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ARAGÓN

Las salas de música viven “un momento dulce” pero sufren por la falta de público joven y el IVA al 21%

La prohibición de acceso de menores a los locales dificulta que las nuevas generaciones se aficionen a la música en vivo.

Para el colectivo Aragón Musical, la reapertura de la mítica sala King Kong confirma una situación “buena para el público, aunque no tanto para los programadores”

El sector pide que el Ayuntamiento de Zaragoza coordine la oferta cultural para lograr que “la ciudad sea un gran festival cada fin de semana”

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Sala King Kong. Foto: Juan Manzanara

Sala King Kong. Foto: Juan Manzanara

La King Kong ha vuelto. Después de 15 años con la chapa bajada, y tras un frustrado intento en 2013, la mítica sala de conciertos reabrió el pasado 11 de septiembre, en la misma ubicación que tuvo en los años 90, la zaragozana calle Monasterio de Rueda. Para Sergio Falces, del colectivo Aragón Musical, este regreso es “la confirmación del momento dulce que viven las salas de la ciudad”. Sin embargo, desde el sector se sigue acusando el lastre que suponen las dificultades para que los jóvenes accedan a la música en vivo y el IVA cultural al 21%.

Tomás Gómez es el programador de la King Kong y de la Sala López, además de presidente de la asociación que aglutina a este tipo de espacios, Aragón en Vivo. Gómez se muestra satisfecho con la expectación que ha levantado entre sus antiguos habituales el regreso del local, pero espera que ahora sean “las nuevas generaciones” las que lo hagan suyo. Se trata de un público que se resiste a este tipo de oferta. Según explica Falces, “es difícil ver a gente menor de 30 años en un concierto celebrado en un bar o sala”. Su escasa afluencia se debe, en parte, por la prohibición de que los menores accedan a discotecas, licencia bajo la que operan los principales locales de música en vivo de Zaragoza.

A los chavales tampoco les resulta sencillo acudir a conciertos en otros escenarios. El conocido como Decreto de Espectáculos de febrero de 2014 (al que todas las fuentes consultadas señalan como la respuesta del ejecutivo de Luisa Fernanda Rudi a la tragedia del Madrid Arena) establece que la entrada de menores a espectáculos “de carácter ocasional y extraordinario” debe ser en compañía de un adulto o bien a través de puertas diferenciadas que conduzcan a espacios donde no se sirvan bebidas alcohólicas. El actual Gobierno de Aragón tiene previsto modificar esta normativa antes de finales de año.

Para Gómez, esta legislación, que buscaba evitar el acceso de los jóvenes al alcohol, ha tenido un efecto contradictorio: “Se les quita la posibilidad de acudir a una actividad cultural y, ante la falta de alternativas, se van al parque a hacer botellón”. “Privan a los adolescentes del disfrute pleno de una afición; es como si, en el caso de la literatura, permitieran hablar de libros en las clases pero luego no se pudieran leer fuera del instituto”, ejemplifica Falces. Este periodista, uno de los organizadores de los Premios de la Música Aragonesa, no se detiene solo en esta causa y apunta que “los precios también influyen en la falta de gente más joven en los conciertos”.

IVA, falta de coordinación y conciertos “por encima de nuestras posibilidades”

Tomás Gómez enumera otros problemas que afrontan las salas de música: “Ha habido recortes en las ayudas a la programación, pero lo que ha dinamitado al sector es la sangrante subida del IVA cultural al 21%”. El programador señala que el incremento de este impuesto va más allá del precio de las entradas, ya que también ha repercutido en las consumiciones de los locales con licencia de apertura hasta a las 6:00.

En el plano institucional, Gómez considera que el Ayuntamiento de Zaragoza puede mejorar su labor de apoyo a las salas. “No es solo cuestión de ayudar con dinero. Una buena política cultural que coordine la oferta de conciertos podría conseguir que la ciudad sea un gran festival cada fin de semana”, asegura.

Puede parecer paradójico, pero el enemigo también está en casa. “Hay una amplia agenda de conciertos, incluso entre semana; esto es bueno para el público, que tiene donde elegir, pero no para los programadores, a los que cada vez les cuesta más llenar”, explica Falces. Para Gómez, “se programa por encima de nuestras posibilidades, por el miedo al vacío, y eso al final repercute en la calidad de algunas propuestas”.

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