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ARAGÓN

¿Dónde han estado los sindicatos?

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Con ocasión de las movilizaciones impulsadas por los sindicatos mayoritarios, numerosas voces se han alzado para plantear una pregunta acusadora: ¿qué han hecho durante estos últimos años de deterioro social? Las recetas para “salir” de la crisis sirvieron de excusa al anterior gobierno de Rajoy para aplicar una recorte brutal de derechos: desde la reforma laboral de 2012 a la de pensiones de 2013. Es lícito por tanto que la sociedad se cuestione su papel.

Con un paro prácticamente estructural y unas condiciones laborales que ponen en riesgo de exclusión a un número cada vez creciente de trabajadores, ¿cómo no se dan las condiciones inmediatas para un estallido social? Hay un sector muy amplio de mano de obra precarizada a la que la configuración clásica del sindicato, nacido en grandes entornos fabriles y con mayor estabilidad productiva, no sabe ofrecer respuesta y se encuentra, por tanto, desmovilizado. ¿Qué parte de ello resulta achacable al actual modelo sindical?

En el fondo, estas cuestiones ponen el acento en el papel del sindicato en un nuevo contexto de relaciones laborales que no tiene nada que ver con el de épocas pasadas. Las transformaciones tecnológicas y la globalización, cuyo trasunto más evidente es el deterioro de la soberanía estatal, han provocado que el trabajo no cobre ya el protagonismo necesario para vertebrar a la sociedad y capacidad para imponerse en la agenda política laboral. La energía de la clase trabajadora ha adoptado un tono defensivo: recuperar terreno es la consigna frente a su tradicional papel impulsor de conquistas sociales.

Los argumentos para la crítica son diversos, pero apuntaré dos. Comparar el papel del sindicato español con el de otros tiempos o con los diversos modelos actuales de nuestro entorno han sido dos de esos argumentos. Históricamente, nada tiene que ver el sindicalismo previo a nuestra Guerra Civil con el actual. Aquél, fruto de su tiempo, se basaba en un discurso rompedor con el capitalismo; hoy día, el sindicalismo se fundamenta en torno a la idea de negociación y es hijo de una “Transición” política puesta en tela de juicio. ¿Qué sindicalismo nos corresponde poner en marcha?

Respecto a la comparativa con otros países, sobre todo con Francia de la que se alaba su capacidad de convocatoria, es necesario apuntar que el número de afiliados a los sindicatos franceses es menor que en nuestro país. La capacidad de despliegue de su fuerza obedece a razones históricas y de estructura productiva que no resultan automáticamente reproducibles en nuestro país. Otro tanto sucede si comparamos con Alemania o Suecia, con modelos de afiliación distintos al nuestro y con unos sindicatos fuertemente implantados en los órganos de representación de las empresas.

He señalado la estructura productiva. Este es un factor importante. En nuestro país el modelo está basado mayoritariamente en el empleo de mano de obra intensiva y en empresas con dimensión muy reducida, lo cual hace difícil una representación eficaz de los intereses de los trabajadores a través de comités de empresa o de delegados. Muchos trabajadores y trabajadoras se quedan así sin tutela para sus derechos.

Llegados a este punto, me gustaría señalar que también hacemos sindicalismo y somos sindicato quienes, con mayor o menor acierto, defendemos los derechos de nuestros compañeros y compañeras de trabajo. No llenamos las plazas cada 15 de mayo ni tenemos la cobertura informativa suficiente. Por tanto, a la pregunta planteada, dónde han estado los sindicatos todos estos años, respondemos que hemos estado ahí, en el día a día. Una labor muchas veces ingrata y menos aún reconocida.

El papel que en las empresas desempeñan comités y delegados es amplio (información, prevención de riesgos, negociación, mediación, denuncias, etc.) Una de ellas es la de impulsar la convocatoria de huelgas, un derecho fundamental reconocido en la Constitución (artículo 28.2). Pues bien, a lo largo de estos años se han convocado numerosas huelgas por diversos motivos (ERES, negociación de convenios, etc...) En el cuadro adjunto muestro algunos resultados interesantes.

Cuadro estadístico.

Cuadro estadístico.

Los años 2009, 2010 y 2013 fueron los que más huelgas se convocaron, con 1.001, 984 y 998 respectivamente. Si comparamos estas cifras respecto al periodo de “vacas gordas”, podemos ver un aumento de la conflictividad laboral. En 2005 se convocaron 669 huelgas; en 2004, 708; en 2003, 678; en 2002, 684 y en 2001, 729 huelgas. Un aumento, aunque no muy significativo. Conviene matizar que en periodos de crisis el miedo a  la represión empresarial y la pérdida de empleo es mayor.

En todo caso, lo que interesa destacar es que en el periodo de crisis y post crisis (2008-2015) el promedio de participación de los trabajadores convocados a huelga fue de un 25% (con un pico relevante en 2009 del 43%). Muy pobre. Las razones que subyacen en esta cifra constituyen un motivo de reflexión. No podemos conformarnos con señalar la escasa conciencia de clase que, a primera vista, el citado porcentaje parece evidenciar. Y ello, entre otras cuestiones, porque esa concienciación corresponde fomentarla precisamente a los sindicatos de clase. Al margen de esta cuestión ideológica, el debate exige argumentar con razones económicas y sociales. Y en todo caso, poner el acento en un necesario ejercicio de autocrítica por parte del Sindicato como institución.

Si la sociedad se hace la pregunta que encabeza estas líneas es porque espera mucho del sindicalismo. Quizá sobre todo del que está por hacer. Es una buena oportunidad por tanto para pedir a toda esa masa crítica que se afilie, si no lo está ya, y participe tanto en la defensa de sus intereses de clase como en el proceso transformador de su sindicato.

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