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ARAGÓN

“El terror que tenía en Argelia a que me cayera una bomba, lo tengo en España a cruzarme con la policía”

Fethi es argelino. Llegó a España en 2007 en un barco pesquero y hasta 2012 no consiguió los papeles. Ha vivido en Benidorm, Valencia, San Sebastián, Santander, Bilbao, Lleida y Zaragoza.

En su país era diseñador de moda, pero se marchó buscando seguridad y tranquilidad.

Estuvo ocho meses bajo el puente del Huerva. Cuando relata alguna experiencia negativa solo por ser extranjero, recuerda que en Argelia tenía amigos españoles que habían huido de Franco: “Siempre les traté bien”.

En España su familia es la Red de apoyo a sin papeles.

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Fethi. Foto: Juan Manzanara

Fethi. Foto: Juan Manzanara

Su vida podría parecer un guion de cine. Un best seller inacabado. Pero es absolutamente real. La historia de Fethi, ( Orán, Argelia), tiene de todo: aventuras, intriga, sufrimiento, terrorismo… Es un relato verídico del S. XXI. Y como el suyo hay muchos, demasiados. El tormentoso subsistir de este argelino de 48 años no es más que un ejemplo. Una muestra de lo que es y lo que hace esta sociedad.

Fethí no dejó su país natal para buscar algo mejor desde el punto de vista laboral. No vino a España “para quitarnos el trabajo”, como algunas veces le han espetado por la calle. Salió de Argelia buscando “seguridad y tranquilidad”. Allí, dice, “el malo no tenía cara, podría ser un vecino, un amigo, todos teníamos miedo de todos”.

Él era diseñador de moda y tenía una tienda en la que vendía sus creaciones. Había estudiado Marketing en Argelia y, posteriormente, Diseño de Moda en Francia. El ansia de paz pudo más que la posición profesional y decidió salir. Comenzó entonces su particular calvario. Escuchar cómo lo cuenta, y que termine afirmando que es optimista para el futuro, pone la piel de gallina.

Llegó a España en 2007

En 2005 comenzó a trabajar de pescador en un barco. Quería estar en el mar un par de años y, posteriormente, irse a Bruselas, donde tenía amigos y una opción laboral. Pero nunca llegaría a Bélgica. El barco venía cada año a Denia para pasar la revisión anual y solían estar amarrados en España unas dos semanas. En septiembre de 2007 no fue así. Pasaron 15 días, un mes, seis semanas, dos meses… Los jefes les dijeron que no tenían dinero para volver. El barco estaba en muy mal estado y, de momento, les era imposible pagar el arreglo. Debían seguir esperando.

Fethi dijo que no. Decidió ir de España a Francia y después a Bruselas. El plan se torció cuando, llegando a Valencia, se lo robaron todo: cartera, pasaporte, maleta. Sin papeles, sin trabajo y sin dinero. Ni siquiera podía denunciar porque no había forma de identificarse. Comenzó a dormir en la calle y vendió su reloj para poder comer.

En Valencia malvivió  durante mes y medio, hasta que dos argelinos le dijeron que se fuera con ellos a Lleida. Consiguió trabajo y colchón en una granja de la ciudad catalana. Otro mes y medio después logró que desde Argelia enviaran un documento identificativo y sacó, en Barcelona, un duplicado de su pasaporte.

Él seguía empeñado en ir a Bélgica. Así que viajó a San Sebastián con la intención de cruzar la frontera a Francia. Esta vez tampoco hubo final feliz. El día que quería pasar al país galo, ETA mató a un Guardia Civil y la frontera estaba cerrada. Fethi dijo basta.

Habían pasado tres meses desde que su barco arribó en Denia y no tenía nada. Le costaba muchísimo hablar castellano y no sabía qué hacer. Dos conocidos le dijeron que se fuera a Zaragoza. “Allí te ayudarán”, aseguraron. Y así fue. En la capital aragonesa conoció a los que, siete años después, asegura que son su familia en España: la Red de apoyo a sin papeles.

En Zaragoza, y sin papeles, hasta 2012

“Desde que llegué a Zaragoza”, dice con mucha ironía, “he trabajado como un negro”. Primero estuvo tres meses en el albergue, encontró después un trabajo en la obra y se alquiló una habitación. Entre el albergue, habitaciones, la calle y trabajos temporales y mal remunerados fueron pasando los años.

Asegura que ha encontrado más gente buena que mala, aunque ha vivido situaciones muy desagradables con personas que le rechazaban solo por ser extranjero. Él no lo entiende. En Orán, explica, “yo conocía a españoles que habían huido de Franco y siempre les traté bien”

Con quien peor lo ha pasado ha sido con las fuerzas de orden público: sin tapujos asegura que el terror a que le cayera una bomba en su país, es el mismo que tenía en España a cruzarse con un policía.

“Te ven moreno, con rasgos árabes y van a por ti”, admite, ahora sí, con tristeza. Siempre era lo mismo: “Como no tenía papeles me mandaban 24 horas al calabozo, después abrían un expediente en Extranjería y, gracias a la impagable ayuda de la Red de apoyo a sin papeles, siempre logré evitar la deportación”. La inquina de los policías se compensaba con el soporte físico y moral de los muchos amigos que ha hecho en Zaragoza, “sobre todo en mi barrio, en La Madalena”, comenta orgulloso.

De 2007 a 2012 no solo estuvo en la capital maña. También se buscó la vida en Benidorm, Santander y Bilbao.

“Ocho meses viviendo bajo el puente del Huerva”

En 2012 consiguió los papeles. No sin sufrimiento. “Hay un mercado negro de papeles tremendo, fue muy complicado”, señala. Ya no tendría que cambiarse de acera al ver a dos uniformados de frente, pero sus problemas no terminaron. Pudo, por fin, volver a Argelia y ver a su familia. Su madre, desgraciadamente, falleció en 2008.

La crisis que aún colea vivía entonces sus años más crueles. El trabajo escaseaba. Fueron tiempos complicados que le llevaron, en 2014, a vivir ocho meses bajo el puente del Huerva. Aun así, ufano puede reconocer que nunca ha robado: “Tengo la conciencia muy tranquila”.

Ahora vive en una casa de acogida y está esperando a cobrar el Ingreso Aragonés de Inserción (IAI). Cuando reciba el primer mes de ayuda buscará trabajo fuera de Zaragoza. El último que tuvo en esta ciudad fue de pintor durante los pasados meses de julio y agosto. Aunque parezca imposible, es optimista de cara al futuro. Y lo dice con una sonrisa. No miente.  

A pesar de lo vivido, su voz suena meliflua, calmada. El sufrimiento le ha hecho fuerte. Dice que se ha acostumbrado a vivir con muy poco y que ha aprendido a encontrar la felicidad “en lo verdaderamente importante”. Cuando le robaron en Valencia, recuerda, “me quitaron el dinero y el pasaporte, pero no la cabeza. Dejaron mis ideas, mis conocimientos, lo que he leído, mis amigos. Eso es lo que vale”.

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