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ARAGÓN

La desesperación podrá con las vallas

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Julia Ortega, responsable en Aragón de la Asociación Católica Española de Emigrantes (Accem), una organización no gubernamental dedicada a la atención a los inmigrantes que piden asilo acogiéndose al derecho internacional que les permite abandonar un país, no cree que el yihadismo esté entrando a través de nuestras fronteras físicas sino más bien a través de la exclusión social y de Internet.

Así lo manifestó esta zaragozana a El Faro Digital de Melilla donde estuvo al frente de Accem durante un año, hasta el pasado mes de septiembre en el que llegó a la capital aragonesa.

En Melilla, un polvorín comparado con el estanque aragonés en el que todas las administraciones competentes están en un sinvivir porque un día de estos pueden recibir un puñado de refugiados, se familiarizó con el desbordado Centro de Estancia Temporal, que está acogiendo a más de mil inmigrantes, el triple de su capacidad, en el que pasan entre dos y cuatro años de estancia media, muchos de ellos sirios solicitantes de asilo que están atrapados en Ceuta y Melilla sin libertad de movimientos.

La organización católica informó en la ciudad autónoma sobre la documentación para solicitar el asilo, impulsó proyectos de formación y enseñanza del castellano, de convivencia en torno al fútbol y, sobre todo, de cooperación en las zonas fronterizas con Marruecos para encauzar con medios de vida la avalancha de desesperados que llegan a la frontera Sur de Europa huyendo de las guerras, de las hambrunas y de la miseria del Magreb y del África subsahariana, del Sahel.

Pues bien, Amnistía Internacional (AI) acaba de publicar un estudio, “Miedo y vallas: los planteamientos de Europa para contener a las personas refugiadas”, en el que se afirma que “España ha sido el primer mal ejemplo europeo en poner en práctica medidas represoras ante la llegada de inmigrantes y refugiados con la construcción y refuerzo de las vallas en la frontera de Ceuta y Melilla”.

Según la oenegé que dirige Esteban Beltrán los casi 19 kilómetros de vallas con Marruecos nos han costado en instalación y mantenimiento, entre 2005 y 2013, unos 22.000 euros diarios. Solo el primer año se gastaron en Melilla 40 millones de euros para aumentar la altura e instalar un sistema de vigilancia.

A esos 19 kilómetros, en la Unión Europea hay que sumar los 175 entre Hungría y Serbia, los 30 entre Bulgaria y Turquía, que se van a ampliar en 130 más, y los 10,5 en la región de Evros, entre Grecia y Turquía.

Son más de 350 kilómetros de vallas del miedo, infinitamente más frágiles, a pesar de las concertinas, que el Muro de hielo para frenar a los salvajes de la serie Juego de Tronos. Vallas que no podrán detener las oleadas de decenas de miles desplazados de las guerras, con protagonismo occidental y expoliador, de Irak, Libia, Siria, Yemen.

Ni tampoco las de una de las zonas más pobres del mundo, el Sahel africano (Mali, Sudán, Nigeria, Níger, Chad, Camerún), en la que un aliado del Estado Islámico, Boko Haram, se está ensañando con las mujeres y las niñas a las que utiliza como armas de guerra, a la vez que está golpeando indiscriminada y frecuentemente y controlando zonas de la región al aprovecharse de las costuras tribales, étnicas, religiosas y, sobre todo, rotas de lo que denominamos estados.

Según las cifras de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) en lo que va de año han llegado por mar a la Unión Europea casi 800.000 migrantes y refugiados frente a los 280.000 por tierra y mar de 2014.

Solo en Grecia, el país de la eurozona que está en peor situación social y económica, y el que más se resistió a doblar el brazo ante la troika, han desembarcado por mar 647.581 personas.

Y lo que es peor, a fecha 10 de noviembre en la travesía hacia una vida mejor habían muerto 3.500 personas en todo el Mediterráneo y otras 512 en el Egeo, el equivalente a una población como la de Calanda y aproximadamente mil más de las que fallecieron en los atentados de las Torres Gemelas. Son cifras que nos sacuden sobre las consecuencias de las migraciones de la desesperación.

Hay otros muros, o mejor filtros, como los de Turquía y Marruecos, que reciben ayudas económicas del Oeste a cambio de que hagan el trabajo sucio de detener a los migrantes, de interceptar y obstaculizar a los solicitantes de asilo sin permitirles, en muchos casos, asistencia letrada cuando no se les devuelve en caliente a sus países de origen. De hecho, según los datos de AI ningún subsahariano pudo pedir protección en las fronteras del Sur durante el año pasado.

Lo ha expresado certeramente el director del Programa Regional para Europa y Asia Central de AI, John Dalhuisen: “La UE no debe recurrir a países que no pueden o no saben respetar los derechos de las personas refugiadas y migrantes para que le hagan el trabajo sucio, no debe servirse de ellos ignorando las consecuencias”.

Para AI y para las oenegés que trabajan con inmigrantes y refugiados, las respuestas pasan por rutas gestionadas, seguras y legales de entrada en Europa, por procesos de selección justos, eficientes y rigurosos, que cubran las necesidades de quienes buscan protección en el Viejo Continente, también de los estados y territorios que necesitan mano de obra, pobladores y rejuvenecimiento, y por abordar la necesidad de identificar las posibles amenazas a la seguridad.

 

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