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Iñaki Ochoa de Olza

Iñaki Ochoa de Olza Seguin (Pamplona, Navarra, 29 de mayo de 1967 - Annapurna, Nepal, 23 de mayo de 2008) fue uno de los más destacados alpinistas españoles de finales de siglo pasado y principios de este. Siempre será recordado por su dramático intento de rescate en el Annapurna en 2008, en el que finalmente perdió la vida, pero más allá de aquel triste momento, Iñaki ya había dejado una profunda huella en el mundo del alpinismo y especialmente en el Himalaya. Iñaki Ochoa protagonizó a lo largo de su vida más de 200 expediciones al Himalaya, escalando 12 ochomiles:

Cho Oyu (8.201 m.) en 1993. Gasherbrum I (8.068 m.) en 1996. Gasherbrum II (8.035 m.) en 1996. Lhotse (8.516 m.) en 1999. Everest (8.848 m.) en 2001. Nanga Parbat (8.125 m.) en 2003. Broad Peak (8.046 m.) en 2003. Makalu (8.463 m.) en 2004. K2 (8.611 m.) en 2004. Manaslu (8.163 m.) en 2006. Shisha Pangma (8.027 m.) en 2006. Dhaulagiri (8.167 m.) en 2007.

Iñaki fue también un destacado guía de montaña y colaborar habitual de la revista campobase, en la que escribía una columna de opinión mensualmente llamada “Pura Vida”.

En 2008, durante la ascensión al Annapurna, Iñaki sufrió daños cerebrales y un edema pulmonar que le provocaron pérdida del conocimiento y, finalmente, la muerte.

Su compañero de ascensión, el rumano Horia Colibasanu cuidó de Iñaki durante tres días hasta que el suizo Ueli Steck llegó para ayudarles. Hasta una docena de escaladores que se encontraban en la zona se movilizaron para colaborar el rescate, aunque no fue suficiente. El cuerpo de Iñaki cuerpo se encuentra en dicha montaña a 7.400 metros de altura por expreso deseo de su familia tras su fallecimiento.

Carta a Ricardo

Hola Riki, hace días que tenía ganas de hablar un rato contigo, pero no encontraba el hueco. Seguimos todo el día como locos, sin parar, llevando a cuestas el pecado mortal de no tener tiempo ni para los amigos. El verano hace días que se fue, de nuevo llueve con ganas y, como siempre, ya estamos esperando a la nieve para escapar del sopor urbano. Ha sido una mierda de verano, para qué te voy a engañar, aunque algunos de tus numerosos amigos, como Pauner y Vallejo, se pudieron subir al Broad Peak en julio. Les costó lo suyo, no creas, pero al final libraron con holgura. Al volver me dijeron que te echaron de menos con violencia. Como los demás. Aquí no ha hecho calor, que es lo que tiene que hacer en un verano decente para que entonces nos quejemos de ello y no de lo contrario. Yo me he lesionado, cosa que hacía bastantes años no ocurría. Va a ser la edad. Nada terrible, una tendinitis en la rodilla, pero he tenido que parar y eso ya sabes que no nos gusta a ninguno. Me he dedicado a escalar en roca y te puedo decir con cierto orgullo que no se me ha olvidado, aún después de tantos años. Hemos andado por el Piz Badile, también en Verdón y Chamonix, en el Ticino Suizo y por supuesto en Etxauri, claro. Rulando por ahí, sin muchas más reglas que llegar hambrientos a cada anochecer y apretar bien la espalda contra el suelo al dormir. Aunque prefiero no mirar a la dificultad de las vías que hago, de paso que me hago la ilusión de que escalo rocas y no grados, y de que así soy como Chris Sharma, intuitivo y grande. En Junio, nada más regresar del Dhaulagiri, estuve en tu casa de Salinas con toda tu familia. Están muy bien, tienes que estar orgulloso de ellos, amigo. Tus chicas, tu mujer, tu madre y tus hermanos me impresionaron por su entereza, su fuerza y sus ganas de vivir, que ya sé de quién aprendieron. Todos han estado entrenándose como mulos, con toda la ilusión del mundo, para poder acercarse este mes de octubre hasta el campo base de tu Dhaulagiri, a dejar allí jirones de piel y corazón, y a decir cosas que no hay quien cuente de lo hermosas que son. ¿Te acuerdas del piolet que intercambiamos en el Makalu, hace ya tres años y pico? A ti te gustaba el mío y a mi me gustaba el tuyo, así que trato hecho. Después, “tu” piolet ha subido en mi mano al K2, al Manaslu, al Shisha Pangma y al propio Dhaulagiri. El cacharro metálico siempre me recuerda tu honestidad, tu bravura y tu tirar para adelante sin mirar atrás. Se lo llevé a tu mujer porque me perecía mejor que se lo quedara ella, pero me lo devolvió pidiéndome que lo usara yo hasta que acabe los 14 ochomiles, y que después hablaríamos. Qué lindo gesto. Mañana me subo a un avión que me llevará allá donde estás. Con Rubén, Carlos y los otros intentaremos traerte de vuelta a casa, a donde perteneces. Por mi parte, sólo quería saludarte, y espero no alterar vuestra tranquilidad y paz. Debéis saber que se os añora, recuerda y echa de menos como corresponde, un puto huevo. Amigo, ya sabes que mi corazón está allí, contigo y con Santi, y con todos los demás. Sueño con las nieves que os cubren como un pájaro que anhela vientos que le porten más allá de cualquier arco iris. Y espero que mi vida sea tan rica como lo fueron las vuestras, y que alguien se acuerde de mi todos los días, con una sonrisa en los labios, cuando me vaya. * Ricardo Valencia, alpinista navarro desaparecido en el Dhaulagiri en mayo de 2007, junto al aragonés Santiago Sagaste.

