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Israel Campos

Profesor de Historia Antigua en la ULPGC y especialista en el campo de Historia de las Religiones.

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'Recipiendo in civitatem'

Muchas veces nos ha llegado la impresión de que la antigua ciudad de Roma se convirtió en un gran imperio por medio de las grandes conquistas que protagonizó a sus enemigos externos: cartagineses, galos, íberos, macedonios, germanos, etc. De igual forma que la idea de Roma que tenemos no queda limitada exclusivamente a la Ciudad Eterna, sino que Roma incluía en realidad un genérico que era toda la península italiana. Pero para que la ciudad de Roma pudiera alcanzar lo que posteriormente fue, no podía conseguirlo exclusivamente con sus habitantes, sus tierras y su propia riqueza. Para lograrlo, Roma primero integró a los demás pueblos itálicos. Algunos por las armas, otros por medio de pactos y alianzas, pero el resultado fue una confederación de pueblos que participaron activamente en el engrandecimiento de Roma, liderada por sus élites dirigentes.

Tras la caída de Cartago, el Senado romano se embarcó en una serie de campañas militares que extendieron el dominio de Roma por casi todo el Mediterráneo, y en esas empresas militares participaron activamente todas las regiones de Italia. Aportando hombres para el ejército y recursos con los que sufragar las expediciones. Colaboraron en el crecimiento y recibieron inicialmente los beneficios que se derivaban de formar parte de una empresa común. Sin embargo, no todo lo que aportó la expansión imperialista a Roma fue positivo. A finales del siglo II a.C., se evidencia una situación de crisis que afectó a varias esferas: política (luchas de intereses entre las distintas facciones del Senado), económicas (empobrecimiento de los campesinos, falta de tierras), sociales y culturales. En este contexto volvió a tomar cuerpo un aspecto que mientras la riqueza de las conquistas fluía, había quedado adormecido: la cuestión itálica . Desde distintas regiones de la península resurgió una antigua demanda donde se reclamaba que se sentían injustamente tratados por las decisiones del Senado y exigían una forma mejor de beneficiarse de la pertenencia a un imperio tan extenso y temido como el romano. Aunque fue un tema de carácter político el que acabó focalizando las quejas, la eliminación de la distinción entre ciudadanos romanos y ciudadanos itálicos, fueron sin embargo las demandas económicas las que realmente movilizaban a buena parte de los territorios que se sumaban a estas peticiones de solución.

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Multos testis esse dicturos

En la Antigua Roma, era frecuente que se produjera cierta confusión en el uso de un término que, en función de su contexto, podía ser interpretado de una forma u otra. La palabra “testis”, significaba al mismo tiempo “testigo” y “testículo”, por aquello de que los órganos masculinos eran considerados como la evidencia fehaciente de la varonía de quien lo portaba. Cuando en un juicio un individuo era convocado en calidad de testigo, se denominaba tal situación “testificar”, que viene del compuesto “testis” + “facere”, hacer de testigo. No es una cuestión banal, puesto que, en el antiguo derecho romano, los testimonios por escrito no tenían validez, y, por tanto, era necesario que el individuo convocado prestase su declaración en persona, ante el tribunal y el acusado. A través de internet, se ha propagado el bulo de que debido a esta doble significación de la palabra “testis”, los testigos cuando acudían a declarar hacían juramento de decir la verdad tocándose con la mano sus testículos, como forma de refrendar su promesa. Aunque no deja de ser muy impactante esta escena, no existe ninguna evidencia testimonial que lo corrobore, y más bien tendremos que quedarnos con la realidad. Es más probable que a falta de biblias y constituciones, se realizara un juramento poniendo como valedora de su palabra a alguna divinidad importante, como Júpiter, Apolo, Hércules, etc.

