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Iñaki Ochoa de Olza

Iñaki Ochoa de Olza Seguin (Pamplona, Navarra, 29 de mayo de 1967 - Annapurna, Nepal, 23 de mayo de 2008) fue uno de los más destacados alpinistas españoles de finales de siglo pasado y principios de este. Siempre será recordado por su dramático intento de rescate en el Annapurna en 2008, en el que finalmente perdió la vida, pero más allá de aquel triste momento, Iñaki ya había dejado una profunda huella en el mundo del alpinismo y especialmente en el Himalaya. Iñaki Ochoa protagonizó a lo largo de su vida más de 200 expediciones al Himalaya, escalando 12 ochomiles:

Cho Oyu (8.201 m.) en 1993. Gasherbrum I (8.068 m.) en 1996. Gasherbrum II (8.035 m.) en 1996. Lhotse (8.516 m.) en 1999. Everest (8.848 m.) en 2001. Nanga Parbat (8.125 m.) en 2003. Broad Peak (8.046 m.) en 2003. Makalu (8.463 m.) en 2004. K2 (8.611 m.) en 2004. Manaslu (8.163 m.) en 2006. Shisha Pangma (8.027 m.) en 2006. Dhaulagiri (8.167 m.) en 2007.

Iñaki fue también un destacado guía de montaña y colaborar habitual de la revista campobase, en la que escribía una columna de opinión mensualmente llamada “Pura Vida”.

En 2008, durante la ascensión al Annapurna, Iñaki sufrió daños cerebrales y un edema pulmonar que le provocaron pérdida del conocimiento y, finalmente, la muerte.

Su compañero de ascensión, el rumano Horia Colibasanu cuidó de Iñaki durante tres días hasta que el suizo Ueli Steck llegó para ayudarles. Hasta una docena de escaladores que se encontraban en la zona se movilizaron para colaborar el rescate, aunque no fue suficiente. El cuerpo de Iñaki cuerpo se encuentra en dicha montaña a 7.400 metros de altura por expreso deseo de su familia tras su fallecimiento.

Aguas turbulentas (El descerebrado)

Hoy estoy perezoso, me noto espeso; debe ser la edad, el tiempo, o el invierno. Igual simplemente es que soy realmente un zángano. Cuando eso pasa, no tan a menudo, me voy a entrenar y le doy duro, cuesta arriba y cuesta abajo. Y el curro que lo haga otro. Así que hoy le cedo la palabra, con sumo gusto, a un amable lector que nos escribió hace ya algún tiempo desde el sur.

“...en Málaga asistí a la conferencia de Juanito Oiarzabal, organizada por la fundación Eroski. El acto en sí fue un éxito de público que abarrotó la sala de conferencias ubicada en el Centro Cívico. Al menos 350 personas asistieron con gran expectación la llegada a Málaga de nuestro admirado alpinista. Presentó, Juanito, un avance en primicia de lo que será el montaje audiovisual de la ascensión al K2 por parte de la expedición del Al Filo. Magnifico audiovisual, aderezado con la personalísima forma de contar sus vivencias por parte de Oiarzabal. Tras el acto se abrió un turno de palabra... Puestos en ese contexto y ante preguntas del tipo "qué llevas en la mochila el día del ataque a la cumbre", me decidí a plantear en el turno de preguntas mi opinión compartida con Iñaki Ochoa de Olza, expuesta en su magnifico artículo titulado “Ruedas de molino” (CampoBase nº8). Además hice mención al verdadero éxito alpinístico de la temporada, la repetición de la Magic Line por la expedición catalana. Juanito reconoció, aunque de pasada, el mérito alpinístico de Corominas y compañía, y luego entro a saco en un cúmulo de descalificaciones hacia Iñaki y su trayectoria como alpinista. A saber, y por orden, dijo de él que era un alpinista que no había demostrado nada en su trayectoria salvo subir a las cumbres por las vías normales, y generalmente aprovechándose de las cuerdas fijas montadas por la expediciones que le antecedían. Que cualquiera de los que formaba equipo con él (Oiarzabal) en sus expediciones le daba cien mil vueltas como alpinista a Iñaki. Que Iñaki había montado un numerito sobre un supuesto record en el K2 aprovechándose de las cuerdas fijas montadas por la expedición de Al filo. Dijo de Iñaki, y esto es literal, que..."es un descerebrado que haría mejor estándose calladito", y aludió finalmente al artículo publicado en vuestra revista. En fín, personalmente creo que fue Juanito Oiarzabal en estado excesivamente genuino. Sin duda, dió la sensación de que cuando alguien se instala en el “star system”, pierde toda su magia como ser humano y como alpinista. Al menos en esta ocasión, esa ha sido la sensación que ha dejado en muchos de nosotros, que seguiremos admirando más sus gestas que sus respuestas. Un cordial saludo.”