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La pastilla, camarada

Si yo fuera ruso y viviera en Rusia, lo primero que se me ocurriría es hacerme alpinista. Lo digo porque parece algo imposible de concebir el nacer en aquél país y practicar un alpinismo normal o aburrido, incluso en el caso de que te apetezca que sea así. No, no, nada de eso. Lo que hay que hacer si uno es ruso es subirse al sitio más difícil por el lado más difícil, y sobre todo conseguir que el asunto resulte épico, que se ronde la tragedia y, si acaso se sobrevive, entonces que sea al menos teniendo cuatro o cinco dedos negros, habiendo perdido 15 kilos y con un par de trombos en las piernas. La última de la lista da pánico sólo al oírla, la directa a la cara oeste del K2, en 70 días de campo base y con docena y media de escaladores asediando la pared continuamente, sin mirar al clima. Si nieva, pues que se joda el sargento. Haciendo memoria es fácil apreciar desde el sillón que los (ex)soviéticos lo han escalado todo, desde aquella primera al pilar suroeste del Everest, en 1.982; la travesía del Kanchenjunga, la oeste y también la norte del Dhaulagiri, la sur del Lhotse, la oeste del Makalu, la primera al Lhotse medio, la directa de la norte del Everest, la norte del Jannu, la sur del Broad Peak, la noreste directa del Manaslu, la cresta noroeste del Annapurna y la norte del Cho Oyu... Todas ellas, ¡vias sin repetir! Es fácil criticar el estilo pesado y el uso casi sistemático de (algo) de oxígeno, que ellos mismos portean, pero, se pongan como se pongan algunos de los puristas occidentales, los datos no dejan lugar a dudas; son sin duda los más grandes. Entre ellos encontramos al discreto doctor Evgeny Vinogradsky (6 veces el Everest), un tipo que ya subió a los cuatro Kanchenjungas en 1.989, y que desde entonces ha participado en la mayoría de los ascensos antes descritos, convirtiéndose con su escalada de la oeste del K2, a sus 56 años, en la primera persona que ha abierto nuevas rutas en cuatro de los cinco ochomiles grandes. En el K2 se han sobrado. Algunos de los once que han hecho cumbre han pasado más de 30 noches a 7.000 metros y tres de ellos, Gennady Krievski, Alexei Bolotov y Nikolai Totmjanin han dormido (¿) 10 veces por encima de los 8.000 metros, en el transcurso de 15 días, en sus dos intentos. Han sobrevivido a tres noches a 8.400 metros, escalando dificultades muy serias hasta la propia cumbre. Algunos escaladores y observadores occidentales se han apresurado a criticarles, y a poner en duda los medios que usan, insinuando incluso que quizás ellos dispongan de alguna pastilla que los demás desconozcamos... Prefieren imaginarse a Nikolai diciéndole a Alexei, “tómate la pastillita, tovarich, a ver si te va a dar un chungo...”, porque siempre es más fácil creer en esotéricos secretos ocultos que reconocer que en occidente se ha perdido buena parte de la imaginación, que es el motor de la aventura y que ellos aún conservan. Yo sé que no es así. Les conozco, y sé que lo que mueve sus pasos es un deseo firme y puro, de ese que quema por dentro. También sé que, de vuelta al hogar, les esperan condiciones de vida mucho más duras que las nuestras y un futuro cuando menos incierto, que hace que sea más fácil centrarse en la escalada presente, y que otorga a la gloria conseguida cualidades catárticas y magia a raudales. Así que abran bien los ojos cuando los rusos salgan de casa de nuevo.