Que el origen de “testificar” no esté vinculado a una cuestión testicular, no ha excluido nunca que estos hayan estado continuamente presentes a lo largo de la historia de la judicatura. Tradicionalmente, la Justicia (como tantos otros espacios de la vida política, militar, económica, cultural, etc.) ha sido un territorio acaparado por el discurso patriarcal, dejando hasta no hace mucho excluidos y, a menudo muy perjudicadas por sus decisiones, a todo lo relacionado con el género femenino. La actitud que se encuentra implícita en la anécdota no corroborada de “tocarse los testículos” antes de iniciar el testimonio, tampoco ha sido algo que podamos excluir por completo de las salas de Justicia. Ha sido muy frecuente ver a testigos que subían al estrado en calidad de “colaboradores de la verdad”, pero que, en la práctica, su testimonio parecía más bien limitarse a estar evocando de forma más grosera al supuesto sentido alternativo a la palabra “testis”. No solo frecuente, sino reciente. Ayer mismo, sin ir más lejos, pudimos presenciar a través de los medios de comunicación que consideraron que era lo suficientemente importante como para transmitirlo, que el presidente de un país, acudiese a declarar en calidad de testigo, por una causa de corrupción del partido que actualmente preside y del que ha venido ocupando diferentes cargos de responsabilidad en los últimos treinta años. El hecho de ser convocado bajo esa figura procesal implica que se está en obligación de decir la verdad, pero ya sabemos que esta es relativa (o más recientemente interpretable, como dirían en algunos sitios) y ya decía Machado que no nos vale tu verdad, sino la verdad. Pensaba Cicerón que la abundancia de testigos sería suficiente prueba para lograr una condena, o para demostrar la culpabilidad de un acusado. En el juicio que se estableció contra el gobernador de Sicilia Verres, tenía toda la isla para ofrecer su testimonio en contra. En este juicio contra el entramado de corrupción que el Partido Popular instauró durante los últimos años está contando con un enorme número de testigos. Como le pasó a Cicerón, muchos están dispuestos a hablar ( multos testis esse dicturos Verr. II.3.145); muchos lo han hecho ya, y las barbaridades y tropelías que se han hecho al amparo de la corrupción, el pelotazo, la especulación y el descontrol han dejado de dar vergüenza ajena a la población, saturada con el volumen de los escándalos. Lo que debería haber sido un culmen a esta causa, la convocatoria en calidad de testigo del máximo responsable político del partido protagonista de estos acontecimientos, por cuanto debería ser el principal interesado en esclarecer los hechos, se convirtió, tal y como pudimos presenciar ayer, en una clara representación de los dos sentidos de la palabra latina. La autoridad del Tribunal, el interés por la causa o el mero deseo por aclarar los hechos que allí estaban bajo juicio, quedaron subordinados a la actitud de un personaje que, al más viejo estilo romano… puso su testis sobre la mesa, por si alguien no se había percatado de a quién estaban llamando a declarar.

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'Divi iuli filius'

El día después de que Julio César fuera asesinado en el teatro de Pompeyo por las numerosas puñaladas infligidas por sus compañeros senadores, estoy seguro de que aquellos tiranicidas pensaron que, con la muerte del dictador, quedaba neutralizado el peligro de su deriva personalista. En los últimos meses se habían auto-convencido de que César estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder. Estaba haciendo promesas a la plebe para contar con su respaldo. Tenía previsto hacer reformas en el Senado que podían poner en peligro los privilegios tradicionales de la élite dirigente. César era visto por sus adversarios como una amenaza que podía hacer que la enferma república romana se convirtiera, según ellos, en una monarquía. Nada más lejos de la realidad, ni César pretendía hacer una revolución social, ni estaba dispuesto, por lo que se sabe, a convertirse en emperador (a pesar de que erróneamente se le suela situar el primero de la lista). Aquel idus de marzo del año 44 a.C., se eliminaba lo que era percibido como una amenaza para el sistema republicano, con la pretensión de que todo volviera a ser como antes y el poder estuviera en manos de la élite senatorial. Los asesinos contaron en un primer momento con el visto bueno de los ayudantes del propio César y ni Marco Antonio, ni sus tropas actuaron contra Bruto, Casio y los demás.

