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Dolores Sarto

Dolores Sarto es periodista. Ha trabajado y colaborado en empresas como RBA, Unidad Editorial y en la agencia Europa Press. La mayor parte de su trayectoria profesional la ha desempeñado en el ámbito de la comunicación corporativa. El cine negro y sus perdedores, Orson Welles, el final de 'El Tercer Hombre' o la clavícula intercostal de Cary Grant en 'La fiera de mi niña' acabaron convirtiéndola en una espectadora adicta a los viajes emocionales del Séptimo Arte. Hoy, comparte sus opiniones de cinéfila 'amateur' en la bitácora Cinetario. “Está allí, en el mundo suyo, viento de cine, ese viento…” (Pedro Salinas)

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A favor y en contra de 'La gran ilusión', de Jean Renoir

Hubo un tiempo en que las guerras crecieron junto con el cine. En pleno calentamiento de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania de Hitler ya entrenaba a sus SS, el estreno de 'La gran ilusión' (1937) contribuyó a generar un llamamiento al pacifismo desde el séptimo arte que de poco sirvió, como tampoco lo haría 'El gran dictador'. La ingenuidad, amabilidad y humanismo que destilaron estas películas no pudieron frenar una maquinaria belicista imparable durante todo el siglo XX y que hizo que al final futuros cineastas como Stanley Kubrick, Oliver Stone, Steven Spielberg o Clint Eastwood no tuvieran más remedio que llamar a la paz mostrando la otra cara, la del horror, la violenta, la inhumana.

Por eso resulta un placer exquisito rescatar esta obra maestra del gran maestro del cine francés Jean Renoir. Es probable que no sea su mejor película, pero supo retratar con honestidad y originalidad el resquebrajamiento geosocial europeo que inició la Primera Guerra Mundial. Mediante las andanzas de un grupo de oficiales franceses hechos prisioneros por los alemanes durante este conflicto, Renoir quiso enterrar las trincheras, y las escenas de batallas, que ya durante el cine mudo habían sido carne de espectáculo, y ofrecernos un conjunto de diálogos y personajes entrañables a ambos lados de la contienda.

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Disección de ‘El Gran Lebowski’: por una alfombra meada

Una voz en off nos presenta la historia de un hombre “cuya historia merece la pena contar” mientras un salicor del desierto recorre las calles de Los Ángeles. Jeff Lebowski (Jeff Bridges) es un vago, un fracasado, un pasota. Pacifista, porrero y amante de los bolos,le gusta que le llamen ‘Nota’ (‘Dude’ en inglés), y aunque algo desarrapado e indolente en un principio, pequeños defectos (o virtudes) que le permiten ir a comprar leche para su White Russian en albornoz y sandalias, su pequeño orgullo de hombre insignificante se ve trastocado cuando un grupo de matones irrumpe en su casa confundiéndole con un millonario del mismo nombre. En realidad solo le asustan, y ahí podría haber quedado la cosa, pero hay un problema: uno de ellos se mea en su alfombra, un objeto que “armonizaba con el salón”. En ese momento y estimulado por su amigo y compañero de bolera Walter Sobchak (John Goodman), judío impostado, violento, obsesionado con Vietnam y revienta-operaciones, decide acudir a casa del otro Lebowski para exigirle daños y perjuicios.

A partir de ahí, la película compone un trazado de comedia esperpento, a ratos thriller, a ratos policiaca, a ratos friqui, a ratos sofisticada, y a ratos simplemente con elementos inconfundibles de la factoría Coen: surrealismo, gamberrismo, drogas, extorsión, chantaje, contraofertas, pornografía, arte, chapuzas y discursos muy profundos pero sin sentido. La cinta se convirtió en 1998 en una de las películas más populares y aclamadas de los hermanos norteamericanos, justo dos años después de ‘Fargo’, que les congraciaría con la Academia de Hollywood, pese a que anteriormente ya habían rodado auténticas maravillas como ‘Muerte entre las flores’. De cualquier forma, el ‘Nota’, personaje que bebía de esa filmografía anterior, se convirtió en icono de masas y la película sirvió para demostrar que en Estados Unidos existía una nueva comedia, con nombres y apellidos.

