Usted no vive en democracia
I
El presidente llamado Mariano Rajoy se sitúa ante la cámara, extrae un papelito y se dispone a comunicar, aunque este verbo no casa con su carácter, a la población española que, “por supuesto” el partido que gobierna España, el suyo propio, el PP, no quiere subir los impuestos, es más, detesta subir los impuestos, lo considera del todo indeseable. Quizás en los escasos segundos que van desde que mira su chuleta hasta que arranca a hablar recuerda el momento exacto de aquel mitin del que salió triunfante en el que gritó “Nosotros no subiremos los impuestos, el Partido Popular no subirá los impuestos”. Y también quizás se acuerde del instante en el que se comunicó al núcleo duro del partido, no él mismo, sino el lumbrera de turno, que la no subida de impuestos iba a ser uno de los pilares de su victoria, y que desde aquel momento debía constar en todos los mensajes de euforia preelectoral.
Algunos meses después, ahí, situado ante la cámara, realiza un gesto que podría parecer un tic nervioso seguido de un carraspeo, pero que en realidad es su método íntimo para sacudirse un recuerdo molesto, como los adúlteros tienden a cerrar demasiado las piernas, a lavarse en exceso. Y entonces enuncia, agarrado a un papel, que no quieren subir los impuestos, que por ellos no lo harían, que qué más quisieran ellos que ahorrarse dicha medida… pero que actúan obligados. Eso dice, “Actuamos obligados”. “Obligados” es un adjetivo al que la población española, que apenas presta ya atención a su presidente, ha acabado por acostumbrarse.
El relato de una horda sin cultura
Somos palabras. Pensamos palabras. Nombramos las cosas y al nombrarlas existen en nosotros. Sentimos palabras. A veces lo llamamos escalofrío, pero sabemos que no es exactamente un escalofrío, sino una sacudida, y solo cuando encontramos la palabra sacudida sabemos qué es y qué sentimos. Podemos no pensarlo, no preocuparnos por qué es lo que sentimos, y entonces somos menores, peores y más pobres.
Esto pienso cuando el Gobierno dice “relato”, cuando Núñez Feijóo dice “relato” definiendo lo que les falta –entre otro monumental montón de cosas— a Rajoy y a su banda. Aunque lo llamamos banda para no molestar, sabemos que son horda.
Ellos, los de la horda que nos azota, ni tienen relato ni saben lo que es, y precisamente esa es la razón por la que van recortando nuestro espacio para la educación y nuestro espacio para la cultura. Porque no tienen ni pajolera idea, ni la tendrán. Ellos piensan que la cultura es el espectáculo de un perezoso muerto de hambre después de una cena en el centro, una película de Tom Cruise durante la siesta, la canción de un pesado con mosca, cosas que no molesten demasiado elaboradas y representadas por personas que prefieren no tomarse la vida en serio. Las hordas oyen cultura y ven a García Lorca, sienten un vómito y en seguida mientan a Garzón.
Obediencia, consumo y ocio
Dicen “reinvéntate”. Yo digo no. No te reinventes. Dicen sé “emprendedor”. No, no seas emprendedor. Todo eso acabó. Dicen “ten paciencia”. Yo digo no. Dicen “sé manso”. No, nada de lo que inventen ellos, de lo que pidan ellos, de lo que enuncien, nada de eso tan viejo nos sirve ya. Nada que salga de ahí va a frenar nuestra caída libre hacia la miseria medieval. Algunos contestan “que se unan —poder y oposiciones— para solucionar”. No. ¿Quiénes van a unirse? ¿Los mismos que nos han traído hasta el borde del precipicio y luego nos miran caer? ¿Los mismos que repiten sus cositas, las mismas cositas, desde hace décadas, cada vez más abajo, cada vez más sucios?
No, de ninguna manera.
Dentro de un elefante muerto
El elefante es una bestia enorme. Un macho adulto africano puede llegar a los 7.500 kilos, el récord conocido es de 11.000. Hace poco que he recitado estas dos cifras enormes para tratar de entenderme. Y entendernos en general.
Por ejemplo, hoy quería escribir sobre el paro y sus cifras, sobre la mani de ayer y su correspondiente orgía policial, sobre las cosas del aborto de Gallardón, sobre los chalecos antibalas de los periodistas del RTVE, sobre la definición de violencia según… sobre tantas cosas. Pero sospecho que ya todo está dicho. En este periódico entre muchos hemos dicho ya (casi) todo lo que podíamos decir sobre corrupción, desfalco, Iglesia católica y lo que le cuelga, conservadurismo, democracia, escraches, etcétera. En el periódico de enfrente, también han hecho lo mismo, solo que con los argumentos contrarios.