Pero Julio César se había guardado una sorpresa con la que nadie contaba. En su testamento secreto nombraba hijo adoptivo a un sobrino nieto que hasta el momento había estado ajeno a todo el juego de conspiraciones que era la vida política de Roma. Cayo Octavio Turino recibió de la noche a la mañana no solo el apellido Julio, sino la responsabilidad de ser el heredero del capital político de su tío abuelo. Con ese respaldo y con el dinero que invirtió en las tropas que reclutó a su mando, Octavio promovió la persecución de los asesinos de César y posteriormente acabó repartiéndose el poder con Marco Antonio y con otro general romano, Lépido. Desaparecido César, su hijo adoptivo explotó la imagen de ser la re-encarnación de lo que éste había supuesto para sus seguidores y posteriormente, promovió incluso la divinización del gobernante desaparecido. De tal manera que, desde ese momento, Octavio, ya conocido como Augusto, pasó a ser celebrado también como Divi Iuli Filius (hijo del Divino Julio).

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Cum victoribus nihil impeditum

Con lo vivido en esta última semana, ha venido a mi cabeza esa sentencia tantas veces repetida: “en la Guerra, la primera víctima es la verdad”. Sobre la autoría de esta frase ha existido una amplia controversia, porque si bien tomó protagonismo a partir del siglo XX, cuando el senador estadounidense Hiram W. Johnson la pronunció públicamente en 1918, hoy en día se acepta que originalmente fue acuñada por el autor teatral griego Esquilo; si bien no se ha podido identificar en cuál de sus tragedias pudo aparecer escrita. Si aceptamos esta versión, entenderemos que el interés por manejar el discurso oficial de los acontecimientos ya fue una preocupación considerable hace más de 2500 años. Y si alguna cosa caracterizó también a la civilización griega antigua fue que entablaron numerosas guerras, tanto contra enemigos exteriores (las llamadas Guerras Médicas contra el imperio persa) como internos (el conflicto civil conocido como Guerras del Peloponeso).

Al primer minuto (e incluso antes de que llegara a confirmarse el suceso, según algunos medios) de producirse el brutal ataque a la región norteña siria de Idlib, ya se estaban produciendo los cruces de acusaciones con respecto a la responsabilidad del uso de armas químicas en ese bombardeo. Parecía como si hubiera pasado a un segundo plano el número de víctimas o el conflicto más amplio en el que se encuentra sumida Siria desde hace más de cinco años. El empleo de armas químicas en el ataque y si estas habían sido empleadas por el ejército de Basser Al-Assad se convertía en el principal titular, pero también de forma inmediata este asunto volvía a plantearse en las coordenadas internacionales que han condicionado cualquier posibilidad de acuerdo o finalización del enfrentamiento. Estados Unidos con su nuevo presidente Trump al frente encontraba su argumento para poder reafirmar públicamente su postura respecto a una intervención o no en Siria. Rusia utilizaba sus resortes internacionales para frenar cualquier tipo de reacción seria de los organismos internacionales. La verdad, la de las víctimas que han sufrido el ataque quedaba diluida en medio de la red de intereses que mantienen vivo el incendio de la guerra en Siria, donde ningún bando es plenamente inocente.

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Si cualquiera se atreve a representar la imagen divina