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A favor y en contra de 'Blade Runner', de Ridley Scott

“Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

Es la secuencia que contiene esta frase en la que Roy (Rutger Hauer) acepta su destino mortal mientras se despide de su breve pero intensa existencia. Había visto a Dios, había matado al padre y había comprendido lo inexorable. Tras la rebeldía, la lucha y las respuestas vacías, llega el momento de reconciliarse con la vida y desaparecer. Pocos instantes cinematográficos nos han estremecido con tanta pasión como los minutos que narran el desenlace de 'Blade Runner'. En la imagen de este replicante que muere, hemos visto reflejados el miedo existencial del hombre y su dolor al sentirse vivo.

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‘Dunkerque’, de Christopher Nolan: una derrota visualmente épica

Un total de 400.000 hombres atrapados en una playa sin horizonte. En la retaguardia, el ejército del enemigo. Frente a ellos, el mar, el abismo o una sucesión infinita de hombres que guardan cola. Una ratonera. Las escasas embarcaciones de socorro que logran alcanzar la costa se convierten en una tortura emocional para la gran mayoría de los pobres diablos, británicos y franceses, que todavía no pueden ser rescatados y se quedan en tierra. Hitler no envía a los tanques para terminar con la pesadilla. “¿Para qué?”, si como explica el Coronel Winnant ( James D’Arcy), se les puede eliminar “fácilmente desde el aire”. Al otro lado del Canal de la Mancha, los ingleses deciden no poner en peligro las grandes embarcaciones de su flota naval, la Royal Navy, para rescatar a sus soldados. Al fin y al cabo, se trataba de una campaña fracasada y la Luftwaffe (fuerza aérea alemana), sobrevuela  incansablemente la costa francesa sin dar tregua.

Esta fue la tragedia de ' Dunkerque', la impresionante historia de una gran derrota que, sin embargo, los británicos (con Churchill a la cabeza) supieron convertir en una victoria épica. Un éxito en el que el pueblo tuvo un protagonismo providencial.  Y es un capítulo resucitado, de manera magistral, por uno de los cineastas más singulares y brillantes del panorama cinematográfico:  Christopher Nolan.

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Jack Lemmon, el hombre de la calle con maneras de genio

El actor, en las distancias cortas, era un hombre sencillo. Ante las cámaras, se convertía en una criatura cinematográfica dotada para la comedia corrosiva, para el drama urbano con claustrofobia emocional, para encontrarle el punto a los tipos tozudos, simpáticos, a los neuróticos, a los débiles. Y también para despertar un sentimiento de empatía universalcuando se convertía en cualquier infeliz abrumado por las circunstancias.

Y así, Lemmon pasó por nuestras vidas escalando posiciones en una empresa a base de meterse “en la cama tibia, que disfrutaban otros” (Wilder sobre ' El apartamento'; bailando un tango -“rubia de bote  y de horrible pasado”- mientras huía de la mafia en ' Con faldas y a lo loco';  y se detuvo en la existencia de un empresario derrotado que no lograba sobreponerse de una crisis vital, en 'Salvad al tigre'). Y le vimos y le sentimos como un padre que, sencillamente, no quería llorar la muerte de su hijo sin antes hacer justicia buscando una verdad terrible. Corrían los tiempos de la dictadura de Pinochet, en 'Desaparecido'.

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A favor y en contra de 'La reina de África', de John Huston

En 1951,  John Huston sorprendió al mundo con ' La reina de África', una película completamente atípica en su filmografía hasta aquel momento. Es un filme trepidantemente optimista, un canto a la vida con sutil acento irónico, donde los perdedores y sus esforzados propósitos, tan habituales en el cine de Huston de aquel tiempo, se daban cita esta vez en una producción de aventuras, envueltas en un entorno exótico y un bien manejado Technicolor.