Aquel siniestro año 13
Corría mayo de 2013 cuando a nosotros nos dejaron en la calle. Han pasado los años y me resulta muy difícil explicar cómo sucedió todo. Recuerdo que un mes antes, exactamente el 18 de abril de aquel siniestro año 13, los diarios –aquello que entonces llamábamos diarios—anunciaban a la vez dos realidades en guerra:
Realidad 1: España cuenta con 3,4 millones de viviendas vacías, un 10,8% más que hace una década. Casi uno de cada cinco pisos que se hicieron en la última década está vacío.
Realidad 2: El PP se desenmascara y aprueba su propia ley "Antidesahucios". El escrito no recoge la dación en pago, así como el resto de las demandas de la ILP de los desahuciados, apoyada por un millón de personas.
Desde mi hora del lobo
Recuerdo perfectamente el momento exacto en el que leí la noticia del suicidio de un hombre en el Polígono Gornal de L’Hospitalet, capullo de suburbio. Era el invierno de 2010, noviembre, y el tipo, padre de familia, se colgó de un árbol por la tarde. Así lo relató La Vanguardia: “La víctima era electricista hasta que llegó la crisis. Una vez agotada la prestación por desempleo, pasó a cobrar una pensión de unos 300 euros "debido a la depresión que sufría a raíz de no encontrar trabajo", según Álvarez. Además de tener que hacer frente a un juicio por ocupación ilegal, Adigsa reclamaba a la familia 9.000 euros por haber entrado "de patada" al piso.” Recuerdo que pensé en el árbol y en la hora, sobre todo en la hora, a media tarde. La hora del lobo, esa que lanza su dentellada al temblor de la esencia que cobija nuestra víscera, llega mucho después. Eso pensé. Colgarse por la tarde significa vivir entre las fauces, me dije. Y recuerdo también que luego llegaron más suicidios, uno detrás de otro, más quitarse de en medio, de los cuales el de Amaia Egaña, ex concejal de Barakaldo, consiguió provocar en algunos un temblor pasajero.
Hace solo tres días, el pasado martes, día 9 de abril, después de casi cinco meses de silencio, los servicios jurídicos del BBVA volvieron a llamarme por teléfono.
Mientras escribo la frase anterior, y aun antes de hacerlo, me digo que la conmoción procede solo del primer enunciado, el primigenio, de la primera noticia. Me digo que si el primer suicida no enciende con su llama la revuelta, los siguientes, cada uno de ellos, será un vaso de agua sobre la misma llama que deberían atizar. Me digo que esa chuta de anestesia que pillamos en el lumpenbazar de la comunicación mata todo lo humano que nos queda, quién sabe cuánto, quién sabe dónde. Me digo que no debería contarlo.
Un rey sin genitales
Los reyes cazan elefantes, seducen campesinas y cortesanas, inventan estrellas con el nombre de sus bajofondos, poseen territorios y pernadas, cuentas negras, mirlos blancos y yates sin pasado, los reyes gozan derechos únicos y transferibles solo por vía genital. Ay, qué insondable misterio, qué alegría de cúpulas, los genitales reales. ¿Qué es un rey, en dos palabras? Sus genitales. ¿Qué es sino un alarde de genitalidad, sus propios testículos transcendiendo, hechos historia? Un rey es sucesión, y solo sucesión, porque si no sería un simple mortal, jefe de estado o sea.
Pero ahora que aspiramos todos a la transparencia, a la boba nitidez de lo puro, queremos tener un rey sin genitales, una corona sin cetro, un reino sin paquidermos. La princesa está triste, ¿qué tendrá el elefante? De repente nos hemos vuelto locos y nos molesta que haya un rey con su genitalidad, sus hijas, los consortes, sus corinas alemanas y sus coros con cabra, su generalísimo y su cállate-tú... Pero no porque no queramos un rey, sino porque queremos un rey sin todo eso.
Los españoles queremos tener un rey pero que no parezca un rey. Los españoles solíamos salir a jalear al monarca como si fuera Marifé de Triana entronizada, porque a los españoles nos hace falta un padre, ahora más que nunca, pero ya se sabe que al padre hay que matarlo, es ley de vida. Y también ley de muerte. Aunque qué pena, ¿no?
