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El Lope de Vega acoge desde este jueves 'Cervantina', de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Ron Lalá

El Lope de Vega acoge desde este jueves 'Cervantina', de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Ron Lalá

  1. Teatro Lope de Vega, Sevilla. Del 15 al 18 de diciembre.

Intérpretes: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Miguel Magdalena, Daniel Rovalher, Álvaro Tato. Dirección literaria: Álvaro Tato. Dirección musical: Miguel Magdalena. Vestuario: Tatiana de Sarabia. Iluminación: Miguel A. Camacho, Escenografía y atrezzo: Carolina González. Diseño de sonido: Eduardo Gandulfo. Ayudante de dirección: Fran García. Versión, composición musical y arreglos: Ron Lalá. Dirección: Yayo Cáceres. Es una coproducción CNTC/Ron Lalá.

Duración: 1h 30 minutos.

Cervantina es una mirada al más clásico de nuestros clásicos en el año de su centenario, Miguel de Cervantes. Los clásicos, sí, ese asunto. Dice Luis de Tavira que un clásico es aquél que  “aún no ha terminado de decir lo que comenzó a decir, lo que a través de la historia ha llegado a nosotros para comunicarnos si nosotros hacemos algo para dejarnos decir lo que sólo a nosotros puede decirnos en la zozobra de nuestra actualidad" y Ron Lalá lleva años haciendo a un puñado de clásicos seguir diciendo, diciéndonos. Y no sólo a unos cuantos –y muchas veces supuestos- interesados en ellos, sino a todo tipo de públicos. El éxito de la fórmula “ronlalera” es tan fácil de enunciar como difícil de llevar a cabo: un amor y un conocimiento (¿pueden existir uno sin el otro?) profundos de nuestro Siglo de Oro, un afinadísimo olfato para la comedia en todas sus variantes (desde el gag visual al chiste verbal, desde lo farsesco a lo más elevado), lucidez para encontrar puentes y paralelismos entre nuestro presente y el de ellos,  cinco intérpretes que dibujan con trazo leve pero firme un amplio abanico de personajes, una música vital, festiva e interpretada en directo por los propios actores, un ritmo escénico que no te deja pestañear (porque el ritmo es el cambio de ritmo) y una escucha de la respiración de esa criatura colectiva  que llamamos público que les hace saber en cada momento cómo y dónde colocar la réplica para hacerlos disfrutar.

            La función se compone de distintas escenas sutil pero hábilmente ensartadas. Todas ellas son adaptaciones de la compañía a partir de textos pertenecientes a los Entremeses, Novelas ejemplares y  algunas obras aún menos conocidas de Cervantes porque, como ellos mismos dicen en escena, Don Miguel está en boca de todos, pero en lecturas de muy pocos. Los actores representan indistintamente a los personajes masculinos y los femeninos, sacando del “travestismo” toda la comicidad posible, y con sencillos elementos escénicos se va dibujando una travesía de noventa minutos por el universo cervantino. Un universo en el que predomina la crítica de costumbres del siglo XVII y que hoy, cuatrocientos años después, nos es familiar porque la estupidez, la soberbia, la avaricia, la hipocresía, el egoísmo son fieles compañeros de los humanos. Para reforzar esta idea, se incorporan alusiones a la actualidad que el público agradece y festeja.

            Estéticamente la propuesta escénica apuesta por la sobriedad escenográfica, acompañada por un atrezzo intencionadamente “teatral” y un vestuario base de color negro sobre el que los intérpretes van incorporando prendas coloridas. No hay, pues, aspiración de realismo sino de provocar la imaginación del espectador ofreciéndole al mismo tiempo las dos capas de la ficción: el intérprete y el personaje que representa en cada momento; como un trampantojo del que soy y el que juego a ser, como la superposición de dos siglos, el XVII y el XXI, que no pretende engañar al ojo que mira sino hacerlo cómplice. Para que la propuesta funcione, se nos antoja fundamental el trabajo de iluminación que crea y realza ambientes y espacios, manteniendo el mismo código de huida de cualquier tentación de realismo. Pero, sobre todo, la pieza se basa en sus cinco intérpretes que, bajo la batuta de Yayo Cáceres, despliegan un abanico de recursos interpretativos apabullante para tener al público enganchado  y hacerlo reír de principio a fin. Una maquinaria cómica perfectamente engrasada que cuenta y canta a Cervantes, deleitando. A título personal, lo que suele ocurrir en una obra hecha de piezas sueltas, me interesó algo menos el Hospital de los podridos y habría agradecido un poco más de desarrollo en esa reflexión sobre el final de la pieza basada en El extremeño celoso en contraste con el final del entremés El viejo celoso: drama y comedia, ¿una comedia es un drama que termina pronto o es la comedia, como quería Woody Allen, tragedia más tiempo?   

            Entre las coplas que entonan los cómicos, una dice que “no hay vacuna ni aspirina/ que cure la cervantina”. Y parece que no, que no la hay. A Dios o, mejor, a los ronlaleros gracias.

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