El film se sostiene sobre un cascarón de madera de 10 metros, en dos grandes interpretaciones y en dos naturalezas encontradas. Charlie Allnut ( Humphrey Bogart) es el capitán de un barco comercial, 'La reina de África', que proporciona víveres y todo tipo de mercancías a los poblados del este del continente negro. Rose Sayer ( Katherine Hepburn) es la hermana del reverendo Samuel (Robert Morley), ambos son dos misioneros británicos que intentan evangelizar a los habitantes de las tribus de la zona. En esas, comienza la Primera Guerra Mundial, los alemanes arrasan el poblado de los misioneros y el reverendo fallece de la impresión que le produce la violencia y el desastre causado a su alrededor. Allnut se ofrecerá entonces a llevar a Rose, río abajo, hasta un lugar donde se encuentre a salvo, pero ella tendrá en mente otros proyectos más patrióticos y disparatados.

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Disección de 'Amanece, que no es poco': cuando da lo mismo un so que un arre

La decisión es vuestra. Este es el planteamiento: Teodoro es un ingeniero español que trabaja en la Universidad de Oklahoma y está de año sabático. Se va de ruta con su padre, en un sidecar que este le ha comprado para que olvide que asesinó a su madre “porque era muy mala”. Llegan a un pueblo sin nombre donde, en un principio, no hay ni el tato. Pero tras la aparición del catecúmeno Ngé Ndomo, que camina haciendo eses porque así tiene más tiempo para decidir a dónde va, comienzan a ser testigos y partícipes de multitud de situaciones disparatadas. Y ahí es donde podéis o no entrar en el juego.

Opción A: si le dais luz verde, obtendréis como recompensa un vodevil absurdo, pero luminoso y humano, y con una lógica-cosmo-lógica. Os desternillaréis así con los aplausos enfervorecidos al levantamiento de hostia del cura, con la ocupación pacífica que hacen los del pueblo de al lado, con un profesor (“rural, nada más”) que examina sobre las ingles y revienta a sus alumnos a base de musicales, con un alcalde que se ahorca porque el pueblo quiere que su novia sea “comunal”, con el encarcelamiento de un intelectual por plagiar a William Faulkner, con inmigrantes que unos días huelen bien y otros días van en bicicleta, y con elecciones de un día para otro (porque “ya nos conocemos todos”).

Opción B: si le cerráis la puerta a esta obra maestra de la comedia (y de la filosofía) española, no os merecéis por tanto disfrutar de un flash-back en la plaza del pueblo, de un sacristán que levita, de hombres que nacen de los bancales, del alcoholismo organizado por la Guardia Civil, de amables anfitrionas interesadas en Dostoyevski, de gente que se preocupa por el aspecto teórico de los hechos, de borrachos cornudos que se desdoblan, de suicidas inasequibles al desaliento, y de alergias a la luna llena. Y no veréis cómo amanece por donde no debe, ni os cagaréis en el misterio. Saldréis perdiendo, entonces, sin las proclamas de este cuento de estampas mágico-costumbristas, de este tratado de aires mundanos y aplastantes. Y si aún así pensáis que no, que no cuela, solo podemos desear que os lluevan higos y que los dioses os manden conformidad.

Detrás de las cámaras

A nuestro amigo José Luis Cuerda, director y guionista de esta historia para mentes abiertas, le debemos nuestra receptividad al surrealismo desde temprana edad. Fueron la asombrosa 'Total' (un mediometraje hecho para la televisión) y la onírica y cuasi-siniestra 'El bosque animado'  (adaptación de la novela de Wenceslao Fernández Flórez), el precocinado de lo que luego se convertiría en la obra que nos ocupa. Le consideramos un estupendo ingeniero de las cámaras y poseedor de una sensibilidad como reflejo involuntario de su campechanismo, pero lo único que sentimos es que nunca haya querido volver a abrazar su capacidad para el absurdo.

Si bien con 'La marrana' demostró un pulso narrativo mejorado y tecnificado, y con 'La lengua de las mariposas' nos hizo llorar de impotencia, nunca más volvió al principio del camino. Lo intentó sin éxito con 'Así en el cielo como en la tierra', y luego parió a Alejandro Amenábar, y nos dejó tristemente interruptus y denostados con 'La educación de las hadas' y 'Los girasoles ciegos'. Pero aún así, por habernos proporcionado nuestro particular manual de super-surrealismo a la española, nos atrevemos a decirle, pese sus derrapes estilísticos, lo mismo que le dicen los habitantes del pueblo a su alcalde. “Nosotros somos contingentes, pero tú eres necesario”.

