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ARAGÓN

Lo épico

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Desde La rendición de Breda, de Velázquez, hasta el Guernica de Picasso, la historia de la pintura en España cuenta con una relación de obras maestras que no son solo “pintura de historia”, sino que a través de lo épico representan acciones bélicas convencionales o cualquier enfrentamiento armado, y que se concretan en la visión artística de lo histórico. Hay una obra de Goya, fechada la noche del 3 de mayo de 1808, que encierra y destila la grandeza de ese discurso épico, que de forma clara, contundente y violenta ha dirigido la mano de nuestros grandes artistas.

La noche del 3 de mayo de 1808, los franceses fusilaron, en varios puntos de Madrid, a aquellos que el día anterior se habían sublevado contra las tropas francesas. Los madrileños, con armas improvisadas, intentaron detener la salida de Palacio del último de los infantes, don Francisco de Paula, el menor de los hijos de Carlos IV y María Luisa, que iba a ser conducido a Burdeos para reunirse con sus padres. Todos los que leáis estas palabras recordaréis perfectamente esta obra, una de las grandes de la historia de la pintura contemporánea, y cuando pensamos en ese cuadro nos viene a la cabeza la camisa blanca como símbolo de inocencia, libertad y luz frente a un paisaje que nos invoca guerra y destrucción. El valor, junto al miedo y la desesperación de los que aún están vivos, se fusiona a lo negro que envuelve a los muertos representados en primer término, mientras el grupo de los soldados sin rostro contrasta en su estructura disciplinada con el desorden de las víctimas. El caos pone nombre al desastre y al horror.

La intensa pasión que inspira este lienzo de Goya hace que sea más que un recordatorio de un hecho concreto y se convierte en el hecho en sí. El pintor, llevado por la intensidad dramática, expresó en toda su violencia, sobria y eficazmente, la crueldad del hombre para el hombre.

Se dice que Goya observó estos cruentos episodios desde su quinta y que tomó apuntes la misma noche en que tuvieron lugar. Así lo escribió su criado Isidro: "Desde esta misma ventana vio mi amo los fusilamientos con un catalejo en la mano derecha y un trabuco cargado con un puñado de balas en la izquierda. Si llegan a venir los franceses por aquí, mi amo y yo somos otros Daoiz y Velarde."

Isidro contó también que al acercarse la media noche Goya le ordenó que cogiese el trabuco y le siguiese: "Fuimos a la montaña del Príncipe Pío, donde aún estaban insepultos los pobres fusilados. Era noche de luna, pero como el cielo estaba lleno de negros nubarrones tan pronto hacía claro como oscuro. Los pelos se me pusieron de punta cuando vi que mi amo, con el trabuco en una mano y la cartera en la otra, me guiaba hacia los muertos (...). Luego, sentándonos en un ribazo, a cuyo pie estaban los muertos, mi amo abrió su cartera, la colocó sobre sus rodillas y esperó a que la luna atravesase un nubarrón que la ocultaba. Bajo el ribazo revoloteaba, gruñía y jadeaba algo (...), pero mi amo seguía tan tranquilo preparando su lápiz y su cartón. Al fin la luna alumbró como si fuera de día. En medio de charcos de sangre vimos una porción de cadáveres, unos boca abajo, otros boca arriba, este en la postura del que estando arrodillado besa la tierra, aquel con la mano levantada."

La crueldad, el miedo, la no esperanza, el saberse muerto en vida, lo heroico, la inocencia son elementos de lo épico que ha alimentado grandes obras de la historia de la pintura universal y que hoy a diario vemos en las pantallas de los televisores de nuestra casa y en las fotografías que inundan las redes sociales y que nos hablan de las matanzas que se producen en Alepo y del miedo en los rostros de los refugiados que se lanzan al horror de las aguas heladas de todos los mares. Lo épico que Goya reflejó en Los fusilamientos del tres de mayo, lo veo a diario. Hace unos días fue con la imagen de dos niños heridos en la parte rebelde de Alepo: la sangre en sus rostros, los pies descalzos, la vendas como queriendo reparar lo irreparable, los gestos ante el horror y la inocencia ante lo inexplicable nos revela una vez más que lo épico existe porque existe la necesidad del hombre de destruirse a sí mismo.

Y en el silencio que abrazas y en la soledad que emanas sobrevive lo épico, ese discurso que quizá Picasso tan bien supo expresar en su Guernica como respuesta a una guerra que en el verano del año 1936, y desde algún rincón de Melilla, tatuó muerte y rencor. Y así fuimos avanzando y avanzamos, como un verso de Kurt Cobain, mientras pienso en aquellos dos niños de Alepo e ignoro si hoy seguirán con vida. 

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