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Salidos del almario

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El Gobierno dice que llegarán a "clarificación total" del caso de abusos en Granada

No sé muy bien si la denominada secta de los curas pederastas de Granada debe su nombre al de su líder espiritual (y espirituoso) o sólo es una sencilla rima, ya que Romanones pega la mar de bien con testículos.

Por lo que se sabe hasta ahora, que sólo es la puntita, una docena de sacerdotes (cerdotes más bien) y seglares afines estaban organizados en una banda armada, al perecer muy bien armada, para enseñar a los púberes granadinos el recto camino de la virtud, expresión en la que destaca la palabra recto, según la oscura religión que profesan estos pilares de la sociedad. La verdad es que nada de todo esto me sorprende, ya que siempre me han sido sospechosos los hombres que renuncian a la parte saliente de su misma mismidad y más cuando llevan una bragueta que va desde el cuello hasta los tobillos.

Y aunque me llamen cansino, es bueno recordarles -a ellos y a todos los demás curas y obispos- que aunque la Biblia pueda ser interpretada, el pasaje que asegura "dejad que los niños se acerquen a Mí (Lucas 18.16)", no quiere decir lo que ellos desearían que dijera. En su caso más bien es de aplicación aquel otro en el que se advierte que "si una mano te hace pecar, córtatela (Marcos 9.43)".

Y es precisamente aquí donde ha fallado estrepitosamente el pastor de tan delincuentes cabras, Francisco Javier Martínez, al que más que monseñor habría que llamarle sonseñor, ya que parece que mira más por sus intereses que por los de su rebaño. En vez de cortar de cuajo la mano pecaminosa, cuando no otra parte más colgandera, no ha hecho más que poner trabas a la investigación, incluso después de que le llamara al orden el mismísimo Papa Paco. En este punto echamos de menos la energía desplegada en anteriores ocasiones por el citado sonseñor, que hace ya algún tiempo espetó a un cura un amenazante "con el látigo te enseñaré a obedecerme", por un quítame allá esas pajas o por un libro encuadernado en bonito. Al parecer, a esto es a lo que se refieren cuando hablan de relativismo moral.

Un manojo de pollillas

Martínez ya debería haber averiguado a estas alturas y puesto en conocimiento de todos los vecinos el nombre de los diez curas que no tienen cura y el del autor intelectual de tan imperdonable atentado, aunque esto del autor intelectual es un decir, que asignar intelecto a estas bestias supondría concederles que tienen en la cabeza un cerebro y no un manojo de pollillas, que dirían los castizos de esta ciudad.

A no ser que el glande cabecilla de la trama sea un alto dignatario de la Diócesis e interese poco remover el asunto, como aseguran las malas lenguas de algunos capillitas, muy descontentos con la gestión episcopal en este asunto. Y en todos los demás asuntos, todo hay que decirlo.

A este desconocimiento público también ayuda la eficaz acción de la Justicia, que ha decretado el secreto de sumario, que a lo mejor es lo que corresponde, pero que contribuye muy poco a calmar la angustia de los padres, que siguen esperando saber la lista de curas, parroquias y colegios en los que esta congregación de rijosos ha ejercido su ministerio, eso sí, para mayor gloria de Dios.

Aunque lo digo sin mucha fe, es el momento de que la Iglesia se deje de medias hostias y decrete la disolución de la Diócesis de Granada, suspenda de militancia a todos los implicados y nombre una gestora que persiga con saña a todos estos depravados individuos, que además de salir del armario también se han salido de su propio almario.

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