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Lozano cree que las críticas recibidas "son un precio a pagar aceptable"

Irene Lozano. EFE

Empecé un artículo tecleando "el erotismo mueve el mundo", pero el procés emergió y lo eclipsó todo. Luego el terrorismo en París oscureció al mismísimo procés. Y ahora al caos global, Andalucía suma la crisis de Abengoa. Menudo panorama. Y, sin embargo -que diría Galileo-, "el erotismo mueve el mundo". Bajo la trepidante actualidad circulan las eternas corrientes subterráneas. Y hoy dos casos simbolizan y a la vez refuerzan nuestros hábitos. Me refiero al de los erotizados Vargas Llosa e Irene Lozano. Él, rendido a la reina del papel couché y ella al PSOE tras arponearlo desde UPYD.

Vargas Llosa ha defendido siempre el "vivir hasta el último aliento" que es para nosotros, hombres y mujeres del s.XXI, la fe sustituta de ideologías y credos. Ser deseado supone la aspiración que ordeñan y alimentan la publicidad hipersexualizada, la cosmética y los tratamientos estéticos. El propio novelista refería atónito al escribir sobre la muerte de su agente Carmen Balcells, una confidencia de ella: "Hubiera dado todo lo que he hecho y alcanzado por ser bonita un solo día". "¿Estás hablando en serio? (...) "Sí, sí, te lo juro, mi sueño fue siempre ser una mujer-objeto". La lúcida Balcells no se engañaba. Aunque ella amara el intelecto, el sol de nuestro sistema es la bella cáscara vana. ¿Podremos erradicar la violencia de género sin atender a esto? ¿Sin revertirlo?

Contra la vacuidad escribió justamente Vargas Llosa, en 2012, el muy celebrado ensayo La civilización del espectáculo. En nada contradiría su texto que, igual que como autor es inusitadamente vigoroso, incluso tras el Nobel, como hombre se hubiera enamorado, cual quinceañero a los 79 años, de una hermosa profesional como la actriz Aitana Sánchez Gijón, o la escritora Ángeles Caso. Incluso de una mujer atractiva no necesariamente guapísima. Pero su gran pasión es el paradigma de la bella frívola. Aquella por quien en 1985 el PSOE pasó de la pana a la jet-set.

No sólo sorprende -como apunta el crítico Rodríguez Rivero- que Vargas Llosa se asombre de copar portadas del corazón, sino que al reeditar los casos de Borges, Cela, Alberti crea protagonizar un acto libérrimo, hasta transgresor, sin plantearse -¿o en la intimidad lo hace?- si no estaremos socialmente dirigidos al amor vacui como sentido.

Irene Lozano, por su parte, sucumbe a la erótica del poder. Hace frío para volver a ser sólo escritora y periodista. Prologar un libro de Rosa Díez la llevó al Congreso y ahora co-escribir el de Zaida Cantero la convierte en fichaje 2x1 de Pedro Sánchez. Habría sido más coherente pasar, como Toni Cantó, a Ciudadanos. Lozano sigue, en cambio, los pasos de Diego López Garrido, y la actual consejera andaluza de Cultura, Rosa Aguilar,(ambos ex IU). No son gran aval pues más que regenerar el PSOE se han diluido.

¡Qué vivificante habría sido otra pasión vargallosiana, y que Lozano se arriesgara a dejar atrás el sillón como un  Gerardo Iglesias! Claro que a él los ciudadanos le hemos olvidamos estos 25 años. Vamos, que no es precisamente un referente de éxito como una Preysler o un Justin Bieber. También nuestro erotismo nos define.

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