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ARAGÓN

La mirada

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La mirada del observador registra los acontecimientos de los que es testigo imparcial. La imparcialidad, no cabe duda, es el más bello de los talentos, sin embargo en estos días es tan ocasional como inusual. Hoy comía en un pequeño restaurante en la ciudad de Jaca y desde siempre me ha gustado imaginar la vida de los comensales, no de los que comparten mi mesa, sino la de todos aquellos que mi mirada abarca. A mi izquierda había una mesa con tres hombres con edades por encima de los setenta años, era fácil imaginar sus vidas, pero solo oía sus conversaciones y en su diálogo animado hablaban del incomprensible galimatías que para ellos resultaba eso de los pactos en un Madrid cada día más alejado. Uno de ellos, bebía un orujo con sabor a Galicia, ha propuesto un  juego y han jugado y cada cual ha dado una opción. “El gobierno pasará por Podemos” ha dicho uno de ellos; el otro ha señalado que Ciudadanos no puede quedarse fuera y el último ha sentenciado: “¿Y acaso importa? Nosotros ya lo hemos visto casi todo”. Se han reído.

Un poco más atrás, en una mesa junto a la ventana, una pareja se entregaba al hermoso acto de desvelarse secretos. Una vida de secretos, ha dicho ella y el silencio se ha instalado entre ambos. Una mujer sola comía en una mesa alejada y era fácil suponer que nada tenía que contar, estaba cansada, era una mujer de ajada belleza y llevaba tras de sí una larga jornada laboral. Fuera no nevaba, unos kilómetros más al norte sí nevaba, pero el norte en ese instante quedaba lejos. En las conversaciones se salpicaban palabras: Janovas, justicia, prudencia, adiós, salud, rutina, cansancio, gracias…

De repente ese restaurante se había convertido en un oasis de realidad en un mundo paralizado por la sinrazón y la vanidad; por la prepotencia de unos cuantos y la chulería de tantos otros. Pero siempre llega la cuenta y fuera hace frío y no sabes en qué momento volverás a entregarte a esas otras vidas que podrían ser la tuya, a esas miles de realidades que lo son por la simple razón de que son verdad.

La mirada es tan imparcial como subjetiva, pero no hace daño, solo construye instantes de pequeñas verdades sin principio ni fin, instantes que quedan retenidos en nuestra memoria como si de una foto fija se tratara. Y a veces lo hacen para siempre.

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