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Los federales

No es tan malo mirar atrás de vez en cuando, como en estas entrañables fechas de “mierda”, y ver que hemos sobrevivido un año más. También me alegro de que la calidad de la supervivencia sea alta, aquella misma calidad de la que hablaba Doug Scott tras un vivac a 8.750 metros más o menos a pelo. No es menos notorio constatar que conservamos más o menos intactas la ilusión, la imaginación y las ganas de vivir en libertad, a pesar del bombardeo. Lo único que vamos perdiendo, a mordiscos y a nuestro pesar, es la ingenuidad, o la facilidad con la que nos engañan. Discúlpenme, pero creo que los hombres de nuestro tiempo hemos matado al Dios tradicional, y lo hemos sustituido por los dioses cotidianos del Confort, el Dinero y la Seguridad. Los tres por igual, es difícil decir quién de ellos significa más en este nuestro lado bueno del mundo. Aquí todo es ergonómico, todo ha de costar poco esfuerzo, e incluso se mira mal al que suda por sus sueños. Todo se mide por lo que cuesta en euros, todo está asegurado, que nunca se sabe. Incluso a veces es “obligatorio” que sea así. Todo ello vale hasta que llegan una enfermedad o un accidente y la escala de valores salta por los aires, hecha añicos. Hace 23 años que, anualmente, renuevo mi licencia y seguro federativo, con la religiosidad propia de cualquier rito, con toda la ceremonia, casi hasta con alegría. Más de 2.000 euros he dejado en tal menester con el paso de los años. Parece ciertamente ventajoso ser muchos y defender nuestros derechos y nuestras montañas agrupados. Además, en ciertos sitios comienzan a cobrar los rescates, con esa filosofía tan linda de que no hace falta pagar si conduces borracho, te caes al río y 30 bomberos tienen que jugarse el bigote para rescatarte, pero escalar es un lujo no admisible, que no cuela fácilmente en nuestra egoísta y dormida sociedad. El pasado mes de junio comenzó a dolerme una de mis trotadas rodillas. El dolor apareció en el monte, donde paso 300 días al año si el tiempo o la autoridad no lo impiden. No fue en un partido de fútbol o en un casino, ni mucho menos en los toros o visitando un museo. Sencillamente me lesioné, una tendinitis que se ha agarrado con ganas y que, seis meses después, me ha hecho pasar por el quirófano. Desde el principio me dijeron que, paradójicamente, mi lesión no estaba “cubierta”, aunque si mentía y decía que me la había hecho “por un golpe” entonces la cosa solía colar. Pero si es tan fácil de evitar prefiero no hacerlo, lo de mentir, así que a pagar tocan, 2.500 de nada. Imagínense el negocio; durante 20 años tú me das 100 euros al año, y luego cuando te lesionas te jodes, y te lo pagas tú. La culpa de lesionarme es mía, por ir al monte, por ser escalador, corredor, paseante, esquiador. Ignoro si la responsabilidad de lo que yo considero un timo tan evidente es de unos, los federales, a quienes supongo bienintencionados en sus esfuerzos por sus asociados, o de los otros, las compañías de seguros, a quienes considero una cuadrilla de piratas sin escrúpulos. Un servidor pensaba, en su ingenuidad, que quienes rigen nuestros designios federativos, nuestros federales, serían capaces de defender nuestra suerte con más garbo. Así que fedérense si ustedes quieren, pero el año que viene, y los que espero que sigan, yo no lo voy a hacer. Más que nada por hacer caso a Harry el sucio, que decía aquello tan profundo de: “Si quiere garantías, cómprese una tostadora”. Pues eso. 

Columna publicada en el número 47 de Campobase (Enero 2008).

