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Machismo, otra vez

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Machismo, otra vez. ¿Otra vez lo explicamos? ¿Otra vez hablamos de ello? Pues otra vez. No podemos cansarnos, eso lo sabemos. Pero a veces tengo miedo de pecar de repetitiva, de que muchos columnistas y periodistas hablemos sobre machismo y, claro, los lectores se aburran del tema. Que pierda efecto. Que no sirve para hacer pensar sino para cansar. Pero fíjate que no pasa con otros asuntos de los que se habla todos los días. Hablo de política mucho más a menudo. Pero llega el día en el que quiero hablar de machismo y me sale una vena prudente y creo que equivocada. Un no queremos molestar más de la cuenta. Un poso culpable sin sentido.

Yo lo atribuyo al machismo tal cual. Porque sí, soy machista, aunque pelee cada día por no serlo. No me enorgullece pero asumo que la inercia, las costumbres, y siglos a nuestras espaldas nos revelan comportamientos, gestos y actitudes machistas cuando menos nos lo esperamos. Están en las esquinas de nuestra mente agazapados para saltar. Y hay que llevar las gafas puestas, hay que estar bien alerta, para ver lo que tenemos delante. Por eso esta necesidad de hablar, de superar una sociedad que no es justa con las mujeres, una historia.

Así que otra vez hablo de machismo. Porque… sí, otra vez hay que hacerlo. En una sola semana asistimos al comentario de un ex juez en una red social pública banalizando la violación, a una conversación privada de un político con su grupo jactándose de follarse a todas su empleadas y a un anuncio de un prostíbulo con el leit motiv de vuelta al cole para alimentar la fantasía pederasta de la colegiala de más de uno y dos. Así, sin pensar mucho. Sin dar tiempo a respirar.

Es machismo, nos agrede. A todas y a todos. Y cubren todo un mundo ellos tres solos. Y en los tres casos, la respuesta de los protagonistas es la de la sorpresa ante la crítica. El primero, arremetiendo contra el “aquelarre feminista” y a los “macholirios” por afirmar que les desagradan los comentarios vertidos.

El segundo, porque la frase, dice, está sacada de contexto. Él no quería decir eso. Si bien es cierto que las frases fuera de contexto las carga el diablo, poco contexto hay que añadir a la descripción real o irreal de follarse a sus empleadas “enchufadas” cual trofeo vikingo.

Cadena de mensajes de Zebenzuí en el grupo de WhatsApp del PSOE Nordeste. Para evitar que puedan ser identificados sus participantes, sus nombres y otros detalles han sido editados.

Cadena de mensajes de Zebenzuí en el grupo de WhatsApp del PSOE Nordeste. Para evitar que puedan ser identificados sus participantes, sus nombres y otros detalles han sido editados.

El tercero,  ante la denuncia por incitación a la pedofilia del IAM a su local, ha retirado la campaña asegurando “que no se había difundido masivamente”. Eso sí, quitamos el cartel pero de los prostíbulos ni hablamos.

Es machismo. Es convertir en objeto  sexual a las mujeres. Quizás los tres protagonistas de estas historias deberían repetir “soy machista” con frecuencia. El planeta necesita un gran diván o terapia comunal (o descomunal) para que todos seamos capaces de reconocerlo. Quizás, y solo quizás, serviría para empezar. Porque en mi caso, y en el de muchas personas, sabemos que somos machistas por  herencia y educación, y feministas por elección y convencimiento. Y a pesar de todo tenemos que estar todos los días formulándonos preguntas (¿Así, sí? ¿Hablo de machismo hoy?) En los casos mencionados (tres cuando pueden ser cientos), los protagonistas no lo ven. O no quieren verlo. O, más grave aún, admiten que son machistas pero sacan pecho con orgullo arraigado.

Por eso, otra vez, y otra, y otra, hablaré sobre el machismo injusto. Y haré preguntas. Y querré ser feminista de mayor. Y esperaré que alguna persona se haga las mismas preguntas y encuentre respuestas interesantes. Y hablaré de machismo aunque lo que me aburra, me agote, es que sigan produciéndose situaciones machistas. Porque de los temas importantes hay que hablar. Todas las veces que haga falta.

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