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Isabel Cadenas Cañón

Isabel Cadenas Cañón ha publicado los poemarios Irse (2010) y También eso era el verano (2014). Realiza un doctorado en Estudios Culturales en la New York University y es profesora en New York University Madrid y en La Universidad desconocida en Brooklyn. Va en bici.

Los vecinos de la Cañada Real, en pie de guerra ante la posible demolición del 80% de las viviendas

Los vecinos de la Cañada Real están en pie de guerra. El nuevo borrador del Pacto Regional anula el espíritu del Acuerdo Marco Social –firmado en 2014 por Coslada, el Ayuntamiento y la comunidad de Madrid y que Rivas no suscribió–, que pretendía legalizar el mayor número de viviendas posibles censadas antes de 2011. Tras la actualización de los planos, la mayoría de las viviendas corre el riesgo de ser demolida. 

Unas 300 personas se concentraron el viernes pasado ante la Asamblea de Madrid para denunciar la situación de la Cañada Real Galiana. Hay motivos para la inquietud. Desde 2011, el proceso de la Cañada se vivía con optimismo: la Ley 2/2011, el Acuerdo Marco de 2014 y el primer borrador de Pacto Regional coincidían en tratar de legalizar el mayor número de viviendas que reunieran las condiciones de habitabilidad e higiene. Pero la situación ha cambiado. 

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"Mientras los jóvenes africanos no hacíamos política, la política se hacía a nuestra costa"

Es la primera vez que el cantante burkinés Smockey canta en España. "La verdad es que es raro, sí", dice, como si se acabara de dar cuenta. Es raro porque Smockey (apodo de Serge Bambara) lleva años cantando por todo el mundo. Pero es raro, sobre todo, porque él es uno de los iniciadores del Balai Citoyen ("la escoba ciudadana"), el movimiento ciudadano que en 2014 tomó las calles del país para impedir que el presidente Blaise Compaore, que llevaba gobernando el país desde hacía 27 años, modificara la Constitución para perpetuarse en el poder.

El 30 de octubre de 2014, el día en que Compaore presentó su proyecto de referéndum, cientos de cibals y cibelles (acrónimo de citoyen balayeur : ciudadano que barre) y otros grupos de la sociedad civil marcharon hasta el Parlamento y lo incendiaron. Hicieron lo mismo con la sede del partido de Compaore, el CDP (Congrès pour la Democratice et le Progrès). Compaore tuvo que huir del país: lo hizo en un avión del Gobierno francés, rumbo a Costa de Marfil.

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Adolescentes sirias cogen las cámaras para contar su vida en un campo de refugiados

Cuando Laura Doggett lleg ó al campo de refugiados Zaa'tari , en Jordania, hab í an pasado por all í 3.500 periodistas. Viajaba al segundo campo de refugiados más grande del mundo para desarrollar un proyecto de recogida de testimonios de la poblaci ó n refugiada, pero hizo lo contrario: en lugar de recolectarlos desde fuera, decidió conseguir que las propias refugiadas escogiesen c ó mo quer í an contarse al mundo.

El primer paso era enseñarles la técnica. Entonces, comenzaron los talleres. Durante tres meses, Doggett y la artista jordana Tasneem Toghoj mantuvieron encuentros semanales con un grupo de chicas de entre 14 y 18 a ñ os. Las sesiones del taller comenzaron con ejercicios para romper el hielo. "Las chicas llegaban al taller y estaban heladas, casi no se mov í an", cuenta Doggett. "Lo importante era crear un espacio seguro, que supieran que pod í an sentirse en confianza. Empezamos con ejercicios de movimiento, y de ah í pasamos a trabajar la creatividad".

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Así es la vida en Holot, el centro de detención de refugiados de Israel

Holot emerge descomunal entre la arena: barracones y barracones de colores rodeados por un perímetro de vallas con alambres de púas. El gobierno israelí lo llama "centro de detención abierto" para dejar claro que no se trata de una prisión: exceptuando las noches y un recuento diario, quienes están detenidos allí pueden salir cuando quieran, aseguran.

