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Golpe de Estado a la Democracia

El odio al pueblo catalán que muestra el Gobierno del PP es el odio, no a Cataluña, sino a España, a un modelo de país, porque la derecha nunca lo ha aceptado

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Concentración ante la Fiscalía Superior de Catalunya

O.S.

Valgan mis primeras palabras del día para expresar mi preocupación por la situación de excepción que se vive en Cataluña, y por lo que considero como un golpe de Estado del propio gobierno, el de la derecha -con la triste aquiescencia del principal partido de la oposición, el Partido Socialista Obrero Español-, utilizando mal intencionada, inmoral e ilegítimamente, todas las herramientas del Estado para atentar contra los derechos fundamentales de los ciudadanos y ciudadanas españolas, contra la democracia de nuestro país, y contra la propia Constitución Española.

Lo que se está viviendo estos días en España sólo me hace recordar las tristes imágenes que creía borrosas de mi infancia, cuando mi padre era amenazado por defender la democracia como secretario general del PSOE en una de las principales agrupaciones de Andalucía y se le ponía en listas negras para asesinarlo un 23F, cuando nos pintaban los de Fuerza Nueva la fachada de nuestra casa con el yugo y las flechas, cuando los fascistas amedrantaban a los manifestantes por la autonomía de Andalucía con disparos al aire, cuando se perseguía la libertad de expresión y los principales derechos democráticos, cuando se registraban imprentas, cuando se requisaban panfletos y propaganda política.

Rajoy nos ha hecho retroceder a los españoles 40 años en nuestra historia. Lo siguiente quien sabe si será registrar casas, sacar de ellas a la gente, y quizá apresarlas, por defender sus ideas. Y, ante esto, uno se pregunta dónde están los dirigentes socialistas, dónde está su dignidad como partido histórico de "izquierdas" con más de 140 años de historia.

¿Acaso un partido de ideología socialista permitiría lo que está ocurriendo estos días en España? ¿Acaso debiera olvidar aquella moción aprobada en su IX Congreso en la que Julián Besteiro apostaba un modelo federalista de la organización territorial de España, y en la que hablaba de Estados políticos refiriéndose a regiones con personalidades y características diferenciadas, señalando expresamente entonces a vascos, catalanes, andaluces y gallegos. ¡No es vocación lógica de un partido con esa historia la de legitimar a la derecha rancia y corrupta del partido popular, sino la de apoyar la lucha histórica de los pueblos de España en la defensa de la libertad y la igualdad de derecho, a través de la expresión democrática que nos provee la Constitución!

Parece que, una vez más, como tantas otras veces en nuestra historia, tendrá que ser el pueblo español, el pueblo catalán y andaluz, extremeño, madrileño… quien ponga las cosas en su sitio, lanzándose a las calles a luchar por sus derechos, mientras ve cómo sus gobernantes, los del PP y, tristemente, con la connivencia de los del PSOE, sellan un pacto de silencio para que los primeros se encarguen, cual sicario, de fracturar la "delicada" y "aparente" armonía lograda durante los años de democracia en España, para recomponerse, como en la transición, desde el estatus quo acordado.

Si Cataluña es España, todos los catalanes son españoles. Si España somos todos y todas las españolas, vivamos donde vivamos, entonces todos somos catalanes. Todos los territorios somos un pueblo hermano, desde la fraternidad. Y desde la diversidad, desde las autonomías, desde nuestras distintas nacionalidades, todos y todas las ciudadanas de este país tenemos la obligación de defender a Cataluña y al pueblo catalán como parte indisociable de un mismo país. Si el gobierno de España considera Cataluña como parte de un mismo país, no puede tratarlo como enemigo, no puede agredirlo, sino atenderlo y quererlo como pueblo hermano. Y, como los hermanos, los pueblos que son uno no se enfrentan, sino que dialogan, se entienden y se quieren.

Pero el odio al pueblo catalán que muestra el gobierno del Partido Popular es el odio, no a Cataluña, sino a España, a un modelo de Estado, a un modelo de país, porque la derecha española nunca ha aceptado este modelo de Estado que se acordó en la transición. Porque la derecha española nace de un régimen dictatorial que, como la religión, marca sus referencias morales y su ideología política. No cree en la democracia, no cree en el Estado de derecho, no cree en la igualdad, ni en la justicia universal ni en la diversidad territorial. Su modelo de Estado es otro.

Y por ello pretende volver al pasado, recuperar el mapa de un país en el que no hay pueblos, no hay diversidad, sino una única nación sin democracia ni libertad. Como lo fue durante la dictadura franquista: tierra de señoritos, terratenientes, amos y criados, ciudadanos subyugados a las fuerzas del orden, que en esta época viven al albor de multinacionales y un Estado tecno-burocrático que rigen el control desde la precariedad y la dependencia de sus ciudadanos, para garantizar su propia supervivencia.

Hoy me encuentro triste y estupefacto por una estampa que anuncia una vuelta al pasado, como ocurre en buena parte de Europa, y apesadumbrado por la posición de un partido con 140 años de historia que mira hacia otro lado, que se esconde a las espaldas de Rajoy, como si no tuviese nada que decir, como si no tuviese legitimidad histórica para alzar su voz con autonomía propia –y no de la mano de la derecha-, convirtiéndose así en cómplice de un golpe de Estado -mal medido en mi opinión por su visión estratégica en el contexto político actual-, y que irremediablemente lo convierte en muleta de un Régimen que parece que no tiene la valentía de desbancar, a la vez que impide a nuestro país superar con éxito las ansias de cambio que reclaman millones de personas.

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