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Juegos de guerra

Los catálogos de juguetes y pasillos de las grandes superficies muestran una llamativa proliferación de juegos violentos que revelan el rumbo ideológico al que se nos pastorea tanto como los anuncios en TV de crédito fácil y apuestas

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Imagen de la película de Hitchcock 'Quién mató a Harry'

Todo aquel que ha disfrutado un espectáculo de magia sabe que tan seductor como el ilusionismo es el relato que el mago va desplegando. Un conjuro cuyo valor es... distraernos. Esta semana pre-navideña, como ya es tradición desde las generales del 20D 2015, el sector político-mediático hipnotiza con el abracadabra de sondeos, mítines, debates, comicios, recuentos, análisis, pactos. Que quizá acaben en nada o en repetición pero resultan lo único y eclipsan todo lo demás. 

En democracia el contraste de programas en campaña y la elección de gobernantes por sufragio son medulares. Interesan hasta cuando no se espera una participación tan alta como la de las catalanas del jueves 21. Pero sabemos que democracia es más que votar cada 4 años y que hay más desafíos que el procés: 

¿Escasez de recursos naturales? ¿Deterioro del planeta? ¿Pobreza, hambre, explotación y trata de seres humanos? ¿Guerras y terrorismo internacional? ¿Migración y muertes en fronteras, derechos humanos violados, campos de refugiados que remiten a los nazis?  ¿Criminalización de la ayuda humanitaria? ¿Auge de nacionalismos ultraderechistas en Europa? ¿Ola de fascismo mundial? ¿EEUU dirigido por Trump, Rusia por Putin, tras la estrella del oriental Xi Jinping? En cada reunión donde se aborda la coyuntura, desde la charla entre amigos a un congreso de expertos, incluso de responsables políticos con supuesta capacidad de decidir, se acaba llegando a la conclusión de que todo es tan complejo que es ingenuo aspirar a resolverlo a corto plazo, la clave está en la educación y las esperanzas, pues, en lo que pueda hacer una próxima generación. O varias. 

Dado el consenso sobre que la enseñanza es vital para construir un mundo sostenible, ecológica y socialmente, sería lógico esperar aumento de inversión y no recortes en educación. Pero bien sabemos todos, y especialmente los docentes, que eso no está ocurriendo. “Cosas de la crisis” nos inyectan la excusa como forzosa vacuna.

Estos días en que en los catálogos de juguetes inundan los buzones o llegan ya en manos de los niños, estos días en que estantes y pasillos de hipermercados rebosan reclamos para ellos igual que los anuncios entre los dibujitos llama la atención el tipo de novedades que se abren paso y los críos se piden con entusiasmo:

Esqueleto vestido de vaquero para desmembrar a disparos, “me lo pido”; concurso de preguntas en que el temporizador es una bomba que explota, “me lo pido”, otro similar basado en un programa de TV cuyo eslogan no deja lugar a dudas “el juego en que cada pregunta es una bomba... y cada respuesta un cable”, otro en que hay que abrir las esposas que te aprisionan, el de la muerte que apaga velas en un ataúd, varios, un, dos tres, en que se teje una red de falsos láser y hay que escapar sin ser herido mientras la cuenta atrás nos lleva a explotar y al menos dos en que la puntería se ejercita vaciando el cargador sobre fantasmas y vampiros en un caso y en el otro alienígenas. “Recrea combates alcanzando dispositivos del rival gracias a infrarrojos ¡que alcanzan 60 metros!”, propone el undécimo juego así que he contabilizado sin esfuerzo ni afán exhaustivo. 

Son juegos caros, de más de 45 euros, dirigidos a niños a partir de 6 años a los que familiarizamos, entrenamos, con eso tan colaborativo de vencer al enemigo. No entro en vídeo-juegos ni en la sección de armas, desde pistolas y rifles a ballestas y ametralladoras como las automáticas y “chalecos tácticos” para acumular cartuchos y cargadores que en los catálogos llegan a ocupar cuatro páginas seguidas. 

¿Exagero? Hay, por supuesto, otra clase de juegos y juguetes, tradicionales y nuevos, otras tiendas de hecho, ese pequeño comercio que elige lo que quiere vender aún a riesgo de vender menos. Pero es innegable el empeño de la corriente ideológica dominante por complicarnos la resistencia a quienes vemos horrorizados el horizonte de confrontación al que como borregos nos van pastoreando. 

Y este florecimiento de juegos violentos en pleno invierno -climatológico y cultural- no es un hecho aislado. Coincide con la cosecha de publicidad de apuestas que hace nada nos habrían escandalizado porque ciudadanía y Administración queríamos curar la ludopatía. Y la de líneas de crédito fácil, por teléfono y sin garantías, que han llevado a tantos a la ruina y ahora anuncian presentadores como Carlos Sobera o Cristian Gálvez. 

Una punta de hielo aquí, otra allá, normalizamos la apertura comercial en festivo y que la semana laboral dure siete días. Emerge este mes una parte enorme del iceberg con la aprobación en EEUU del fin de la neutralidad en Internet. Que, con esa expresión tan rara y detalles complejos hasta en los artículos más divulgativos, lo que significa es que las empresas que dan conexión decidirán, pronto, qué podremos ver, leer, oír, compartir y qué se va a boicotear con una navegación o lentísima o carísima.   

El Estado social y de derecho del que nos enorgullecíamos los ciudadanos occidentales es un juego cuyas reglas están modificando para perjudicarnos de un modo que ha pasado de subrepticio a descarado.

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