Solo que Holot está en medio del desierto del Néguev, casi en la frontera con Egipto. Solo que la ciudad más cercana, Be’er Sheva, está a una hora en coche y la única línea de autobuses que une los dos lugares tiene poquísima frecuencia. Solo que los guardas que se encargan de custodiarla pertenecen al Shabas, el sistema penitenciario israelí. Y solo que, si alguien falta al recuento diario o se salta alguna de las normas, es transferido de inmediato al edificio de enfrente: la prisión de Saharonim.

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Refugiados sudaneses y eritreos: los otros parias de Israel

Hay pocas cosas que definan a Israel mejor que las fronteras. En su guerra por conseguir cada vez más territorio, las fronteras se vuelven armas privilegiadas: moviéndolas se avanza, creándolas se asedia y, blindándolas, se garantiza que el territorio ganado no se vuelva a perder. Su fortificación más famosa es el muro que Ariel Sharon mandó construir alrededor de Cisjordania en plena segunda intifada, ese monstruo de hormigón que invade, en muchos de sus trayectos, el territorio palestino. Pero hay más muros, más verjas, más alambradas: hoy en día, casi la totalidad de las fronteras del país están cercadas y el plan de Benjamín Netanyahu es fortificar los tramos que aún no lo están.

Todo lo justifica la seguridad nacional. Además del muro de Cisjordania, al este del país, una valla sella el norte en los territorios ocupados de los Altos del Golán. En el sur, la barrera que divide el país de Egipto es una construcción faraónica de 230 kilómetros de largo y 5 metros de alto –el doble del muro de Cisjordania– con alambres de púas, cámaras, sensores y radares. Lo último en tecnología. Por eso Israel está camino de hacer de las fronteras no solo un arma, sino también una mercancía: con la llegada de numerosas personas refugiadas de Siria, varios países europeos han visitado la zona y varias empresas israelíes aseguran que Hungría y Polonia ya les han consultado sobre la posibilidad de importar un modelo de vallado idéntico al que sella el sur del país.

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“Paramos el racismo”: Marchas árabe-israelíes contra la ocupación

Jerusalén. La cabeza de la manifestación comienza a avanzar hacia Kikar Hahatulot, la “plaza de los gatos”. Un hombre se para a leer la pancarta; después escupe en el suelo mirando a los ojos a quienes la portan, desafiante, con desprecio máximo. Una mujer embarazada grita y va directa hacia quienes se manifiestan; la policía la detiene, la calma, se va. La calle es estrecha y acaba de anochecer. Eso añade aún más intensidad a esta sensación de ahogo y de excepcionalidad. Todo ocurre despacio, el sonido y los movimientos están como apelmazados.

 La escalada de violencia (la “ola de terror”, para la opinión pública israelí) comenzó a principios de octubre. Según datos de Al Jazeera, desde entonces han muerto 57 personas palestinas, 8 israelíes y un soliciante de asilo eritreo. La policía israelí sigue órdenes estrictas de disparar a matar a cualquier presunto atacante palestino. El periodista de Haaretz Gideon Lévy ha denunciado que se trata de “penas de muerte fuera de la ley”, pero la gran mayoría de la población israelí apoya esta política, que considera necesaria en este clima.

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Paredes que hablan demasiado

Keywan Karimi es rápido con los emails. Manda mucha información, responde a todas las preguntas y, a la hora acordada, se conecta a skype y responde con voz de amigo al que no has visto en mucho tiempo: cauteloso y cálido al mismo tiempo, está de muy buen humor. Lo contrario que se esperaría de alguien a quien acaban de condenar a seis años de cárcel. Y a 223 latigazos.

