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Focos

Iñaki Ochoa de Olza

Iñaki Ochoa de Olza Seguin (Pamplona, Navarra, 29 de mayo de 1967 - Annapurna, Nepal, 23 de mayo de 2008) fue uno de los más destacados alpinistas españoles de finales de siglo pasado y principios de este. Siempre será recordado por su dramático intento de rescate en el Annapurna en 2008, en el que finalmente perdió la vida, pero más allá de aquel triste momento, Iñaki ya había dejado una profunda huella en el mundo del alpinismo y especialmente en el Himalaya. Iñaki Ochoa protagonizó a lo largo de su vida más de 200 expediciones al Himalaya, escalando 12 ochomiles:

Cho Oyu (8.201 m.) en 1993. Gasherbrum I (8.068 m.) en 1996. Gasherbrum II (8.035 m.) en 1996. Lhotse (8.516 m.) en 1999. Everest (8.848 m.) en 2001. Nanga Parbat (8.125 m.) en 2003. Broad Peak (8.046 m.) en 2003. Makalu (8.463 m.) en 2004. K2 (8.611 m.) en 2004. Manaslu (8.163 m.) en 2006. Shisha Pangma (8.027 m.) en 2006. Dhaulagiri (8.167 m.) en 2007.

Iñaki fue también un destacado guía de montaña y colaborar habitual de la revista campobase, en la que escribía una columna de opinión mensualmente llamada “Pura Vida”.

En 2008, durante la ascensión al Annapurna, Iñaki sufrió daños cerebrales y un edema pulmonar que le provocaron pérdida del conocimiento y, finalmente, la muerte.

Su compañero de ascensión, el rumano Horia Colibasanu cuidó de Iñaki durante tres días hasta que el suizo Ueli Steck llegó para ayudarles. Hasta una docena de escaladores que se encontraban en la zona se movilizaron para colaborar el rescate, aunque no fue suficiente. El cuerpo de Iñaki cuerpo se encuentra en dicha montaña a 7.400 metros de altura por expreso deseo de su familia tras su fallecimiento.

El gusano

La memoria humana no sólo es frágil; también es una vieja bastarda, que nos hace olvidar pronto cosas que debieran bastar para mover nuestros pies cada mañana, y hechos que debieran dejar huellas imborrables en nuestros corazones. Por si ello no fuera suficiente, los telediarios malditos nos hipnotizan y anestesian, convirtiendo en trivial no sólo la muerte sino también el asesinato. Con todo, al menos en mi caso, de vez en cuando la bilis que generan viejas heridas resurge, y sabe ciertamente fresca y caliente. Hoy me refiero al asesinato de una monja tibetana que huía de su país hacia el exilio, visto en primera persona (y grabado en directo) por cientos de escaladores que se encontraban ahora hace justo un año a los pies del Cho Oyu.

