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Billetes en el retrete

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 Kris McKay / Solomon R. Guggenheim Foundation

Kris McKay / Solomon R. Guggenheim Foundation

Una de las leyendas urbanas de los 80 aseguraba que las alcantarillas de Nueva York estaban infestadas de caimanes. Según contaban, eran antiguas mascotas que al crecer habían sido arrojadas al inodoro por sus excéntricos dueños. La verdad es que no se conocen incidentes con cocodrilos en la Gran Manzana, pero de cuando en cuando sí nos llegan noticias de otros lugares del mundo sobre personas atacadas por reptiles emboscados al fondo del váter. En Tailandia, una pitón de tres metros casi mata a un hombre que estaba sentado en la taza. En Australia fue una serpiente venenosa.

Hace unos días, uno de esos típicos reportajes de verano nos recordaba todos los objetos que no debemos tirar por el retrete. Las famosas toallitas, cuyo tratamiento cuesta a los ayuntamientos europeos más de 500 millones de euros al año. O los medicamentos desechados, sobre todo anticonceptivos y antidepresivos, que al parecer están causando auténticos estragos hormonales en algunas especies marinas. O los preservativos, que fueron noticia en los juegos deportivos de la Commonwealth de 2010, cuando los desagües se colapsaron con las 8.000 unidades que la organización distribuyó entre los atletas.

Viene a cuento este pequeño museo de los horrores por una noticia que ha saltado a los titulares esta semana: las autoridades suizas están investigando el atasco en las cañerías del lujoso banco UBS y de varios restaurantes de Ginebra, después de que alguien arrojara al inodoro decenas de miles de euros en billetes de 500 euros. Se sospecha de dos españolas propietarias de una caja de seguridad en la entidad, que habrían tratado de destruir el dinero para ocultar pruebas de evasión fiscal. Poco más se sabe del caso, salvo que en un alarde de generosidad tuvieron el detalle de cortar los billetes a cachitos antes de tirar de la cisterna.

Estas aprendices de Bárcenas encontraron, no se les puede negar, una singular manera de lavar dinero negro. Y ofrecieron una demostración más de la velocidad a la que se producen en estos tiempos las transacciones financieras, capaces de transformar, en un segundo, un depósito en una deposición. El váter en cuestión, que no sabemos si ha sido desatascado por fontaneros o por contables, bien podría haber sido aquella taza de oro de 18 kilates que el artista italiano Maurizio Cattelan instaló el año pasado en el Guggenheim de Nueva York, y que invitaba a los visitantes a usarlo a discrección. Una especie de homenaje anticapitalista a Marcel Duchamp un año antes del centenario del famoso urinario con el que escandalizó a los críticos de la época.

El mensaje que encierra la imagen de estas dos mujeres empujando cañería abajo una bola de billetes es potente. Y es que si el mejor arte puede a veces ser escatológico, la corrupción siempre lo es. Ahí están esos Bárcenas, González, Correa, Granados, todos esos modernos caimanes que han hecho de Suiza su alcantarilla dorada. En días como hoy nos asaltan nuevos significados fecales sobre eso que decía la matriarca de los Pujol cuando decía que sus hijos iban "con una mano delante y otra detrás".

Inevitable, quizá, hacer recuento de todos esos millones que, como los billetes triturados en Ginebra, se han ido por el desagüe todos estos años: los 40.000 millones del rescate a la banca que nunca recuperaremos. Los 40.000 más de la amnistía fiscal. Los 500 millones saqueados de Marbella que, once años después y con los últimos imputados apelando ahora la prescripción, apenas se ha devuelto una mínima parte. Como para que no se le suelte a uno el estómago. Por cierto, que el próximo 19 de noviembre (cosas maravillosas de los calendarios internacionales) se celebrará el día mundial del retrete. También en Suiza.

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