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ARAGÓN

Re-presentatividad

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Tienen en común la democracia y la sociología la voluntad de querer representar a la sociedad. Sin embargo, eso de sustituir una presencia por una re-presentación, como la cosa por un signo, según saben los lingüistas, trae consigo el apartamiento del mundo y el consiguiente anhelo de volver a él, siempre frustrado pues se hace por medio de aquello que nos aleja. Unas veces es la palabra y otras la democracia o las técnicas de investigación social. Por eso decía Derrida que la presencia es impresentable. Por eso, con las re-presentaciones que ensayan la democracia y la sociología, cuanto más pasos dan para re-presentar mejor la sociedad más se alejan de ella. Y es que la presencia sólo puede regresar por la vía de la autopresentación. El problema es que este regreso resulta inoperante en términos políticos y es un sinsentido en términos científicos. Lo mismo ocurre cuando el mundo, en toda su brutalidad, emerge entre las palabras. Sólo el silencio en la lengua, la acracia en política y la ignorancia en la ciencia pueden permitir “gestionar” esas autopresentaciones.

De todas formas, más interesante que constatar los límites del orden instituido en relación con las presencias es ver los esfuerzos, aunque sean vanos, por contactar con ellas. Esta mirada permite ver, por ejemplo, la enorme distancia que aún separa a la democracia de la sociología y el camino que a aquella aún le queda por recorrer. En efecto, mientras la representación de la sociedad que acoge la democracia a través de los procesos electorales tiene que ver con individuos (aislados, independientes y con opiniones propias y personales) a los que se considera como unidad de cuenta, tal como hacen las encuestas, la sociología tiene al menos otros tres niveles superiores de re-presentatividad.

En primer lugar, se intenta representar al individuo, así como sus relaciones con los demás (aquí los individuos no están aislados y se supone que las opiniones resultan de conversaciones -amistosas o no-), según ocurre con las técnicas cualitativas (grupos de discusión y entrevistas en profundidad). En el ámbito político sólo ha aparecido esta representatividad grupalista cuando se ha decidido mirar más allá del individuo, lo que ocurrió en los orígenes de nuestro sistema político cuando se prestó atención al conflicto entre empleadores y empleados (creando instancias jurídicas para ellos, reconociendo la necesidad de tratar con sus agentes para tomar decisiones, etc.) o cuando en la actualidad se ha decidido contar con otros colectivos en conflicto a los que se ha intentado amparar (las mujeres, los jóvenes, etc.). Sin embargo, esta representatividad grupal, de clase o género siempre tuvo un peso muy inferior a la que consideraba al individuo como centro y pilar de la democracia.

En segundo lugar, la sociología y la antropología también intentan representar los contextos culturales en los que se desenvuelven los individuos y sus relaciones, como ocurre con técnicas como las historias de vida o la observación participante. Cierta política parece haber intentado acoger esta otra dimensión de lo social con su discurso multiculturalista, pero lo cierto es que la xenofobia, las dificultades para tratar con los nacionalismos sin Estado y las dificultades para admitir otras religiones, formas de matrimonio, etc. muestran que el deseo le viene grande al traje institucional. Esta representatividad no tiene apenas cobertura, pues no hay tribunales “étnicos”, ni actores políticos reconocidos, como los sindicatos, ni negociaciones que se deban considerar, como ocurre con las protagonizadas por trabajadores y empresarios.

Finalmente, las ciencias sociales han tratado también de representar la capacidad de cambio (de los individuos, las relaciones y los contextos). Lo han hecho, además, reconociendo a los “objetos” de investigación capacidad para reflexionar e intervenir, lo cual ha obligado a los “sujetos” investigadores a reducir su protagonismo. Esta otra modalidad de representatividad ha tenido eco en distintas dinámicas participativas, desde la solución de conflictos medioambientales a los presupuestos participativos, pero no han terminado de funcionar. Unas veces porque los resultados de tales dinámicas no han sido aceptadas por las dinámicas institucionales (en nuestra tierra es el caso de los más graves conflictos derivados de los proyectos de construcción de embalses). Otras veces porque las gentes, por el motivo que sea, no han mostrado mucho interés en participar (como ha ocurrido con los presupuestos participativos de Porto Alegre, la ciudad brasilera que los “inventó”). El caso es que está avanzada “representatividad”, bastante cercana a la “autopresentación”, tampoco ha tenido mucho hueco institucional.

En definitiva, la democracia sigue arrastrándose con criterios de representatividad decimonónicos que ningún científico social incorporaría a sus investigaciones, por muy cuantitativas y hechas de encuestas que sean. Pero es que la ciencia social, por más representatividades que incorpore, es imposible que pueda asumir ese límite al que tiende pero no termina de llegar, la autopresentación, pues entonces tendría que desaparecer. El caso es que las ciencias sociales están en este límite del siglo XXI mientras la democracia apenas ha salido de la cueva del XIX.

*José Ángel Bergua, participante de GAO (Gentes de Apoyo y Opinión

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