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Farewell Adnán Kashogui

Noche, ahora, de cuchillos largos en Londres. El fanatismo degollaba infieles y Adnán Kashogui, que ya no era lo que fue, moría plácidamente en su cama allí mismo, junto al Tamesis

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Fallece el comerciante de armas saudí Adnán Kashogui a los 81 años

Fallece el comerciante de armas saudí Adnán Kashogui a los 81 años EFE

A los 81, la ha palmado Adnán Kashogui y su mejor epitafio mediático es que nadie sabe quién es a estas alturas de la película. El multimillonario saudí que congeniaba la industria del petróleo con la compraventa de armas, toda una parábola de su propio país. Vendría a ser exactamente las antípodas de Juan Goytisolo, que bajó al moro buscando la espiritualidad. Kashogui subió a occidente marineando el parné, que es el único Dios del mundo y él fue uno de sus profetas.

El que blanqueaba la pasta gansa y los cuadros del dictador filipino Ferdinand Marcos o los zapatos de chúpame la punta de su esposa Imelda. Muchos recordamos todavía su yate "Nabila", con su remate de oro, en primera línea de Puerto Banús, cuando ya había pasado la hora pop de Marbella, que con tanto talento glosara Juan Bonilla.

La retina de la memoria nos devuelve su imagen junto a Jaime de Mora y Aragón, sin Harley Davidson a lo easy rider, en las noches locas de Tívoli, con su larga ración de neones de caspa, apenas diez minutos antes de que llegase Jesús Gil y Gil a zambullirse en el yacuzzi de la corrupción votada por mayoría absoluta. De aquellos Kashogui, sin duda, estos Julián Muñoz de andar por casa, ese jefe de la policía marbellí que ha perdido su puesto por la Operación Malaya y no por anticiparse a Theresa May en su firme decisión de acabar con los derechos humanos antes de que acaben con ellos los advenedizos amateurs que están en contra de los derechos humanos.

Fareweel, so long, Adnán Kashogui, salam aleikun a tu riqueza obscena largando una bofetada con guante de Rita Hayworth contra el rostro de aquella Andalucía bronceada que despreciaba a los moros y veneraba a los jeques. Ahora que el Rif vuelve a ser una revuelta justiciera, a él se le acabó la baraka, esto es, la fortuna, la gracia, la suerte. Así se llamaba su finca malagueña que terminó embargada por 4.000 millones de dólares y un mal rato con su asesor fiscal. Lo cierto es que el tipo terminó sus días, octogenario, en una silla de ruedas, sin sombra de lo que fue.

Su biografía cruza el mapamundi de todas las guerras del último medio siglo, desde Palestina a Yemen, pasando por el Irangate.   Si detrás de cada fortuna hay un crimen, según Honoré de Balzac, la suya escurría un río de sangre y, a pesar de ello, nadie le negó un visado ni entró en las listas de grandes éxitos del terrorismo internacional. Se le recibía, empero, desde Nueva York a la Costa del Sol, con un glamouroso rastro de smokings y photocalls, en el papel couché de la beautiful people, cuando España había dejado de convertirse en un gran sueño para terminar siendo un simple pelotazo.

¿Dónde estábamos nosotros por aquel entonces? No preguntábamos, como en la canción de Jaro, que ensayaron Joaquín Sabina y José Ramon Ripoll, de donde salía todo ese parné. Nos impresionaba su yate, cuando la clase media sabadeaba en San Pedro de Alcántara haciéndole fotos a los haigas deportivos, a la camomila de Gunilla Von Bismark, a los bolsillos rotos de Alfonso de Hohenlohe y a la voz de Kimera, antes de que le secuestraran a su hija.

El yate dorado terminó vendiéndolo a la empresa “Limite”, propiedad de otro empresario saudí; su jet privado se lo saldó al Sultán de Brunei, que sigue siendo el hombre más rico del mundo, mientras su petróleo no diga lo contrario. Y terminó alquilando su exquisita villa afrancesada de Mougins, a   Charles Duvillier, el democrático tirano de Haití, aquella república de los negros a la que Occidente no perdonó nunca haberlo sido, de ahí su condición de país más pobre del planeta, quizá porque haga falta la miseria para que haya esloras lujosas como la del “Nabila” y magnates de manos sucias como su dueño.

Estábamos allí. No podemos negarlo. Aparentemente todo era legal, como legales eran los negocios de su multinacional Triad. La muerte a mano armada también tiene todas las de la ley. Kashogui no apretaba el gatillo pero llevaba y traía las armas necesarias para que otros lo hicieran. Aunque no fuera el único ni el más grande, buena parte de las víctimas de los telediarios merecerían haber llevado un indeleble sello de agua con su nombre.

Luego, llegaron otros. Con el gilismo, incluso llegamos a aprender ruso. Les servimos el aperitivo en la zona vip de las grandes discos, en los campeonatos de polo, junto a las farras del príncipe Abdul Aziz bin Fahd Al Saud en los casinos andaluces antes de mudarse con su putibarco Strambotic a las aguas de Ibiza. Qué importaba, qué importa, que las balas ensartaran niños palestinos o las bombas siguieran matando en Kabul a un centenar de seres humanos, aunque los medios de comunicación occidentales le presten menos atención que las ochenta mujeres argelinas masacradas en su país el día que Lady Di la espichaba en un túnel parisino.

Noche, ahora, de cuchillos largos en Londres. El fanatismo degollaba infieles y Adnán Kashogui, que ya no era lo que fue, moría plácidamente en su cama allí mismo, junto al Tamesis, la City, los últimos caídos en nombre de la estupidez del Isis o de Al Qaeda. Sus propiedades –farewell-- ya valían menos que las acciones del Banco Popular. Pero ya habrá alguien que lo haya sustituido. El espectáculo de la guerra debe continuar. Y le siguen haciendo falta municiones.

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