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La otra troika: China-Rusia-Siria

Occidente continúa dudando respecto al cómo y hasta dónde implicarse en el conflicto

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Aumentan a 42 los muertos en un bombardeo ruso en Siria

EFE

La trama del conflicto sirio parece uno de esos guiones fílmicos diabólicamente geniales que, al penetrar en la intricada complejidad del mal, confunden al público constantemente. Cuanto más leemos sobre el tema más claro tenemos que allí los buenos también son malos y los malos, buenos. Al menos, para combatir otros tipos de mal.
Entre los rebeldes que se alzan contra el régimen sirio se encuentran epígonos de la Primavera Árabe y opositores moderados, apoyados por Estados Unidos, junto con grupos terroristas vinculados a Al-Qaeda y al Estado Islámico, como Jabhat Al-Nusra y HarakatAhrar Al-Sham.

Al-Assad nunca ha sido un bendito, pero ahora el mundo le necesita para frenar el avance del yihadismo. Rusia ataca las posiciones de los rebeldes que América protege, pero ha entrado en escena como si fuera un aliado, porque si alguna potencia puede estabilizar el debilitado Estado sirio es, desde luego, su tradicional valedor. Occidente continúa dudando respecto al cómo y hasta dónde implicarse en el conflicto, probablemente como consecuencia de los errores cometidos en Afganistán y en Irak. Armar a la oposición ha sido a la vez objeto de constante debate y realidad de facto bajo cuerda. Marc Pierini, desde la Fundación Carnegie, ha resumido así la respuesta del eje Washington-Londres-París: “Sinoperoquizás”. En la cumbre del pasado 30 de octubre en Viena, además de Estados Unidos y Rusia han participado otros países con intereses en el conflicto: Arabia Saudí e Irán, regímenes aliados del primero y del segundo, respectivamente, además de enemigos entre sí.

China, una vez más, desempeña un papel tan discreto como imprescindible para una Rusia tan ambiciosa como deficitaria. A China le beneficia la intervención rusa en Siria, no sólo para garantizar su abastecimiento energético y proteger los intereses de sus empresas petroleras en la región. El Gran Dragón también combate la influencia del yihadismo, que está conquistando miles de terroristas en Xinjiang, el Turquestán Oriental, reclamado explícitamente por el ISIS como territorio de conquista. Ante estas amenazas,Xi y Putin han firmado un pacto de cooperación militar que acaba de desatar rumores sobre el posible envío del portaaviones chino Liaoning a la base rusa de Tartus, en Siria.

A pesar de que sus relaciones recíprocas han oscilado históricamente entre la colaboración y el enfrentamiento, el Gigante Asiático se ha posicionado siempre junto a Rusia en lo que concierne a Siria, en contra de los intereses de Occidente y del frente árabe pro occidental. Desde el inicio de la crisis la colaboración de las dos potencias del Este ha vetado cuatro resoluciones de Naciones Unidas sobre Siria y ha rechazado repetidamente la condena del régimen ante las evidencias sobre la brutalidad de las fuerzas de Al-Assad contra la población civil, incluida la masacre de Guta en agosto de 2013.

Según el SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute), entre 2006 y 2010 el Gran Dragón ha sido uno de los cinco principales exportadores de armas a Siria, junto con Rusia (48%), Irán (21%), Bielorrusia (20%) y Corea del Norte (9%). Aunque China sólo representa el 2% de ese mercado, los indicadores sobre cooperación y comercio militar que mantiene con los demás miembros del grupo, desvelan suresponsabilidad en la situación. Por otra parte, al menos dos de las mayores empresas armamentísticas chinas, NORINCO (China North IndustriesCorporation)y CPMIEC (China Precision Machinery Import-Export Corporation),han firmado contratos con el CERS de Damasco (Centre d’Étudeset de Recherches Scientifiques). Este centro desarrolla el programa nacional de misiles en colaboración con el Ejército sirio. La CIAy otras instituciones lo responsabilizantambién del desarrollo de armas químicas y biológicas, particularmente, gas mostaza, gas sarín y VX.

Algunas de estas armas han sido utilizadas en sucesivas ocasiones contra la población siria, la primera vez desde el inicio de la crisis en agosto de 2013. Aunque en ese momento se sembraron dudas sobre la identidad de los responsables y el Gobierno sirio culpabilizó a los rebeldes, parece demostrado que fue una estrategia dirigida por el propio Al-Assad. Como es habitual, el Presidentesirio trató entonces de sembrar el caos, para aprovecharlo en su beneficio.

Un año antes de ese ataque, el 28 de julio de 2012, The Economist publicó un visionario artículo titulado “WatchOut!”, donde sopesaba tanto la posibilidad de que el régimen echara mano de su inmenso arsenal de armas químicas y biológicas, como otro escenario todavía más espeluznante: que los yihadistas se hicieran con él. Occidente no quiere ni mencionar esa eventualidad, pero al inicio del conflicto sirio Al-Qaeda declaró públicamente que las utilizaría si lograra apoderarse de ellas. Y sabemos que el ISIS no se caracteriza por una mayor benevolencia.

Aunque resulte paradójico, si hay alguien que pueda impedir tan apocalíptico desenlace es precisamente quien ha proporcionado las armas y quien durante largos años ha sido primordial valedor del régimen sirio en el Consejo de Seguridad de la ONU: Rusia y China. Evidentemente, estas potencias desean aprovechar la manifiesta debilidad de Occidente en un escenario tan complejo como el que estamos presenciando, para modificar a su favor el equilibrio geoestratégico mundial, el sueño compartido de una Gran Asia desde Shanghái hasta San Petersburgo:“Quien logre el control de Siria, logrará una influencia internacional decisiva”, ha reconocido Al-Assad. Pero si tenemos que elegir entre el terrorismo yihadista y la troika China-Rusia-Siria, quizá nos atrevamos a tomar pronto alguna decisión. A pesar de su rivalidad y sus divergencias, a ningún miembro del núcleo duro de Naciones Unidas le conviene que se perpetúe la guerra o se consolide el Califato.

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