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Salvador Távora, el dolor de ser andaluz

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C:\fakepath\tav1La Cuadra. 1971. Quejio. Foto Mario Abate.jpg

Recuerda emocionado Salvador Távora (Sevilla, 1934) una primera vez decisiva. Fue un estreno, un debut que nada tendría que ver con su condición de dramaturgo, de director de la compañía de teatro La Cuadra, la que vendría a revolucionar, en la década de los 70, las artes escénicas nacionales aunando la cultura popular andaluza con el cosmopolitismo de las vanguardias del siglo XX. Era una primera vez que tendría que ver con su compromiso social y político, el de depositar su voto “blanco y verde” en una urna. Era 1979 y ya estaba abierta la puerta a la Democracia en España. “Mi teatro no hace andalucismo. Intenta hacer Andalucía”, contaba ya entonces a los medios de comunicación el dramaturgo y el poeta, el niño proletario, obrero en las fábricas textiles de Hytasa, torero fugaz y cantaor breve, el hombre que ha llenado los teatros más importantes del mundo.

En España se abrieron las ventanas, como decíamos, en los primeros años de vida de La Cuadra y comenzó a entrar el aire regenerador de la libertad. Por primera vez en cuarenta años los españoles fueron a votar. Primero la Constitución, y más tarde, en ese imborrable primero de marzo de 1979, las elecciones democráticas al Parlamento español, que dieron la victoria a Adolfo Suárez. “La gente había dejado de escuchar Radio Pirenaica, y en plena campaña electoral para las primeras elecciones municipales, que tenían que celebrarse el 3 de abril, Salvador Távora, en Bruselas, trabajaba con gentes de la emigración para representar su montaje Andalucía Amarga, que se estrenaría el 25 de abril de 1979 en el II Festival de Kaaitheater Chapelle des Brigittines de Bruselas”, recuerda la escritora sevillana Eva Díaz Pérez, biógrafa del dramaturgo en el vibrante relato que es el libro Salvador Távora. El sentimiento trágico de Andalucía (Fundación José Manuel Lara).

Con esa premisa, ese hondo sentimiento político transido de Andalucía, se ha acercado siempre Távora, no sólo a las urnas, sino a la vida y, sobre todo, al arte. Recuerda también Távora esos días a los que se refiere la escritora: “Parecía que ya no iba a tener sentido hablar de una Andalucía con dolor, pero no era así. Estábamos sólo en el punto de partida porque había una gran parte de Andalucía que aún estaba fuera: la emigración. Yo creí que los motivos de la contestación en el arte no iban a llegar con la llegada de la Democracia, ni tampoco de las elecciones”.

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Y así, mientras en la Sevilla natal de Távora los pactos postelectorales habían dado la primera alcaldía constitucional al andalucista Luis Uruñuela, el dramaturgo se encontró con una emigración andaluza en Bélgica completamente desconectada de la realidad de la tierra y “supo con certeza que todo lo andaluz había que reivindicarlo”, escribe Díaz Pérez.

“Era el momento de Andalucía, porque nuestra tierra es un lugar más cercano a la tragedia de Picasso y Juan Ramón que al talante quinteriano que nos habían hecho aceptar”, rememora el propio Távora. De este modo, los símbolos andaluces comienzan a emerger como algo natural en ‘Andalucía amarga’ y, a partir de ahí, en toda la obra de Salvador Távora: los placeres terrenales, las luces y los olores, las músicas -introduce las marchas de Semana Santa-…. En las míticas ‘Los Palos’, ‘Quejío’, ‘Herramientas’, ‘Andalucía Amarga’ o ‘Nanas de espinas’ -siguiendo un orden estrictamente cronológico-, Távora ha condensado la poética de su vida y su sentido del arte. También su ideario andaluz. ‘Quejío’, por ejemplo, la dolorosa antesala de ‘Andalucía Amarga’, es un espectáculo donde en palabras del propio Távora, “se olía a Andalucía”.

