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Esos silencios que dicen tanto

Daimiel

Ana I. Bernal Triviño

Arrastramos, desde los últimos años hasta los últimos días, minutos y minutos de silencio vacíos, dice mi amiga Eva.

Normalmente, los considerados como grandes y solemnes minutos de silencio se producen solo cuando el tema es muy grave y revienta. Justo porque mientras el problema se desarrollaba, se callaba y se tapaba bajo la alfombra.

Hasta entonces, los minutos de silencio los hacían pequeños colectivos con dignidad, lejos de focos y protagonismo, en un esfuerzo porque sus demandas no quedaran en el olvido. Para obviar sus peticiones, se les tildaba de radicales o exagerados. Tampoco era para tanto, respondían. De esta forma, esos minutos se agolpaban sin respuesta ni solución, intentando que quedaran en la ignorancia o el olvido. Uno tras otro. Uno tras otro. Uno tras otro. Hasta que resultan imposibles de ocultar, y brotan con el ruido propio de la explosión de un volcán.

A ellos les siguen dos silencios que me irritan.

Uno es cuando después de esa explosión se hace el minuto de silencio mediático. Ese tan parecido a la puesta en escena de los desfiles militares, llenos de vivas, aplausos e himnos, con todo el mundo entregado. Esos minutos donde ahora acude mucha gente porque es lo que toca, aunque hace diez años alguno ni reivindicara esos derechos ni apenas le importase, porque el problema afectaba a otros. Una empieza a dudar hasta qué punto hay intención verdadera o es el puro postureo, para salir en la foto y recibir el aplauso. Muchos minutos donde reina la hipocresía, donde se pone el lacito de turno como quien se confiesa para exculpar los pecados. Suelen protagonizarlos los rostros que desvelan incomodidad en el gesto, a pesar de poner una forzada sonrisa Profident. Los que intentan disimular ese rum rum interior que les golpea por dentro, ese Pepito Grillo al que intentan acallar porque les recrimina un pasado que no quieren oír.

Ese minutito de silencio donde muchos representantes ponen cara de santos y, una vez transcurridos… ahí te quedas y si te vi, no me acuerdo. Son silencios de estrategia.

Otros son esos minutos de silencio que dicen tanto. Y aquí hay de varios tipos. El silencio de un tema que se cubre con otro que haga más ruido. El silencio que se extiende y que deja a la ciudadanía en un tiempo muerto, esperando que otros decidan si salimos de la incertidumbre y la angustia. Y otro, el que deja en silencio la verdad para cubrirla de mentiras. Intentos de tomaduras de pelo descaradas (por si caemos) en cuestiones tan evidentes como el fascismo, el machismo, el capitalismo o el racismo. De todo andamos sobrados a diario.

Y, sin embargo, normalmente, no llega el que más cuesta hacer: el minuto de reflexión interna. Claro, ese requiere de esfuerzo, de autocrítica y, sobre todo, de querer cambiar. Preguntarse qué estás haciendo y qué estás diciendo. Si eso que haces o dices ayuda a construir un mundo mejor para todos o solo para ti y, sobre todo, lejos del odio y de golpes en el pecho de pureza.

A pesar de que me llamen utópica (que a estas alturas, ya me da lo mismo) siempre he creído que sobran banderas y nos falta gente que abandere todas las causas ignoradas. Y estos días hemos ignorado muchas de ellas. Ni las cifras de paro, ni de pobreza, ni la amenaza de las liberalizaciones, ni los refugiados que siguen huyendo, ni la corrupción… Todo eso ha pasado al olvido. Hasta el día que nos explote de nuevo.

Como dice mi amiga Eva, necesitamos silencio sereno para poder saber la verdad y luchar por ella. Pero en estos tiempos, sabemos que descubrir las verdades no gusta, porque caen la caretas y provoca que se desvele todo el juego. Y también necesitamos aprender que nada surge de pronto, que todos los conflictos están latentes, que ignorar no sirve… Y que los “pequeños” problemas de hoy, en silencio y sin resolver, serán los grandes problemas del mañana.

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