Las relaciones entre la Iglesia y el Carnaval nunca han sido especialmente amistosas. Si nos remontamos a los orígenes de esta fiesta, podemos encontrar un trasfondo pagano que nos conectaría posiblemente con la celebración de las Lupercales entre los romanos, sin excluir tampoco las bacanales de la época griega en honor al dios Dionisos-Baco. Durante la Edad Media, el combate entre Don Carnal y Doña Cuaresma relatado por el Arcipestre de Hita nos describe una realidad que nunca pudo ser suprimida del todo: que justo antes del Miércoles de Ceniza, la población se liberaba de sus obligaciones y preocupaciones para dedicarse por unos días a alterar su realidad, bebiendo, comiendo, celebrando y también disfrazándose. Se conservan numerosos edictos, bandos y disposiciones por las que obispos y altos prelados establecían prohibiciones sobre las celebraciones carnavaleras. Y en Gran Canaria, no podemos olvidar que durante la dictadura franquista fue el particular celo del obispo Pildain el que logró casi desterrar de la capital la celebración de estas fiestas, enviando quejas de este tipo al Gobernador Civil de entonces: “mi respetuosa pero dolorida protesta ante el hecho de que aquí se celebrasen en pleno verano y otoño bailes de disfraces que están prohibidos en el propio Carnaval”.

A esa complicada relación, tenemos que unirle también la persecución que históricamente se ha realizado desde la Iglesia a todo lo que tenga que ver con la homosexualidad. En el proceso que inició el cristianismo para definir todas las esferas de la moral humana, la sexualidad y todo lo que no fuera una práctica ortodoxa de las relaciones entre hombre y mujer han quedado sometidas a la censura, la persecución y la condena. Ni tan siquiera en los últimos años, cuando más se ha avanzado en la normalización social de la homosexualidad, se ha producido una revisión seria de los postulados eclesiásticos sobre este tema, cosa que sí se ha realizado en otras confesiones cristianas.

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'Quam rem publicam habemus?'

Cuando en el año 63 a.C., Marco Tulio Cicerón se dirigía al Senado romano explicando su intervención para frenar el intento de golpe de estado que había organizado su rival, Sergio Catilina, se asombraba de que este personaje aún se estuviera paseando tranquilamente por las calles de Roma. Más aún, se lamentaba de que ninguna autoridad hubiese reclamado una acción tan drástica como la que un siglo atrás había llevado al ajusticiamiento público de los hermanos Graco, considerados también un peligro para el buen funcionamiento de la ciudad. Su lamento tomaba la fórmula de una indignación expresada ante los senadores, pero recogida luego por escrito en sus Catilinarias, y la actualidad de la frase parecería como si Cicerón la estuviera pronunciando también hoy en día, al enterarse de ciertas noticias que han acaparado los titulares de los medios de comunicación.

Como cónsul de Roma, Cicerón tuvo conocimiento con escasa antelación de que Catilina estaba movilizando a los bajos fondos de Roma, para recabar apoyos con los que asaltar un poder que había perdido en las elecciones de ese año, pero que consideraba que le correspondía por derecho propio. Su plan consistía en asaltar la Curia, asesinar a los cónsules y colocar a su gente en los sectores clave del gobierno de la ciudad. Cuando los planes se filtraron, Cicerón esperó a una sesión del Senado para comenzar con su famoso “quosque tandem abutere…” y denunciar en su cara el complot que se estaba urdiendo. Lo más llamativo de todo este episodio es que Catilina, lejos de sentirse acorralado, en un primer momento mantuvo un aire de “esto no va conmigo” y se benefició de la falta de contundencia de una clase política romana que se caracterizaba por jugar a todas las bandas posibles. No hubo una primera reprobación contundente, y, de hecho, cuando posteriormente Cicerón logró la muerte de Catilina, él mismo tuvo que responder en un juicio por esta condena. El Estado se encontraba afectado por un cáncer muy extendido, por medio del cual los mecanismos con los que se debían evitar este tipo de peligros estaban desactivados y la implicación de la propia clase política en la corrupción generalizada hacía que quien más y quien menos no se viera fuertemente interpelado en sus principios morales ante la posibilidad de que Catilina acabase haciéndose con el poder.

