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Cristina Fallarás

Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968) es periodista y escritora. Ha publicado los libros Rupturas (2003), No acaba la noche (2006), Así murió el poeta Guadalupe (2009), Las niñas perdidas (Premio L’H Confidencial de Novela Negra 2011, Premio del Director de la Semana Negra de Gijón 2012 y Premio Dashiell Hammett de novela negra 2012), convirtiéndose con este último en la primera mujer en recibirlo en toda la historia del galardón. Su última novela, Últimos días en el Puesto del Este, obtuvo el Premio Ciudad de Barbastro de novela corta en 2011. Además cuenta con libros traducidos en Francia e Italia y tiene relatos dispersos por una docena de antologías de ficción. Ha ejercido como periodista en El Mundo, Cadena Ser, Radio Nacional de España, El Periódico de Cataluña, Antena3 Televisión, Cuatro televisión, Telecinco y La Sexta, y el diario ADN. Ha creado y actualmente dirige la página de debate y libros y la editorial Sigueleyendo.es.

Mi hijo es un animal político

Mi hijo es un animal político. Cuando yo era pequeña me adoctrinaban las profesoras del Sagrado Corazón. Y mi familia, como tiene que ser. Obedecer a la autoridad, amar a dios sobre todas las cosas, la mujer viene del hombre, el placer es fuente de degradación, lo bueno llega en otra vida así que no te esfuerces en buscarlo, virgen al matrimonio. Nosotros, en casa desayunamos con la radio puesta. Hace un par de semanas amanecimos con una especie de noticia que nos informaba de que la instalación de controles por radar en las autopistas reduce el número de accidentes, y que por esa razón se colocarían más. Mi hijo de diez años comentó sin levantar la vista de la tostada "Ya ves, alguien del Gobierno tiene un amigo que fabrica radares". Me encantó esa falta de inocencia, y ya lo siento por los que piensen que vaya pena de infancia desencantada. Yo estoy de encantos y encantamientos hasta el moño, así nos va. La imaginación y el conocimiento, la curiosidad y el empeño, eso me interesa, y déjate de cuentos.

A mis hijos les enseño política. Nada de partidos y esas cosas, nada de banderas, nada de manifestaciones con fotos de fetos. A mis hijos les enseño la diferencia entre lo público y lo privado, que es exactamente lo que creo que tienen que saber de política. Lo privado, allá cada uno. Lo público es vuestro. También es vuestro. Cuatro cosas tenéis que hacer con ello: exigirlo y vigilarlo, cuidarlo y usarlo. Exigirlo y vigilarlo, porque aportamos una parte de nuestro trabajo, y de lo que es nuestro, solamente para que exista. Cuidarlo, precisamente por eso, porque es nuestro, y porque tenerlo en buen estado nos hace mejores. Y usarlo, sobre todo usarlo, porque si no lo usas corres el riesgo de que te lo quiten.

Además les enseño lo que vale el trabajo, lo que cuesta y para qué sirve. Les enseño que es un derecho y que no deben agradecerlo a nadie como si hubieran recibido un premio o una limosna. Eso también es política. Y por si todo esto fuera poco, la realidad que han vivido estos últimos años les ha dado varias clases que no olvidarán. La más importante, seguramente: Nunca creas que tienes algo para siempre, nunca creas que lo que has conseguido va a permanecer ahí. Todo te lo pueden quitar, puedes perderlo todo. Y cuanto pierdas tú gana otro. Esto último es duro, pero sé que va acompañado de la otra cara: Siempre se puede volver a empezar.

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Veinte preguntas urgentes

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Paralización desahucio en calle Ofelia Nieto. / Olmo Calvo

Queridos colegas, tengo la sensación de que mucho pensar sobre la segunda Transición y la caída de la democracia, el desmoronamiento de la economía europea o el papel de la mujer transposfetiche, y empezamos a no tener resuelto cómo pagar el piso, cómo calentarlo. Y llega el invierno.

Allá van mis urgencias:

1. ¿Por qué me llamas profesional y exiges que ofrezca un trabajo responsable y de alta calidad si me pagas como a esclava?

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Uso y abuso de los niños

Captura de los tuits de la diputada balear Ana María Aguiló / @AnaMariaAguilo

Recuerdo una interesante discusión con Gonzalo García Pelayo, y no son muchas las discusiones hondas que una vive en las tertulias de verano. Era en la SER. Yo afirmé que los niños son asunto de toda la sociedad, algo así como el recambio de la tribu, no podemos perderlos de vista, su seguridad, su formación, su desarrollo. El hombre me respondió que de ninguna manera, que el estado no puede intervenir en la familia, que cuando lo hace, el resultado siempre es malo. Llegamos al punto de la muerte de los niños en familia, y ninguno de los dos cambió de idea. Yo entendí su punto de vista, porque soy poco partidaria de las madres de acogida, las familias de acogida, las adopciones, el jugueteo con las custodias, cierta forma de consumo con el crío como objeto. Lo entendí pero por supuesto no lo comparto.