Escrache de trabajo, casa y cena
Cuando uno llega a casa del trabajo y hace la cena le molestan las interrupciones, qué impertinencia tan poco democrática, esas interrupciones. Casa, trabajo y cena son las palabras clave. Cuando a uno le han arrebatado trabajo, casa y cena, sólo le queda interrumpir para no echar a arder la rabia. Interrumpir para recordarle al responsable que la miseria ajena la ha construido él, recordárselo a sus seres cercanos, a sus vecinos, a sus amigos, que no se les olvide como a tantos no se les puede olvidar que ni trabajo, ni casa, ni cena tienen ya.
Así son las cosas, queridos ministros, diputados, periodistas y biempensantes en general. Cena. Trabajo. Y casa.
Primero te quedas sin trabajo. Seis millones de personas ya viven al pairo, sin manera de ganarse la vida. Si no te ganas la vida, la pierdes, no me cansaré de repetirlo. De ellos, cientos de miles son conscientes de que nunca más volverán a trabajar. Como son personas entre 50 y 65 años, suelen tener hijos, y seguramente lloran acuclillados en la ducha, como yo tantas mañanas aciagas en las que inventar ocupaciones para el día que llegaba a dentelladas ha sido la única forma de mantener la cordura.
Soy una hormiga enloquecida, con vosotros
Sentada en el quicio de un café de Tetuán contemplo el paso de los ciudadanos, chilabas, capuchones, y pienso en las hormigas. Cuando una toma distancia no puede cerrar los ojos. La distancia pone a desfilar lo que no miramos, o sea nosotros.
¿Dónde estamos y quiénes?
Suena el gallo, amanece, revisas twitter, recargas facebook, lincas cuatro artículos, les echas una ojeada, pones la cafetera, tratas de pergeñar una opinión en frase única, llevas la pantalla y el café a bailar el vals del correquetepillo, tecleas opinión y link, mientras carga abres otro artículo, piensas que cuando leías El País estaban Verdú y Savater, cuando leías El Mundo, Umbral, ahora que lees treinta y siete diarios y revistas y blogs, te harían falta cuarenta gallos de otras tantas mañanas para sentirte saciada, abres Gmail, empiezas a contestar el primero de treinta, salta el chat, sí muy bien, buenos días, sí, los críos bien, te aparece una @ en alguna pestaña, te indignas como una mona con el párrafo dos del artículo, ¿de quién era el artículo?, prometes enviar un texto esta misma semana a los estudiantes ¿de qué facultad? a quienes juras haber recibido una entrevista, sí a la conferencia en Gajanejos, sí a la cena del viernes, sí a la reunión de padres, vuelves a indignarte con lo último que aparece en el refresco parece que de Público pero quizás es Le Monde, no hay tiempo para responder, sueltas un favorito, seis me gustas en facebook, ¿de qué artículo hablan? Las ocho, ¡niños! Dan las ocho y esto no ha hecho más que empezar, ¡niños, los calcetines!
Con los cajones llenos
Pues nada, volvamos a las cosas elementales, a las de cajón. Como que un Papa es un tipo al que elige una panda de tipos, machos ancianos, radicalmente conservadores, misóginos, autoritarios y con una sexualidad excéntrica.
A mí, la fe de cada uno me importa un rábano. Que una persona crea en un dios y su hijo Jesucristo, en otro con cabeza de elefante o en Franco Battiato no es algo de mi incumbencia. Pero como demócrata radical que soy, el Vaticano me repugna. Se trata de un Estado teocrático, el único de Europa, gobernado solo por machos de los cuales poco más de un centenar tiene derecho a voto, cuyo eje central parte de la mujer como fuente de todos los males y una obsesión enfermiza por las prácticas sexuales. No oigo a nadie quejarse por ello. El Vaticano es un ente político, los cardenales son hombres que están ahí porque han desarrollado una pelea por el poder, y han sido los más fuertes (que cada uno entienda “fuertes” como quiera).
Es de cajón que cualquiera que sea el elegido por ese puñado de hombres ataviados con extravagantes ropajes y abalorios cuyo precio –el de cada uno– equivale a la cesta de la compra anual de una familia española, de cajón que no puede ser un hombre “progresista”, como estoy leyendo estupefacta, ni razonable, si me apuran.