Primer plano

Luis Ciges (Jimmy). Disparatado en la pantalla, bohemio, erudito e imprevisible en la vida real, Ciges hasido un actor de culto para todo incondicional de la comedia patria. En 'El Milagro de P. Tinto' se reveló como un gran protagonista cuando ya llevaba tiempo subido al pedestal de esos secundarios que se comen la película sin piedad (algo así como una Thelma Ritter, pero en absurdo). Dignas de recordar son sus interpretaciones como criado de los Marqueses de Leguineche en 'La escopeta nacional' y en 'Patrimonio Nacional'. Berlanga lo había fichado,tiempo atrás, cuando iba para médico y justo después de hacer de leproso en una cinta de Luis Lucía, de enigmático nombre, 'Molokay'. Fue por aquel entonces cuando Ciges tropezó con el Instituto de Investigación y Experiencia Cinematográfica, lugar en el que se propuso ver qué era aquello del cine. Gracias a aquel experimento hizo sus pinitos como realizador, pero también le permitió conocer al gran Berlanga, pues allí ejercía de maestro.

De ahí a 'Plácido' fue todo uno y, entonces, la vocación se le puso seria. Gracias a una película de José Luis Cuerda, ('Así en el cielo como en la tierra') ganó un Goya, pero es interpretando al padre que suplica respeto a su hijo, mientras comparte sábanas con él, como nos gusta recordarle en 'Amanece, que no es poco'. Y es que ya se sabe, “un hombre en la cama es un hombre en la cama”.

Antonio Resines (Teo). Siempre nos ha caído bien el tipo y han sido muchas las veces que nos lo hemos pasado en grande viéndole encarnar papeles de ex, futbolero y periodista deportivo ('Todos los hombres sois iguales'), de cantinero sordomudo ('Los ladrones van a la oficina') e incluso durante su periplo como padre de familia en continuo estado de perplejidad en 'Los Serrano'. Sin embargo, Resines, ha dado lo mejor de sí mismo en personajes dramáticos donde es capaz de arrebatarnos una intensa ternura.

En 'La buena estrella' (Ricardo Franco) nos emocionó como el manso-castrado que resiste los embistes del amor esquivo (su interpretación bien le valió un Goya). También sufrimos junto a él cuando se puso el mundo por montera para vengar la muerte de su hija desvelando una compleja trama de corrupción en la Costa del Sol. La excusa para su precisa interpretación, un brillante thriller made in Spain, 'La Caja 507'.  En 'Celda 211' se atrevió además con un personaje sádico y sin escrúpulos, el policía asesino de la prisión donde se desencadena la trama. En 'Amanece, que no es poco' aparece de año sabático, con la guitarra al hombro, el padre senil en el sidecar y esquivando a un Quique San Francisco que le quiere cambiar el personaje. Quizás, si se hubiera dejado, también nos hubiera resultado convincente. 

Contrapicado: a favor

Al igual que nos pasó con 'Plácido', creemos que el hecho de que esta película haya calado tanto en la memoria colectiva y se haya convertido, más de 25 años después de su estreno, en una obra de culto, se lo debe casi todo a sus actores. Porque Cuerda no solo comparte con Berlanga su pulso coral sino esa capacidad para que alguien diga una barbaridad sin pies ni cabeza con la mayor naturalidad del mundo. Por eso, no dudamos en aplaudir desde aquí a los que dieron rostro a los habitantes del mejor pueblo de España, el que quizás alguna vez soñaron Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester o el ya mencionado Wenceslao Fernández Flórez. Y en el ránking, los primeros: José Sazatornil ‘Saza’, Luis Ciges, Antonio Resines, Manuel Alexandre, Chus Lampreave, Casto Sendra ‘Cassen’, María Isbert, Rafael Alonso, Violeta Cela, Gabino Diego, Ovidi Montflor, Miguel Rellán, Pastora Vega, Enrique San Francisco, Tito Valverde y Guillermo Montesinos.

