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Dolores Sarto

Dolores Sarto es periodista. Ha trabajado y colaborado en empresas como RBA, Unidad Editorial y en la agencia Europa Press. La mayor parte de su trayectoria profesional la ha desempeñado en el ámbito de la comunicación corporativa. El cine negro y sus perdedores, Orson Welles, el final de 'El Tercer Hombre' o la clavícula intercostal de Cary Grant en 'La fiera de mi niña' acabaron convirtiéndola en una espectadora adicta a los viajes emocionales del Séptimo Arte. Hoy, comparte sus opiniones de cinéfila 'amateur' en la bitácora Cinetario. “Está allí, en el mundo suyo, viento de cine, ese viento…” (Pedro Salinas)

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‘Coco’, de Lee Unkrich y Adrián Molina: soñar en la Tierra de los Muertos

‘Coco’ es una de aquellas ancianas que parecen estar en alguna otra parte. Sentada en una silla de ruedas, con la cabeza derrotada, ajena a todo cuanto pasa a su alrededor. Ningún gesto, apenas algún movimiento, poca emoción se asoma por su rostro curtido salvo cuando un recuerdo remoto se le acerca y le da unos golpecitos en el alma. ‘Coco’ es también una criatura prodigiosamente retratada por la tecnología Pixar y es la bisabuela de Miguel (voz de Anthony González), el niño de 11 años protagonista de la última película de la factoría Disney.

Miguel es un crío astuto y lleno de vida que crece en una familia de zapateros, los Rivera. Son trabajadores, buena gente, pero también unos pobres diablos con algún que otro sentimiento mutilado. Miguel ama la música por encima de todas las cosas y adora a un grande de la canción de su país, el desaparecido Ernesto de la Cruz (voz de Benjamin Bratt). Sin embargo, la música está proscrita en la casa de los Rivera, la rehuyen como si fuera una maldición. El caso es que Miguel acaba adentrándose en la “Tierra de los Muertos” para perseguir su sueño y buscar respuestas sobre la triste historia que dejó marcada para siempre a su familia. Un calavera buscavidas, Héctor (en la voz de Gael García Bernal) le ayudará en su singular aventura.

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‘Asesinato en el Orient Express’, de Kenneth Branagh: un misterio que sobrevive a su destino

Hércules Poirot es un tipo raro de ‘moustache’ fanfarrón y brillantes “células grises” que no para de resolver casos, aunque siempre se encuentre camino del retiro. Es “probablemente el mejor detective del mundo”. Ahora, la extravagante criatura concebida por  Agatha Christie, regresa a la gran pantalla en auténtico estado de gracia de la mano del realizador y actor  Kenneth Branagh. Lo hace para troncharse leyendo a Dickens, mostrar su gula con un exquisito descaro o poner en evidencia la mediocridad de todo primo que se cruce por su camino. Tiene coartada. Ha de resolver el misterio que rodea al asesinato de un gánster muerto, Ratchett (Johnny Depp) en el legendario ferrocarril Orient Express.

Poirot es un personaje  singular, con garra, que Branagh interpreta con formidable talento y respeto sin llegar a la caricatura ni al paroxismo de algún que otro antecesor (es fácil acordarse un Albert Finney pasado de rosca en el film homónimo de Sidney Lumet) en la gran pantalla. Sin embargo, esta no es la única baza de la película basada en la novela que la escritora británica escribió en 1934.

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A favor y en contra de ‘Cantando bajo la lluvia’, de Stanley Donen y Gene Kelly

Cualquiera podría afirmar que los inicios de los años 50, con un cinematógrafo con apenas medio siglo de vida, no era el momento todavía de realizar una revisión del cine dentro del cine. El séptimo arte aún estaba sufriendo importantes cambios de estructura, concepción estilística y tratamiento de imágenes, y no habían pasado años suficientes para realizar la autocrítica de un paso al cine sonoro que ni siquiera tenía una técnica profesional consolidada. Sin embargo, Stanley Donen y Gene Kelly, dos reconocidos bailarines, coreógrafos y actores de Hollywood, decidieron que ya era tiempo de echar la vista atrás y de narrar de la manera más alegre posible la transformación en sonidos de la etapa muda, que puso en un brete a la industria del cine durante muchos años.

Así surgió la historia de Don Lockwood, un Gene Kelly director y protagonista, un famoso galán entre los galanes del cine mudo, que se forja su carrera desde su humilde origen junto a su íntimo amigo Cosmo Brown (arrollador Donald O'Connor), y que debe afrontar con igual escepticismo que valentía el paso al cine sonoro junto a su compañera de star-system y diva cinematográfica Lina Lamont (iconográfica Jean Hagen), que tendrá serios problemas con su horrenda voz. En plena transición profesional, irrumpe en su vida la actriz de vodevil y teatro Kathy Shelden (Debbie Reynolds), dueña de un gran talento por descubrir, surgiendo entre ambos una atracción que crecerá a ritmo de canciones que todavía hoy permanecen inolvidables.

