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Susana Díaz defiende "no endurecer las condiciones de inversión sino apostar para que sea más rentable socialmente"

Susana Díaz

Para muchos, el esperado mitin de Susana Díaz y José Luis Rodríguez Zapatero de este viernes en Jaén  tiene el morbo de ser el (penúltimo) pistoletazo de salida en la carrera por el poder en el PSOE. Frente a los eventos bastante descafeinados de  Pedro Sánchez en Valencia y Asturias, y la relativamente modesta demostración de los críticos ayer en Sevilla, el partido ha preparado en esta ocasión un baño de militancia. El eslógan: los diez años de la aprobación de la Ley de Dependencia, un hito histórico que sirve también a la presidenta andaluza para retomar la iniciativa en un terreno, el de las políticas sociales, que seguramente nunca habría imaginado que pudiera convertirse en uno de sus flancos débiles.

Estas últimas semanas, con las   multitudinarias protestas  sanitarias en varias provincias y los desalentadores resultados del  informe PISA, se ha puesto de manifiesto que el escenario de la batalla política en estos nuevos tiempos está cambiando: del paro y la corrupción a las críticas por la situación de la sanidad y la educación públicas, verdaderas "joyas de la corona" como las ha definido Díaz en numerosas ocasiones.

Sin ir más lejos, este jueves en la sesión de control en el Parlamento, todas las preguntas a la presidenta (con la salvedad de Ciudadanos) giraron en torno a estos asuntos. Lo cierto es que la falta de reflejos políticos de los consejeros implicados ha acabado por comprometer la imagen de la propia Díaz, que tras la aprobación hace unos días de la   ley que blinda las prestaciones sanitarias, esta semana ha presionado para intentar cerrar   in extremis  el conflicto de Granada, ha anunciado un   plan para dar estabilidad laboral a 15.000 eventuales del SAS  y acaba de ganar en el Constitucional la   batalla de las subastas de medicamentos. Todo esto debería ser suficiente, aunque ya se verá, para desactivar el intento de  Spiriman  de reventar el mitin de Jaén.

Los últimos acontecimientos han dado munición a la oposición para presentar la sanidad y la educación andaluzas como sendos desastres. Es por supuesto una exageración, y de hecho las encuestas de satisfacción que se hacen periódicamente a los usuarios dicen justamente lo contrario. Pero la realidad es que la Junta no ha sabido estos días oponer un relato mejor, o más convincente (o más viral) del que ofrecían las imágenes de las mareas sanitarias en televisión y los vídeos del doctor Candel en Facebook. Como vino a reconocer gráficamente el portavoz de IU ayer en el Parlamento, la ola del malestar ciudadano resulta perfecta para el   surfeo  político.

Hace unos días, el catedrático Vincenç Navarro recordaba en   este artículo  cómo nació el ya concepto de los "cuatro pilares" del Estado del Bienestar: estaba en un bar con el socialista Josep Borrell, al que asesoraba, cuando a la silla en la que se sentaba se le quebró una pata. El incidente, cuenta, le sirvió como metáfora para explicar la importancia de que a la sanidad pública, la educación y las pensiones se le sumara una cuarta pata, la de la dependencia, que Zapatero puso finalmente en marcha ahora hace diez años.

Sobre esos cuatro pilares se ha asentado en este tiempo no sólo un modelo progresista de gestión, sino en gran medida el   credo moderno del socialismo, en oposición a los recortes indiscriminados de la derecha. Especialmente en Andalucía, donde la estrategia ahora es, parece, darle patadas a esas patas para ver si así se consigue tirar a Susana Díaz de la silla.

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