Picado: en contra

Echamos en falta un contrapunto, una vía de escape que marque la normalidad en el maremágnum de gags y escenas surrealistas que se suceden en la vida cotidiana del pueblo o, lo que es lo mismo, a lo largo de la película. Tanto mundo al revés, en ocasiones, abruma. Lo decimos porque quizás así, ante la atenta mirada de, por ejemplo, un personaje virgen de excentricidades, o al menos, con fácil capacidad de asombro, el contraste podría haber generado situaciones de humor nuevas y contundentes. Algo así como Sazatornil, en su personaje de empresario, prosaico y catalán, cuando se pierde en el ‘sindiós’ de cacería organizada para 'La escopeta nacional'De este modo, a lo mejor, se podría haber aprovechado mejor el metraje ahorrándonos algunas escenas forzadas y poco afortunadas como las clases del profesor, los pedos psicosomáticos o ese yanqui cansino que no termina nunca de hablar (que nos perdone el simpático de Gabino Diego) ¡y sin tener maldita la gracia!

Simbiosis sonora

De la Kalinka rusa a la percusión rítmica para Ngé; del himno universitario a los ‘Madrigales’ de Giovanni Gastoldi, pasando por la taberna, para escuchar a Puccini y Haendel… El mosaico de piezas musicales, de diverso pelaje, se sucede sin ton ni son a lo largo de la película o al menos así lo parece. Pero hete aquí que esa era la única manera que José Nieto tenía para otorgar voz y dimensión a los variados personajes que se dan cita en la película. En 'Amanece, que no es poco' fue el responsable de darle vida al absurdo haciéndose cargo de la música original.

Nieto fue batería en Los Pekenikes y durante buena parte su existencia, un gran y respetado autor de bandas sonoras tan fantásticas como las de 'Sé quién eres', 'La pasión turca', 'Beltenebros' o 'El bosque animado'. Cuenta en sus estantes con seis Goyas y dice que acabó en esto del cine porque le gusta que lo que escribe “se haga, se interprete y pueda oírlo”; y es que su música no está hecha para dormir el sueño de los justos en un cajón, a la espera de que alguien quiera interpretarla o grabarla.

Ojo al dato

La película ha envejecido a la manera de un buen vino. Si cuando se estrenó fueron no pocos los que se cebaron con ella, hoy ya no es sólo una película de culto, sino un género en sí mismo que ha creado escuela entre humoristas que triunfan en la pequeña pantalla (véase la banda de los Muchachada Nui). Pero además, Castilla-La Mancha ha creado una ruta 'Amanece, que no es poco' para que los incondicionales del filme se pierdan por los escenarios naturales de la película de tres pueblecitos de la Sierra del Segura: Ayna, Liétor y Molinicos.

Aunque del rodaje nos quedamos con los recuerdos de Miguel Rellán quien contaba que con tanto trajín de personajes entrando y saliendo en escena, fueron muchas las horas que tenían libres los que esperaban su turno para colocarse ante las cámaras. Algunos, las mataban jugando al billar y ahí, quien no tenía rival, era Manuel Alexandre, quien además de tener una “habilidad innata” ante la mesa, brillaba, como de costumbre, cuando tenía que volver al tajo.

Retrato del héroe

Casi imposible nos resulta destacar algo entre tanto festín de frases y personajes. Así que nos decantamos por el que consideramos el “héroe anónimo” de la película, el que lleva a su calabaza en el corazón, putero como ninguno, y filósofo por accidente y ruralidad. Aquel que dijo algo que, en nuestro caso, llevamos repitiendo sin cesar desde entonces: “Yo soy un hombre muy primario y estoy terriblemente sujeto a las pasiones. No pienso casi. Cualquier cosa que les dijera sería una estupidez”. Sin réplica posible.

