- Francisco Ayala pronunció una conferencia en Granada, su ciudad natal. Nada tendría de extraordinaria esta anécdota en la longeva vida de un escritor experimentado en estas lides, que cabalgó entre la docencia, las clases, cursos y conferencias magistrales, de no ser por un dato revelador: "fue mi primera intervención pública en mi ciudad natal". Tenía 71 años y llevaba 38 en el exilio.

Con esta cita textual quedó anotado el hito en lo que Ayala llamó Relato de mi vida, una suerte de cronología vital de este hombre joven y lúcido hasta el último aliento, que jamás perdió el interés por la actualidad e incluso se acercó a las nuevas tecnologías con una cuenta propia en Facebook donde publicaba estas píldoras a modo de ejercicio mental.

Por esta misma cronología personal -aséptico repaso memorialístico, sin connotaciones  sentimentales- sabemos que volvió a España por primera vez desde su salida forzosa tras la Guerra Civil en 1960. Podemos aventurar qué diferencias encontraría Ayala en la sociedad española en esos 17 años que median entre el tímido inicio del aperturismo, aún con el eco de las sombras grises de las cartillas (el racionamiento perduró oficialmente en España hasta mayo de 1952); y la efervescencia política y social de 1977, muerto el dictador, con una Andalucía puesta en pie, decidida a hacerle frente a su futuro en la nueva España de las Autonomías que se estaba dibujando.

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De Marisol a Pepa Flores: el mito que se transformó con la democracia

Foto: César Lucas

Marisol se retiró con 37 años para que Josefa Flores González (Málaga, 1948) consiguiera lo que siempre había querido: ser una persona cualquiera. Habría que preguntarle si lo ha conseguido. Cada poco alguien la ve paseando en La Malagueta, y aún se gira y le da un codazo al de al lado, pero ni la paran ni le piden autógrafos. Hasta tal punto pervivió el mito que Pepa Flores convirtió la no noticia en noticia y durante años el mismo retiro se ha elevado a rango de exclusiva. Antes de retirarse, Pepa Flores tuvo tiempo para dar un giro a su personaje: de niña mimada del franquismo y del propio dictador se convirtió en símbolo de la apertura y acérrima comunista, otro mito que también trascendió.

Foto: César Lucas

Foto: César Lucas

El seguimiento de la nada (no hay noticia, ni entrevista, ni reportajes porque la propia Pepa Flores no quiere) da una idea de la categoría del mito que se retiró. 32 años después, es capaz de llenar de imágenes icónicas una sala de exposiciones y la sala de exposiciones de familias al completo. Ocurrió hace un par de años en La Térmica de Málaga: una exposición de las fotografías que le hizo César Lucas entre 1963 y 1974 recibió unos 10.000 visitantes. La titularon Marisol: el resplandor de un mito. César Lucas, el director de cine Juan Caño, el cantautor Luis Eduardo Aute y el director de actores Chencho Ortiz analizaron la figura del mito en una mesa redonda y el día anterior de la inauguración aparecieron por allí la madre y la hermana de Pepa Flores.

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Caballero Bonald, de viaje a la Argónida

Caballero Bonald

José Manuel Caballero Bonald, al igual que aquellos jóvenes intrépidos que viajaron a Sevilla en 1927 para homenajear a Góngora, forma parte también de una foto histórica. Fechada en el último año que da nombre a su generación poética, la de los 50, la imagen está tomada en Collioure, al Sur de Francia, la ciudad que es el santuario laico de media España desde que muriera allí, derrotado y vencido, don Antonio Machado.

Aquellos que se reunieron en Collioure para honrar al padre de todos los poetas posteriores son ya hoy parte de la historia de la literatura española. Constituyen la espina dorsal de un grupo poético que unió el respeto por la palabra, el delicado cuidado por el lenguaje, con el compromiso social. Sus nombres son José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald. Todos fueron hasta la tumba de Machado para consagrarse a su poesía y su vida, pero también fueron, como no podía ser de otro modo, para mostrar de una manera absolutamente sublime su rechazo a la dictadura de Franco.

Más allá de la vinculación almeriense de José Ángel Valente, el único andaluz de la fotografía es José Manuel Caballero Bonald. También es el único superviviente de una generación diezmada antes de tiempo. Me gusta creer que Pepe Caballero sintiera en Collioure, ante la tumba de don Antonio, que no había salido de la Baja Andalucía. Que aquellos días azules y ese sol eran, efectivamente, los de la Argónida de su infancia, "tierra virgen, primigenia, favorecida por los dioses, a la que nadie podría nunca mancillar", al decir del propio poeta.

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Manuel Ángeles Ortiz, pintor del cante jondo

Ilustración de Manuel Ángeles para el Concurso de Cante Jondo.