Intuititivo y autodidacta

En esos años, Salvador Távora había construido ya el discurso que le ha acompañado hasta hoy, y que sorprendió a los críticos más especializados, a las gentes de la cultura en Andalucía y a la intelectualidad y la resistencia política española, sobre todo porque lo había hecho de una manera intuitiva y autodidacta: “Lo que Távora había hecho era resolver el conflicto de la modernidad, encontrar en el camino propuesto por la vanguardia, un sendero para dignificar lo andaluz”, relata la autora del libro, escrito al alimón con la también veterana periodista Marta Carrasco.

Carrasco ha sido, precisamente, una de las periodistas más cercanas a Távora desde sus inicios. Se le deben descubrimientos como el nacimiento del dramaturgo en el céntrico barrio de San Lorenzo -y no en El Cerro, a dónde se mudaría siendo aún muy niño-. "Era la época en la que el Tamarguillo se desbordaba y en su casa -los vestuarios de una piscina pública- tenían que subir los muebles a la segunda planta". Estaba condenado a tener una existencia obrera nuestro personaje, y sin embargo, fuerza su destino gracias al "noble oficio de cómico". Vivir de cerca a Távora, una mezcla, dice Marta Carrasco, "de pensamiento e intución", ha sido "un descubrimiento diario de pasión por la vida. Cuando en 1979 vi su primera obra descubrí, no sólo todo lo que había cambiado Andalucía, sino el trabajo que aún quedaba por hacer... Y ahí ha estado siempre la obra de Salvador", explica la periodista.

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Hablar de Salvador Távora es, pues, hablar de la voluntad y la pasión con la que se ha aferrado siempre a la vida. Desde su adolescencia como obrero en los talleres mecánicos de una fábrica de tejidos en su barrio del Cerro del Águila, a su compromiso con el cante y con su tierra. Así lo recuerda José Monleón, el hombre por excelencia del teatro en nuestro país, a quien conoció en tiempos de censura, “cuando teníamos que utilizar un mito griego para hablar de la situación política de la España en la que vivíamos”.

Conoció Monleón a Távora cuando aún quedaban en él retazos de ese niño criado en medio de la injusticia y la miseria que se acumulaba tras el cauce del arroyo Tamarguillo, en el arrabal del Cerro, donde los fandangos comprometidos del Bizco Amate se confundían con los tañidos mecánicos de la fábrica de Hytasa donde aprendió el oficio de soldador. Ese niño dolido por la soleá de El Papero aprende del flamenco su función social, la protesta de la Andalucía malvendida y falseada en los tablaos. También en El Cerro satisface su afición a vivir al límite saltando por las noches la tapia del vecino matadero municipal y, apadrinado por Rafael Gómez ‘El Gallo’, consigue llegar a matador de novillos. Fue ahí donde aprendió que el riesgo y el arte hacen una perfecta combinación que luego se reflejaría, para siempre, en su lenguaje teatral.

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Recorrer el mundo, volver al Cerro

Pero la vigencia del discurso de La Cuadra no ha perdido un ápice de actualidad, a pesar de haberse aplacado esa Andalucía convulsa que salió a la calle para pedir igualdad el 4 de diciembre de 1977. De pasear grandes éxitos por teatros de medio mundo -todos recordamos que el 11-S le sorprendió estrenando ‘Carmen’ en Nueva York-, ha regresado Távora al Cerro, el barrio obrero donde se moldeó el niño proletario y el artista. Y desde esta humilde atalaya, sigue cosechando premios. Los últimos, tan simbólicos como condensadores de la personalidad del hombre que, como Villalón, soñaba con toros de ojos verde Andalucía: el premio García Caparrós -germen del espíritu del 4-D- por el tesón en su defensa de la autonomía andaluza y la transformación social de nuestra tierra; y el Premio Max de Honor a su contribución a las artes escénicas de este país.

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A sus 83 años, Távora es hoy una leyenda del teatro en España, una expresión cultural “que refleja lo que eres. El teatro es una prolongación de los deseos de la persona, una reescritura de la historia, un ejercicio de memoria”, nos convence el dramaturgo.

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