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Cerrar los ojos no va a cambiar nada

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EFE

Hace unos meses, una amiga de las redes sociales compartió esta reflexión de Haruki Murakami: "Cerrar los ojos… no va cambiar nada. Nada va a desaparecer simplemente por no querer ver lo que está pasando. De hecho, las cosas serán aún peor la próxima vez que los abras. Cerrar los ojos y taparse los oídos no va a hacer que el tiempo se detenga".

Quizás es una forma de supervivencia condicionada. Quizás por eso, en algún momento, todos hacemos eso: cerrar los ojos. Así pasan los días, en los que nunca cambia nada o donde todo se mantiene en tensión o en incertidumbre. Por eso no creamos un mundo diferente. Cerrar los ojos a la realidad es construir nuestros propios espacios, ausentes de todo aquello que no puede ignorarse o que duele.

Hemos llegado a la situación actual por cerrar los ojos tan a menudo… Y si no los cerramos por completo, ponemos nuestras manos sobre ellos para mirar entre los espacios de los dedos, dispuestos a saber qué ocurre pero en busca de un ápice de seguridad. Y porque, aunque a veces se abran los ojos y se denuncie qué ocurre, si no los abre todo el mundo, si te quedas apenas sólo en ese empeño, no hay esfuerzo o denuncia que valga.

Y así pasamos, de puntillas, día sí y día no, casi con los ojos cerrados, medio tapados u observando de refilón el dolor para que no nos alcance… Los refugiados sin refugio, los emigrantes sin destino, los muros y vallas con concertinas, las colas de alimentos, los muertos por accidente de trabajo, los que trabajan en precario, los que no pueden avanzar psicológicamente bloqueados por la realidad, los que enferman y se enfrentan a una burocracia y privatización que ralentiza su curación, las mujeres maltratadas, violadas o asesinadas por sus parejas y que son ignoradas… Cerrar los ojos ante tales evidencias, no insistir en ellas, dejarlas en silencio y pasarlas en el olvido, sólo lleva a no afrontar y a vivir de espaldas a la realidad.

De la misma manera que ocurre en nuestro pequeño mundo. Ese que sólo nosotros conocemos, donde negamos lo que sucede. Cerramos los ojos en una primera fase, como defensa, porque no asumes que pueda pasar. Porque de antemano, de forma irremediable, sabes en qué acabará la historia: sin solución y sin vuelta atrás. Y es lícito que muchas veces los cerremos, como protección, y porque a veces sólo el bloqueo de lo que vendrá te paraliza. Como cuando llega la enfermedad y te niegas a afrontarlo. Cuando proteges a alguien y te traiciona. Cuando te insultan, te sientes cosificada o te dejan en tu peor momento, y no lo quieres creer porque aún confías en promesas anteriores. Cuando antes de dialogar contigo, a tus espaldas, te sentencian. Cuando una relación llega a su fin y no lo asumes. Cuando reconoces tus equivocaciones, pides perdón y de nada sirve esperar porque no habrá respuesta que te alivie…

Cerrar los ojos en todos esos casos te permite vivir sólo unos días en una burbuja. Al final, sólo retrasa lo inevitable. Sólo convierte en más grande lo que quieres negar. Se harán más grandes tus problemas. Y también los problemas del mundo.

Cerrar los ojos sólo añade más dolor. Sirve para crear un punto de anclaje que no lleva a ninguna parte. Pero las cosas no se resuelven solas. A veces hay que abrir los ojos, aún con miedo, con vértigo y aunque te tiemblen las piernas. Sólo así vendrá el primer paso para avanzar hacia algo nuevo.

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