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Ander Errasti

Investigador de Globernance: Instituto de Gobernanza Democrática de Donostia

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'Free Unión': ¿Realidad o aspiración?

Que el territorio que comprende el Reino de España es plurinacional no es un juicio de valor, es una constatación. Salvo que entendamos las naciones desde el trinomio ‘una cultura-una nación-un estado’, superada hace más de medio siglo en Europa. En ese sentido, es posible que en algún momento de la historia de este territorio que hoy abarca España esa constatación pudiera ser cuestionable: los procesos de institucionalización tienden a ser resultado de un conflicto. Ahora bien, la instauración y consolidación de un régimen democrático presupone, entre otras cuestiones, la salida ordenada a ese conflicto. No en vano, cuando la democracia arraiga en un territorio, ocurren al menos dos fenómenos: se visibiliza o encauza la pluralidad existente en el territorio y se des-esencializa esa pluralidad. Esa ‘pluralidad’ no sólo se refiere a la pluralidad de hechos nacionales. Sin embargo, los hechos nacionales sí que son, por definición, los que más directamente condicionan la composición del marco institucional. Es decir, del estado. España no es una excepción: más allá de debates sobre cómo se constituyó el estado, se da la circunstancia de que en al menos dos territorios la posición nacionalista ha persistido. Es decir, la ciudadanía de Catalunya y Euskadi han persistido de forma mayoritaria y sostenida en la convicción de que las instituciones de sus respectivas comunidades autónomas eran las instituciones que coyunturalmente representaban sus respectivas realidades nacionales.

Podríamos debatir si esto deriva de preferencias racionales identitarias, lingüísticas, de modelo social o de modelo de estado, entre otras. Podríamos discutir el peso de cuestiones más emocionales como la historia y la memoria colectiva de una parte de esa ciudadanía tiene en esa realidad nacional: la lucha en defensa de las instituciones y lo que representan (autonomía para gestionar la lengua, la educación, la sanidad, el territorio en sentido geográfico, etc.), el gobierno en el exilio y la opresión, la lucha por los derechos sociales o, incluso, la defensa de la convivencia pacífica en democracia. Podríamos también considerar motivaciones menos justificables, por anti-cosmopolitas, como un posible egoísmo, nativismo o, en casos extremos, supremacismo. Sean cuales sean las motivaciones que enfatice cada cual, la verdad es que posiblemente ninguna de ellas pueda explicar por sí sola la realidad nacional que hoy por hoy existe en esas sociedades. Lo cierto es que la ciudadanía es, más en la era digital, tan heterogénea como compleja en sus motivaciones a la hora de posicionarse políticamente. Tan cierto es esto como que, en estos territorios, el posicionamiento refleja que una amplia mayoría considera sus instituciones como instituciones nacionales. Incluso entre votantes de opciones no nacionalistas. Precisamente porque, desde un punto de vista sociológico, el nacionalismo del siglo XXI no es necesariamente ni militante ni unívoco, sino eminentemente pragmático.

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