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El Nota

¿Han visto ustedes una película llamada ‘El gran Lebowski’? Si no es así, mi consejo es que lo remedien cuanto antes, porque nunca se sabe. Durante las casi dos horas de surreales y delirantes acontecimientos, un tipo que se hace llamar ‘El Nota’ se pasea en albornoz y zapatillas de casa, tranquilo, intentando conseguir que alguien se ocupe de limpiar su alfombra, en la cual un par de gangsters se han orinado al confundir su nombre con el de un famoso millonario. ‘El Nota’ sólo quiere justicia, además de jugar a los bolos y beber “caucasianos blancos”. Es un tipo vago, genial, cariñoso y lleno de proyectos de esos que es fácil suponer que nunca verán la luz. Pero sin gente de esta hechura la vida sería sin duda mucho menos interesante, y todos pareceríamos suizos... El otro día en Muktinath, Nepal, tuve la inmensa fortuna de conocer a una reencarnación de ‘El Nota’ , y no puedo estar más orgulloso de ello. Me quedo con su figura en cuanto le veo, porque destaca allá por dónde pasa, rebosante de carisma y evidente buen humor. Es italiano por los cuatro costados, se llama Davide y tiene los ojos verdes, que centellean vivarachos mientras él parlotea a la vez en dos o tres idiomas. Atrae hacia su persona las miradas y las conversaciones de todos los presentes en el Mount Kailash Lodge, donde nos alojamos hoy. Davide es como un imán, siempre le ocurren toda clase de cosas. Acaba de atravesar el Thorung La, un collado de 5.400m., vestido con unas chanclas, un poncho mejicano y una sudadera donde pone MILANO. Nevaba con ganas, pero él es más duro que todo eso. En apenas unas horas le ha sucedido de todo. Primero se ha topado con los ex guerrilleros maoístas, ahora reconvertidos en políticos, que le han pedido una “donación”. Nadie más que él les ha visto. Davide les ha respondido que no, gracias, que Namasté, y después ha salido de naja. Al rato le ha mordido un mono, aquí a 3.700 m., así como lo oyen. Resulta que Davide se ha acercado a un santón indú y le ha entregado unas rupias a modo de donativo. Después le ha estrechado la mano, momento que el pequeño simio, propiedad del asceta, ha aprovechado para meterle un buen bocado en un dedo, presa de los celos. “Pobre animal, le van a tener que vacunar a él...”, nos dice, y se muere de la risa. Mientras nos cuenta todo esto, la alarma de su reloj se dispara, sonando enloquecida. “Descompresión”, aclara con seriedad desconocida y el ceño fruncido, “me avisa de que tengo que parar tres minutos, en mi subida a la superficie...”. Pronto nos duele el estómago, es extraño que tanto reir no sea pecado. Unos días después nos despedimos en Katmandú. Davide y su novia se van a la India, a practicar la meditación, que de todo ha de haber bajo el cielo. Davide cocina y nos invita a comer a unos cuantos, en su hotel. Al mismo tiempo enseña italiano básico a los nepalís empleados en el albergue, por el que se pasea como si fuera el dueño. “Ciao, ciao, belle tetine...”, repiten todos en cuanto le ven. El cocinero oficial del lugar le sigue a todas partes y aprende a preparar la pasta al dente. Hay algunas personas que te contagian su energía, su entusiasmo y su amor por la vida. Su sólo recuerdo dibuja una sonrisa en tus labios y hace que te vayas a la cama ansioso por saber lo que va a pasar mañana. Davide es uno de ellos, y yo me alegro de habérmelo cruzado.

