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ARAGÓN

Un vals en Canfranc

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Cada cual siente Canfranc a su manera; cada cual sueña con un Canfranc desde el corazón hasta la resaca de su abandono; incluso ahora que el consejero José Luis Soro quiere impulsar la recuperación de la Estación Internacional de Canfranc, en la complejidad de su variedad y belleza arquitectónica, hay quien dice: “Estos de la CHA siempre con los mismos sueños, como si a alguien le importara Canfranc”. Esta frase es la secuencia triste del Aragón más avergonzado de sí mismo, del Aragón que un día le dijo a Luis Buñuel: “Don Luis, lo suyo muy flojico”. El “Don” iba por delante, como pretexto para la crítica de quien no está preparado para hacer crítica alguna, porque la crítica tiene su germen en una visión pequeña y provinciana de las cosas.

Pero olvidemos la mediocridad, la vanidad y la vergüenza; olvidemos los desaires y hablemos de Canfranc. El pasado miércoles alguien me mandó una imagen de un tren que recorría, en proceso de pruebas, la distancia entre Olorón y Bedous y sonreí y pensé que quizá el sueño fuera posible: reabrir Canfranc como paso fronterizo y recuperar la estación, historia de historias, escenario de escenarios.

Empezaré por el principio: en el año 1853 se redacta un manifiesto de “los aragoneses a la nación española” en el que se señala, entre otras muchas cosas, que “…el paso por Canfranc para comunicar las Galias con España ya era conocido en tiempo de los romanos…” Ellos lo tenían claro y en el año 1928, el 18 de julio, se inaugura esta estación que es el ejemplo de que lo imposible es posible, de que la intrahistoria de la historia tiene un lugar en el mundo llamado Canfranc.

Mucho se ha escrito de esta estación y de lo que sus paredes han visto y callado. Sin duda Canfranc ya fue el escenario de su propia historia, cuando durante la Segunda Guerra Mundial fue la ruta del oro nazi, unos de los bastiones de las SS y la Gestapo, al tiempo que se convirtió en la puerta para la fuga de muchos judíos con episodios de contraespionaje. Mientras todo esto ocurría, en el interior de sus salones –los alemanes vivían en la estación- sonaban las notas de un piano y se bailaba un vals. Pasó la guerra y Canfranc avanzó, hasta que en el año 1970 se cerró el paso ferroviario con Francia y Canfranc fue poco a poco cayendo en el olvido, hasta convertirse en ejemplo de resistencia, de lucha, porque para muchos es mucho más que una estación, es la historia de la aspiración de un pueblo, es la plasmación de que el sueño puede ser razón.

Francia avanza paso a paso para llegar hasta la frontera y sellar de nuevo su unión con España por Canfranc; Aragón pelea porque un día no lejano podamos bailar un vals en sus salones y Madrid espera, siempre espera. Pero una vez más desde Aragón ya estamos escribiendo ese manifiesto de los aragoneses a la nación española, a Europa, recordando: “…el paso por Canfranc para comunicar las Galias con España ya era conocido por los romanos...”. Entonces, ¿a qué esperamos?    

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