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Mis plegarias

Tirando de hemeroteca, encuentro una frase que escribí hace ya algún tiempo yo solito, supongo que tenía el día revoltoso; “Sólo espero que los tripudos burócratas que rigen los designios del deporte mundial mantengan sus afiladas garras lejos de nuestra actividad”. Inevitablemente, mis vanos deseos parecen estar destinados al cubo de la basura, lugar donde por otra parte no se está tan mal, depende de lo que caiga en él después. Resulta que un organismo llamado AMA (Agencia Mundial Antidopaje) ha decidido incluir el oxígeno embotellado en la lista de productos prohibidos. A eso le llamo yo no ya sacar los pies del tiesto, sino directamente cagar fuera del mismo, eso sí, con estilo olímpico; más alto, más fuerte y más lejos que nadie. Mira tú que es grande el tiesto y resulta fácil apuntar. Pues nada, todo fuera. La AMA no tiene nada que decir sobre el oxígeno en botellas o como sea, porque el alpinismo es una actividad física pero no un deporte como tal, y si se practica bien carece de reglas escritas, de competiciones oficiales, de jueces, medallas y ceremonias con himnos, banderas y señoritas en traje regional. Además es habitualmente practicado por gentes, como un servidor, que creen fervientemente en... nada que no sea la libertad individual, con mayúsculas. Si alguien quiere subir al Everest o a donde sea con botellas y escafandra de astronauta, déjenle en paz. De sobra sabemos que hay quién utilizaría helio y se inyectaría lejía en vena si ello le garantizase la cima, la fama tipo “isla de los famosos” y algo de pasta. Estarán ustedes de acuerdo conmigo, por una vez, en que la esencia de la escalada en altitudes extremas es la hipoxia, la escasez de oxígeno sin matices que te destruye físicamente en unas pocas horas, y cuya consecuencia directa más radical es que el himalayismo es la actividad más peligrosa con diferencia de todas las que se practican en montaña. Quien se acerca al Himalaya o Karakorum con humildad, respeto y verdadero amor por las montañas jamás se enchufaría a la botella, porque lo que esa persona quiere descubrir es si sus pulmones y piernas valen esos 8.000 metros. Si uno se conecta, la incertidumbre y la aventura son aniquiladas al unísono, y la montaña escalada se convierte inmediatamente en otra, miles de metros más baja, amable, caliente y segura mientras la tecnología no falle o escasee. Mis plegarias no fueron escuchadas entonces, pero las repetiré. Señores de la AMA, dejen en paz el alpinismo, permitan que si alguien quiere subir al Everest chupando más oxígeno que Jacques Cousteau lo haga. Una ascensión con oxígeno artificial puede ser importante personalmente, pero no vale un pimiento si hablamos de alpinismo. Y lo sabemos todos, incluidos ustedes. Si necesitan investigar el dopaje, podrían entonces ocuparse de esos deportes, hay muchos, donde el organismo sancionador es el mismo que obtiene pingües beneficios de la propia actividad. ¿Les doy una pista? Donde más dopaje hay es donde se mueve más dinero. Así que, hala, a ver por qué ciertos futbolistas poseen cuádriceps de 70 centímetros de circunferencia comiendo sólo alubias, se recuperan de un esguince en una semanita, y a ver qué café se han tomado antes de la final, que esos ojillos enrojecidos y ese temblor de patas me resultan sospechosos. Aunque ya se sabe, “gol en el campo, paz en la tierra.”

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Fausto

El sol picante y hermoso de Kathmandu me devuelve a la vida poco a poco, tras haberlas pasado canutas en una expedición de las buenas. Bueno, creo que es el sol, sí, pero también deben influir lo suyo, me temo, las chicas, el jabón, los helados y la visita de la octogenaria y cada vez más simpática Liz Hawley, cosas todas ellas que nos reconcilian con la vida a la vez que nos recuerdan que una vez más hemos sobrevivido, que podemos volver a vivir, que se nos concede otro año de camino, o al menos seis meses, para cometer los mismos errores y fechorías de siempre. O incluso para enmendarlos, que de todo habrá por ahí. Me siento en la terraza del Northfield Café y me dedico a pensar por unos instantes, relajante actividad a la que suelo dedicar todos los días un rato, si la lluvia o la autoridad competente no lo impiden. Hoy cumplo 40 años, aunque se me nota más bien poco. Se me nota bastante más la resaca de ayer, porque estuvimos de fiesta hasta las tantas, y estas ya no son edades para ciertas cosas... Serán breves los momentos de mi introspección, instantes en los que agradezco sereno el regalo que supone seguir siendo libre, seguir haciendo caso a mi intuición y a las roncas llamadas de mi corazón. “¡Iñaki!”, grita alguien desde una mesa cercana, interrumpiendo mi digno “mirar de ombligo”. Cuando me vuelvo lo primero que veo es su larga barba canosa, que alcanza tal longitud que para si la quisiera el propio mago Merlín. Una piedra tibetana bellísima cuelga de su cuello. En su rostro se ilumina una sonrisa al menos 40 años más joven que él, el guiño travieso de alguien que continúa siendo un niño pícaro, sin duda. Es mi viejo amigo Fausto de Stefani, un italiano inteligente y romántico que lleva más años que casi ninguno de nosotros en esto de escalar montañas grandes. En esto y en otras cosas, y ha sobrevivido a todo. Su llamada me hace sonreir, a la mierda la introspección y los pensamientos, y que vivan los amigos. Fausto, un alpinista de primera que ha escalado todos los ochomiles, ama la vida y las mujeres. Tiene un aspecto inmejorable, que dista mucho de lo que su pasaporte indica; 56 años. Está mucho más delgado que hace unos años, se le ve en forma. Pronto nos sentamos juntos y puedo disfrutar de su inteligente conversación, privilegio nunca suficientemente agradecido, especialmente entre algunos de mis colegas himalayistas. Fausto viene del Lhotse, y está realmente espantado de cómo se denigra todas las primaveras la montaña más alta del mundo, su vecino Everest. Me explica, y me deja mudo de admiración, cómo ha recaudado en los últimos años 1 millón de euros para su escuela en las proximidades de Kathmandú, donde hay escolarizados ya 800 niños huérfanos. Hablando del egoísmo del deportista de elite. “¿Sabes, Iñaki? Después de tantos años, me quedan solamente muchas dudas, y apenas unas cuantas certezas. La más importante de estas es que el alpinismo no cuenta, no importa nada. Lo único que importa de verdad es cuánto has amado y cuánto te han amado”, me dice mirándome fijamente a los ojos. Los suyos brillan con pasión, con verdad, con corazón. “Fausto, eres grande”, le digo. Alguien con esa pedazo de barba sólo puede tener razón, mucha razón. Me despido contento, porque en una hora de tranquila cháchara he aprendido más que en todo el año 1979, cuando cursé 7º de EGB.

