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Rufián y el síndrome del Paralelo

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Rufián (ERC) cree que Sánchez (PSOE) "llega tarde" a reconocer Catalunya como nación

Amado lector (o lectores, en su caso): prometo solemnemente en este artículo hablar del diputado Rufián sin hacer chistes con su apellido, lo juro por Snoopy. Y bien sabe Dios que me costará mucho morderme la lengua, con el riesgo de envenenamiento que ello conlleva.

Empezaré confesando que no me hubiera importado que Pedro Sánchez el Deseado (ahora), hubiera llegado a ser presidente del Gobierno de España, que cualquier cosa hubiera sido mejor que aguantar a don Mariano Tancredo otros cuatro años. Pero lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Y no fue posible gracias, sobre todo, a Pablo Iglesias, del que puedo decir que es una de las personas bendecidas por la Naturaleza con una ceguera total para ver sus propias limitaciones. Recordaré que en marzo de este infausto año 2016, en su mano estuvo desalojar al PP de la Moncloa, aunque prefirió votar no al PSOE y a todas las reformas que juntos pudieron haber hecho.

En este fructífero viaje, Iglesias se vio acompañado por Esquerra Republicana de Catalunya, que antepuso sus propias esencias patrias al bienestar de los españoles todos. Y de los catalanes todos, que lo que se decide en Madrid sobre pensiones, salarios mínimos, dependencias y rentas sociales, afecta también a los descendientes de Wifredo el Velloso.

Y de aquellos polvos vienen estos lodos, con el PSOE autodestruido en dos bandos. Uno encabezado por Sánchez, que no acaba de enterarse de quién le impidió llegar a La Moncloa (todos los diputados socialistas votaron a favor), y otro por los barones y baronesas que siguen opinando que con Podemos y con ERC no se puede ni heredar cortijos. Y visto lo que aconteció en la sesión de investidura de Rajoy, tentado estoy de darles la razón.

Sobre todo en lo que respecta al representante de ERC en el Congreso (iba a decir parlamentario, pero me ha parecido excesivo), Gabriel Rufián Romero, que durante su energúmena intervención osó decir, dirigiéndose a la bancada socialista, después de llamarles iscariotes y traidores: ¿No les da vergüenza doblegarse a los designios de una cacique que gobierna la comunidad autónoma con una de las tasas de paro y fracaso escolar más altas de Europa?

Y no digo yo que no lleve razón, sobre todo en lo del paro y el fracaso escolar, aunque en nuestra disculpa y en nombre de todos ustedes le diré que nuestro camino hacia el progreso comenzó con la llegada al poder del PSOE en 1980, un siglo después que los catalanes, y ya casi los hemos alcanzado. Y él lo debería saber mejor que nadie, ya que es hijo y nieto de andaluces, que acuciados por el hambre tuvieron que dejar sus tierras de Granada y Jaén huyendo de los señoritos de lo que después sería el PP, para ir a caer en manos de los señoritos burgueses catalanes de lo que hoy es CDC, que los explotaron de igual manera; eso sí, con mejor criterio.

Lo malo es que la realidad vivida por sus padres, y su esfuerzo, se haya visto tan poco compensada por este muchacho, que a la vuelta de una generación ha sido abducido por esa burguesía catalana con la que forma gobierno, y que le ha hecho creer que es uno de los suyos, cuando no es otra cosa que un charnego desertor del arado, que diría el honorable Pujol. No sé quién es más traidor a su clase y a su gente. Es lo que se podría denominar el síndrome del Paralelo, que es como el de Estocolmo (la empatía que sienten los secuestrados con sus torturadores), pero con barretina metida a rosca.

Recordaré que el Paralelo es (y sobre todo fue) la zona de Barcelona donde se reunían las gentes de baja estofa, el lumpen proletario, para hablar de sus cosas y montar sus festejos y tenderetes. Se unieron a ellos anarquistas, socialistas y otras gentes de mal vivir, y allí malvivieron felices hasta que los aburridos burgueses (sobre todo de sus esposas) vieron que la gentuza se lo pasaba mejor que ellos. Así que se bajaron de Pedralbes y Sarriá al Paralelo para mezclarse con el pueblo, escolti, pero pagando. Y dejando propinillas a los que tan bien les divertían, cabareteras, limpiabotas, camareros, ... Pues ahí me imagino yo al tal Rufián, de limpiabotas, riéndole las gracias al senyoret tras volver a repasarle las suelas con su saliva, para dejarle satisfecho. El síndrome del paralelo. Y queda demostrado que se puede hacer un artículo sobre Rufián sin llamarle rufián.

 

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