Una anécdota deliciosa sitúa a Manuel Ángeles Ortiz y Federico García Lorca paseando por Granada hasta llegar a la vera de la casa de Manuel de Falla. Manuel Ángeles no se atreve, pero Federico decide llamar y presentarse: "Hola, este es Manuel Ángeles Ortiz, que pinta como yo canto. Y yo soy Federico García Lorca, que canto como él pinta". Después fueron amigos los tres. El relato sirve para ilustrar el comienzo de una amistad, de una tertulia y de una colaboración artística, pero también para situar en un tiempo y un lugar a Manuel Ángeles, el pintor del cante jondo.

Le llamaron así porque con Federico, Falla y otros preparó el histórico Concurso de Cante Jondo, que se celebró en 1922. "Queremos purificar y hacer revivir ese admirable cante jondo, que no hay que confundir con el cante flamenco, degeneración y casi caricatura de aquel", declaraba por entonces Manuel de Falla. A Manuel Ángeles le tocó diseñar y dibujar un cartel que rompía con la estética costumbrista sin arrojarla al basurero. Algo parecido a lo que hizo García Lorca con la poesía y las historias populares (ahí está El Poema del Cante Jondo). Por algo García Lorca era el poeta que escribía como Ángeles Ortiz, y éste, el pintor que pintaba como Lorca escribía. De ahí viene también otra etiqueta aplicable a su obra: cubismo jondo.

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José Luis Gómez, el carácter germánico de Andalucía

A Andalucía se la guardaba en el corazón y en la maleta. Eran los años duros de la emigración andaluza y  José Luis Gómez, un niño de la Huelva postbritánica, azotado por la ausencia de perspectivas, se marcha a París a trabajar de camarero con la vocación teatral escondida en un bolsillo y poco más de cien duros en el otro. No sabemos si viajaba con el convencimiento -al menos con la intuición- de que volvería para salvarnos, a muchos, de la pobreza cultural, de la inanidad intelectual, en la que aún estábamos sumidos por aquella década de los 60, donde la modernidad estaba sólo, y pobremente, asociada al desarrollismo, ese primer boom del ladrillo, del turismo de sol y playa que nos alejaba, aún más si cabe, de las corrientes culturales que demostraban que Europa tenía ya todas sus puertas abiertas.

Aún era pronto para saber que José Luis Gómez habría de volver para abrirnos fronteras e introducir nuestros escasos bagajes teatrales en la vanguardia europea más renovadora y audaz que ha dado la historia del teatro. Y es que, del París de terrazas y barras de bar salta el joven Gómez a Alemania, donde, además de continuar con su formación en la hostelería, cristaliza lo que se había venido fraguando como algo irremediable: decide ingresar en el Instituto de Arte Dramático de Westfalia, aprende alemán en tiempo récord y acaba por adueñarse de los secretos de la alocución teatral germana. 

Podría parecer que el hoy director -y fundador- del Teatro de la Abadía -el mejor laboratorio de investigación escénica del país- es un ejemplo de esos andaluces brillantes a los que les tocó vivir el florecimiento de Andalucía en la distancia. Pero José Luis Gómez regresa justo a principios de la década de los 70. Su encuentro con Grotowski en Polonia precipita su vuelta a España. Se instala en Madrid, desde donde observaría a los andaluces "volver a ser lo que fuimos" en medio de una intensa actividad teatral como productor, director y actor en montajes de adaptaciones de Kafka, Handke y, por supuesto, de Bertolt Brecht. No habíamos visto nada igual.

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María Zambrano, la patria del exilio

María Zambrano, poco después de su regreso a España | Fundación María Zambrano

La estación de trenes de Málaga, decenas de colegios e institutos, bibliotecas. Muchas instituciones y centros públicos recuerdan hoy a María Zambrano, y sin embargo su figura sigue siendo desconocida para muchos. En la web de la Fundación que lleva su nombre se la define como "una de las pensadoras más importantes del siglo XX". ¿Y cómo es entonces que su obra sigue en parte confinada a élites académicas? Maticemos. Google le dedicó un Doodle el pasado 22 de abril y aunque convengamos que eso no nos dice nada de su talla como pensadora, sí facilita su popularidad y da la pista de que existe una corriente que reivindica su legado.

Quizá la razón esté en su compromiso. Terminada la guerra, entre silencio y exilio Zambrano optó por el exilio. Eso la condenó al ostracismo en su país hasta que se restauró la democracia. En un texto inédito publicado en la obra colectiva Pensadoras del siglo XX, coordinada por Amelia Valcárcel (Instituto Andaluz de la Mujer, 2001) dice: "Para mí el exilio fecundo, pues que me dio libertad de pensar y la angustia económica que en España no habría tenido, pues habría ganado fácilmente una cátedra, pero me hubiera conformado, atada como si fuera una artista, como Picasso, que al encontrarse fuera de España abrió las alas". Sólo volvió en 1984, vestida con un largo abrigo blanco.