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El apremio

En las gargantas que rodean el valle del Myagdi Khola, en el corazón del Himalaya nepalí, el tiempo parece haberse detenido hace ya unos cuantos siglos. Durante ocho días hemos caminado por cañones estrechos y sendas poco definidas, preguntando a los pocos lugareños presentes por nuestro rumbo, inseguros cual caminantes novatos. Poco a poco nos hemos despegado de nuestro sopor urbano, de nuestra civilizada torpeza, de nuestras dudas. Lo cierto es que esta marcha de aproximación que acabamos de finalizar es la misma de siempre. Desde un lugar llamado Beni comenzamos nuestro peculiar peregrinaje. En numerosas ocasiones el camino no permite errores, y un simple tropezón sería sin duda el último. En los dos pasajes más complicados han sido necesarias las cuerdas fijas, para mayor seguridad de nuestros cuarenta porteadores. Ahora comprendemos por qué este valle nunca estará masificado. Pero ya no miramos atrás. El Dhaulagiri se levanta 3.500 metros por encima de nuestro pequeño y modesto campo base, apenas una decena de tiendas de campaña colocadas precariamente sobre la morrena glaciar, entre piedras y a una altitud muy tolerable, 4.650 metros de altura. Los porteadores nos abandonaron sin misericordia todavía a una buena distancia del campo base, y los primeros días los hemos pasado haciendo viajes glaciar abajo, con la sana intención de recuperar al menos nuestro material personal. Ahora se han quedado trabajando seis amigos nepalíes, que tendrán que hacer turnos a destajo para traer todo lo que nos falta. Somos siete escaladores, aunque antes que nosotros han llegado una buena cuadrilla de italianos, un par de catalanes y alguno más. En total, de momento sólo estamos 18 escaladores. Nadie posee una sola botella de oxígeno artificial, ni emplea los servicios de porteadores de altura, los conocidos sherpas, lo cual hace que nuestra relación con la montaña esté despojada de trucos que sólo ocultan la propia incapacidad de medirse con la montaña en una cierta igualdad de condiciones. Mientras asciendo por primera vez al campamento 1, me concentro en el ruido que mis crampones hacen al pisar la nieve dura. Las condiciones parecen muy buenas. Jorge y yo recorremos en apenas dos horas y media el camino hasta el collado noroeste, y después aún ascendemos hasta los 5.900 metros, donde plantamos una pequeña tienda. Aunque me siento particularmente bien, he sufrido para aguantar el ritmo de este asturiano inhumanamente fuerte, que se ha convertido en poco tiempo en mi compañero de cordada ideal. Un rato después llega también el resto. Aquí nada me inquieta, nada me incomoda, nada me hace perder la fe o los nervios, bien al contrario que de vuelta en casa, en nuestro confortable y seguro mundo. Sonrío para mis adentros cuando me acuerdo del par de multas que me han sacudido este pasado invierno. Una por lo de la zona azul y el coche, y la otra por ir corriendo con mi perro por un parque, sin correa ni el can ni yo. Justo antes de partir, alguien del área de protección ciudadana (¿?) se puso en contacto conmigo por carta., indicándome que, si no pago, ellos se ocuparán del tema “por el procedimiento de apremio”. Miro al hermoso Dhaulagiri, y al otro lado del valle al Annapurna, y pienso que a alguien que se dispone a intentar escalar estas dos montañas no se le puede apremiar. Y después sigo sonriendo, claro.

