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¿La vida sigue?

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Niza EFE

Fueron apenas unos segundos dentro de la intensa cobertura televisiva del salvaje atentado de Niza. Las cámaras habían regresado a la Promenade des Anglais, el paseo marítimo por donde el fantasmal camión blanco, verdadero diablo sobre ruedas, había arrollado a la multitud menos de 24 horas antes. En el escenario del terror, con el rastro de la tragedia iluminado por la suave la luz de la costa azul, el reportero tomaba unas declaraciones a un joven turista, gorra con visera, gafas de sol, a punto de bajar a la playa. "Tenemos que seguir con nuestras vidas -venía a decir el entrevistado-, es el mejor mensaje que podemos enviar a los terroristas, que sepan que no pueden con nosotros, que no pueden condicionarnos".

Recordé en ese momento los días posteriores al 11-S en Nueva York, cuando las salas de Broadway decidieron abrir sus puertas fieles al dicho teatral de que "el espectáculo debe continuar". Recordé las famosas fotografías del Londres bombardeado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, aquellas en las que un lechero depositaba diligentemente la botella frente a la puerta de un edificio casi en ruinas, o en la que un grupo de hombres con sombrero buceaba con parsimonia entre los libros de una biblioteca con el techo reventado por las bombas, entre montañas de escombros.

Recordé aquellas imágenes y recordé mi emoción y mi orgullo ante esos ejemplos de espíritu, de aguante, de coraje colectivo, de esa manera de rebelarse ante el terror y la guerra con toda la fuerza de la normalidad. Y al mismo tiempo tengo que confesar que al escuchar las declaraciones del turista de Niza me recorrió una especie de escalofrío, un estremecimiento plagado de dudas y preguntas para las que sigo sin encontrar respuesta.

Yo sé que no arreglaría nada dejarnos llevar por el pánico, encerrarnos en casa, arruinar el turismo en Francia, cerrar los bares, vaciar Niza de visitantes. Yo sé que la libertad se defiende sobre todo ejerciéndola, disfrutándola, reivindicándola todos los días. Roosevelt proclamó aquello de que a lo único a lo que debemos tener miedo es al propio miedo, un mensaje con una indiscutible potencia y plagado de verdad. Pero no sé si es suficiente.

En una Europa azotada en los últimos tiempos por la violencia, me asalta el temor de que nos podamos acostumbrar a ella, de la misma manera que muchos norteamericanos parecen asumir, como algo doloroso pero inevitable, que de vez en cuando un tarado con una ametralladora provoque una matanza. Me pregunto dónde está la línea en la que acaba la resiliencia, la capacidad de superación, y comienza la resignación o la indiferencia. Cuándo está bien pasar página y hacer de nuestras rutinas nuestra mejor coraza, y cuándo es el momento de poner pie en pared y empezar a reclamar soluciones de verdad, más allá de los estados de emergencia y la mano dura.

No fue Einstein quien realmente lo dijo, pero la idea sigue siendo válida: no es sensato seguir haciendo las cosas igual y esperar resultados diferentes. Empecemos a exigir de verdad respuestas distintas, un cambio de estrategia. Hay alternativas. Comenzando, por ejemplo, por comprometernos en serio como sociedad -pero en serio- para que en los barrios más castigados de nuestras ciudades, y también más allá de nuestras fronteras, la libertad, los derechos y las oportunidades sean también parte de esa rutinaria normalidad.

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