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No es tiempo de meterse en eso

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Gregorio Serrano, director de la DGT, en la sala de pantallas

Gregorio Serrano, director de la DGT, en la sala de pantallas LA SEXTA

Tengo que reconocer que don Mariano Tancredo todavía conserva la capacidad de asombrarme. Por ejemplo, cuando dice cosas de sentido común, como “un plato es un plato y un vaso y es un vaso” o cosas sin sentido, como “no es tiempo de meterse en eso”, en referencia a la brecha salarial que padecen las mujeres. Y es que “las decisiones se toman en el momento de tomarse”, que quiere decir que cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento, aunque esto último no lo dice él, sino el refranero español y mucho español.

Todas estas sesudas sentencias nos indican cuál es su profundo pensamiento sobre la evanescencia del tiempo y la futilidad de nuestros esfuerzos por aprovecharlo. El problema surge porque, mientras nuestro presidente mide el tiempo sidéreo en base a su sentido común, nosotros, simples mortales, estamos en un nivel más cotidiano, y más después de tanto recorte, tanto empleo temporal y tanta reducción de salarios y pensiones. Hemos llegado, como Rambo, a vivir día a día, sin más aspiraciones, aunque con la ventaja de que todavía nos sentimos las piernas, por ahora.

Que esto de medir el tiempo no es fácil (o dicho de otro modo, es difícil, siguiendo los agudos procesos mentales del antedicho Rajoy). Por poner un verbigracia, piensen en la medida que los hombres damos a la actividad más recreativa y barata que existe, que viene a ser de 20 minutos. Si se les pregunta a las correspondientes parientas dirán que la cosa no llega a los tres, en un día bueno.

Quien ha solucionado muy bien el problema de medir el tiempo han sido la Iglesia Católica y el PNV, y perdonen la reiteración, que consideran el siglo como unidad básica. Tras 20 siglos en un caso y 2 en otro, ahí tienen el resultado: dos magníficos cuponazos. Los nacionalistas catalanes, que también medían en siglos y cuponazos, tras ponerse nerviosos, han cambiado la medida de la centuria a la media legislatura, con el consiguiente desastre para todos. Menos mal que la Justicia, que también tiene sus tiempos, va a si situar a sus líderes en un punto intermedio: diez años y un día.

El tiempo de Maricastaña

Caso distinto es el del PP, en lo de calibrar el tiempo, no en lo del cuponazo. Por ejemplo, el director general de Tráfico (lento), el muy procesional Gregorio Serrano, tras echar la culpa de los atascos invernales a la poca colaboración de los conductores, recuerda que a Zapatero le nevaba menos y se atascaba más, y nos riñe por echarle en cara el temporal. Su medida del tiempo es, pues, la estación, que cuando llegue el verano lo más seguro es que no nieve. Y entonces nos quejaremos del calor, que somos unos flojos.

También el PP andaluz anda confuso con los tiempos, pues tras anunciar que está dispuesto a empujar con los demás (en el mismo sentido esta vez), para lograr una mejor financiación autonómica, añade que la culpa es del malvado Zapatero, que cualquier tiempo pasado fue peor. A la vez, sigue indignado por la memoria histórica y las sátiras sobre vírgenes y pasos estacionales, asegurando también que cualquier tiempo pasado fue mejor, sin señalar a Franco, que está muy feo. El tiempo de Maricastaña.

Aunque para peor tenemos a los chicos y chicas de Podemos y Podemas, que en su finita sabiduría han concluido que la mejor medida del tiempo es el minuto y medio, que es el lapso que transcurrió entre negar la investidura a Sánchez y pedir al PSOE que presentara una moción de censura para investir a Sánchez. O el que pasó entre recurrir el 155 y  pedir tiempo muerto en el tema de Cataluña. Minuto y medio, eso sí que es una decisión precoz.

Tampoco se acompasa a nuestro ritmo el gran predicador del ‘no es no’ (a tiempo parcial), Pedro Sánchez, que mide su tiempo cada 24 horas, contadas desde que se afeita (dime, espejito) y se mira el ombligo hasta que vuelve a mirarse el ombligo y la plurinacionalidad.

Aunque para nuestro pesar, la verdadera desgracia es la medida que emplea don Mariano Tancredo, que como su propio nombre indica, se hace el muerto a la espera de que los asuntos de Estado se solucionen solos, que hay que dar tiempo al tiempo. Para las cosas cotidianas su medida es la temporada, la que empieza en agosto y termina en junio, si ese año no hay Mundial. Si además un año de estos gana el Madrid, será tiempo aprovechado.

Tras un detenido análisis de la medida de los tiempos que emplean nuestros próceres, sólo puedo concluir con absoluta certeza una cosa: que cualquier tiempo pasado fue anterior, como bien podría decir Rajoy. Ya no me siento las piernas.

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