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¿Cómo están ustedes?

Estarán ustedes por una vez de acuerdo conmigo: vaya mierda de invierno éste que acabamos de pasar. Un invierno así, ni merece tal nombre. Calor y cumbres peladas han sido el pan nuestro de cuatro meses, y ha habido que echarle imaginación y ganas para siquiera pensar en esquiar o escalar en hielo.

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El cornudo

Está de moda lo del revisionismo histórico —vaya palabrota—. ¿De qué se trata el invento? Pues definido de modo ligero, lo suyo parece ser escribir un libro (se supone que después de investigar concienzudamente los hechos) en el que se defienda la explosiva teoría que venga al caso, con el denominador común de que en tales libros se pretende demostrar que la historia oficial escrita de las conquistas de las grandes cimas de la tierra era y es, como los Reyes Magos, mentira cochina. Nada nuevo, todos salvo cuatro cándidos sabemos la verdad verdadera. Así, por ejemplo, un tal David Roberts publicó hace ya unos años un libro titulado True Summit en el que sostiene que Maurice Herzog, el héroe francés del Annapurna, no era en realidad tal héroe, sino más bien un fulano más oscuro que la capa de Batman, que manipuló a conciencia los diarios de expedición de sus compañeros y moldeó la realidad a su antojo. Como si no estuviera más claro que el agua, viendo la brillante carrera política que el pájaro ha desarrollado después, y comprobando que además es miembro destacado de una de las mayores mafias del mundo, el Comité Olímpico Internacional. Otro periodista, llamado Richard Sale, ha reescrito la historia de la primera ascensión al Broad Peak. Resulta que la cosa no fue ningún éxito de convivencia, precisamente. Además, los que cardaron la lana y llevaron el peso de la escalada, Schmuck y Wintersteller, no fueron quienes ganaron la fama. Ésta, bien al contrario, recayó en Hermann Buhl y Kurt Diemberger. Pero basta leer un libro precioso pero falso como Judas escrito por éste último, El nudo infinito, para darse cuenta de la cruda realidad. En tal escrito, Kurt Diemberger asegura que la culpa de la tragedia de 1.986 en el K2 fue del cha-cha-cha, del gobierno o de la sociedad. De cualquiera menos suya, claro. El caso más cachondo e increíble es el de un señor que se llama Max von Kienlin, alemán y como su propio nombre indica, noble. El señor Von Kienlin fue compañero de los hermanos Günther y Reinhold Messner en la pared sur del Nanga Parbat, en 1.970. Compañero hasta el campo base, se entiende, puesto que luego la pared y la cima se la curraron los dos hermanos, mientras una docena de heróes germánicos miraban. Nadie volvería a subir por esa pared hasta 35 años después. Los Messner lo arriesgaron todo en la bajada por la vertiente opuesta y el menor, Günther, murió sepultado por una avalancha cuando ya casi habían escapado. Reinhold firmó allí el primero de dieciocho ochomiles y el comienzo de su leyenda. El tal Von Kienlin defiende en su libro, ahora retirado por orden de un juez, la peregrina teoría de que Messner decidió bajar por la otra vertiente cegado por la ambición alpinística, monetaria y de reconocimiento, y que abandonó a su hermano Günther a propósito. Cualquiera que haya subido al Nanga, o cualquiera que tenga un hermano y un corazón, sabe que esto es imposible. ¿Qué sucedió de verdad? Pues lo cierto es que la mujer de Max von Kienlin, de nombre Úrsula Demeter —joder, ¡qué apellido!—, se largó con Messner después de la expedición, e incluso se casó con él. Ay Señor, a ver si va a resultar que los alemanes también fornican... Qué le vamos a hacer Max, no se lo tome usted tan a pecho. Además recuerde que eso se lava, llegado el caso. Y recuerde que de cualquier forma, los cuernos sólo duelen al salir. Después adornan un huevo.

Columna publicada en el número 37 de Campobase (Marzo 2007).