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‘El caso Sloane’, de John Madden: lobista de cinismo frágil

“Somos más de cinco millones y estamos armados”… ¡Bang! La bala imaginaria sale despedida del dedo de Bob Sanford ( Chuck Shamata). El magnate de la industria armamentística que busca el apoyo de la lobista Elizabeth Sloane ( Jessica Chastain) para detener la aprobación de una nueva ley que quiere poner coto a la segunda enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. Aquella que protege el derecho del pueblo estadounidense a tener y portar armas. La frase fanfarrona y el gesto del viejo Sanford producen un rotundo escalofrío en el espectador. No solo por la amenaza violenta que encierra. Sino porque a esas alturas de la película (' El Caso Sloane') y más allá de la pistola ‘hipotética’, le sitúa frente a una verdad que le gustaría seguir manteniendo como mera sospecha: ¿en qué momento, como diría Vito Corleone, comenzamos a ser “marionetas movidas por los hilos de los poderosos”? ¿Hasta qué punto la opinión del ciudadano de a pie es enteramente libre?

Porque son los poderosos los que echan mano de grupos de presión y profesionales como Sloane para salirse con la suya. Y estos grandes estrategas y comunicadores, dispuestos a lograr sus propósitos como sea, funcionan con una eficacia abrumadora. Al menos, en la película.

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A favor y en contra de 'Doce hombres sin piedad', de Sidney Lumet

El cine ha bebido del teatro desde su cuna. Miles de guiones pensados para el escenario alcanzaron mayor repercusión mundial a través de la gran pantalla, una práctica que tuvo su eclosión en los años 40 y 50 y que todavía hoy sigue siendo una magnífica práctica, sobre todo en el cine de autor. 'Doce hombres sin piedad' puede considerarse, quizás junto con 'Un tranvía llamado deseo', uno de los filmes que mejor representan esa comunión entre el guión teatral y las cámaras. El dramaturgo Reginald Rose escribió la historia original (representada en casi todo el mundo) y la adaptó también para el cine, dejando en manos del gran Sidney Lumet la realización de este relato sobre la verdad y sus aristas, que se convertiría en uno de los dramas judiciales más intachables de la historia.

Ante los doce miembros de un jurado, un magistrado da por finalizado el juicio a un joven de 18 años por haber matado a su padre, y les pide que se retiren a deliberar el veredicto. Si es culpable, será enviado a la silla eléctrica por homicidio en primer grado. La cara del acusado se superpone sobre la sala a la que todos acuden a reflexionar su dictamen y donde se desarrolla el resto de la película. Cuatro paredes para que una docena de hombres decidan sobre lo que al principio parece un caso sencillo de culpabilidad. Pero hay uno de ellos, el número 8, interpretado por Henry Fonda, que tras la primera votación manifiesta su desacuerdo, no por creer en la inocencia del muchacho, sino por tener dudas y considerar justo que se debata sobre la cuestión, debido a que la vida del acusado está en sus manos.

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‘Lady Macbeth’, de William Oldroyd: retrato de los confines del alma

Inglaterra victoriana. Katherine (Florence Pugh) es una joven que vive en una enorme mansión del norte del país junto a un suegro, que la desprecia (Christopher Fairbank) y un marido (Paul Hilton) que es incapaz de tocarla. Katherine comenzará a buscar su libertad en pequeños gestos de desobediencia y en los parajes nublados, áridos del exterior del caserón donde vive encerrada. Lugares donde aprende a respirar y en donde también acabará descubriendo la pasión en brazos de uno de los siervos de su marido, Sebastian (Cosmo Jarvis). El aprendizaje de Katherine será rápido, voraz y su fría lucidez acabará convirtiéndola en una mujer implacable, dispuesta a cualquier cosa con tal de no perder el dominio sobre su destino.

' Lady Macbeth' es un cruel retrato de los confines del alma; un retorcido recorrido por un personaje que lejos de dejarse apoderar por el dolor, la humillación o el resentimiento, aprende que la supervivencia es un viaje libre de alforjas: sin conciencia ni retorno. El espectador pronto reconoce que algo no cuadra en la protagonista, al menos, ella se conduce fuera de lo previsto. Y esta intriga atrapa su atención de forma poderosa. Según avanza la historia, comprende que se encuentra ante una criatura que, en medio de su tragedia, ha dejado de sufrir. Katherine madura de forma abrupta, convirtiéndose en una mujer de voluntad implacable.

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