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ARAGÓN

Me gustan los coches porque me llevan lejos cuando no quiero estar cerca

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Me gustan los coches porque en su interior se escribe la historia de las historias. Me gustan los coches de las persona que conozco y mucho más los de las personas que no conozco, porque en su espejo retrovisor y en las vírgenes y banderas que cuelgan de éste, así como en las fotos recortadas en círculos sobre el salpicadero, se escribe un mundo de grises y blancos que nos enseña que el concepto del tiempo es tan diverso como el de la experiencia. En esos coches de desconocidos suelo recogerme en el asiento de atrás y sueño y sé que me gustan los coches.

El coche de mis veranos era un “dos caballos”, con el que mi tía y mi madre nos llevaban hasta el mar y allí gritábamos, no cantábamos, gritábamos: “A galopar, a galopar, hasta enterrarnos en el mar”. Eran días luminosos, de mujeres y niñas, de vestidos a flores, de agua y de risas que parecía que nunca iban a detenerse.

El de mi infancia, sin embargo, era un Renault doce familiar donde mi padre, hastiado de bolsas, maletas y pequeñas bolsas, fumaba y fumaba, luego respiraba y algo más tarde ordenaba aquel inmenso desorden de bultos con voluntad y cansancio. Los viajes eran interminables y en la parte de atrás la abuela, tres niñas, un pajarito y el orinal sobre nuestras piernas para detener los vómitos son la imagen de mi coche familiar.

Algunos coches ya no los recuerdo, porque las noches eran turbias y oscuras y las curvas de la vida se perfilaban muchos más cerradas que las de cualquier puerto de alta montaña. Hay coches donde me he enamorado por un instante y otros en los que he recorrido la ciudad hasta el amanecer cuando me decías adiós desde un portal vecino. Hay coches con olor a silencio y cigarrillos; otros huelen a amistad; los hay con olor a literatura y casi todos tienen olor a canción.

Me gustan los coches porque me llevan lejos cuando no quiero estar cerca y me acercan cuando me cansé de estar lejos. Hay coches que son la imagen de mi ansiedad y los veo avanzar a toda velocidad y quiero que no se detengan nunca; también los hay sentimentales y ruidosos y los hay que evidencian su cansancio de años de carretera y maltrato.

Me gustan los coches porque me recuerdan a ti, que querías que atravesara los Monegros en días de gris resaca. Y a ti, que volabas por una autopista para ahuyentar el miedo y el capricho de ser dos desconocidos a los que el camino de la vida brindaba una oportunidad. Me gustan los coches porque me gusta vivir e imagino tus labios sobre mi piel en ese inmediato amanecer donde todas las máscaras se rasgarán y las luces de la ciudad ya no serán más que golpes secos sobre una puerta cerrada que nadie abrirá.

Me gustan los coches… Para huir.

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