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Alejandro Peña

Ingeniero por origen, y científico social por opción. Tengo un doctorado en política internacional por City University of London, y trabajo de profesor en el Departamento de Política de la Universidad de York. Me interesan las relaciones confusas entre actores sociales y Estado, la teoría de los movimientos sociales, y la sociología política internacional.

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¿Mejor de lo esperado? Claves electorales en Argentina

Las elecciones del pasado domingo representan un claro triunfo de Cambiemos, la coalición gobernante de centro-derecha liderada por el Presidente Mauricio Macri. Frente a resultados que superaron las expectativas generadas por las primarias de Octubre, la disimulada euforia de líderes, candidatos, y militantes en los actos de festejo mostraba, por un lado, el alivio de haber espantado finalmente los fantasmas “delaruísticos” que se agitaban desde el 2015, cuando se temía que la volátil amalgama de falta de experiencia, elitismo, y un programa de ajustes pro-mercado se llevarían por delante el austero margen con que Macri había triunfado en las elecciones presidenciales. Por el otro, los festejos sugerían también la seguridad de algo cada vez más evidente tanto para la oposición cómo para la sociedad entera: que esa victoria era, también, una nueva derrota del Kirchnerismo, la tercera en sucesión desde el 2013. Con el agravante de que esta era una derrota más significativa, distinta a las anteriores, ya que indicaba la conclusión de un ciclo histórico y político de más de una década de duración marcado en sus inicios por la crisis del 2001 y por el colapso del sistema de partidos que siguió, y que dejó al Peronismo, primero, y al Kircherismo, después, en una posición hegemónica sin precedentes en la democracia argentina.  

Esto todavía no significa, a mi entender, la vuelta a la normalidad, un término que difícilmente puede ser usado para entender la política en Argentina. Esto es porque el nuevo ciclo que se abre va estar marcado, al menos en el corto plazo, por la evolución de dos dinámicas político-partidarias entrelazadas. La primera tiene que ver con la posición y consolidación de Cambiemos como partido político. Los resultados del domingo, sin duda, confirman la graduación de Cambiemos de fuerza distrital a fuerza nacional. La coalición no sólo confirmó su dominio en su distrito de origen, con Elisa Carrió superando al candidato Kirchnerista Daniel Filmus por 25 puntos en la Ciudad de Buenos Aires, sino que avanzó en regiones y provincias que difícilmente se enmarcan con la idea del “Macrismo” cómo partido porteño, de clase media o clase alta. En la provincia de Buenos Aires, tradicional bastión peronista, Esteban Bullrich, un tecnócrata de escasa popularidad, superó a Cristina Fernández por 41% contra 37% de los votos. Cambiemos también triunfó en Salta, Jujuy, Chaco y La Rioja, provincias pobres en el Noroeste del país (y en este último caso, la primera que el expresidente Carlos Menem pierde una elección en su provincia). Cómo resultado, el mapa electoral argentino tiene hoy un marcado tinte amarillo, dándole a Cambiemos la seguridad de tener (limitadas) mayorías en ambas cámaras.

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La derecha en movimiento en América Latina

Las protestas en las calles de Brasil y Venezuela se han vuelto un evento tristemente cotidiano en portadas de diarios y portales de noticias. Estos eventos, sin embargo, son parte de una escalada de conflicto en una región ya caracterizada por un alto nivel de movilización. Algunas de estas protestas, sin embargo, son de interés más allá del caso particular y han sido analizadas desde un punto de vista académico, debido a que comparten ciertas características que sugieren un cambio de tendencia en la orientación del conflicto social en la región.

Pongamos como ejemplo las marchas que acosaron a Dilma Rousseff en Brasil desde el 2013 en adelante, así como las sufridas por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina hacia el fin de su mandato. En ambos países, fueron las movilizaciones más grandes en la última década, con millones de participantes. Uno de los aspectos comunes más notables es que ambas fueron movilizaciones “de derecha” (un término polémico en sí mismo, particularmente en América Latina). Los manifestantes que tomaron las calles de Sao Paulo, Buenos Aires, y muchas otras ciudades, pertenecían a los segmentos económicos medios y altos de la sociedad, y con mayor nivel educativo. A su vez, en gran parte, las protestas promovieron marcos de protesta “republicanos”; la defensa de las instituciones, la lucha contra la corrupción y la inseguridad, la eficiencia del Estado, en contraste con los motivos “populares” al frente de movimientos sociales en la región durante los noventa y principios del milenio. De esta forma, algunos comentaristas irónicos denominaron a estas protestas como “cacerolazos de teflón”.  

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