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'Dies Natalis Solis Invicti'

Con la proliferación de los medios digitales, es cada vez más frecuente que en vísperas del 24 de diciembre se compartan, se retwitteen o se difundan fotos, mensajes, memes en los que se señala que originalmente, esta celebración de la Nochebuena tenía unos orígenes pre-cristianos vinculados con el culto que los romanos tenían al dios Sol. En este caso, en el antiguo calendario romano, el 24-25 de diciembre coincidía con el solsticio de invierno. El término astronómico que señala el momento en el que el sol detiene su movimiento de traslación “sol – sistere” (detener el sol), y comienza su retorno a la tierra. Históricamente, este día ha tenido una consideración particular y así fue también en una civilización profundamente religiosa y atenta a los astros como la romana. El culto del sol en la religión romana tuvo muchas expresiones, y una de ellas era la conmemoración de la victoria del astro en su devenir anual, para comenzar su retorno a la tierra y devolver el calor y la luz tan necesarias para los ciclos vitales y agrarios. De ahí el título de esta celebración: Dies Natalis Solis Invicti (Día del Nacimiento del Sol Invicto). A partir del siglo III d.C., la religión romana experimentó una evolución, en la que algunos emperadores fomentaron una especie de culto henoteísta que, sin renunciar al panteón tradicional, aglutinara en torno al culto del Deus Sol Invictus, algunos elementos relevantes de las divinidades más adoradas por los romanos. En ese grupo se incorporaba el culto de un dios proveniente de Persia, pero que desde hacía dos siglos había alcanzado una aceptación considerable por parte de seguidores romanos de todas partes del Imperio: el dios Mitra. El hecho de que éste fuera un dios que en su relato mitológico estuviera relacionado con el Sol, y que en sus invocaciones fuera mencionado como Invicto, ha llevado a que históricamente se haya asimilado el Sol Invicto con Mitra. Sin embargo, eso no está tan claro, y, de hecho, es más lo que no sabemos del culto mitraico, que lo que sí sabemos. En cualquier caso, sí que está demostrado que en torno al 25 de diciembre, en Roma se realizaba esa noche, como finalización de las fiestas Saturnales comenzadas el día 17 de diciembre, una celebración en honor al Sol Invicto, fuera bajo la adscripción a Mitra, a Apolo o cualquier otra divinidad vinculada al astro solar.

En el Cristianismo Primitivo, la fecha del nacimiento de Jesús nunca fue un elemento relevante. En primer lugar, porque no aparecía recogida en ninguna de las fuentes primarias y, en segundo, porque lo verdaderamente relevante para esta nueva religión no era el nacimiento, sino la muerte y resurrección, ya que constituían el hecho fundamental de su credo: la Vida Eterna. Hasta mediados del siglo IV, cuando ya se ha producido el triunfo de la Iglesia y con el apoyo de los emperadores se está produciendo la imposición del cristianismo sobre las demás religiones tradicionales, que acabarán denominándose “paganas”, no encontramos una primera mención en relación con la celebración del Nacimiento de Jesús. Es en el año 379, cuando se celebra por primera vez como festividad cristiana. Ante el desconocimiento de la fecha, la ubicación de una celebración que conmemorara un hecho tan relevante debía ser situada en un momento del año con un simbolismo relevante. La Iglesia estaba desarrollando un proceso de cristianización del Imperio y la elección del 25 de diciembre para situar la Natividad del Señor no venía a ser una improvisación, sino que respondía a la intencionalidad de dar una nueva interpretación a festividades que eran importantes para la religión romana anterior.

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'Nostrorum'

Entre los jesuitas existía la costumbre de que cuando se hacía referencia a alguna persona en una carta o documento, añadían la expresión nostrorum (de los nuestros) para aclarar que el mencionado formaba parte de la Compañía de Jesús. Es decir, en palabras del fundador, Ignacio de Loyola, compartía "nuestro modo de proceder". No dejaba de ser una clave para identificar a aquellos que compartían una misma manera de vivir la vida religiosa, pero también recordaba un sentimiento de pertenencia a un grupo diferenciado del resto, es decir, a una casta.

Hoy este término, el de casta, ha recobrado actualidad mediática por el debate político de los últimos años. Los que no reconocen pertenecer a eso que se ha denominado "casta política", descalifican a quienes les acusan de ello, de haber creado un corporativismo endogámico en torno a los cargos, los puestos y las representaciones.