Antes, en 1981 y en plena ola de peticiones para que regrese (se lo pide la Junta de Andalucía, el ayuntamiento de Vélez-Málaga –que le ofrece vivienda-, se lo piden los intelectuales), ella había dicho que le costaba, no sabía por qué: "Es que es terrible volver al cabo de tanto tiempo. Yo siento la llamada. Yo quiero ir. Pero lo que no quiero es tirarme por la ventana. Hay algo que todavía se resiste (...) Que sea lo que Dios quiera".

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Carlos Cano: el rebelde que soñaba canciones

Carlos Cano | Fotografía de Máximo Moreno (cedida por el Centro de Estudios Andaluces)

Se podría escribir este texto con frases de Carlos Cano que explican esta tierra. "Andalucía necesita una pasada, no por la izquierda sino por la malafollá", le dijo a Jesús Quintero en su última entrevista. Decía Diego de los Santos, que bien lo conoció, que aportaba lo que aquí se desprecia: el dolor. El granadino era dueño de un andalucismo propio, doliente, de calle y campo, andalusí y jornalero, refractario a consignas y despachos. Toda su obra rezuma amor por los hombres y mujeres de Andalucía: por los que fueron, por los que se fueron, por los que se quedaron.

Cuenta el periodista Juan José Téllez en el documental El Mapa de Carlos  que a Carlos Cano le llamaban en Granada el que canta bajito, y que fue por Lluís Llach que venció a la timidez e hizo oír su voz. Tanto que diecisiete años después de su muerte, todavía se escucha.

Campos de Andalucía/decidme dónde está Alberti,/decidme si por el día/galopa también la muerte/y uno solo, caminando,/tras la estrella que se pierde,/que se pierde…¡Ay!, ¡Ay!/.../Eso lo digo yo,/que te conozco bien andaluz,/la que no te parió, te parió,/eso lo digo yo.

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Salvador Távora, el dolor de ser andaluz

Recuerda emocionado Salvador Távora (Sevilla, 1934) una primera vez decisiva. Fue un estreno, un debut que nada tendría que ver con su condición de dramaturgo, de director de la compañía de teatro La Cuadra, la que vendría a revolucionar, en la década de los 70, las artes escénicas nacionales aunando la cultura popular andaluza con el cosmopolitismo de las vanguardias del siglo XX. Era una primera vez que tendría que ver con su compromiso social y político, el de depositar su voto “blanco y verde” en una urna. Era 1979 y ya estaba abierta la puerta a la Democracia en España. “Mi teatro no hace andalucismo. Intenta hacer Andalucía”, contaba ya entonces a los medios de comunicación el dramaturgo y el poeta, el niño proletario, obrero en las fábricas textiles de Hytasa, torero fugaz y cantaor breve, el hombre que ha llenado los teatros más importantes del mundo.

En España se abrieron las ventanas, como decíamos, en los primeros años de vida de La Cuadra y comenzó a entrar el aire regenerador de la libertad. Por primera vez en cuarenta años los españoles fueron a votar. Primero la Constitución, y más tarde, en ese imborrable primero de marzo de 1979, las elecciones democráticas al Parlamento español, que dieron la victoria a Adolfo Suárez. “La gente había dejado de escuchar Radio Pirenaica, y en plena campaña electoral para las primeras elecciones municipales, que tenían que celebrarse el 3 de abril, Salvador Távora, en Bruselas, trabajaba con gentes de la emigración para representar su montaje Andalucía Amarga, que se estrenaría el 25 de abril de 1979 en el II Festival de Kaaitheater Chapelle des Brigittines de Bruselas”, recuerda la escritora sevillana Eva Díaz Pérez, biógrafa del dramaturgo en el vibrante relato que es el libro Salvador Távora. El sentimiento trágico de Andalucía (Fundación José Manuel Lara).

Con esa premisa, ese hondo sentimiento político transido de Andalucía, se ha acercado siempre Távora, no sólo a las urnas, sino a la vida y, sobre todo, al arte. Recuerda también Távora esos días a los que se refiere la escritora: “Parecía que ya no iba a tener sentido hablar de una Andalucía con dolor, pero no era así. Estábamos sólo en el punto de partida porque había una gran parte de Andalucía que aún estaba fuera: la emigración. Yo creí que los motivos de la contestación en el arte no iban a llegar con la llegada de la Democracia, ni tampoco de las elecciones”.