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El gusano

La memoria humana no sólo es frágil; también es una vieja bastarda, que nos hace olvidar pronto cosas que debieran bastar para mover nuestros pies cada mañana, y hechos que debieran dejar huellas imborrables en nuestros corazones. Por si ello no fuera suficiente, los telediarios malditos nos hipnotizan y anestesian, convirtiendo en trivial no sólo la muerte sino también el asesinato. Con todo, al menos en mi caso, de vez en cuando la bilis que generan viejas heridas resurge, y sabe ciertamente fresca y caliente. Hoy me refiero al asesinato de una monja tibetana que huía de su país hacia el exilio, visto en primera persona (y grabado en directo) por cientos de escaladores que se encontraban ahora hace justo un año a los pies del Cho Oyu.

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Mis plegarias

Tirando de hemeroteca, encuentro una frase que escribí hace ya algún tiempo yo solito, supongo que tenía el día revoltoso; “Sólo espero que los tripudos burócratas que rigen los designios del deporte mundial mantengan sus afiladas garras lejos de nuestra actividad”. Inevitablemente, mis vanos deseos parecen estar destinados al cubo de la basura, lugar donde por otra parte no se está tan mal, depende de lo que caiga en él después. Resulta que un organismo llamado AMA (Agencia Mundial Antidopaje) ha decidido incluir el oxígeno embotellado en la lista de productos prohibidos. A eso le llamo yo no ya sacar los pies del tiesto, sino directamente cagar fuera del mismo, eso sí, con estilo olímpico; más alto, más fuerte y más lejos que nadie. Mira tú que es grande el tiesto y resulta fácil apuntar. Pues nada, todo fuera. La AMA no tiene nada que decir sobre el oxígeno en botellas o como sea, porque el alpinismo es una actividad física pero no un deporte como tal, y si se practica bien carece de reglas escritas, de competiciones oficiales, de jueces, medallas y ceremonias con himnos, banderas y señoritas en traje regional. Además es habitualmente practicado por gentes, como un servidor, que creen fervientemente en... nada que no sea la libertad individual, con mayúsculas. Si alguien quiere subir al Everest o a donde sea con botellas y escafandra de astronauta, déjenle en paz. De sobra sabemos que hay quién utilizaría helio y se inyectaría lejía en vena si ello le garantizase la cima, la fama tipo “isla de los famosos” y algo de pasta. Estarán ustedes de acuerdo conmigo, por una vez, en que la esencia de la escalada en altitudes extremas es la hipoxia, la escasez de oxígeno sin matices que te destruye físicamente en unas pocas horas, y cuya consecuencia directa más radical es que el himalayismo es la actividad más peligrosa con diferencia de todas las que se practican en montaña. Quien se acerca al Himalaya o Karakorum con humildad, respeto y verdadero amor por las montañas jamás se enchufaría a la botella, porque lo que esa persona quiere descubrir es si sus pulmones y piernas valen esos 8.000 metros. Si uno se conecta, la incertidumbre y la aventura son aniquiladas al unísono, y la montaña escalada se convierte inmediatamente en otra, miles de metros más baja, amable, caliente y segura mientras la tecnología no falle o escasee. Mis plegarias no fueron escuchadas entonces, pero las repetiré. Señores de la AMA, dejen en paz el alpinismo, permitan que si alguien quiere subir al Everest chupando más oxígeno que Jacques Cousteau lo haga. Una ascensión con oxígeno artificial puede ser importante personalmente, pero no vale un pimiento si hablamos de alpinismo. Y lo sabemos todos, incluidos ustedes. Si necesitan investigar el dopaje, podrían entonces ocuparse de esos deportes, hay muchos, donde el organismo sancionador es el mismo que obtiene pingües beneficios de la propia actividad. ¿Les doy una pista? Donde más dopaje hay es donde se mueve más dinero. Así que, hala, a ver por qué ciertos futbolistas poseen cuádriceps de 70 centímetros de circunferencia comiendo sólo alubias, se recuperan de un esguince en una semanita, y a ver qué café se han tomado antes de la final, que esos ojillos enrojecidos y ese temblor de patas me resultan sospechosos. Aunque ya se sabe, “gol en el campo, paz en la tierra.”

