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ARAGÓN

Trump, el coche autónomo y el infantilismo de izquierdas

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Vaya título peculiar para empezar un artículo, sin embargo hablamos de cosas que están más relacionadas de lo que parece. Vaya por delante que tiene el tamaño que tiene y mucho de lo aquí contenido es matizable y sobre todo ampliable

Desde Thatcher, Reagan, la caída del bloque del este y la expansión de la globalización el mundo está evolucionando en una dirección muy clara, mas mercado, mas desregulación, menos protección, mas desigualdad y un largo etc. de lo que se ha escrito y debatido muchísimo.  Todo ese proceso de la globalización ha tenido como todo cambio social ganadores y perdedores. Sin duda alguna unos de los grandes perdedores de la globalización han sido las clases populares de los países desarrollados. Ese obrero que tenía un trabajo para toda la vida, podía tener un poder adquisitivo que le permitía tener un apartamento en la playa, y unos derechos  (en especial en Europa) que le garantizaban salud educación, jubilación etc. y además podía soñar con el ascenso social de su prole y si no se daba, también podía ir su hijo a la fábrica como él.

Cuando la globalización y sus peores consecuencias (la crisis de 2008) toman fuerza nos encontramos con una izquierda proveniente de los 70 y 80 de cuando las cosas iban bien, en el sentido de que había esperanza y el ideario social decía “mis hijos vivirán mejor que yo”. En ese contexto aparecen otras luchas que se alejan del foco puesto en la clase social y lo ponen en otros elementos importantísimos para la mejora social: feminismo, ecologismo, pacifismo como paradigmas de lo que se llamó nuevos movimientos sociales y otros como el LGTB, la diversidad cultural y lingüística, el animalismo, posteriormente la memoria histórica etc.. Todo ello aderezado con una progresiva e irremediable pérdida de influencia de los sindicatos que son el paradigma de la lucha obrera. Aquí aparece un problema grande: la izquierda deja de representar los intereses claros de una mayoría social con una identidad propia (de clases medias para abajo, estamos hablando de más del  80% de la población), para pasar a representar una amalgama de intereses muy diversos, en ocasiones contradictorios y que si bien la amalgama pudiera ser mayoritaria (que no lo es) no genera sentimiento identitario y de pertenencia. Cuando en los años 80 escuchamos a Alfonso Guerra decir “yo soy de los descamisaos” precisamente estaba apelando al sentimiento identitario de esa mayoría social que era la clase trabajadora.

Quizá la causa de esa pérdida de sentimiento identitario esté en que las reivindicaciones “sectorializadas”  de la izquierda a partir de la aparición de los nuevos movimientos sociales están completamente alejadas de las necesidades materiales cotidianas de una clase obrera que va perdiendo derechos y referentes. Para expresar esto con un ejemplo cómico, imaginemos que identificación siente un obrero de Las Fuentes ante la inauguración de una remodelación de su calle con un amplio carril bici, con un nuevo nombre en aragonés que se ha elegido en un “proceso participativo”, el concejal que habla ante la gente diciendo “nosotras las vecinas”  y encima le invitan de comer una cosa que se llama hummus. (Entiéndase por favor la exageración y ridiculización del ejemplo)

Si unimos los dos fenómenos globalización y desdibujamiento identitario de la izquierda, nos encontramos a una clase obrera en los países desarrollados que solo ve cómo va perdiendo día a día derechos y va cayendo hacia abajo, y las respuestas que le ofrece la izquierda sectorializada no le convencen, e incluso esa clase obrera pierde su identidad. En ese contexto aparecen los Trumps y las Le Pens, que le dicen al obrero de la fábrica cerrada “tu problema es que fabrican los chinos, nosotros no dejaremos entrar productos chinos y tu fabrica volverá a abrir, tu otro problema es que los extranjeros te están robando tus puestos de trabajo y las ayudas sociales, nosotros echaremos a los extranjeros”. Este discurso es la lucha entre pobres, pero es real y ofrece soluciones bárbaras pero que calan. No debemos caer en demonizar a los votantes de Trump o de Le Pen, sino preguntarnos ¿Qué hemos hecho mal para que se hayan ido allí?

¿Y que tiene que ver el coche autónomo en todo esto? El coche autónomo es el paradigma de la cuarta revolución industrial, de la automatización, un proceso que está empezando y que tiene una característica común con la globalización. Sus perdedores son exactamente los mismos. Las clases populares de los países desarrollados, aquellos que tengan empleos poco cualificados y fácilmente automatizables van a ser los grandes damnificados de este proceso. Si desde la izquierda no se da respuesta a este fenómeno y a los intereses de esas clases populares que con el desarrollo de la globalización y de la cuarta revolución industrial van a ver muy empeoradas sus condiciones de vida, les estamos echando en manos del neofascismo. Confiemos en que la izquierda cure rápido su infantilismo o lo pagaremos todos y todas.

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