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Con Massiel en el desierto

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El Festival de Cine Europeo abre desde este jueves sus taquillas

Hace unos días, el diario ABC publicaba un artículo que titulaba "España, entre los países de la UE con más consumo cultural, según Eurobarómetro". Lo que no aclaraba el titular, aunque luego sí el cuerpo del artículo, era que esos datos incluían un alarmante consumo de horas de televisión. Que digo yo que en Europa tendrán una televisión digna de ser considerada Cultura, porque lo que es en España...

Lo cierto es que en 2012, incremento killer del IVA mediante, todos los indicadores globales de espectáculos de música en vivo, artes escénicas o cine sufrieron un descalabro calamitoso. Descenso en el número de representaciones (10% en teatro, 13% en danza, 9% en ópera y zarzuela, 4% en películas). Descenso en el número de espectadores (9% en teatro, 10% en danza, 19% en ópera y 5% en cine). Descenso en la recaudación (6% en teatro, 14% en danza, 19% en ópera y 13% en cine).

Es lo que tienen los paraísos artificiales. Con un par de datos reales no hay Arcadia, Utopía, Edén, Aztlán o Tlön que resista. Ni siquiera el Xanadú de la Electric Light Orchestra y Olivia Newton John. Al final, el desierto siempre está ahí.

No obstante, la pasada semana hubo también motivo para la esperanza. Cualquiera lo diría a tenor de todo lo que aprendimos la pasada semana: entre otras cosas nos enteramos de que en España tenemos una real infanta libre de imputación, que no de sospechas; de que nadie tuvo la culpa del mayor desastre ecológico de nuestra historia; de que la mujer mujer, católica católica, para serlo serlo, tiene que ser sumisa sumisa; de que Europa dice que ya hemos dejado de estar rescatados de un rescate que nunca se produjo; de que Madriz Me Mata de peste privatizadora y de que a la Roja el respeto a los derechos humanos se la sopla. ¡Muy bien, Campeona!

Pero, repito, en los desiertos hay siempre un oasis. Un lugar donde descansar, refrescarse y reponer fuerzas con las que poder retomar el camino hacia la tierra prometida.

Estos días atrás también hemos comprobado que, si se quiere, se puede. Lo hemos visto del 8 al 16 de noviembre en la X edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla. Durante esa semana los sevillanos hemos podido refugiarnos de la realidad en las muchas salas de cine que participaban en el EFSS, abarrotadas mañana, tarde y noche. Que no digo yo que ni las entradas a tres euros, ni el abono de ocho películas a veinte hayan sido la única causa del éxito del Festival, pero que algo sí que habrá tenido que ver.

Eso sí, como nos contaba Manuel Martín Cuenca, el director de la aclamada (y taquillera) Caníbal, a los que tuvimos el placer de oír junto al productor Antonio Pérez en la presentación del segundo número editado en papel de la revista CineAndCine, cuidado con intentar ver en el low cost la solución a la industria del cine.

Si de verdad queremos una industria cinematográfica que ayude a conformar la auténtica industria cultural española, habrá que apoyarla y promocionarla como se merece. Habrá que reconocer que, entre los Almodóvares-Amenábares-Torrentes y las pequeñas películas rodadas en los márgenes, desde la resistencia, hay un sitio para el cine de producción media, que genera mucho empleo y mucha riqueza. Y sí, claro que sí: eso también incluye subvencionarla. No sirven ni las buenas palabras ni, por supuesto, las mentiras ni las malas intenciones (me remito al magnífico artículo de Ignacio Escolar en este mismo eldiario.es en torno a las "Cinco grandes mentiras sobre el cine español".

A ver si aquí vamos a tener que dejar de aspirar a las utopías para conformarnos con arcadias de extrarradio y edenes de todo-a-un-euro. A ver si aquí, en lugar del Xanadú, tenemos que resignarnos a seguir bailando para siempre el Noa Noa de Massiel. Glups.

(Vamos al Noa Noa, Noa Noa, Noa Noa, Noa Noa, Noa vamos a bailar....)

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