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Activista de extinta clase media

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Fátima Báñez

Este año promete. Adivine el número exacto de golpes de efecto, cortinazos de humo, subsidios de esperanza vana y puñaladas traperas que aguardan al dorso, adjunte el currículo y cuide su lenguaje. Por fin, curvas, emociones rastreras, pájaros de jaula en jaula. Adivine el instante preciso del cambio, el guiño de gatopardo, la furia, el ruido y los caprichos del azar, la propaganda insana y los secretos a voces que desvelarán, quieran o no, los miedos de comunicación que, aplastados por una montaña de aforismos, no terminan de certificar el ‘vámonos que nos vamos’ de la extinta clase media.
 
Arriba y abajo, izquierda y derecha, el usuario, cliente y esclavo a tiempo parcial aún puede elegir la manera más locuaz de buscarse la ruina o la foto menos conseguida de su adversario de aldea global. Si ha quebrado hasta la corporación del cuerpo dermohistérico, la mafia de plástico que convocaba a todos los jóvenes de espíritu al campeonato mundial de belleza democrática, sin medias tintas, aquí la palma cualquiera. Así que nada, paciencia y embutidos a euro la unidad. 
 
Ningún partido de arriba o abajo ha dicho todavía una sola palabra sobre la anteriormente llamada cultura, oh, la cultura. Ni siquiera apelan los insignes fulleros del eufemismo voraz y los contradioses a la otrora salud mental. En cien años, todos anal-abetos cometiendo faltas de orto-grafía. Hoy somos lo que dicta la tiranía de la pura emoción colectiva. Y mañana nos asomaremos al horizonte que indiquen los catetos del vil parné. ¿Quién se acuerda del terremoto? Hubo quien compartió fotos solidarias, lindos sentimientos, apoyo condicional a los negritos del asombro, destinatarios de la indiferencia. Nuestras cajas de galletas campurrianas se perdieron por el camino, tú sabes.
 
A ver si miramos menos a la pantalla, que parecemos presos del fuego hipnótico, y nos dedicamos al mar y a la cultura. No atribuyan la fuerza de este viento desértico solo al 21 por ciento de IVA cultural, al presupuesto cero, al insulto comunitario o al concejal de turno, el tonto de la clase media extinta. Viene de lejos. Va para largo. La flojera cultural no conocerá límites, ya verán cuando los señores del hormigón armado sellen su diabólico pacto y reinicien la era del ladrillo, versión devaluada. Ya se cuentan por miles los nostálgicos del teatro, los elepés, el papel timbrado, los contrabajos. ¿Con trabajo? Un carguito de asesor de lo que sea en la Universidad de Conneticut, o en la de Sinética.
 
Un respeto a la cultura, aunque solo sea por su nombre de pila, Industria, a ver si así los billonarios, privilegiados, veleidosos de este rincón tan rico en bellas y malas artes aflojan la manteca y nos deleitan con su infinita generosidad bumerán y financian de una vez la felicidad de colores, ritmos, versos, cariños y sabores, que no se diga. Menos analistas y más artistas. Vamos a morir matando, sabes cómo te digo. Vamos a parar los pies a los rufianes, este año no conviene abstenerse (de nada). Seamos radicales. ¿Se ha fijado quién acusa al radical de ser mortal de necesidad?
 
A la postre, el olvido abraza la religión del underground, la exclusión social del ocio, y las circunstancias invitan a conceder una oportunidad al soldado desconocido. Tres años de carrera como outsider, dos años de master en falta de escrúpulos. Aún podemos parecer libres dentro de una canción. 
 
Por cierto. ¿A qué hora se alcanza la condición de activista? Los miedos oficiales tildan a los sujetos sospechosos nada pasivos de tal guisa. Hay ciberactivistas, coleccionistas de sacos rotos, gente que echa valor. A nadie se le ocurriría llamar activista de empleo a la esdrújula Fátima Báñez. ¡Socorro! 
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