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Juan Antonio Lacomba: al andalucismo a través de la historia

Juan Antonio Lacomba - Fotografía de Pepe Ponce

Como si los andaluces también pudiéramos nacer donde queremos, Juan Antonio Lacomba (Chella, Valencia, 1938-Málaga, 2017) repetía que él era andaluz "de voluntad" y que no encontraba mejor manera de serlo que trabajando por la sociedad que lo acogió. La frase perfila al personaje. Lacomba fue un andaluz nacido en Valencia que rindió el mejor servicio a su tierra de acogida: dedicó la vida a investigar su historia económica y social. Una vez vino a Málaga y se quedó para siempre a estudiar. "Como soy mediterráneo, me quedé aquí", decía.

Se había doctorado en Historia con una tesis sobre la crisis de 1917 en España, presentada en la Universidad de Valencia. Allí aprendió de José María Jover que lo principal en la Historia son las fuentes. Algo debió de ver el régimen en aquel trabajo que censuró la tesis. Años después, un profesor de la Universidad de Málaga intervino ante Pío Cabanillas, y un nuevo censor dio vía libre. Lacomba nunca supo por qué lo que había sido "no publicable" se hizo válido. Así funcionaban las cosas.

Lacomba encontró Andalucía en 1966 y enseguida halló su manera de ser andaluz: estudió a fondo los procesos de industrialización y desindustrialización de Málaga, entonces por explicar, y ahí encontró claves que luego aplicaría al conjunto de Andalucía. "Se levantó una industria de vanguardia sobre una sociedad muy atrasada y eso no ajustaba", decía de las fábricas malagueñas de textiles, de las fundiciones y herrerías, todas truncadas con el siglo XX, en una entrevista para el número 39 de la revista Andalucía en la Historia. "La modernización social es un proceso muy complicado y largo de desarrollar. En Andalucía se comenzó la casa por el tejado, por eso se vino abajo".

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Antonio Gala: Viva Andalucía Viva

Asegura su secretario personal que "hablar de Andalucía es lo que más le puede gustar a don Antonio". Es una conversación tan breve como ceremoniosa, cargada de bellos formalismos y gestos de cortesía que sorprenden en este tiempo de postverdad donde la corrección política no se corresponde, paradójicamente, con las normas de educación que ordenan y dan sentido al entorno del escritor. "El señor Gala está prácticamente retirado de la vida pública", prosigue, amable, el asistente del autor andaluz más leído de las últimas décadas, para explicar su silencio ante los requerimientos que nunca cesan en torno a su compleja personalidad: una figura sin duda poliédrica de la que hoy destacamos uno de sus planos quizás menos transitados, su andalucismo militante.

Porque, si bien ahora Gala ha recuperado ese espíritu silente del que fuera Cartujo durante un breve periodo de su vida, no siempre fue así. Su compromiso cívico, su voz crítica y su conciencia social, apegada a la tierra, convierten a este cordobés nacido en Brazatortas (Ciudad Real) en uno de los autores más completos e inabarcables de su generación. Poeta, dramaturgo, novelista, ensayista, articulista, guionista de cine y televisión, y, además, personaje público que con la pluma como afilado estilete se ha convertido también en un agitador social y un fustigador de conciencias desde todas las tribunas mediáticas a las que se ha asomado durante los últimos sesenta años.

Foto: Inauguración del I Congreso de Cultura Andaluza el 2 abril de 1978 en la Mezquita-Catedral de Córdoba. Crédito: C&T Editores/Centro de Estudios Andaluces. Foto: Ladis

Foto: Inauguración del I Congreso de Cultura Andaluza el 2 abril de 1978 en la Mezquita-Catedral de Córdoba. Crédito: C&T Editores/Centro de Estudios Andaluces. Foto: Ladis

De Antonio Gala no sólo debe conocerse su obra literaria: la popularidad de sus novelas, la carga erótica de su poesía amorosa y el éxito de sus piezas teatrales; sino que ahora que se acerca el 40º aniversario de aquel trascendental 4 de Diciembre andaluz, es un acto de justicia arrojar luz sobre el Antonio Gala más combativo, el de la responsabilidad social y el activismo político. "A veces olvidamos su perfil cívico, su firme compromiso ciudadano a favor de las libertades, de los derechos civiles de Andalucía, de cuya bandera autonómica formó parte desde mucho antes de que existiera la autonomía, cuando a nuestra comunidad se le negaba incluso el derecho a ser por sí, por España y por la humanidad", escribía hace un año el periodista Juan José Téllez como director del Centro Andaluz de las Letras, institución que eligió al cordobés como Autor Andaluz del Año en 2016.

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