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Carta a Ricardo

Hola Riki, hace días que tenía ganas de hablar un rato contigo, pero no encontraba el hueco. Seguimos todo el día como locos, sin parar, llevando a cuestas el pecado mortal de no tener tiempo ni para los amigos. El verano hace días que se fue, de nuevo llueve con ganas y, como siempre, ya estamos esperando a la nieve para escapar del sopor urbano. Ha sido una mierda de verano, para qué te voy a engañar, aunque algunos de tus numerosos amigos, como Pauner y Vallejo, se pudieron subir al Broad Peak en julio. Les costó lo suyo, no creas, pero al final libraron con holgura. Al volver me dijeron que te echaron de menos con violencia. Como los demás. Aquí no ha hecho calor, que es lo que tiene que hacer en un verano decente para que entonces nos quejemos de ello y no de lo contrario. Yo me he lesionado, cosa que hacía bastantes años no ocurría. Va a ser la edad. Nada terrible, una tendinitis en la rodilla, pero he tenido que parar y eso ya sabes que no nos gusta a ninguno. Me he dedicado a escalar en roca y te puedo decir con cierto orgullo que no se me ha olvidado, aún después de tantos años. Hemos andado por el Piz Badile, también en Verdón y Chamonix, en el Ticino Suizo y por supuesto en Etxauri, claro. Rulando por ahí, sin muchas más reglas que llegar hambrientos a cada anochecer y apretar bien la espalda contra el suelo al dormir. Aunque prefiero no mirar a la dificultad de las vías que hago, de paso que me hago la ilusión de que escalo rocas y no grados, y de que así soy como Chris Sharma, intuitivo y grande. En Junio, nada más regresar del Dhaulagiri, estuve en tu casa de Salinas con toda tu familia. Están muy bien, tienes que estar orgulloso de ellos, amigo. Tus chicas, tu mujer, tu madre y tus hermanos me impresionaron por su entereza, su fuerza y sus ganas de vivir, que ya sé de quién aprendieron. Todos han estado entrenándose como mulos, con toda la ilusión del mundo, para poder acercarse este mes de octubre hasta el campo base de tu Dhaulagiri, a dejar allí jirones de piel y corazón, y a decir cosas que no hay quien cuente de lo hermosas que son. ¿Te acuerdas del piolet que intercambiamos en el Makalu, hace ya tres años y pico? A ti te gustaba el mío y a mi me gustaba el tuyo, así que trato hecho. Después, “tu” piolet ha subido en mi mano al K2, al Manaslu, al Shisha Pangma y al propio Dhaulagiri. El cacharro metálico siempre me recuerda tu honestidad, tu bravura y tu tirar para adelante sin mirar atrás. Se lo llevé a tu mujer porque me perecía mejor que se lo quedara ella, pero me lo devolvió pidiéndome que lo usara yo hasta que acabe los 14 ochomiles, y que después hablaríamos. Qué lindo gesto. Mañana me subo a un avión que me llevará allá donde estás. Con Rubén, Carlos y los otros intentaremos traerte de vuelta a casa, a donde perteneces. Por mi parte, sólo quería saludarte, y espero no alterar vuestra tranquilidad y paz. Debéis saber que se os añora, recuerda y echa de menos como corresponde, un puto huevo. Amigo, ya sabes que mi corazón está allí, contigo y con Santi, y con todos los demás. Sueño con las nieves que os cubren como un pájaro que anhela vientos que le porten más allá de cualquier arco iris. Y espero que mi vida sea tan rica como lo fueron las vuestras, y que alguien se acuerde de mi todos los días, con una sonrisa en los labios, cuando me vaya. * Ricardo Valencia, alpinista navarro desaparecido en el Dhaulagiri en mayo de 2007, junto al aragonés Santiago Sagaste.

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La pastilla, camarada

Si yo fuera ruso y viviera en Rusia, lo primero que se me ocurriría es hacerme alpinista. Lo digo porque parece algo imposible de concebir el nacer en aquél país y practicar un alpinismo normal o aburrido, incluso en el caso de que te apetezca que sea así. No, no, nada de eso. Lo que hay que hacer si uno es ruso es subirse al sitio más difícil por el lado más difícil, y sobre todo conseguir que el asunto resulte épico, que se ronde la tragedia y, si acaso se sobrevive, entonces que sea al menos teniendo cuatro o cinco dedos negros, habiendo perdido 15 kilos y con un par de trombos en las piernas. La última de la lista da pánico sólo al oírla, la directa a la cara oeste del K2, en 70 días de campo base y con docena y media de escaladores asediando la pared continuamente, sin mirar al clima. Si nieva, pues que se joda el sargento. Haciendo memoria es fácil apreciar desde el sillón que los (ex)soviéticos lo han escalado todo, desde aquella primera al pilar suroeste del Everest, en 1.982; la travesía del Kanchenjunga, la oeste y también la norte del Dhaulagiri, la sur del Lhotse, la oeste del Makalu, la primera al Lhotse medio, la directa de la norte del Everest, la norte del Jannu, la sur del Broad Peak, la noreste directa del Manaslu, la cresta noroeste del Annapurna y la norte del Cho Oyu... Todas ellas, ¡vias sin repetir! Es fácil criticar el estilo pesado y el uso casi sistemático de (algo) de oxígeno, que ellos mismos portean, pero, se pongan como se pongan algunos de los puristas occidentales, los datos no dejan lugar a dudas; son sin duda los más grandes. Entre ellos encontramos al discreto doctor Evgeny Vinogradsky (6 veces el Everest), un tipo que ya subió a los cuatro Kanchenjungas en 1.989, y que desde entonces ha participado en la mayoría de los ascensos antes descritos, convirtiéndose con su escalada de la oeste del K2, a sus 56 años, en la primera persona que ha abierto nuevas rutas en cuatro de los cinco ochomiles grandes. En el K2 se han sobrado. Algunos de los once que han hecho cumbre han pasado más de 30 noches a 7.000 metros y tres de ellos, Gennady Krievski, Alexei Bolotov y Nikolai Totmjanin han dormido (¿) 10 veces por encima de los 8.000 metros, en el transcurso de 15 días, en sus dos intentos. Han sobrevivido a tres noches a 8.400 metros, escalando dificultades muy serias hasta la propia cumbre. Algunos escaladores y observadores occidentales se han apresurado a criticarles, y a poner en duda los medios que usan, insinuando incluso que quizás ellos dispongan de alguna pastilla que los demás desconozcamos... Prefieren imaginarse a Nikolai diciéndole a Alexei, “tómate la pastillita, tovarich, a ver si te va a dar un chungo...”, porque siempre es más fácil creer en esotéricos secretos ocultos que reconocer que en occidente se ha perdido buena parte de la imaginación, que es el motor de la aventura y que ellos aún conservan. Yo sé que no es así. Les conozco, y sé que lo que mueve sus pasos es un deseo firme y puro, de ese que quema por dentro. También sé que, de vuelta al hogar, les esperan condiciones de vida mucho más duras que las nuestras y un futuro cuando menos incierto, que hace que sea más fácil centrarse en la escalada presente, y que otorga a la gloria conseguida cualidades catárticas y magia a raudales. Así que abran bien los ojos cuando los rusos salgan de casa de nuevo.

