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Akhanli lamenta la actuación "penosa" del Gobierno español tras su detención

El escritor y periodista turco Dogan Akhanli, retenido en España, con el diputado de Unidos Podemos Alberto Garzón EFE / Madrid.

Un verano arrancó, acordaos, con una noticia lingüística: la aceptación por la RAE de "iros" como imperativo. Fue el mismo verano, ¿recordáis?, en que hubo protestas, hasta violentas, contra la invasión turística. Esa de ciudades y playas que es también agresiva -con su acaparar toda vivienda, su invadir de alaridos y ritmos cualquier silencio, sus regueros de orín, residuos plásticos y de cristal, rotos, cortantes, en la arena y calles. Parece lejano, pero era este verano umbral, de tránsito, al 1 de octubre en que muchos catalanes, la mayoría quizá, no querrían seguir ya en nuestro proyecto compartido.

Entonces el terrorismo embistió en Las Ramblas. La violencia mayúscula, el mayor rechazo a la diferencia, la más brutal imposición de un credo, de una razón. Mi idea, no la tuya. Nuestro sueño sobre el vuestro. Los españoles de más de 40 vivimos décadas el fanatismo etarra. Ante el ataque suele haber un "prietas las filas". Momentáneo. Unión frente al enemigo exterior. Pronto vuelve la disensión. Se vio en la manifestación. La discrepancia natural, humana. Enriquecedora. Inevitable. 

El verano ha sido -se veía venir antes de que lo peor pasase- una ola tan poderosa que ha borrado toda la historia aquella de la crisis de los refugiados que llevaba coleando ya dos años. Demasiado. Ni una imagen tan icónica como la de Aylan Kurdi llega indemne al segundo aniversario. Las autoridades europeas no rendirán cuentas cuando a fin de septiembre se confirme el incumplimiento del pacto de acoger a 160.000 refugiados. Menos, el Gobierno de España que no ha traído ni a 2.000 de los 17.680. 

Pero ni el paso de los días, semanas, meses, ni el empeño en disfrutar -de las vacaciones, los niños, el mar-, ni el crimen causado por la Yihad ha logrado cegar a ciudadanos que, juntos, con sus pancartas en Barcelona ("Quien quiere la paz no trafica con armas", "Sus guerras, nuestros muertos", "Ni atentados, ni bombardeos"), e individualmente, en sus destinos de veraneo, en sus casas, se resisten a bajar los brazos con impotencia frente al destino que nos están construyendo: ése en el que los privilegiados del mundo somos cercados en guetos, con la excusa de protegernos cuando, según prueba la sangre derramada, nadie está seguro aquí dentro.

"¿Qué podemos hacer?", "¿Qué puedo hacer yo?" son preguntas recurrentes. Abruma el reto. En especial en esta España donde el paro de nuevo bate recórds y el PP de los sobres B corona más cimas de desfachatez. Pero en verano, el ritmo, si no para, baja. Los afortunados gozan de panorama de mar o montaña. Incluso quien tiene que quedarse en la ciudad la vive más solitaria y callada -avenidas desiertas, asfalto que crepita por la canícula-. Horizonte. Perspectiva. Silencio. 

Inspiras, espiras. Silencio ( nueva gran canción de Drexler). Y ves el objetivo. Ese que el curso enmaraña, ruedas de prensa y tertulianos chicharra. Sacudimos la cabeza, incrédulos de habernos dejado aturdir: hay que cambiar el Gobierno de Rajoy. Eso, claro, no será remedio instantáneo al complejo desafío global. Pero sí un paso útil, factible y en la buena dirección. La de Portugal, en materia de crecimiento económico y equidad. La de avanzar en derechos humanos y dejar de pisotearlos. 

No merecemos este Ejecutivo de plañideras que llora la muerte del disidente chino Liu Xiaobo cuando ellas mismas, para complacer a la dictadura China, derogaron la persecución universal de crímenes, dejando impune, entre otros, el asesinato de José Couso. El Gobierno que, este verano, ha impulsado la detención, en El Prat (Barcelona), del escritor y periodista turco Hamza Yalçin y, en su hotel de Granada, de su compatriota y colega Dogan Akhanli, nacionalizados sueco y alemán para protegerse de Erdogan. Este equipo Rajoy que decide adiestrar en Cartagena a patrulleros libios que disparan a nuestras ONGs de rescatadores en el Mediterráneo y manda devolver en caliente a migrantes como las siete mujeres que se acaban de ahogar en nuestro Estrecho. Como no lo merecemos, cambiémoslo.

Arranco el curso ilusionada. Esperando que los sabios de nuestra Real Academia -tantos varones, claro, por lo de sabios- impulsen ahora un debate sobre lo imperativo de un mundo inclusivo. Más que de "iros", de "venid" y "vamos". Donde quien venga -de turismo o huyendo de guerras y miserias- sea recibido con brazos abiertos y nosotros podamos salir sin miedo a disfrutar nuestra ciudad y planeta. Conviviendo. A ver si este año, tras el premio Don Quijote que el Rey entregó, el pasado, a Pérez Reverte -el mismo académico que destapó en Twitter la revolución del "iros"- por su artículo sobre Los años bárbaros que nos venían con los refugiados, opta por un texto que siembre Años civilizados... Vistos los resultados.

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