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Es sólo una canción

Clac, clac, clac”... El sonido metálico del arma con la que este tipo me apunta mientras juguetea me pone muy nervioso. No sé bien por qué lo hace, yo no le he hecho nada. El elemento en cuestión, de profesión chulopiscinas, hace ya un rato que se pavonea vestido de un verde reglamentario y nada desconocido. Se oculta detrás de un pasamontañas, pero no hace frío y yo me imagino que no es por timidez. Me han hecho salir del coche en el peaje de una autopista cualquiera, un día cualquiera, y me han pedido sin asomo de gentileza que no me mueva ni un palmo. El fulano hace sonar su escopeta, o como se llame, poniendo atención en que el fusco siempre apunte en mi dirección. La gente armada es una de las pocas cosas que despierta en mí el miedo más irracional y cerval, el pavor más puro y profundo. Un hombre armado siempre se cree poseedor de la razón, inevitablemente, y siempre piensa que quien está al otro lado del cañón es un pobre diablo, o un hijo de puta. En este caso, además, el pobre diablo es quien paga con sus impuestos el sueldo de quien le apunta, en lo que debe ser el colmo. La gente pasa y mira, compasiva, sorprendida o incluso burlona. Detrás de mí entran enfiladas al control un par de furgonetas cargadas de guipuzcoanos, de esos que llevan pendientes, patillas y el pelo más largo por la nuca. Ufff, peligrosísimos... Me pregunto cuál es mi delito, qué he hecho para merecer estar aquí parado 25 minutos. ¿Parecer más joven de lo que soy? ¿Es mi pelo demasiado largo? ¿Me van a detener porque jamás he votado en unas elecciones? Registran mi maletero, pero sólo encuentran mi ordenador, mi proyector y los posters que dentro de un rato estaré firmando, pues me dirijo a dar una conferencia. Buscan por el coche y se interesan por mis viejas casettes, me imagino que pronto será ilegal escuchar a La Polla mientras conduces. Tres horas después la gente aplaude agradecida tras mi charla, que ha durado casi una hora. Les he hablado de lo mucho que he aprendido bajo los cielos de Asia, de la vida de un chaval que se va haciendo viejo pero que sigue siendo nómada, de mi amor por unas montañas y unas gentes diferentes. Mientras yo disertaba, una música suave sonaba de fondo. Hoy están tímidos y les cuesta empezar con el coloquio, pero una señora se arranca y me asegura, desde la tercera fila, que tiene una crítica que realizar. Adelante, le digo con una sonrisa. Me gusta cuando me dan coba, como a cualquiera, pero hay que estar a las duras y a las maduras. “¿Por qué has puesto la primera canción en vasco?”. Glups, se me hiela la sonrisa rápidamente. ¡Cuidado que hay curva! Le explico que es sólo una canción de amor, que me gusta aunque no la entiendo del todo. También le cuento que, además de la canción en vasco, después había una docena de ellas en inglés, castellano y tibetano, y que no entiendo por qué sólo la que era en vasco le ha molestado. Nada hace efecto, y la señora no se rinde con facilidad. “Ya, pero tú eres navarro...”. Me voy hacia la mesa de mezclas, ya que la música de fondo sigue sonando, la apago. No vaya a ser que suene de repente otra en vasco y la liemos, les explico. Conduzco hacia casa presa de la desazón, casi de una cierta tristeza. Me parece que en esta tierra faltan mil años para la paz. Esta vez, al menos, nadie impide mi paso a golpe de fusil.

Columna publicada en el número 36 de Campobase (Febrero 2007).

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Mister Proper

Anda que no nieva con ganas en el campo base del monte este! Y lo lleva haciendo desde hace quince días, exactamente todo el tiempo que llevamos acampados aquí, al modo heróico de los ingleses en la Antártida. Obviamente, un grueso manto lo cubre todo, y no hay relieves que se distingan. Sólo nieve y más nieve. Más de dos metros y medio, sumando todo lo que ha caído un día tras otro. Y además no tiene ninguna pinta de parar. Nosotros nos conformamos con no matarnos mucho, lo de subir a la cima pertenece a una realidad que no es la nuestra.