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‘Blade Runner 2049’, de Denis Villeneuve: un paso transgresor hacia la inmortalidad

Elige un recuerdo, pasea por él. Bucea dentro de sus  límites e intenta encontrar la verdad que se ha ido difuminando con el paso de los años, a lo mejor confundiéndose con otros momentos. Quizás enredándose con alguna anécdota ajena o un disparate imaginado para llenar lagunas mentales. Puede que nuestra memoria construya nuestra historia y pronuncie nuestra identidad. Así lo creía, al menos, la replicante Rachel (Sean Young), la mujer idealizada, la ‘femme fatale’ de 'Blade Runner' (Ridley Scott), quien descubrió que sus recuerdos no le pertenecían. Se los habían implantado para darle humanidad, y aquello la sumió en una tristeza de la que le resultaba difícil  escapar.

La memoria, una vez más, sus confusas fronteras y los recuerdos que configuran una especie de destino vital vuelven a ser la piedra filosofal sobre la que gira 'Blade Runner 2049'.  “Lo que me enamoró del proyecto, mi aportación, se refiere a la idea de memoria ¿Son nuestros recuerdos los que nos hacen humanos?”, se pregunta el cineasta canadiense Denis Villeneuve. Y desde esa esfera existencial parte su visión del filme para  tomar un rumbo extraordinariamente audaz, libre, sin perder el horizonte del mito que supo arraigar en el imaginario de los espectadores de la primera parte.

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Las 20 mejores películas de ciencia ficción de la historia del cine

El pasado que regresa, el futuro que nunca llega o lo hace de forma inesperada, el miedo al vacío, a otros planetas, a otras especies. Universos ficticios tan reales como si siempre hubieran existido. La interpretación de los sueños. Las capas de la realidad. La incertidumbre. El espacio exterior convertido en miles de batallas entre buenos y malos, junto con realidades paralelas, cuartas dimensiones y vida después de la muerte. Todo eso y mucho más es la ciencia ficción, un género cuyas definiciones, en todas las disciplinas, se quedan cortas a cada minuto. Y en el cine, un espacio imprescindible para comprender su magia y su historia.

Quizás este vaya a ser el mayor riesgo que hemos corrido quienes desde hace años componemos el planeta Cinetario. Elegir una veintena de películas de entre uno de los géneros más populares del cine es una tarea a la que hemos dedicado mucho tiempo y debates. No hemos olvidado que en la mayoría de los casos es una categoría híbrida, que abre sus puertas a otras como el terror, el suspense o el thriller; y que bebe de multitud de literatura fantástica y forma parte del imaginario de varias generaciones. Somos conscientes de que muchas de las películas que han quedado fuera serán reivindicadas por nuestros lectores y así lo respetaremos.

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A favor y en contra de 'La gran ilusión', de Jean Renoir

Hubo un tiempo en que las guerras crecieron junto con el cine. En pleno calentamiento de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania de Hitler ya entrenaba a sus SS, el estreno de 'La gran ilusión' (1937) contribuyó a generar un llamamiento al pacifismo desde el séptimo arte que de poco sirvió, como tampoco lo haría 'El gran dictador'. La ingenuidad, amabilidad y humanismo que destilaron estas películas no pudieron frenar una maquinaria belicista imparable durante todo el siglo XX y que hizo que al final futuros cineastas como Stanley Kubrick, Oliver Stone, Steven Spielberg o Clint Eastwood no tuvieran más remedio que llamar a la paz mostrando la otra cara, la del horror, la violenta, la inhumana.

Por eso resulta un placer exquisito rescatar esta obra maestra del gran maestro del cine francés Jean Renoir. Es probable que no sea su mejor película, pero supo retratar con honestidad y originalidad el resquebrajamiento geosocial europeo que inició la Primera Guerra Mundial. Mediante las andanzas de un grupo de oficiales franceses hechos prisioneros por los alemanes durante este conflicto, Renoir quiso enterrar las trincheras, y las escenas de batallas, que ya durante el cine mudo habían sido carne de espectáculo, y ofrecernos un conjunto de diálogos y personajes entrañables a ambos lados de la contienda.

