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Cosas que hacen que la vida valga la pena

"Y cantar… siempre, siempre, siempre... a pesar de los tiempos sombríos. Por muy oscuros que vengan. Esa podría ser la revolución de las pequeñas grandes cosas"

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El proyecto Sonrisas Solidarias lleva el circo a los campos de refugiados.

El proyecto Sonrisas Solidarias lleva el circo a los campos de refugiados. EPress

Sostengo en mis manos el guión de Silencio Roto, de Montxo Armendáriz, y tengo la sensación de que estos días se ha revivido parte de aquel ambiente descrito.

Días de cierto desánimo, de resignarse con lo que viene, de esperar un cambio social que no llega, de ver cómo nos estancamos, sólo hundiendo más en la miseria a unos y alzando a la riqueza a otros…

Días de tiempos sombríos, donde te responden con desánimo, donde todos dudan de todos, donde el tiempo parece que transcurre más lento, se para la música y nadie canta...

En estos días, a veces, tenía ganas de retirarme a una cabaña en mitad del bosque y no regresar más. Pero de qué vale huir, cuando la huida no soluciona el problema. Y entonces, cuando no hay cabaña ni bosque, habrá que buscar otra opción. Podemos crear nuestros refugios y ayudar a crear a otros, a quienes no pueden, o no saben, o se perdieron en el camino, o el miedo no les deja avanzar. Espacios para tomar oxígeno y afrontar.

Es hora de rescatar lo que nos queda y que llevamos consigo. Aunque parezca nada, si se ve bien, lo es todo. Porque si nos lo quitan, dejamos de ser. Porque aunque parezca que no, siempre hay cosas que impulsan a seguir.

Lo primero, conservar las ilusiones que mantenemos. Y si fallan… crear otras nuevas. Y luego, reparar en esas enormes pequeñeces que estos días he tenido que recordar a más de uno, como si necesitásemos un anclaje para no irnos a la deriva.

Yo tengo mi lista de esas enormes pequeñeces… Las risas, aunque sean por teléfono o virtuales. Dedicar el tiempo en quien lo merece. Parar. Mirar. Sentir. Que alguien te escuche o te lea cuando nadie lo hace. Recuperar a un amigo. Que llegue y responda quien esperas. Hablar hasta las tantas con una amiga y que te cure más que la medicina. Mirar a alguien y que te responda sin palabras. No quererte soltar jamás de un abrazo. La cama desecha tras la noche. Recoger suspiros. Despertar recordando la última caricia. Seguir el recorrido de un ave. Revivir en la imaginación el rinconcito y la mesa donde fuiste feliz. Escuchar un "te quiero" al odio. El susurro de un "no te vayas". Sentir un latido. El crujir de las hojas de otoño. Notar la calidez del sol. Ver llover. Saltar en los charcos. O jugar con el copo de nieve que cae entre el cabello. Sentir el frío. Compartir con tu pareja como no haces con nadie más. Sentir que nadie te aparta o te abandona en el camino. Taparte del frío con la manta hasta oír sólo tu respiración. Abrazar al hijo en la salida del colegio, a tus padres o los besos 'apretujaos' de tu yaya. Escuchar las historias de cada uno. Aprender algo de esas historias. Saber perdonar. Aceptar. Avanzar sin rencor. Mirar al futuro sin dañarse con el pasado. Y asumir que nadie va a salir vivo de aquí… porque reconocerlo ayuda a quitarse tonterías de la cabeza.

Nos quieren con miedo. Atados. Asustados. Callados. Silenciados. Domesticados Obedientes. Casi programados. Ausentes. Sin rechistar... y que dejemos de sentir. Porque el sentimiento es el origen de las rebeliones. Quizás no podemos hacer grandes batallas, salvo evitar que nos borren las pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena. Porque a pesar de la adversidad, siempre resurgen. 

De qué material estaremos hechos para que, a pesar de todo, en ocasiones, se sigan viendo risas de niños en el centro de refugiados o en campos, también en los inmigrantes que pisan tierra, miradas de esperanzas tras las vallas y muros, sonrisas en las recogidas de alimentos, una mano tendida en los comedores sociales, o que el abrazo de alguien se convierta en el mejor hogar en las sesiones de la PAH… Todo eso sucede.

Y ahí descubres que, aunque lo que venga nos reste muchas cosas, tenemos capacidad de sumar para contrarrestar. Porque… qué narices, la vida es bonita por sí sola. Pero si otros se empeñan en amargarla, habrá que esforzarse para que sea lo menos posible. Porque todo lo que somos, lo llevamos dentro. Y es donde tenemos que resistir y pelear.

Que no nos quiten años.

Ni las risas.

Ni la música.

Y cantar… siempre, siempre, siempre... a pesar de los tiempos sombríos. Por muy oscuros que vengan.

Esa podría ser la revolución de las pequeñas grandes cosas.

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