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El gusano

La memoria humana no sólo es frágil; también es una vieja bastarda, que nos hace olvidar pronto cosas que debieran bastar para mover nuestros pies cada mañana, y hechos que debieran dejar huellas imborrables en nuestros corazones. Por si ello no fuera suficiente, los telediarios malditos nos hipnotizan y anestesian, convirtiendo en trivial no sólo la muerte sino también el asesinato. Con todo, al menos en mi caso, de vez en cuando la bilis que generan viejas heridas resurge, y sabe ciertamente fresca y caliente. Hoy me refiero al asesinato de una monja tibetana que huía de su país hacia el exilio, visto en primera persona (y grabado en directo) por cientos de escaladores que se encontraban ahora hace justo un año a los pies del Cho Oyu.

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Mis plegarias

Tirando de hemeroteca, encuentro una frase que escribí hace ya algún tiempo yo solito, supongo que tenía el día revoltoso; “Sólo espero que los tripudos burócratas que rigen los designios del deporte mundial mantengan sus afiladas garras lejos de nuestra actividad”. Inevitablemente, mis vanos deseos parecen estar destinados al cubo de la basura, lugar donde por otra parte no se está tan mal, depende de lo que caiga en él después. Resulta que un organismo llamado AMA (Agencia Mundial Antidopaje) ha decidido incluir el oxígeno embotellado en la lista de productos prohibidos. A eso le llamo yo no ya sacar los pies del tiesto, sino directamente cagar fuera del mismo, eso sí, con estilo olímpico; más alto, más fuerte y más lejos que nadie. Mira tú que es grande el tiesto y resulta fácil apuntar. Pues nada, todo fuera. La AMA no tiene nada que decir sobre el oxígeno en botellas o como sea, porque el alpinismo es una actividad física pero no un deporte como tal, y si se practica bien carece de reglas escritas, de competiciones oficiales, de jueces, medallas y ceremonias con himnos, banderas y señoritas en traje regional. Además es habitualmente practicado por gentes, como un servidor, que creen fervientemente en... nada que no sea la libertad individual, con mayúsculas. Si alguien quiere subir al Everest o a donde sea con botellas y escafandra de astronauta, déjenle en paz. De sobra sabemos que hay quién utilizaría helio y se inyectaría lejía en vena si ello le garantizase la cima, la fama tipo “isla de los famosos” y algo de pasta. Estarán ustedes de acuerdo conmigo, por una vez, en que la esencia de la escalada en altitudes extremas es la hipoxia, la escasez de oxígeno sin matices que te destruye físicamente en unas pocas horas, y cuya consecuencia directa más radical es que el himalayismo es la actividad más peligrosa con diferencia de todas las que se practican en montaña. Quien se acerca al Himalaya o Karakorum con humildad, respeto y verdadero amor por las montañas jamás se enchufaría a la botella, porque lo que esa persona quiere descubrir es si sus pulmones y piernas valen esos 8.000 metros. Si uno se conecta, la incertidumbre y la aventura son aniquiladas al unísono, y la montaña escalada se convierte inmediatamente en otra, miles de metros más baja, amable, caliente y segura mientras la tecnología no falle o escasee. Mis plegarias no fueron escuchadas entonces, pero las repetiré. Señores de la AMA, dejen en paz el alpinismo, permitan que si alguien quiere subir al Everest chupando más oxígeno que Jacques Cousteau lo haga. Una ascensión con oxígeno artificial puede ser importante personalmente, pero no vale un pimiento si hablamos de alpinismo. Y lo sabemos todos, incluidos ustedes. Si necesitan investigar el dopaje, podrían entonces ocuparse de esos deportes, hay muchos, donde el organismo sancionador es el mismo que obtiene pingües beneficios de la propia actividad. ¿Les doy una pista? Donde más dopaje hay es donde se mueve más dinero. Así que, hala, a ver por qué ciertos futbolistas poseen cuádriceps de 70 centímetros de circunferencia comiendo sólo alubias, se recuperan de un esguince en una semanita, y a ver qué café se han tomado antes de la final, que esos ojillos enrojecidos y ese temblor de patas me resultan sospechosos. Aunque ya se sabe, “gol en el campo, paz en la tierra.”