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Fausto

El sol picante y hermoso de Kathmandu me devuelve a la vida poco a poco, tras haberlas pasado canutas en una expedición de las buenas. Bueno, creo que es el sol, sí, pero también deben influir lo suyo, me temo, las chicas, el jabón, los helados y la visita de la octogenaria y cada vez más simpática Liz Hawley, cosas todas ellas que nos reconcilian con la vida a la vez que nos recuerdan que una vez más hemos sobrevivido, que podemos volver a vivir, que se nos concede otro año de camino, o al menos seis meses, para cometer los mismos errores y fechorías de siempre. O incluso para enmendarlos, que de todo habrá por ahí. Me siento en la terraza del Northfield Café y me dedico a pensar por unos instantes, relajante actividad a la que suelo dedicar todos los días un rato, si la lluvia o la autoridad competente no lo impiden. Hoy cumplo 40 años, aunque se me nota más bien poco. Se me nota bastante más la resaca de ayer, porque estuvimos de fiesta hasta las tantas, y estas ya no son edades para ciertas cosas... Serán breves los momentos de mi introspección, instantes en los que agradezco sereno el regalo que supone seguir siendo libre, seguir haciendo caso a mi intuición y a las roncas llamadas de mi corazón. “¡Iñaki!”, grita alguien desde una mesa cercana, interrumpiendo mi digno “mirar de ombligo”. Cuando me vuelvo lo primero que veo es su larga barba canosa, que alcanza tal longitud que para si la quisiera el propio mago Merlín. Una piedra tibetana bellísima cuelga de su cuello. En su rostro se ilumina una sonrisa al menos 40 años más joven que él, el guiño travieso de alguien que continúa siendo un niño pícaro, sin duda. Es mi viejo amigo Fausto de Stefani, un italiano inteligente y romántico que lleva más años que casi ninguno de nosotros en esto de escalar montañas grandes. En esto y en otras cosas, y ha sobrevivido a todo. Su llamada me hace sonreir, a la mierda la introspección y los pensamientos, y que vivan los amigos. Fausto, un alpinista de primera que ha escalado todos los ochomiles, ama la vida y las mujeres. Tiene un aspecto inmejorable, que dista mucho de lo que su pasaporte indica; 56 años. Está mucho más delgado que hace unos años, se le ve en forma. Pronto nos sentamos juntos y puedo disfrutar de su inteligente conversación, privilegio nunca suficientemente agradecido, especialmente entre algunos de mis colegas himalayistas. Fausto viene del Lhotse, y está realmente espantado de cómo se denigra todas las primaveras la montaña más alta del mundo, su vecino Everest. Me explica, y me deja mudo de admiración, cómo ha recaudado en los últimos años 1 millón de euros para su escuela en las proximidades de Kathmandú, donde hay escolarizados ya 800 niños huérfanos. Hablando del egoísmo del deportista de elite. “¿Sabes, Iñaki? Después de tantos años, me quedan solamente muchas dudas, y apenas unas cuantas certezas. La más importante de estas es que el alpinismo no cuenta, no importa nada. Lo único que importa de verdad es cuánto has amado y cuánto te han amado”, me dice mirándome fijamente a los ojos. Los suyos brillan con pasión, con verdad, con corazón. “Fausto, eres grande”, le digo. Alguien con esa pedazo de barba sólo puede tener razón, mucha razón. Me despido contento, porque en una hora de tranquila cháchara he aprendido más que en todo el año 1979, cuando cursé 7º de EGB.