Entonces aparece él, en persona; el auténtico y verdadero Mister Proper. Bueno, no sólo llega él, también vienen otros siete de su misma nacionalidad, un lejano país asiático donde nace el sol cada día. Por supuesto, les acompaña una hermosa banda de sherpas, alrededor de quince. Mister Proper, que además resulta ser un tío majísimo, lleva años empeñado en limpiar el Himalaya. Ya lo hizo en el Everest, y ahora le toca al Manaslu. Y le va de maravilla, con generosos patrocinadores que pagan los gastos de la escalada y de la supuesta limpieza. El asunto es sencillo, pero inteligente. Primero, uno utiliza a los medios de comunicación para asegurar que el Himalaya está lleno de mierda y que los himalayistas son unos cochinos asquerosos. Después se organiza una expedición, pesada y absolutamente tradicional, y se la denomina “de limpieza”. En último término, se dirige uno a la montaña en cuestión, se le meten 3.000 metros de cuerda fija y, si se puede, se sube uno a la cumbre usando oxígeno en botellas, lo que debe ser el colmo absoluto en una expedición tan ecológica... Eso sí, durante un par de días de descanso en el base, del mes y pico que dura la historia, uno ha de darse una vuelta por los alrededores con una bolsa de basura y un palo, cara de susto y muchos fotógrafos. A los sherpas se les encarga además que, si no es mucho pedir, se bajen restos de por arriba, si se encuentran. Y esa es la clave, ¿qué basura van a encontrar éstos por aquí? Nada. Todo lo que haya, si lo hay, se encuentra enterrado varios metros bajo nieve. Y de cualquier modo, aunque hubiera basura y estuviera a la vista, nunca conseguirán demostrar cuánto contamina, aparte de visualmente, una vieja botella de oxígeno abandonada o los restos de una tienda destrozada por el aire. La basura de verdad está aquí, en Occidente, a nuestro alrededor, y tiene más que ver con las empresas multinacionales que contaminan y vierten sin control, o pagando multas ridículas. También necesitaría una buena limpieza el hecho de que cada uno de nosotros coja el coche para todo y conduzca a mil por hora. Y mejor no me pongo a hablar del modo como expoliamos nuestras montañas para vender casitas y nevados paraísos terrenales, a pagar en cómodas hipotecas de cuarenta añitos de nada.

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El patriota

Yo no lo haría ni harto de cazalla, pero me parece bien que cada cual actúe como le plazca. Hablo de quienes visitan otros países, otras culturas u otras montañas y lo primero que hacen nada más aterrizar o llegar a donde sea, tanto mejor si es la cima, es sacar la bandera. Debiera decir quizás LA BANDERA, porque siempre es el trapo en cuestión uno digno de mayúsculas, alabanzas y lugares destacados. Y me refiero, que conste, a todas las banderas de todas las patrias. Y también a las diferentes religiones, o incluso hasta equipos de fútbol. Yo, por mi parte, la próxima vez que suba un ochomil, si llega a suceder, voy a sacar un póster de Elle McPherson, lo único que amo de verdad. El póster, digo. He sido educado, por mi gente y por mis viajes, en la tolerancia de verdad, que es esa que te hace intentar comprender al que es diferente sin pensar que eres mejor que él, sin creer que ese otro está equivocado, ni mucho menos intentar cambiarle o reducirle a pensar como tú. Así que, cuando me cruzo en mi camino con uno de estos banderófilos recalcitrantes no puedo sino sonreír, entre divertido y curioso, ante la biodiversidad que me rodea. Tenía yo un amigo bastante joven, que ya no es mi amigo, que se pasó algunas expediciones contándome hasta la saciedad que su país, que yo conozco bien, era y es una tierra ocupada por un ejército extranjero. Bueno, suele pasar, pensaba yo. Las flores huelen, los pájaros vuelan y los ejércitos invaden. Aparte de no ir a la mili, qué le vamos a hacer. Su pasaporte, me decía, era exactamente del país que él más odiaba. Si yo me ponía una camiseta o unas zapatillas del color de la bandera del país aborrecido mi ex amigo me lo recordaba agriamente. Tampoco entendía yo muy bien el porqué del odio de mi ex amigo hacia ese país, ya que sus padres procedían exactamente de allí, del sur más concretamente. Pero bueno, cosas más raras se han visto. El caso es que un buen día, en una expedición en la que estábamos unos cuantos, incluido el antiguo colega, oí un tumulto en la tienda comedor. El problema que originó la bronca era que este patriota se había traído desde casa una bandera del país enemigo con la sana intención, según él, de quemarla al llegar a la cumbre de la montaña que intentábamos, a más de 8.000 metros. Creo que, además de patriota, o bien no era el más listo o no había ido a clase el día que explicaron lo del oxígeno y la combustión. Al final le convencieron de que desistiera en su intento, explicándole que había muchos escaladores del país enemigo por allí, que mejor dejar los trapos de los demás en paz… y cosas de ese estilo. El asunto se quedó, como suele suceder con las revoluciones, en agua de borrajas. Tiene que ser cansado, además, lo de pasarse el día odiando. Por todo ello, yo no pude más que descojonarme, permítaseme la expresión, cuando apenas seis meses después vi su foto en uno de los periódicos principales del país en cuestión. El patriota se iba de expedición, un par de kilos por delante, a un monte bastante grande acompañando a un grupo de élite del Ejército del país ocupador, trabajando como cámara para la televisión pública del mismo Estado. No digo yo que hiciera mal. Yo mismo, cualquier día de estos abandono en la cuneta mis convicciones y el póster de Elle y cuelgo en mi cocina uno de Scarlett Johansson. Y sin que me paguen.