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Neque virtuti honor datur

Cayo Salustio en su introducción al libro titulado “La Guerra de Yugurta”, hizo una descripción de en qué estado de descomposición se encontraba la política de la república romana en la época que le había tocado vivir. Y no es porque él fuera un erudito que miraba la realidad desde su torre de marfil, sino porque como aliado de Julio César, él había sido también protagonista de algunos de esos episodios escabrosos. A qué hartazgo y decepción habría llegado Salustio, como para llegar a afirmar “entre las ocupaciones, pues, propias del ingenio, una de las que traen mayor utilidad es la historia”.

Pero el panorama que expone Salustio en su obra, recordemos que también tiene otro libro dedicado el intento de golpe de estado protagonizado por Catilina en el año 63 a.C., es totalmente desalentador. Para poder explicar cómo fue posible que el rey Yugurta de Numidia (en la actual Argelia y Túnez) llegara a poner en jaque a Roma, sus generales y sus tropas, recurre al argumento de que se debe a la propia descomposición y podredumbre que está corroyendo el sistema político que conocemos como República Romana. Este Yugurta antes de ser coronado rey, se había criado en Roma, protegido y alentado por familias patricias. En ese periodo aprendió bien cómo funcionaban los entresijos del Senado romano y, más aún, asimiló cuáles eran los verdaderos intereses que movían las decisiones que determinaban la política exterior e interior de la Urbe. Ese panorama que nos sitúa a finales del siglo II a.C. (la guerra se desarrolló entre los años 112 al 105 a.C.) nos ayuda a entender por qué el periodo que se conoce como “la crisis de la República”, debía llevar irreversiblemente a la concatenación de una serie de guerras civiles que desembocaron en el poder personal de Octavio Augusto y la implantación del Principado. ¿Cómo pudo este rey resistir los ataques de las legiones romanas? Salustio cuenta con rubor cómo Yugurta movilizó sus contactos en Roma para evitar que se declarara la guerra, cosa que consiguió con sobornos a los senadores. Y una vez que el conflicto fue inevitable (estaban en juego intereses comerciales de Roma, y ya sabemos que la economía lo mueve todo), logró comprar las voluntades e ímpetus bélicos de los generales, para que dilataran al máximo el conflicto. Finalmente, en Roma quedaron en evidencia todos estos manejos y no quedó más remedio que encargar el mando a un general ajeno a estos juegos políticos, Cayo Mario, quien acabó por derrotar a Yugurta y restaurar el “honor” militar perdido.

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'Suscipi se humili prece poscebant'

A lo largo de la historia, las fronteras de Europa se han visto convulsionadas frecuentemente por la aparición de poblaciones que buscaban en las cercanías del Mediterráneo o en las llanuras del norte, tierras y espacio para vivir y asentarse. El propio origen de los actuales europeos es el resultado de la asimilación de muchos de esos pueblos que recorrieron el continente, se relacionaron con los que ya estaban y de la asimilación y la convivencia, surgieron las civilizaciones y culturas han definido nuestra historia más reciente. La manera en que se gestionaron esos procesos dio origen a procesos de integración o de enfrentamiento. No podemos ignorar que en la base de esos episodios se encontraba también la búsqueda de la supervivencia, para los que venían y para los que ya estaban.