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El apremio

En las gargantas que rodean el valle del Myagdi Khola, en el corazón del Himalaya nepalí, el tiempo parece haberse detenido hace ya unos cuantos siglos. Durante ocho días hemos caminado por cañones estrechos y sendas poco definidas, preguntando a los pocos lugareños presentes por nuestro rumbo, inseguros cual caminantes novatos. Poco a poco nos hemos despegado de nuestro sopor urbano, de nuestra civilizada torpeza, de nuestras dudas. Lo cierto es que esta marcha de aproximación que acabamos de finalizar es la misma de siempre. Desde un lugar llamado Beni comenzamos nuestro peculiar peregrinaje. En numerosas ocasiones el camino no permite errores, y un simple tropezón sería sin duda el último. En los dos pasajes más complicados han sido necesarias las cuerdas fijas, para mayor seguridad de nuestros cuarenta porteadores. Ahora comprendemos por qué este valle nunca estará masificado. Pero ya no miramos atrás. El Dhaulagiri se levanta 3.500 metros por encima de nuestro pequeño y modesto campo base, apenas una decena de tiendas de campaña colocadas precariamente sobre la morrena glaciar, entre piedras y a una altitud muy tolerable, 4.650 metros de altura. Los porteadores nos abandonaron sin misericordia todavía a una buena distancia del campo base, y los primeros días los hemos pasado haciendo viajes glaciar abajo, con la sana intención de recuperar al menos nuestro material personal. Ahora se han quedado trabajando seis amigos nepalíes, que tendrán que hacer turnos a destajo para traer todo lo que nos falta. Somos siete escaladores, aunque antes que nosotros han llegado una buena cuadrilla de italianos, un par de catalanes y alguno más. En total, de momento sólo estamos 18 escaladores. Nadie posee una sola botella de oxígeno artificial, ni emplea los servicios de porteadores de altura, los conocidos sherpas, lo cual hace que nuestra relación con la montaña esté despojada de trucos que sólo ocultan la propia incapacidad de medirse con la montaña en una cierta igualdad de condiciones. Mientras asciendo por primera vez al campamento 1, me concentro en el ruido que mis crampones hacen al pisar la nieve dura. Las condiciones parecen muy buenas. Jorge y yo recorremos en apenas dos horas y media el camino hasta el collado noroeste, y después aún ascendemos hasta los 5.900 metros, donde plantamos una pequeña tienda. Aunque me siento particularmente bien, he sufrido para aguantar el ritmo de este asturiano inhumanamente fuerte, que se ha convertido en poco tiempo en mi compañero de cordada ideal. Un rato después llega también el resto. Aquí nada me inquieta, nada me incomoda, nada me hace perder la fe o los nervios, bien al contrario que de vuelta en casa, en nuestro confortable y seguro mundo. Sonrío para mis adentros cuando me acuerdo del par de multas que me han sacudido este pasado invierno. Una por lo de la zona azul y el coche, y la otra por ir corriendo con mi perro por un parque, sin correa ni el can ni yo. Justo antes de partir, alguien del área de protección ciudadana (¿?) se puso en contacto conmigo por carta., indicándome que, si no pago, ellos se ocuparán del tema “por el procedimiento de apremio”. Miro al hermoso Dhaulagiri, y al otro lado del valle al Annapurna, y pienso que a alguien que se dispone a intentar escalar estas dos montañas no se le puede apremiar. Y después sigo sonriendo, claro.

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¿Cómo están ustedes?

Estarán ustedes por una vez de acuerdo conmigo: vaya mierda de invierno éste que acabamos de pasar. Un invierno así, ni merece tal nombre. Calor y cumbres peladas han sido el pan nuestro de cuatro meses, y ha habido que echarle imaginación y ganas para siquiera pensar en esquiar o escalar en hielo.