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Fausto

El sol picante y hermoso de Kathmandu me devuelve a la vida poco a poco, tras haberlas pasado canutas en una expedición de las buenas. Bueno, creo que es el sol, sí, pero también deben influir lo suyo, me temo, las chicas, el jabón, los helados y la visita de la octogenaria y cada vez más simpática Liz Hawley, cosas todas ellas que nos reconcilian con la vida a la vez que nos recuerdan que una vez más hemos sobrevivido, que podemos volver a vivir, que se nos concede otro año de camino, o al menos seis meses, para cometer los mismos errores y fechorías de siempre. O incluso para enmendarlos, que de todo habrá por ahí. Me siento en la terraza del Northfield Café y me dedico a pensar por unos instantes, relajante actividad a la que suelo dedicar todos los días un rato, si la lluvia o la autoridad competente no lo impiden. Hoy cumplo 40 años, aunque se me nota más bien poco. Se me nota bastante más la resaca de ayer, porque estuvimos de fiesta hasta las tantas, y estas ya no son edades para ciertas cosas... Serán breves los momentos de mi introspección, instantes en los que agradezco sereno el regalo que supone seguir siendo libre, seguir haciendo caso a mi intuición y a las roncas llamadas de mi corazón. “¡Iñaki!”, grita alguien desde una mesa cercana, interrumpiendo mi digno “mirar de ombligo”. Cuando me vuelvo lo primero que veo es su larga barba canosa, que alcanza tal longitud que para si la quisiera el propio mago Merlín. Una piedra tibetana bellísima cuelga de su cuello. En su rostro se ilumina una sonrisa al menos 40 años más joven que él, el guiño travieso de alguien que continúa siendo un niño pícaro, sin duda. Es mi viejo amigo Fausto de Stefani, un italiano inteligente y romántico que lleva más años que casi ninguno de nosotros en esto de escalar montañas grandes. En esto y en otras cosas, y ha sobrevivido a todo. Su llamada me hace sonreir, a la mierda la introspección y los pensamientos, y que vivan los amigos. Fausto, un alpinista de primera que ha escalado todos los ochomiles, ama la vida y las mujeres. Tiene un aspecto inmejorable, que dista mucho de lo que su pasaporte indica; 56 años. Está mucho más delgado que hace unos años, se le ve en forma. Pronto nos sentamos juntos y puedo disfrutar de su inteligente conversación, privilegio nunca suficientemente agradecido, especialmente entre algunos de mis colegas himalayistas. Fausto viene del Lhotse, y está realmente espantado de cómo se denigra todas las primaveras la montaña más alta del mundo, su vecino Everest. Me explica, y me deja mudo de admiración, cómo ha recaudado en los últimos años 1 millón de euros para su escuela en las proximidades de Kathmandú, donde hay escolarizados ya 800 niños huérfanos. Hablando del egoísmo del deportista de elite. “¿Sabes, Iñaki? Después de tantos años, me quedan solamente muchas dudas, y apenas unas cuantas certezas. La más importante de estas es que el alpinismo no cuenta, no importa nada. Lo único que importa de verdad es cuánto has amado y cuánto te han amado”, me dice mirándome fijamente a los ojos. Los suyos brillan con pasión, con verdad, con corazón. “Fausto, eres grande”, le digo. Alguien con esa pedazo de barba sólo puede tener razón, mucha razón. Me despido contento, porque en una hora de tranquila cháchara he aprendido más que en todo el año 1979, cuando cursé 7º de EGB.