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Disección de ‘El Gran Lebowski’: por una alfombra meada

Una voz en off nos presenta la historia de un hombre “cuya historia merece la pena contar” mientras un salicor del desierto recorre las calles de Los Ángeles. Jeff Lebowski (Jeff Bridges) es un vago, un fracasado, un pasota. Pacifista, porrero y amante de los bolos,le gusta que le llamen ‘Nota’ (‘Dude’ en inglés), y aunque algo desarrapado e indolente en un principio, pequeños defectos (o virtudes) que le permiten ir a comprar leche para su White Russian en albornoz y sandalias, su pequeño orgullo de hombre insignificante se ve trastocado cuando un grupo de matones irrumpe en su casa confundiéndole con un millonario del mismo nombre. En realidad solo le asustan, y ahí podría haber quedado la cosa, pero hay un problema: uno de ellos se mea en su alfombra, un objeto que “armonizaba con el salón”. En ese momento y estimulado por su amigo y compañero de bolera Walter Sobchak (John Goodman), judío impostado, violento, obsesionado con Vietnam y revienta-operaciones, decide acudir a casa del otro Lebowski para exigirle daños y perjuicios.

A partir de ahí, la película compone un trazado de comedia esperpento, a ratos thriller, a ratos policiaca, a ratos friqui, a ratos sofisticada, y a ratos simplemente con elementos inconfundibles de la factoría Coen: surrealismo, gamberrismo, drogas, extorsión, chantaje, contraofertas, pornografía, arte, chapuzas y discursos muy profundos pero sin sentido. La cinta se convirtió en 1998 en una de las películas más populares y aclamadas de los hermanos norteamericanos, justo dos años después de ‘Fargo’, que les congraciaría con la Academia de Hollywood, pese a que anteriormente ya habían rodado auténticas maravillas como ‘Muerte entre las flores’. De cualquier forma, el ‘Nota’, personaje que bebía de esa filmografía anterior, se convirtió en icono de masas y la película sirvió para demostrar que en Estados Unidos existía una nueva comedia, con nombres y apellidos.

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A favor y en contra de 'Blade Runner', de Ridley Scott

“Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

Es la secuencia que contiene esta frase en la que Roy (Rutger Hauer) acepta su destino mortal mientras se despide de su breve pero intensa existencia. Había visto a Dios, había matado al padre y había comprendido lo inexorable. Tras la rebeldía, la lucha y las respuestas vacías, llega el momento de reconciliarse con la vida y desaparecer. Pocos instantes cinematográficos nos han estremecido con tanta pasión como los minutos que narran el desenlace de 'Blade Runner'. En la imagen de este replicante que muere, hemos visto reflejados el miedo existencial del hombre y su dolor al sentirse vivo.

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‘Dunkerque’, de Christopher Nolan: una derrota visualmente épica

Un total de 400.000 hombres atrapados en una playa sin horizonte. En la retaguardia, el ejército del enemigo. Frente a ellos, el mar, el abismo o una sucesión infinita de hombres que guardan cola. Una ratonera. Las escasas embarcaciones de socorro que logran alcanzar la costa se convierten en una tortura emocional para la gran mayoría de los pobres diablos, británicos y franceses, que todavía no pueden ser rescatados y se quedan en tierra. Hitler no envía a los tanques para terminar con la pesadilla. “¿Para qué?”, si como explica el Coronel Winnant ( James D’Arcy), se les puede eliminar “fácilmente desde el aire”. Al otro lado del Canal de la Mancha, los ingleses deciden no poner en peligro las grandes embarcaciones de su flota naval, la Royal Navy, para rescatar a sus soldados. Al fin y al cabo, se trataba de una campaña fracasada y la Luftwaffe (fuerza aérea alemana), sobrevuela  incansablemente la costa francesa sin dar tregua.

Esta fue la tragedia de ' Dunkerque', la impresionante historia de una gran derrota que, sin embargo, los británicos (con Churchill a la cabeza) supieron convertir en una victoria épica. Un éxito en el que el pueblo tuvo un protagonismo providencial.  Y es un capítulo resucitado, de manera magistral, por uno de los cineastas más singulares y brillantes del panorama cinematográfico:  Christopher Nolan.

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Jack Lemmon, el hombre de la calle con maneras de genio

El actor, en las distancias cortas, era un hombre sencillo. Ante las cámaras, se convertía en una criatura cinematográfica dotada para la comedia corrosiva, para el drama urbano con claustrofobia emocional, para encontrarle el punto a los tipos tozudos, simpáticos, a los neuróticos, a los débiles. Y también para despertar un sentimiento de empatía universalcuando se convertía en cualquier infeliz abrumado por las circunstancias.

Y así, Lemmon pasó por nuestras vidas escalando posiciones en una empresa a base de meterse “en la cama tibia, que disfrutaban otros” (Wilder sobre ' El apartamento'; bailando un tango -“rubia de bote  y de horrible pasado”- mientras huía de la mafia en ' Con faldas y a lo loco';  y se detuvo en la existencia de un empresario derrotado que no lograba sobreponerse de una crisis vital, en 'Salvad al tigre'). Y le vimos y le sentimos como un padre que, sencillamente, no quería llorar la muerte de su hijo sin antes hacer justicia buscando una verdad terrible. Corrían los tiempos de la dictadura de Pinochet, en 'Desaparecido'.

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