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El cornudo

Está de moda lo del revisionismo histórico —vaya palabrota—. ¿De qué se trata el invento? Pues definido de modo ligero, lo suyo parece ser escribir un libro (se supone que después de investigar concienzudamente los hechos) en el que se defienda la explosiva teoría que venga al caso, con el denominador común de que en tales libros se pretende demostrar que la historia oficial escrita de las conquistas de las grandes cimas de la tierra era y es, como los Reyes Magos, mentira cochina. Nada nuevo, todos salvo cuatro cándidos sabemos la verdad verdadera. Así, por ejemplo, un tal David Roberts publicó hace ya unos años un libro titulado True Summit en el que sostiene que Maurice Herzog, el héroe francés del Annapurna, no era en realidad tal héroe, sino más bien un fulano más oscuro que la capa de Batman, que manipuló a conciencia los diarios de expedición de sus compañeros y moldeó la realidad a su antojo. Como si no estuviera más claro que el agua, viendo la brillante carrera política que el pájaro ha desarrollado después, y comprobando que además es miembro destacado de una de las mayores mafias del mundo, el Comité Olímpico Internacional. Otro periodista, llamado Richard Sale, ha reescrito la historia de la primera ascensión al Broad Peak. Resulta que la cosa no fue ningún éxito de convivencia, precisamente. Además, los que cardaron la lana y llevaron el peso de la escalada, Schmuck y Wintersteller, no fueron quienes ganaron la fama. Ésta, bien al contrario, recayó en Hermann Buhl y Kurt Diemberger. Pero basta leer un libro precioso pero falso como Judas escrito por éste último, El nudo infinito, para darse cuenta de la cruda realidad. En tal escrito, Kurt Diemberger asegura que la culpa de la tragedia de 1.986 en el K2 fue del cha-cha-cha, del gobierno o de la sociedad. De cualquiera menos suya, claro. El caso más cachondo e increíble es el de un señor que se llama Max von Kienlin, alemán y como su propio nombre indica, noble. El señor Von Kienlin fue compañero de los hermanos Günther y Reinhold Messner en la pared sur del Nanga Parbat, en 1.970. Compañero hasta el campo base, se entiende, puesto que luego la pared y la cima se la curraron los dos hermanos, mientras una docena de heróes germánicos miraban. Nadie volvería a subir por esa pared hasta 35 años después. Los Messner lo arriesgaron todo en la bajada por la vertiente opuesta y el menor, Günther, murió sepultado por una avalancha cuando ya casi habían escapado. Reinhold firmó allí el primero de dieciocho ochomiles y el comienzo de su leyenda. El tal Von Kienlin defiende en su libro, ahora retirado por orden de un juez, la peregrina teoría de que Messner decidió bajar por la otra vertiente cegado por la ambición alpinística, monetaria y de reconocimiento, y que abandonó a su hermano Günther a propósito. Cualquiera que haya subido al Nanga, o cualquiera que tenga un hermano y un corazón, sabe que esto es imposible. ¿Qué sucedió de verdad? Pues lo cierto es que la mujer de Max von Kienlin, de nombre Úrsula Demeter —joder, ¡qué apellido!—, se largó con Messner después de la expedición, e incluso se casó con él. Ay Señor, a ver si va a resultar que los alemanes también fornican... Qué le vamos a hacer Max, no se lo tome usted tan a pecho. Además recuerde que eso se lava, llegado el caso. Y recuerde que de cualquier forma, los cuernos sólo duelen al salir. Después adornan un huevo.

Columna publicada en el número 37 de Campobase (Marzo 2007).

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Es sólo una canción

Clac, clac, clac”... El sonido metálico del arma con la que este tipo me apunta mientras juguetea me pone muy nervioso. No sé bien por qué lo hace, yo no le he hecho nada. El elemento en cuestión, de profesión chulopiscinas, hace ya un rato que se pavonea vestido de un verde reglamentario y nada desconocido. Se oculta detrás de un pasamontañas, pero no hace frío y yo me imagino que no es por timidez. Me han hecho salir del coche en el peaje de una autopista cualquiera, un día cualquiera, y me han pedido sin asomo de gentileza que no me mueva ni un palmo. El fulano hace sonar su escopeta, o como se llame, poniendo atención en que el fusco siempre apunte en mi dirección. La gente armada es una de las pocas cosas que despierta en mí el miedo más irracional y cerval, el pavor más puro y profundo. Un hombre armado siempre se cree poseedor de la razón, inevitablemente, y siempre piensa que quien está al otro lado del cañón es un pobre diablo, o un hijo de puta. En este caso, además, el pobre diablo es quien paga con sus impuestos el sueldo de quien le apunta, en lo que debe ser el colmo. La gente pasa y mira, compasiva, sorprendida o incluso burlona. Detrás de mí entran enfiladas al control un par de furgonetas cargadas de guipuzcoanos, de esos que llevan pendientes, patillas y el pelo más largo por la nuca. Ufff, peligrosísimos... Me pregunto cuál es mi delito, qué he hecho para merecer estar aquí parado 25 minutos. ¿Parecer más joven de lo que soy? ¿Es mi pelo demasiado largo? ¿Me van a detener porque jamás he votado en unas elecciones? Registran mi maletero, pero sólo encuentran mi ordenador, mi proyector y los posters que dentro de un rato estaré firmando, pues me dirijo a dar una conferencia. Buscan por el coche y se interesan por mis viejas casettes, me imagino que pronto será ilegal escuchar a La Polla mientras conduces. Tres horas después la gente aplaude agradecida tras mi charla, que ha durado casi una hora. Les he hablado de lo mucho que he aprendido bajo los cielos de Asia, de la vida de un chaval que se va haciendo viejo pero que sigue siendo nómada, de mi amor por unas montañas y unas gentes diferentes. Mientras yo disertaba, una música suave sonaba de fondo. Hoy están tímidos y les cuesta empezar con el coloquio, pero una señora se arranca y me asegura, desde la tercera fila, que tiene una crítica que realizar. Adelante, le digo con una sonrisa. Me gusta cuando me dan coba, como a cualquiera, pero hay que estar a las duras y a las maduras. “¿Por qué has puesto la primera canción en vasco?”. Glups, se me hiela la sonrisa rápidamente. ¡Cuidado que hay curva! Le explico que es sólo una canción de amor, que me gusta aunque no la entiendo del todo. También le cuento que, además de la canción en vasco, después había una docena de ellas en inglés, castellano y tibetano, y que no entiendo por qué sólo la que era en vasco le ha molestado. Nada hace efecto, y la señora no se rinde con facilidad. “Ya, pero tú eres navarro...”. Me voy hacia la mesa de mezclas, ya que la música de fondo sigue sonando, la apago. No vaya a ser que suene de repente otra en vasco y la liemos, les explico. Conduzco hacia casa presa de la desazón, casi de una cierta tristeza. Me parece que en esta tierra faltan mil años para la paz. Esta vez, al menos, nadie impide mi paso a golpe de fusil.