En diciembre de 2013, cinco hombres armados entraron en su casa. Pertenecían a la Sepah, el cuerpo de la guardia revolucionaria islámica, y tenían una orden de registro; se llevaron su ordenador, fotografías, documentos y sus discos duros. Pasó doce días en la cárcel, en régimen de aislamiento. Él dice que no se lo esperaba, pero en realidad no era la primera vez que lo detenían.

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De qué república hablo cuando hablo de la república

1. Es fin de semana y pregunto a varias amigas qué es para ellas la república. En general siempre hay un silencio –a quién se le ocurre sacar el tema en la sobremesa de un sábado de sol– , después conceptos generales: derechos, democracia, libertad. A veces, alguien pregunta de qué república estamos hablando cuando hablamos de la república. Ahí algunas personas dicen que para ellas es una cuestión de memoria, de aquello que pudimos haber sido y no somos. Para otras es algo del futuro, de lo que aún no somos pero seremos, algo que cada vez está más cerca. Pienso entonces en la república como bisagra: uno de esos momentos de la historia capaces de conectar el pasado y el futuro. Una grieta luminosa en el presente. 

2. Para mí el 14 de abril es una cuestión de símbolos. También es cuestión de muchas otras cosas, claro; pero siento hoy cierta impugnación de lo simbólico en el discurso político y me da por reivindicarlo. Como buena hija de la democracia, yo desperté a la política con cosas que pasaban fuera: mirábamos hacia América Latina porque allí había habido revoluciones que inspiraron canciones y algunas frases se nos quedaban en la cabeza y de repente un día, como si se prendiera una chispa, entendíamos con exactitud qué era eso que tarareábamos sin pensar. Después una empezaba a extender la mirada hacia casa: ¿después de cuántos libros y películas sobre Pinochet y Videla preguntaste por primera vez dónde habían estado tus familiares durante la guerra y la dictadura? ¿cuándo empezaste a sospechar por qué nunca llegábamos al s. XX en clase de historia? Así son los símbolos: cosas que el cuerpo sabe mucho antes que la cabeza. Después, pero sólo después, una entiende. Los símbolos (esa frase, esa canción, ese gesto con la mano o, sí, esa bandera) fueron mi entrada irracional a la racionalidad de la política.

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La memoria, ese invento del poder

Voy a ser bien pensada. Voy a interpretar las  declaraciones de Javier Cercas sobre “el negocio de la memoria histórica” () como una crítica a la industria cultural. Voy a pensar que Cercas no se refiere, como Rafael Hernando, a los millares de personas que buscan a sus familiares que desapareció la represión franquista. Voy a pensar que Cercas sólo dice hoy lo que dice para armar bulla y promocionar su último libro. Voy a leer entonces esta frase (“Se sustituyó lo objetivo por lo subjetivo. El problema es que se convirtió en un negocio”) en clave de instituciones culturales.

Y voy a comenzar dándole la razón: durante muchos años proliferaron, como si se produjeran por sí solas, novelas, series, películas, que hablaban sobre la Guerra Civil –y, en bastante menor medida, sobre la dictadura–. Voy a ir incluso más allá: la mayoría de esos productos culturales repetían una forma más o menos parecida: eran eminentemente narrativos (con su inicio, su nudo, su final), y promovían una versión del tiempo como un espacio cerrado, al que no se podía acceder; y además sobre ellos volaba siempre un sospechoso espíritu de reconciliación. Entre esas muchas producciones se encontraba , claro, Soldados de Salamina - novela que, sin duda, constituyó un negocio, en primer lugar, para el propio Cercas, con más de millón y medio de ejemplares vendidos. Pero no me voy a detener aquí en aquel libro; eso ya lo hizo, brillante, Vicenç Navarro en un artículo. Así que hubo, sí, negocio en torno a nuestro pasado reciente. Y lo sigue habiendo. El problema es que Cercas se equivoca en el segundo término de su apreciación: no fue el negocio de la memoria histórica: fue el negocio de la Cultura de la Transición.

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