La imagen de los miles de refugiados sirios que se agolpan a las puertas de Europa, tratando de huir de una realidad devastadora como es la guerra, no puede ser mirada desde una perspectiva cortoplacista y exclusivamente actual. Puesto en contexto histórico, el discurso de una “invasión bárbara” protagonizada por estos refugiados ha sido utilizado más de una vez en el debate político y mediático con el que desde hace años se lleva aplazando cualquier tipo de respuesta eficaz al problema. La imagen de los bárbaros, en nuestro imaginario colectivo, la asociamos inevitablemente a la consabida “Caída del Imperio Romano”. Unos pueblos procedentes de fuera de Europa que desbordaron las fronteras romanas y acabaron con esa realidad político-económica que fue Roma. Sin embargo, las cosas no fueron tan simples, ni como siempre nos las han contado. Particularmente, porque, por una parte, no todo fueron invasiones, ni todos eran bárbaros, ni la actuación del imperio romano fue exclusivamente de víctima en todo este proceso. El caso de los godos nos puede servir de ejemplo para entender que según sea la manera en que se responda ante una demanda de asilo y ayuda, las respuestas podrán ser favorables o incontrolables. Pensamos en los godos como en uno más de esos pueblos que entraron en Europa con las armas en las manos. De hecho, fue un rey visigodo, Alarico, quien protagonizó el episodio traumático del saqueo de Roma en el año 410 d.C. No obstante, el origen histórico de estos acontecimientos, según no los han transmitido las fuentes escritas de la época son bastante diferentes. Tal y como menciona el historiador romano del siglo IV Amiano Marcelino, los visigodos estaban asentados en los territorios no romanos más allá del río Danubio. Fue la aparición en sus tierras de un pueblo belicoso, incontrolable y sanguinario como los hunos (posteriormente liderados por el famoso Atila), lo que llevó a los visigodos a tener que huir de sus poblados para acabar llegando a las fronteras de Roma en la antigua región de Tracia, actualmente entre Bulgaria y el norte de Grecia. En ese sitio, se fue acumulando un contingente de población de casi 200.000 personas que en el año 375 d.C. envió embajadas al emperador romano Valente, haciendo formalmente una petición de asilo: “Así pues, conducidos por Alavivo, ocuparon la orilla del Danubio y enviaron a Valente mensajeros que suplicaron humildemente ser recibidos, prometiendo que llevarían una vida tranquila y que, si la situación así lo exigía, le prestarían ayuda militar”. Sorprendentemente, a pesar de las suspicacias iniciales, el emperador les ofreció un salvoconducto que les permitía cruzar el Danubio y asentarse en las tierras romanas de ese lado del río. Esto hubiese sido el inicio de un proceso de integración de los visigodos dentro del imperio, al estilo que Roma ya había hecho con otros pueblos a través de pactos y federaciones. Sin embargo, Amiano nos sigue contando que la forma en que luego los oficiales romanos cumplieron las órdenes imperiales no facilitaron este proceso: “Pero, como si les guiara una divinidad adversa, buscaron a hombres corruptos para ponerles al frente del poder castrense. Entre ellos sobresalían Lupicino y Máximo, el uno comandante general en Tracia, el otro un líder criminal, pero ambos de igual temeridad. La peligrosa ambición de estos dos hombres fue la causa de todos los males. Pues, para omitir otros delitos que, por causas funestas, o los cometieron ellos mismos, o bien permitieron que se cometieran contra extranjeros que llegaban sin culpa alguna, bastará mencionar un hecho lamentable e insólito que no tendría perdón ni siquiera si fueran ellos mismos quienes lo juzgaran. Y es que, cuando los bárbaros que habían sido conducidos a esas regiones lo estaban pasando mal por la falta de alimento, estos abominables generales planearon comerciar del siguiente modo: reunieron todos los perros que su ambición pudo hallar por cualquier parte y se los entregaron a cambio de obtener un esclavo por cada perro, dándose incluso el caso de que, entre éstos, figuraban hijos de los nobles bárbaros”. La consecuencia del incumplimiento por parte de Roma de las cláusulas acordadas fue que los visigodos acabaron levantándose en armas y posteriormente se enfrentaron al propio emperador que les había concedido el derecho de entrada. Los agoreros que habían predicho que la entrada de los bárbaros en tierras romanas sería el origen de la propia destrucción del imperio, vieron cumplida su profecía. Sin embargo, no podemos ignorar que buena parte de los males de Roma se encontraban instalados en la propia corrupción e ineficacia de su imperio.

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