Columna publicada en el número 36 de Campobase (Febrero 2007).

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Mister Proper

Anda que no nieva con ganas en el campo base del monte este! Y lo lleva haciendo desde hace quince días, exactamente todo el tiempo que llevamos acampados aquí, al modo heróico de los ingleses en la Antártida. Obviamente, un grueso manto lo cubre todo, y no hay relieves que se distingan. Sólo nieve y más nieve. Más de dos metros y medio, sumando todo lo que ha caído un día tras otro. Y además no tiene ninguna pinta de parar. Nosotros nos conformamos con no matarnos mucho, lo de subir a la cima pertenece a una realidad que no es la nuestra.

Entonces aparece él, en persona; el auténtico y verdadero Mister Proper. Bueno, no sólo llega él, también vienen otros siete de su misma nacionalidad, un lejano país asiático donde nace el sol cada día. Por supuesto, les acompaña una hermosa banda de sherpas, alrededor de quince. Mister Proper, que además resulta ser un tío majísimo, lleva años empeñado en limpiar el Himalaya. Ya lo hizo en el Everest, y ahora le toca al Manaslu. Y le va de maravilla, con generosos patrocinadores que pagan los gastos de la escalada y de la supuesta limpieza. El asunto es sencillo, pero inteligente. Primero, uno utiliza a los medios de comunicación para asegurar que el Himalaya está lleno de mierda y que los himalayistas son unos cochinos asquerosos. Después se organiza una expedición, pesada y absolutamente tradicional, y se la denomina “de limpieza”. En último término, se dirige uno a la montaña en cuestión, se le meten 3.000 metros de cuerda fija y, si se puede, se sube uno a la cumbre usando oxígeno en botellas, lo que debe ser el colmo absoluto en una expedición tan ecológica... Eso sí, durante un par de días de descanso en el base, del mes y pico que dura la historia, uno ha de darse una vuelta por los alrededores con una bolsa de basura y un palo, cara de susto y muchos fotógrafos. A los sherpas se les encarga además que, si no es mucho pedir, se bajen restos de por arriba, si se encuentran. Y esa es la clave, ¿qué basura van a encontrar éstos por aquí? Nada. Todo lo que haya, si lo hay, se encuentra enterrado varios metros bajo nieve. Y de cualquier modo, aunque hubiera basura y estuviera a la vista, nunca conseguirán demostrar cuánto contamina, aparte de visualmente, una vieja botella de oxígeno abandonada o los restos de una tienda destrozada por el aire. La basura de verdad está aquí, en Occidente, a nuestro alrededor, y tiene más que ver con las empresas multinacionales que contaminan y vierten sin control, o pagando multas ridículas. También necesitaría una buena limpieza el hecho de que cada uno de nosotros coja el coche para todo y conduzca a mil por hora. Y mejor no me pongo a hablar del modo como expoliamos nuestras montañas para vender casitas y nevados paraísos terrenales, a pagar en cómodas hipotecas de cuarenta añitos de nada.

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