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Entrevista a Antonio Orejudo sobre la entrevista a Rajoy

Si un político es brillante y da un titular cada vez que abre la boca, tendrá a los medios pendientes de él las 24 horas del día. ¿A qué político le interesa eso? A ninguno. Y a Rajoy menos todavía.

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Pregunta. ¿Cuál ha sido según usted el acontecimiento más destacable de la semana pasada?

Respuesta. Cualquiera: la pérdida del expediente de indulto de Garzón, apertura de juicio contra el juez Silva, el vendaje que llevaba Blesa bajo las gafas de sol, la devaluación del peso argentino, los despidos de Cocacola, los datos de la EPA...

P. ¿Y La entrevista con el presidente del Gobierno?

R. Ni se me había pasado por la cabeza.

P. Pues no deja de ser curioso que la comparecencia en televisión de un presidente del Gobierno que comparece más bien poco despierte tan poco interés. Y no es porque el país sea una balsa de aceite...

R. En mis últimos años de instituto, durante la Transición, una entrevista con Suárez —incluso cuando ya despertaba el mismo rechazo que acaban provocando todos nuestros presidentes— era un acontecimiento televisivo de primera magnitud. Y no digamos ya si La Moncloa anunciaba una comparecencia en televisión. La de Suárez anunciando su dimisión y la de Felipe González diciendo que como no saliera sí a la OTAN dimitía debieron de tener índices de audiencia que ya habría querido para sí Cuéntame. Antes a los presidentes les gustaba mucho ponerse delante de la cámara y anunciar algo gordo con cara de circunstancias. A mí era un género que me gustaba mucho. Lástima que esté cayendo en desuso.

P. Quizás influía el hecho de que sólo había dos cadenas y todos estábamos obligados a ver lo mismo.

R. No sé qué decirle. En esa época, en plena Transición, yo veía por la tele los debates parlamentarios. Y no era un freak. Muchos de mis amigos lo hacían también y no porque estuviéramos exageradamente comprometidos, sino porque los debates eran intensos y los discursos tenían contenido. Y no hablaban todos igual, como ahora, con ese discurso hueco. Uno no tenía la sensación de asistir a ejecución de algo planeado de antemano. Escuchábamos las intervenciones con tensión. Podía pasar cualquier cosa, incluso que la Guardia Civil irrumpiera a tiros.

P. Está usted cayendo en el típico discurso nostálgico de los viejos: "Ay, qué tiempos aquellos". ¿Todos los políticos de antes eran buenos? ¿Todos los políticos de ahora son malos?

R. No, no tiene nada que ver con la nostalgia generacional, no he debido de explicarme bien. Lo que ha pasado es algo más perverso y planificado, y que tiene mucho que ver con  la pérdida de calidad democrática. Los primeros interesados en que los debates parlamentarios sean un coñazo son los políticos. El aburrimiento es una estrategia de ocultación como otra cualquiera. Si un político es brillante y da un titular cada vez que abre la boca, tendrá a los medios pendientes de él las 24 horas del día. ¿A qué político le interesa eso? A ninguno. Y a Rajoy menos todavía. Por supuesto que es gallego, por supuesto que es anal. Pero más allá de las explicaciones etnológicas y psicoanalíticas, su perfil bajo es el resultado de un aprendizaje, de una evolución de la clase política española desde el 77 hasta ahora. Los políticos han ido entendiendo que es más ventajoso para sus intereses parecer mediocre que resultar brillante. La dimisión de uno del fútbol esta semana ha hecho correr más tinta y ha provocado más exégesis que la entrevista al presidente del Gobierno. Misión cumplida.

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