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El apremio

En las gargantas que rodean el valle del Myagdi Khola, en el corazón del Himalaya nepalí, el tiempo parece haberse detenido hace ya unos cuantos siglos. Durante ocho días hemos caminado por cañones estrechos y sendas poco definidas, preguntando a los pocos lugareños presentes por nuestro rumbo, inseguros cual caminantes novatos. Poco a poco nos hemos despegado de nuestro sopor urbano, de nuestra civilizada torpeza, de nuestras dudas. Lo cierto es que esta marcha de aproximación que acabamos de finalizar es la misma de siempre. Desde un lugar llamado Beni comenzamos nuestro peculiar peregrinaje. En numerosas ocasiones el camino no permite errores, y un simple tropezón sería sin duda el último. En los dos pasajes más complicados han sido necesarias las cuerdas fijas, para mayor seguridad de nuestros cuarenta porteadores. Ahora comprendemos por qué este valle nunca estará masificado. Pero ya no miramos atrás. El Dhaulagiri se levanta 3.500 metros por encima de nuestro pequeño y modesto campo base, apenas una decena de tiendas de campaña colocadas precariamente sobre la morrena glaciar, entre piedras y a una altitud muy tolerable, 4.650 metros de altura. Los porteadores nos abandonaron sin misericordia todavía a una buena distancia del campo base, y los primeros días los hemos pasado haciendo viajes glaciar abajo, con la sana intención de recuperar al menos nuestro material personal. Ahora se han quedado trabajando seis amigos nepalíes, que tendrán que hacer turnos a destajo para traer todo lo que nos falta. Somos siete escaladores, aunque antes que nosotros han llegado una buena cuadrilla de italianos, un par de catalanes y alguno más. En total, de momento sólo estamos 18 escaladores. Nadie posee una sola botella de oxígeno artificial, ni emplea los servicios de porteadores de altura, los conocidos sherpas, lo cual hace que nuestra relación con la montaña esté despojada de trucos que sólo ocultan la propia incapacidad de medirse con la montaña en una cierta igualdad de condiciones. Mientras asciendo por primera vez al campamento 1, me concentro en el ruido que mis crampones hacen al pisar la nieve dura. Las condiciones parecen muy buenas. Jorge y yo recorremos en apenas dos horas y media el camino hasta el collado noroeste, y después aún ascendemos hasta los 5.900 metros, donde plantamos una pequeña tienda. Aunque me siento particularmente bien, he sufrido para aguantar el ritmo de este asturiano inhumanamente fuerte, que se ha convertido en poco tiempo en mi compañero de cordada ideal. Un rato después llega también el resto. Aquí nada me inquieta, nada me incomoda, nada me hace perder la fe o los nervios, bien al contrario que de vuelta en casa, en nuestro confortable y seguro mundo. Sonrío para mis adentros cuando me acuerdo del par de multas que me han sacudido este pasado invierno. Una por lo de la zona azul y el coche, y la otra por ir corriendo con mi perro por un parque, sin correa ni el can ni yo. Justo antes de partir, alguien del área de protección ciudadana (¿?) se puso en contacto conmigo por carta., indicándome que, si no pago, ellos se ocuparán del tema “por el procedimiento de apremio”. Miro al hermoso Dhaulagiri, y al otro lado del valle al Annapurna, y pienso que a alguien que se dispone a intentar escalar estas dos montañas no se le puede apremiar. Y después sigo sonriendo, claro.

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¿Cómo están ustedes?

Estarán ustedes por una vez de acuerdo conmigo: vaya mierda de invierno éste que acabamos de pasar. Un invierno así, ni merece tal nombre. Calor y cumbres peladas han sido el pan nuestro de cuatro meses, y ha habido que echarle imaginación y ganas para siquiera pensar en esquiar o escalar en hielo.

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