Un día conocí a un chaval que vivía en un centro de acogida de una población cercana a Madrid. A sus trece años había pasado por cinco familias, de todas lo habían devuelto, en sus ojos latía una llamita de cadáver que he visto en algunos yonquis de larga duración. Se llamaba Nacho, un Nacho de cinco dormitorios, cinco ficciones de afecto, cinco abandonos de espinas. He visto más, y los recuerdo a todos.

Esta sociedad que tan notable y eficazmente ha armado una estructura mental aplicable  y consumible sobre la violencia contra las mujeres no le ha hincado el diente a la violencia contra los menores, que es mayor. Los niños no denuncian, los niños no producen, los niños no deciden, los niños entendidos como propiedad, nada nuevo. Sin embargo, no deja de sorprenderme que, paralela a la preocupación por la violencia de los hombres contra las mujeres, no haya sido capaz de admitir y –al menos— hacer visible la violencia contra los niños, sobre todo la que ocurre dentro de las familias. Pero también, y frente a ella, el uso que de los hijos hacen las instituciones, con qué frivolidad se decide que un progenitor no merece criar a su hijo, con qué facilidad se decide que es mejor un no padre que un padre con actitudes poco tolerables en esta sociedad. O una madre.

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Lo sabemos todos y no pasa nada

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Ya sabemos que el partido en el Gobierno tiene entre sus dirigentes a fulanos defensores del dictador, aquel que murió de viejo, de la dictadura, y por lo tanto de la represión violenta y la muerte. Vaya notición. ¿Cómo iba a ser distinto si vienen por línea directa del Franquismo, fundador mediante? Y que quienes mataron, torturaron y fueron cómplices necesarios de todo aquello, quienes tuvieron entonces el poder de ordenarlo y lo hicieron, de detenerlo y no lo hicieron, siguen felices en sus casitas viendo un muy galardonado truño repugnante llamado Cuéntame, seguro que muy de su gusto. Pues claro que lo sabemos, todos lo sabemos. Como sabemos que aquellos muertos siguen en las cunetas sin que nadie haya tenido los santos redaños de coger pico y pala. Y no pasa nada.

Vendrá un juez extranjero a intentar juzgar a nuestros criminales satisfechos, e incluso puede que lo consiga, pero aquí nadie se sonrojará. Porque aquí no pasa nada. La doma ha sido larga. La memoria, cubierta con un pañito de ganchillo donde se lee No remuevas la mierda. La humillación, voluntaria.

Ya sabemos que el presidente del Gobierno español miente. Miente habitualmente, con descaro, sin que le tiemble el ojo, miente en lo que pretende hacer y en lo que no, incluso cuando calla miente, aunque esté como ausente. Y que la secretaria general del PP miente, ésta más torpemente y con la misma asiduidad, la hemos visto mentir ante los periodistas, lo saben mi madre y tu padre, el albañil que vendrá por la mañana a la obra de aquí delante y el locutor de la Conferencia episcopal. Pues claro que lo sabemos, todos lo sabemos. Como sabemos que ninguno de los individuos dedicados a la economía entre nuestros dirigentes tomará ninguna medida para paliar el paro, para evitar el hambre, para atender a los emigrantes, para que estudien los hijos de los que deberían ser pobres pero se creyeron clase media con derecho a menú degustación, qué risa. Y no pasa nada.

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¿Qué carajo va a hacer usted, español, frente a todo esto?

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Recuerdo el día, cómo olvidarlo, en el que alguien dejó la nota en el buzón de casa. Decía (de memoria, pero juraría exacto): “Ja veus que sabem on vius. Marxa, inmigrant. MERDA”(ya ves que sabemos dónde vives. Vete, inmigrante. MIERDA). Ya, no se la puede considerar un alarde de elaboración literaria, pero juro que cuando te la encuentras en el buzón de casa se te hace el culo PepsiCola. Yo acababa de publicar un artículo, creo que en El Mundo, donde criticaba el sistema escolar catalán, y más concretamente su exclusividad lingüística y el temario en Literatura.

(Perdonen inciso: Qué tiempos aquellos en los que reparábamos en cuestiones delicadas)

Han pasado los años y los argumentos y también ha pasado a mejor vida la vida que creíamos tener. Yo no he cambiado mucho en mis planteamientos de entonces, la verdad. Yo no gusto entre los nacionalistas catalanes, carezco de sentimientos nacionales, e incluso puede que carezca de sentimientos. Pero hay cosas que por su propio peso rebotan en el suelo. Déjenme soltar unas cuantas, mías:

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Espectáculo y pasta gansa

La alcaldesa de Madrid, Ana Botella. / Efe

Preguntado el Diablo sobre si le ofrecería la gestión de las destilerías de la George Washington Distillery en Virginia a Ranza Alletob, poderoso alcohólico público de hepático historial, Satanás contestó: "Fundemos esa corte, que ya soy su presidente".

