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Dos minutos de silencio

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Un total de 82 víctimas de violencia de género, de 1.150 denuncias, renunciaron a declarar contra su maltratador en C-LM

Esa parece haber sido la solución dada por el Ayuntamiento de Frigiliana (Málaga), un minuto de silencio por la mujer asesinada y otro minuto por su asesino, quien se suicidó después.

La equidistancia a la víctima y al agresor en violencia de género en verdad demuestra que la distancia a la violencia no existe, y que se está inmerso en las mismas circunstancias, ideas y valores que utiliza el violento para decidir acabar con la vida de su mujer. Y eso es lo que ha hecho el Ayuntamiento de Frigiliana con su alcalde a la cabeza, en su comunicado tras el homicidio de su vecina Carmen García a manos de su marido, y el posterior suicidio de este, Antonio Acosta.

Por lo visto, para el Ayuntamiento es lo mismo que una mujer sea asesinada que el hecho de que luego su asesino se quite la vida voluntariamente, una idea que, curiosamente, coincide con ese argumento tan falaz y perverso que tanto gusta al posmachismo, de considerar la realidad por su resultado y así ocultar el origen y su significado.

Lo que en realidad han hecho el Ayuntamiento de Frigiliana y su alcalde es despreciar a su vecina Carmen y a todas las mujeres que sufren violencia de género, y respaldar con su compresión y justificación a todos los maltratadores y hombres que las asesinan.

La violencia de género es un crimen moral, es decir, se lleva a cabo para defender las ideas, los valores, la posición y la imagen que tiene el agresor de sí mismo y de lo que debe ser un hombre. No es un crimen instrumental que se hace para conseguir algo material a cambio, sino una defensa de lo que él ve cuestionado por medio de la actitud y conducta de la mujer. Ese componente moral en el homicidio es lo que lleva a algunos agresores condenados por asesinato a decir cuando te entrevistas con ellos, "no se confunda conmigo, yo he matado a mi mujer pero no soy ningún delincuente". Y por esa razón, más del 70% de los homicidas se entregan voluntariamente tras el crimen, o cuando no quieren percibir el rechazo de la sociedad y de los entornos en los que se encuentran integrados, se suicidan; conducta que sigue un 20%, aproximadamente. En cualquier caso, asumen la autoría y las consecuencias del homicidio y se reivindican como hombres por medio de su conducta criminal y el posterior precio de la entrega o el suicidio.

Los asesinos en violencia en género saben que al final obtendrán algo de comprensión por parte de esa sociedad que los señala,  que se entenderá que "hay ciertas cosas que un hombre, si verdaderamente es un hombre, no puede permitir", como decía Marcelo Abengoa, personaje de la novela "Carlota Fainberg" de Antonio Muñoz Molina. Y por eso, llegado el momento, reivindicará su hombría incluso a través del homicidio, y lo hará con la complicidad comprensiva de una parte de la sociedad que piensa lo de "algo habrá hecho ella para que el marido la haya tenido que matar". Saben que tras la tempestad del dolor y el rechazo del homicidio llegará la calma del tiempo y las justificaciones. Ninguno de los asesinos en violencia de género es cuestionado como hombre ni se dice de ellos que sea "menos hombre" por haber asesinado cobardemente a sus mujeres; como mucho se dirá de ellos que "se les fue la cabeza", pero nunca su hombría.

Si la percepción fuera la contraria, si estos asesinos supieran que el rechazo es absoluto y rotundo, y que su memoria quedará manchada de por vida, no actuarían desde ese "honor herido" que exige sangre, y no verían en el homicidio la sentencia de una justicia que los hombres han hecho suya desde el origen del tiempo para ganarse la impunidad o la comprensión.

Por ello, resulta esencial el rechazo a la violencia de género y sus justificaciones, y hacerlo de forma explícita y gráfica, para que a través del componente cognitivo y del simbólico tenga un mayor impacto. Si en lugar de justificación y comprensión por parte del Ayuntamiento, los asesinos por violencia de género fueran declarados "personas non gratas" en sus pueblos y ciudades, si supieran que su recuerdo será como una nube negra enraizada sobre el cielo del pueblo, no presumirían de violencia ni harían del homicidio un forma de reparar "su honor".

La respuesta del Ayuntamiento de Frigiliana, con su alcalde a la cabeza, es un golpe más a todas las víctimas de la violencia de género y un desprecio a las mujeres asesinadas, además de ser un espaldarazo para todos los agresores y un argumento más para los machistas. Por mucho que intente matizar en su comunicado, sus palabras han sido el último golpe a Carmen, y han llenado de razón y valor a todos los asesinos y a los hombres que ahora mismo están pensando seriamente en matar a sus mujeres.

El Ayuntamiento de Frigiliana y su alcalde, si quieren, pueden rectificar. Acabar con la violencia de género exige rechazo y palabras llenas de crítica, no minutos silencio y siglos de justificación.

 

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