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Separémonos todos en la lucha final

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias

Unidos Podemos y el PSOE están decididos a no entenderse, ni en España ni en Andalucía, donde se dan el PSOE más conservador con el Podemos más anti capitalista

El PSOE, tras apoyar, con Ciudadanos, la investidura del Gobierno de Rajoy, acaba de pactar con el PP una subida del 8% del salario mínimo de los 655€/mes hasta los 707,6. Subida, sí, pero menor que la de la proposición no de ley aprobada por el Congreso a iniciativa de Unidos Podemos a final de noviembre, con el aplauso de los sindicatos, y que era de 800€/mes el 1 de enero de 2018 y 950 en 2020. 

Los socialistas rebajan una conquista social para apuntarse un tanto y evitar que lo haga Podemos. Ya lo dice Eduardo Madina: "El éxito de Podemos ha sido el fracaso del PSOE". Cabe entender que espera, a la inversa, que el PSOE renazca de la derrota morada. Idea jaleada por El País que, en papel, celebra que "Los dos grandes partidos se adueñan de la iniciativa política", haciendo real la gran coalición PPSOE. 

Mientras, Pablo Iglesias afirma que la feminización de la política "no tiene nada que ver con que los partidos tengan más mujeres en los cargos de representación que eso es importante y está bien". Sino que hay que luchar "contra la virilidad burguesa" como "concepto construido por la clase adversaria". En la misma semana Iglesias señaló que no hay que dirigirse a la clase media, sino a la trabajadora

Como feminista de izquierdas me habría encantado que Iglesias, sentado junto a un referente del feminismo como Yayo Herrero, hubiera declarado con una rotundidad que evitara dudas que la paridad "no es condición suficiente para superar el sistema patriarcal, pero sí necesaria. Y hay que defender ambas". 

Como trabajadora que ha sido delegada sindical -despedida ilegalmente por ello además- pero jamás obrera, ni jornalera, que no puedo definirme como proletaria sin sentirme impostora, sino miembro, por mi realidad socio-económica, de la clase media, reivindico mi derecho a ser, sentirme y ejercer mi ideología de izquierdas. Hoy, igual que cuando Iglesias y el sector mayoritario en Podemos hasta las elecciones del 20-D, declaraban que el eje "izquierda-derecha" estaba superado, que las ideologías habían muerto y que aferrarse a banderas identitarias era una antigualla propia de  pitufos gruñones, eternos fracasados. 

Como mujer feminista de izquierdas periodista de clase media escuché a Yayo Herrero el 14 de mayo de 2011 en las jornadas de Decrecimiento del Paraninfo de la Hispalense y al día siguiente, 15-M, fui una de tantos que encarnamos la reacción en torno a una idea: cuando el sistema de representación política sirve a los poderes fácticos (oligarquías+mercados) contra los intereses ciudadanos, cuando se nos niega la posibilidad de que nos realicemos y vivamos de nuestro trabajo hay que cambiar el status quo. Ese fue el mínimo común denominador que cimentó movimientos como la PAH y Podemos.

Iniciativas que han conseguido mucho desde los primeros cinco eurodiputados, sumado esfuerzos con IU, las Mareas, Compromis, Equo... Pero no asaltar los cielos. Y ahora, no sólo el PSOE vive conflictos internos, sino también Podemos en el ámbito nacional y el andaluz. El eje clave no ha sido "izquierda-derecha" versus "abajo-arriba", sino "perder y no ganar". No habría pugnas intestinas si se hubiera vencido o se hubiera pactado con el PSOE de Pedro Sánchez y ahora se legislara contra la pobreza energética, subiendo impuestos a las fortunas y transnacionales, bajando el IVA cultural, derogando la ley Wert y Mordaza que el Parlamento no logra cambiar por los vetos del Gobierno popular. 

El contexto internacional desde 2011 a hoy, además, ha empeorado. Al inicio de la crisis-estafa finaciera (2008) un político conservador como Nicolás Sarkozy habló de "refundar sobre bases éticas el capitalismo". El sistema, en cambio, se ha vuelto más hegemónico y salvaje, más voraz e incuestionable.

El egoísmo racista ha ganado el Brexit en Gran Betaña, el neofascismo ha triunfado con Trump en EEUU y vive un auge alarmante en la UE: en Austria pese a la derrota de Hofe, Holanda, Alemania, Hungría, Francia... donde aunque no gane Marine Le Pen ya es victoria conservadora que el candidato de la derecha sea François Fillon y el de los socialistas, previsiblemente, Manuel Valls. 

Se azuza el miedo al musulmán, el rechazo al refugiado sin que Susana Díaz se pronuncie en su visita a Bruselas, ni Podemos impulse en el Congreso el cumplimiento del cupo de acogida. La sociedad civil sigue liderando sola el #NoALaGuerraSiria, la defensa de la legalidad internacional y los derechos humanos. Con cada rotación el mundo es más injusto y peligroso, la burbuja de confort menor y mayor la humanidad sacrificable. Y los progresistas no es ya que tropecemos con piedras de antaño, sino que parecemos adictos a tirarnos a ellas de cabeza, cantando una Internacional inversa cuyo estribillo comienza: "Separémonos todos, en la lucha final".

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