Columna publicada en el número 34 de Campobase (Diciembre 2006).

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Freddie

Durante unos pocos días cada año, en el mes de julio, mi pequeña y siempre añorada Pamplona se convierte en un descomunal estercolero, la válvula de escape que hace que miles de personas liberen la tensión y la represión acumuladas durante todo un año de eso tan tenebroso que se llama vida normal. La mierda se acumula por doquier, a pesar de que se limpia a conciencia día y noche. Me doy un paseo curioso, yo que normalmente huyo de las multitudes tanto como de la burocracia o la guardia civil, esquivando al unísono los cristales del suelo y los bandazos que prodigan con esmero gentes diversas con la sangre plagada de alcohol. Entonces mis ojos se fijan en él. Lo primero que me llama la atención son sus guantes de goma, que mueven con evidente vigor la silla de ruedas en la que, supongo, pasa los días. Camina a su lado una chica en la que no me fijo, envuelto en la compasión exenta de pena que la escena me provoca. Ascienden ambos charlando por la calle Chapitela, en el corazón del casco antiguo, a buen paso y sin asomo de encontrase fuera de lugar. Se oye música al fondo, es tiempo de fiesta. Desvío la mirada sin prisa y sigo a lo mío, presa de una cierta desazón pero consciente al mismo tiempo, pensando en la fortuna nunca suficientemente apercibida de poder respirar, andar, escalar, vivir, al menos, en cierta libertad. De repente alguien me toca levemente por detrás y me dice: “Oye, perdona, ¿eres Iñaki?” Es él, sonriente desde su forzada posición. Es simpático, amable y su voz transmite algo parecido al optimismo; difícil de entender si se piensa en su situación. Me explica con fluidez que le gusta mucho la montaña, y que sigue mis escaladas y las de mi amigo Mikel Zabalza con admiración. Después me dice algo que me deja pasmado. Resulta que tanto Mikel como yo, precisamente, participamos como instructores en un cursillo de escalada hace muchos años, en el Vignemale, en el que él iba de alumno. Una vez más paso vergüenza y me disculpo como siempre, achacando mi mala memoria a la exposición prolongada a grandes altitudes. Por decir algo, no vaya a ser que lo que suceda en realidad es que nos estamos haciendo viejos. Él sonríe nuevamente y me disculpa; no hay problema. Le pregunto por lo sucedido y me cuenta que fue un accidente de coche, en el que lo normal es que se hubiera matado, según dice. Completamente atontado, reacciono a tiempo antes de que se vaya y consigo preguntarle su nombre. “Freddie”, exclama, extendiendo la mano enguantada. Me quedo inmóvil por un instante, todo mi ser conmovido por el contacto de este hombre joven que lucha y vive, que sufre y ama. Ni siquiera sé, pienso después de un rato, cómo se escribe su nombre, aunque me puedo imaginar que Freddie me disculparía de nuevo si no es como yo lo he hecho… De modo Freddie, hermano, que estás equivocado por esta vez. No eres tú el que debe admirarme a mí por nada. Bien al contrario, has de saber que soy yo el que se descubre ante tu fuerza, tu valentía y tu coraje. Ni siquiera sé si tu situación es reversible o no, desde cuándo dura, o qué cabe esperar. Pero ten claro que gente como tú me inspira, me conmueve y me ilumina. Gracias por saludar, y recibe un fuerte abrazo de un amigo y admirador.

Columna publicada en el número 32 de Campobase (Octubre 2006).

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