Cosas que el Diablo sabe, y usted también:

a) Unos Juegos Olímpicos no son nada más que un espectáculo.

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Nos hacen falta muertos

Ah, bobitos, bobitos, qué nos habíamos creído, ¿te acuerdas cuando lo del profe de Literatura?, era dios, carajo, era lo máximo, gracias a él te creíste capaz de planear sobre el marrón de los días laborables, que quizás, quizás tienen razón, gracias a él escribo, gracias a él la novia del Rubio, qué pronto la palmó el jodido, dio aquel paso, ¿te acuerdas?, claro que te acuerdas, tiempo después vimos al profesor y ya era solo otro pasajero del metro, algo rijoso, mucho más calvo, molestando a aquella muchacha que ni desprecio le regaló, toma ya torpe aliño indumentario.

Pues lo mismo, lo mismo pero a lo bestia.

A estos otros les hacen falta muertos, y sí, parece una señora diferencia. Autoridad, se llama.

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Tu cuerpo es un regalo, Emilia

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Portada de la revista Interviú

Portada de la revista Interviú

tu cuerpo es un regalo Emilia

no quiero leer nada de esta noticia desde hace días que parecen meses  que parecen años y son ni más ni menos que una vida que creímos digna no quiero entrar ni bucear ni comprar en el quiosco ni nada más que saber solo saber que un hombre una mujer un ser humano perteneciente a la redacción de Interviú descolgó el teléfono da igual cómo lo supo descolgó el teléfono un teléfono que dentro de poco un ERE convertirá en fruto de un recuerdo de otra época lo descolgó y llamó a la mujer Hola Emilia te doy XXX euros por salir en Interviú en pelotas el teléfono como un gusano que mandará la muerte a tu casa y le dirás pantalla y le dirás amigo y también golpe de suerte Hola Emilia ya salieron Tal y Cual todas mujeres normales ah la mujer normal ah el espectáculo sirva tu cuerpo como denuncia y quiero creer que ella titubeó al menos más de veinticuatro horas venticuatro horas tu amor venticuatro horas mi muerte hay decisiones en las que veinticuatro horas son la rifa del regalo con blonda negra luto de cucaracha Te podrás quedar el body es un regalo de la casa qué guapa eres Emilia cómo negarte tú lo necesitas y sobre todo los que te han apoyado porque no lo dudes tu cuerpo es un regalo Emilia

para la vista

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Nos hacen peores

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Terminaba el verano, yo tenía catorce años y mis padres debían volver a Zaragoza a retomar la vida laboral. Rogué, supliqué y se me concedió quedarme sola en la casa de la playa de Calafell hasta el viernes, cuando ellos regresarían. No recuerdo días más luminosos e intensos que aquellas cinco jornadas de sol, arena y descubirmientos íntimos. El más bestia, sin duda, fue el primero.

El lunes por la mañana preparé el capazo con lo necesario, y todavía con la excitación de haber dormido sola en casa, ese tipo de agitación que ablanda un poco las junturas, enfilé hacia la playa. Me acuerdo perfectamente de que el libro estaba colocado en la parte inferior del expositor del quiosco de la estación, medio escondido, y con un papel encima que anunciaba un precio que me pareció de risa. Más por sentirme mayor que por interés, lo tomé y con un aire que debió de parecerme el gesto propio de una mujer interesante, pagué.

Abrí el Romancero Gitano ya en la arena, apoyada contra la madera de una maltrecha barca de pescador retirada hacía ya años de la vida marina. Debían de ser las diez de la mañana. Una hora después lo terminé e inmediatamente volví a empezar. Cuando me quise dar cuenta, el sol ya estaba bajo y los veraneantes pisaban malecón duchados y dispuestos a la nada absoluta propia de su condición. Me había estremecido hasta la risa, había llorado en silencio, tapándome con la mano la boca abierta, había sentido escalofríos, conocía el sitio exacto donde mi corazón presionaba hacia arriba y la incapacidad de los pulmones para tanto aire, tantísimo aire como había necesitado. En aquellas pongamos que ocho o nueve horas que permanecí pegada a la fascinación, me hice mayor y mejor y más valiente y al final mi cabeza ya era otra.

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Hastío de la vida hacia fuera


Casi me alegra
saber que ningún camino
pudo escaparse nunca

Visibles y lejanas
permanecen intactas las afueras.

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